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Fronteras culturales

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 1982.1

Por Lorenzo Pate

 

‑ ¿Qué tal, Pastor? ¿Cómo le va?

‑Muy bien, gracias. ¿Y tú, Luis?

‑De lo más bien, gracias.

‑ ¿Cómo les fue en el culto al aire libre?

‑A las mil maravillas. Gracias a Dios que cuatro aceptaron a Cristo.

‑ ¡Qué bueno! Se ve que el Señor te está bendiciendo, mi hermano. A lo mejor Dios querrá que seas tú el encargado del anexo que pensamos abrir en aquel barrio.

‑Pudiera ser, hermano Valdés. La verdad es que he sentido una gran carga por el lugar, pero veo algunas dificultades. Resulta que muchos indígenas han inmigrado al barrio, son tan difíciles de tratar. Les hablamos de Cristo, pero no nos hacen caso.

‑Sé cómo te sientes, frustrado, Luis. Pero no es a Cristo a quien se niegan a recibir. Somos nosotros los rechazados. Como hablamos el castellano, nos identifican con aquellos que los han explotado de mil maneras. El resultado es que nos tienen odio.

‑Pero, Pastor, nosotros no les hemos quitado nada. Somos pobres también.

‑Claro que sí. De todos modos, ellos despliegan su amargura en contra de cualquier persona de habla hispana. Mira, Luis, para alcanzarlos va a hacer falta realizar un trabajo netamente intercultural. Habrá que ser misionero en el sentido verdadero.

‑Pero, Pastor, yo no puedo ser misionero.

‑ ¿Por qué no? ‑interrumpió el pastor‑. ¿Qué te impide?

Luis pensó un minuto antes de responder.

‑Pues, no soy…

‑ ¿Quién fue el primer misionero?

‑Claro que Pablo.

Mirándole directamente en los ojos, habló en voz baja el pastor. ‑En realidad fue Cristo. Deja todo lo acostumbrado para vivir como un ser de otra naturaleza. Hizo de los judíos su raza, su pueblo. Sintió sus problemas porque vivió entre ellos. Al fin le costa la vida. Eso es la obra misionera, Luis.

‑ ¡Qué cosa! Nunca lo había comprendido así ‑suspira y baja la cabeza‑. Tiene que haber sido difícil para el Señor hacer eso.

‑No cabe duda que sí. Demostró su amor con hechos. Y así obrarás tú para ser misionero hoy a esos indígenas. Tendrás que amar al pueblo al grado de hacerte uno de ellos. Tendrás que aprender su idioma, comer lo que ellos comen si quieres que hagan caso a tu mensaje.

‑Ahora comprendo por qué han recibido nuestras palabras con tanta diferencia. No les hemos hablado en el idioma con que sus madres les dormían con canciones de cuna. Ese es el idioma que a ellos les representa el amor. Nosotros no les hemos dado evidencia alguna de que los amamos, de que sabemos lo que sienten ellos. ¡Qué difícil va a ser ganarlos para el Señor!

Después del culto Luis contó al pastor cómo el Espíritu de Dios le preguntó por qué él había oído en su idioma natal el mensaje de salvación mientras que otros vivían tan cerca geográficamente, no tenían nociones de las buenas nuevas sino a través del idioma de sus opresores. La congregación a que pertenecía Luis había crecido mucho porque tenía quien le enseñase. Era como si un buen árbol frutal estuviera al lado de otro amarillento con plagas y sin fruto. A Luis se le aguaron los ojos. Tragó, agachando la cabeza. Se sentía tan incapacitado.

‑Luis, tómalo con calma.

‑No puedo, hermano ‑murmuró.

El pastor le puso la mano en el hombro. ‑Claro que no va a ser fácil. No cabe duda de que necesitas prepararte. Pero sigue fiel en el barrio. Gana experiencia con tu propia gente primero. Ten fe que el Señor te va a conducir paso a paso. Dios te confirmará su llamado. Ponte a estudiar todo lo que puedas acerca de otras culturas, las diferencias entre una y otra, como conocer los valores de cada una. En el caso de los indígenas del barrio, tú sabes que muchos de los nuestros los desprecian. Debido a que sus costumbres son diferentes, no los comprenden.

‑Pero, Pastor, no puedo estudiar todo eso. No creo que sea fácil conseguir libros para estudiar acerca de las comunicaciones interculturales. No puedo concebirme sumergido en las costumbres de esa gente. No me gustaría siquiera hacer el intento. ¡Qué va! No podré ser misionero, hermano. Nunca. Nunca. ‑y sacudió todo el cuerpo.

‑Nadie te ha dicho que puedes por tus propios esfuerzos. Menos mal que nuestro Instituto Bíblico ofrece algunas materias que tratan estos problemas de comunicaciones interculturales. Explican cómo ser misionero a pueblos que tienen valores distintos a los que uno tiene. Sobre todo, Luis, cuenta con Dios. Yo voy a estar orando mucho en estos días para que el Señor te ayude.

Luis salió totalmente angustiado. Hubiera preferido nunca haber llegado al culto. Le atormentaba la idea de un árbol amarillento con plaga tan cerca del buen árbol a que él se arrimaba con tanta frecuencia.

Pasó un mes. Luis había echado de la mente toda idea de ser misionero. En su trabajo se esforzó como nunca. El patrón le insinuó que le iba a pagar clases sobre La administración de negocios para que pudiera aceptar más responsabilidad en la tienda.

Apenas llegó al trabajo un día cuando vio a un indígena entrar en la tienda. Varios de los clientes dieron la vuelta. Uno de los dependientes lo trató en una forma ofensiva. Luis sintió acelerar el pulso. Se puso tenso.

‑Esa gente no tiene quien le comprenda ‑se dijo, mordiéndose los labios.

Volvió a sentir una carga por los indígenas. Creía poder sentir su soledad, las tinieblas que les rodeaban.

‑ ¿Cómo oirán si no se les comunica en su propio idioma la noticia de que Dios los ama? ‑se preguntó.

A la noche se dirigía con paso lento hacia la iglesia. La lucha se arreciaba en el alma. Que sí, que no, que no puedo, que no quiero, que si yo fuera uno de ellos… Una lágrima candente se escurrió por la mejilla.

Vio al pastor en la puerta del templo. Se pasó a un lado a fin de esconderse en la penumbra para que no lo viera. Pero no podía estar tranquilo. Con enojo se apresuró hacia el templo. Entró sin detenerse para saludar al pastor. Corrió adelante hasta el lugar debajo de una ventana donde le gustaba tanto orar.

De rodillas, brotó en llanto. Pronto el pastor llegó a su lado y juntos imploraron a Dios que hiciera su voluntad. Ambos ya sabían que los indígenas tendrían un misionero que sabría cruzar la frontera cultural para comunicarles en su soledad el amor que nunca habían experimentado.

Lorenzo Pate


 

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