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Autobiografía de un quechua (segunda parte)

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 1985.2

Por Víctor Laguna

 

 

Cuando algo malo hacíamos, se nos castigaba con la reata. Si lo cometido era grave, nos amarraban del cuello al terrado y mientras pendíamos, mi madre nos azotaba con la reata. Nos decía: ‑No quiero que la gente diga de mis hijos auilan watashqa (criados sólo por su abuela).

 

OLOR DE GASOLINA

Después de algún tiempo mi madre y mi hermano Juvenal acordaron que deberíamos trasladarnos a Los Cedros, un pequeño campamento de una compañía que hacía trabajos para la hidroeléctrica del Cañón del Plato, Huallanca, a veintidós kilómetros al norte de Caraz. Allí trabajaba mi hermano.

Después de arreglar las cosas, mi madre se fue delante. Quedamos en que viajaríamos al día siguiente en la madrugada. No había mucho que llevar ni dejar. Esa mañana nos despertaron a las tres de la madrugada para emprender el viaje.

Mi hermana Edmunda había venido para llevarnos. Mi hermana Claudia de diez años, yo de siete, y mi sobrino de seis íbamos llorando de cansancio y de frío. No podíamos descansar porque teníamos que alcanzar el carro que salía a las ocho. Había servicio una sola vez al día de Caraz a Huallanca.

La Plaza de Armas de Caraz era bonita. Vi por primera vez un camión y un auto estacionados en la calle empedrada. Pregunté qué eran. Con la novedad de que íbamos a viajar en un camión nos sentimos restablecidos del cansancio.

Mi hermana nos deja para comprarnos panes. No había para más. En seguida el chofer arranca el camión. El ruido me causaba temor, pero el olor a gasolina me parecía agradable, Cuando se puso en marcha el vehículo, sentí un poco de mareo, pero me acostumbre pronto. En el paradero de Los Cedros nos esperaba mi madre con camote sancochado para comer, pero no teníamos hambre. Caminamos unos treinta minutos y cuando llegamos nos sirvieron chocolate caliente, cosa que probé por primera vez.

La casa, propiedad de la compañía, tendría unos tres metros por cuatro con una cocina de dos por dos. Allí comenzamos a vivir nosotros cinco, más mi hermano y mi hermana con su esposo. Como no había más sitio, dormíamos en literas de tres pisos con los niños más pequeños en el suelo.

Casi siempre la gente hablaba el castellano, pero yo no entendía nada. Me llamaba la atención la vestimenta de la gente y la forma como cocinaba en anafe. Me asombraba cómo el agua venía por un tubo y cómo la gente formaba cola para sacarla. ¡Y qué maravilla la luz eléctrica que alumbraba en la casa como también en la calle! Me daban cierto miedo aquellas cosas nuevas.

Ya teníamos mesa en que los mayores comían. Las comidas eran diferentes, pero sabrosas. Vendían de todo en el mercado.

Mi sobrino y yo ya podíamos hacer algo para ganar un poco de dinero, ya fuera llevando bultos o llevándoles comida a los trabajadores que no podían regresar a comer a los comedores públicos.

La compañía abrió una escuela. Se nos obligaba asistir. Recuerdo el primer día. Por primera vez me peinaron. Luego me llevaron a la escuela. El salón grande olía a humedad, a excremento y a coca masticada. Por la tarde la gente que vivía cerca venía y ensuciaba el salón y por la mañana nosotros lo limpiábamos. La profesora trajo policías para advertir que la próxima vez se llevarían presos a los sospechosos y así fue que se calmó la situación.

 

EL SISMO

Un domingo, después de haber transcurrido siete meses, oímos repentinamente un ruido muy fuerte. Algunos gritaban: “temblor”; otros: “avión”. Al levantar los ojos hacia el cerro vimos que se nos venía un aluvión. Todos corrimos. Felizmente salvamos la vida, pero perdimos todas nuestras cosas, quedando únicamente con la ropa que llevábamos puesta. Vi como las piedras salían como balas, echando chispas por la fuerza de la gran cantidad de agua.

Ya en lugar seguro, corrimos de un lado a otro buscándonos. Supimos que el agua se había atrancado en algún lado y que vendría inundando todo. Había que escapar por el cerro. Todo se había vuelto una laguna.

Caminamos un día entero por el cerro para llegar a Molino Pampa y cruzar el río. Estábamos asustados, cansados, sedientos, hambrientos. Lo peor del caso era que no sabíamos nada de mi hermano ni de mis dos hermanas casadas. Mi madre lloraba y llorábamos nosotros hasta que los ojos se nos hincharon.

Llegamos a Molino Pampa de noche con un frío que nos afectaba mucho ya que en Los Cedros hacía calor. Ni siquiera teníamos una chompa con que abrigamos.

 

LA DEVOTA DE LA VIRGEN

Algunas personas traían comida pero no alcanzaba para tanta gente. La policía solicitó a los habitantes que llevaran a su casa por lo menos a algunos de los desplazados. Se presentó una señora ofreciendo llevar a algunos. Como estábamos llorando nosotros por el frío, nos escogieron. Mi madre habló con la policía para asegurarse de que la señora fuera una persona de confianza. Le dijeron: ‑Mama meshita a1lapa kuyag warmim (es muy devota de la Virgen de las Mercedes).

Con eso mí madre aceptó que fuéramos con ella.

