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Motivando al alumno

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 1982.2

Cuántas veces lamentamos: “Juan es muy capaz de aprender pero no se aplica. No se esfuerza para aprovechar sus estudios.” Si el profesor puede motivar al alumno a aprender, ganó la mitad de la batalla docente. A veces no es fácil lograr este fin, pero no es imposible. ¿Cómo podemos incentivar al estudiante para adquirir el conocimiento de los datos e información de la materia que enseñamos?

Es de suma importancia señalarle que la materia es aplicable a su vida y ministerio. Por ejemplo, Earle E. Cairns, historiador contemporáneo de la iglesia cristiana, dedica más de cuatro páginas de la introducción a su libro al tema, “El valor de la historia cristiana.” Demuestra que el entendimiento de dicha historia es la clave para comprender la actual iglesia y sus variadas ramas. Es un guía para evitar los errores del pasado. Inspira a los creyentes a repetir los logros del pasado. Sirve como una fuente abundante de lustraciones para sermones. Con la mención de tantos valores Cairns nos crea un deseo de estudiar la historia del cristianismo.

Pero no basta con solo indicar que la materia es útil sino que también el profesor siempre debe darle un enfoque práctico. Hace años leí un artículo que revolucionó mi ministerio docente. El autor presentó la idea de que los profesores de materias bíblicas deben incluir en sus enseñanzas ideas y materiales que se pueden adaptar para predicaciones.

El maestro perito en su enfoque práctico sobre la materia también estimula a sus alumnos a relacionar las verdades con los problemas que enfrentan en el ministerio. Bien sabe que es posible llenar la cabeza de mucha teoría sin ver su aplicación a la vida diaria. Pero cuando el estudiante ve que lo que estudia podrá ayudarlo en la práctica, se le despierta más interés en la materia.

La segunda sugerencia para motivar es emplear el principio de que el ser humano se siente incentivado cuando le agrada el proceso. El maestro, pues, se pregunta: ¿Es grata la hora de clase o es aburrida? ¿Recibe satisfacción el estudiante por haberse preparado para la clase? ¿Existe alguna manera de recluir sus nuevos conocimientos? ¿Gira la clase alrededor del profesor o del alumno?

El proceso de aprender es tanto expresión como comprensión. Conviene por lo tanto que el maestro le dé a los alumnos la oportunidad de participar y mostrar lo que han aprendido. El profesor debe emplear técnicas modernas que estimulan al alumno a hacer investigación, a dominar conceptos y a relacionarlos con su vida. Es bien conocida la regla de que el profesor no debe dictar a los estudiantes lo que ellos pueden encontrar por sí mismos. Si lo hace, les priva del gozo de descubrir por su propia cuenta una verdad.

El maestro sabio también tiene presente la verdad axiomática de que su aprobación en la clase a una contestación acertada va a incrementar la motivación. El maestro, al demostrar que aprecia a los estudiantes, logra mayor motivación a la vez que será apreciado por ellos. Es fácil de comunicar estos valores.

Otro principio relacionado con la motivación del estudiante es no descuidar el interés humano de la materia. La obra de Jesse Hurlbut, La historia de la iglesia cristiana, es muy breve, pero describe vívidamente algunos de los personajes del cristianismo. ¿cuál lector de este libro podrá olvidar las palabras de Policarpo ante el gobernador romano: “Ochenta y seis años le he servido (a Jesucristo) y todo lo que me ha hecho es bien. ¿Cómo podría yo maldecirle?”

¿Capta nuestra enseñanza lo dramático de episodios bíblicos, la fuerza y vitalidad de las épocas? ¿Son carne y sangre los protagonistas bíblicos o meramente nombres para recordar en el día del examen? ¿Recalcamos fechas, datos fríos, bosquejos a costa del interés humano y del significado de acontecimientos? ¿Empleamos anécdotas y citas de grandes predicadores cuando enseñamos la Homilética?

Existe la tentación de obligar a los alumnos a estudiar antes de la clase inculcándoles miedo a frecuentes pruebas sin aviso. Tales ejercicios incentivan hasta cierto punto, pero también pueden ser contraproducentes. El alumno tiende a sentir aversión al profesor y a la materia si siempre entra en la clase con el temor de que puede ser sorprendido por una prueba. Más vale darle deberes que hacer a fin de prepararse para la clase. Tales tareas deben estimular su interés y guiarlo a reconocer lo importante de la lección.

Por ejemplo, sobre el relato del bautismo de Jesús, se puede preguntar: “En vista de que el bautismo de Juan fue de arrepentimiento y que Jesús no tenía pecados para confesar, ¿por qué pidió Jesús ser bautizado? (De tres razones.) Compare el bautismo de Juan con el de la iglesia cristiana.

Algunos libros de texto, tal como La brújula para el ministro evangélico (“Editorial Vida), tienen excelentes ejercicios al final de cada capítulo los cuales son muy fáciles de corregir. Con otros libros es necesario que el mismo maestro prepare ejercicios y proyectos. Aunque lleva tiempo la revisión y corrección de los deberes, los resultados justifican el empeño.

Sobre todo, el entusiasmo del profesor y su amor por su materia motiva al alumno a aprenderla.

Feliz es el profesor que motiva a sus alumnos a estudiar, pero aun más bienaventurado el estudiante que cosecha los beneficios de la alta motivación

 

Editor


 

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