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Editorial: Despreciada la buena tierra

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 1981.3

Aunque es muy reducido, el patio de nuestra casa presenta diferentes clases de tierra. En un lado la tierra sólo produce plantas raquíticas y amarillentas que pronto se marchitan hasta morir. Pero en el lado opuesto prosperan todas las flores que se siembran.

De la misma manera toda iglesia tiene a su alcance diferentes clases de tierra. Cada iglesia podrá sembrar en una tierra buena, una que produce mucho fruto. Me refiero a la buena tierra que son los niños. El que les siembra la semilla del evangelio, si cuida las plantitas que nacen, tendrá el gozo de ver una cosecha copiosa.

Muchos hermanos por desgracia, adolecen de falta de entusiasmo para trabajar entre los niños. ¿Cuántas iglesias locales hay, que dan importancia a la necesidad de proveer equipo didáctico para enseñar a los niños? ¿Qué interés se manifiesta en levantar una ofrenda suficiente para celebrar una campaña evangelística entre los niños, en comparación con el que se muestra en celebrar una campaña entre los adultos? ¿Qué esfuerzos se realizan cada año en la iglesia para capacitar a los que trabajan con la niñez?

Me pregunto si no podríamos poner más énfasis sobre la labor de traer a los inquietos chiquilines a Cristo y nutrirles con el alimento espiritual adecuado. ¿Se deben ofrecer más clases en los institutos bíblicos para ayudar a los estudiantes a comprender mejor la psicología del niño ¿Se está haciendo todo lo necesario para lograr una capacitación más especializada en el trabajo con los niños?

¿Y qué del verdadero amor de los creyentes para con los niños? ¿Alcanza ese amor a tener paciencia con estas bulliciosas criaturas?

Un requisito de la buena enseñanza es la comprensión del alumno. Para comprender al niño, es forzoso saber lo que éste lee y estudia. ¿Sabrán los maestros de niños en nuestras iglesias lo que ellos están estudiando en la escuela primaria?

No hace mucho un padre angustiado me decía cómo descubrió declaraciones en un texto oficial, producido por el Ministerio de Educación de su país, que podrían minar la fe en Dios de su hijo en quinto grado. Abiertamente el autor expresaba la idea atrasada y supersticiosa de que un ser divino haya creado al hombre.

Obviamente, para enseñar bien a los niños que reciben tales mentiras disfrazadas con la máscara de la llamada ciencia, el maestro va a tener que estar muy consciente de lo que sus alumnos aprenden en la escuela. Luego también va a estar conocer una manera sabia de responder a tales falsedades. Para enseñar bien debe tomar tiempo, y revisar los libros que leen sus alumnos. Debe enterarse de lo que aprenden en las treinta horas o más de clases semanales de preparación secular para poder alimentarlos espiritualmente durante la flaca horita que tiene para enseñarles.

Dios nos ayude. De veras, el ministerio de la educación cristiana no puede ser despreciado, Esa tierra es demasiado productiva.

Editor


 

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