La señora esa noche no nos dio nada para comer. No habíamos probado alimento en todo el día. Estábamos tan cansados. Para abrigarnos nos dio unas frazadas viejas y nos indicó un cuartito húmedo al que le pasaba por debajo una acequia de agua. Como aun teníamos mucho frío, nos sentamos muy juntitos. En unos minutos nos quedamos dormidos.

No sé qué hora sería cuando desperté. Oí a mi madre rezando y llorando en silencio por mi hermano ‑el sostén de nuestra familia ‑y por mis dos hermanas casadas. Comencé a llorar yo también. Me decía que no llorara y que me durmiera, pero con semejante hambre no podía. La noche se hacía larga.

Cuando amanecía la señora llamó a mi madre, que trajera agua de la pila pública de la Plaza de Armas. A nosotros nos indicó que barriéramos la calle. Teníamos que regar bien, sacar los pastos y champas que crecían entre el empedrado, luego botar la basura lejos. Hacía frío. Con tanta hambre, nos pusimos a tomar esa agua helada que traía mi madre hasta casi terminar todo el balde. Tuvo que regresar ella para traer más.

Serían como las ocho de la mañana cuando nos llamaron para el desayuno que consistió en una taza de té y un pan de cemita. Durante el día la señora nos mandaba hacer una infinidad de quehaceres. No había tiempo para sentarnos. En las horas de comida, toda la familia de la casa comía primero. Después juntaba todas las sobras de los platos y agregando un poco más, nos daba de comer. Yo no sabía lo que sería ser devoto, pero el ejemplo de esa señora no me animaba en nada.

Al caer la noche volvimos a ocupar nuestro cuartito húmedo y sentaditos dormimos. Nos dolían la sentadera y las rodillas. No podíamos estiramos. Otra vez pasamos la noche llorando y rezando.

El día siguiente comenzó como el primero, Mi madre después de buscar el agua corriendo informó a la señora que iría a Molino Pampa ya que un carro de la compañía llevaba gratuitamente a los damnificados.

Contestó la señora: ‑Tú eres una floja. Por no trabajar quieres viajar. Tu hijo estará muerto.

Pero mi madre no le hizo caso. Nos indicó que nos quedáramos allí, que ella regresaría en cuanto se enterara de la suerte de los trabajadores allá.

Ese día la señora no nos dio nada de comer. Cuando queríamos salir no nos dejaba, diciendo que nos perderíamos en la ciudad. Pero de alguna manera nos escapamos, llegando a encontrarnos en la Plaza de Armas. La policía repartía comida a los damnificados, pero le teníamos miedo. No podíamos entender lo que nos decían en castellano.

Nos sentamos a un lado y comenzamos a llorar los tres. Alguien se nos acercó y nos preguntó en quechua que por qué. Le dijimos que nuestra madre se había ido a buscar a nuestro hermano y no regresaba con la comida. Esa persona habló con uno y otro. Después regresó con un policía que tenía una lista de nombres. Nos preguntó cómo nos llamábamos. Por la lista sabían que aquella señora nos había llevado a su casa. Nos preguntó el policía si nos había dado el alimento que le habían entregado para nosotros. Fueron a buscarla y cuando volvieron con ella nos gritó, aduciendo que éramos flojos, malcriados y desobedientes. Quiso llevarnos de nuevo, pero no quisimos. Nos prendimos de la persona que trataba de ayudarnos. Por fin nos dejaron quedarnos allí para esperar a mi madre.

Al día siguiente mi madre regresó y se enteró de que la señora había sacado para nosotros frazadas de la Cruz Roja, ropa, alimentos, y utensilios de comedor pero nada de eso nos había entregado. Pero mi madre trajo la buena noticia de que mi hermano vivía y que él estaba triste pensando que nosotros nos habíamos muerto. Todavía no se sabía nada de mis dos hermanas.

Al quinto día regresamos a Los Cedros. Esta vez teníamos que pasar de un lado a otro en unas canoas hechas de cilindros. El personal de rescate sacaba cadáveres mutilados de las aguas.

No pasaron muchos días cuando comencé a sentirme mal. Cada día empeoraba. Cada vez que me quedaba dormido soñaba con la escena del aluvión y rompía a gritar. Empecé a adelgazar. Cada día me volvía más loco sin que hallaran medicina que me curara.

Por fin mi familia decidió trasladarse a Llactaa unos cinco kilómetros de la ciudad de Caraz. Tomamos una casa como cuidadores y chacras para sembrar al partir. Empecé a mejorar y sané poco a poco. Al año nos mudamos a medio kilómetro del área urbana, también como cuidadores y para sembrar como diez hectáreas de terreno.

 

 

 

Victor Laguna Giraldo

Víctor Laguna Giraldo es ministro ordenado de las Asambleas de Dios de Perú. Sirvió como director del Instituto Bíblico de las Asambleas de Dios en Lima. Es casado con doña Victoria y la pareja tiene tres hijas. Actualmente sirve como presidente del Comité Misionero Quechua de las Asambleas de Dios del Perú (COMQAD).


 
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Comentarios: 3

  1. walter meza ibarra

    Muy interesante y triste la historia de nuestro Pastor Víctor Laguna

  2. Eunice L.S.

    podrían subir la 1era parte?

    • conozca_admin

      Lamentablemente aun no encontramos un ejemplar de aquella edición para hacerlo. Si llegas a encontrar uno, avísenos porfavor. Gracias. JAM.

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