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El legado de los padres apostólicos

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2005.2

Por Jaime Mazurek B.

 

 

Nosotros los evangélico-pentecostales tendemos a tomar poco en cuenta la historia y obra de los llamados “padres apostólicos”, quizás por considerarles como los precursores de romanismo católico, y por ende no fiables para nuestra consideración.

Es cierto que los escritos de los padres apostólicos no se pueden equiparar a los textos del Nuevo Testamento y que también se aprecian en ellos brotes de marianismo, sacerdotalismo y monasticismo; pero también dan evidencia del esfuerzo de estos creyentes para defender el evangelio de Cristo ante poderosas fuerzas tanto religiosas como políticas. Aunque sería un grave error aceptar sus ideas como divinamente inspiradas, peor sería ignorarlos por completo, pues buena parte de nuestra formulación teológica tiene bases que surgen de los escritos de estos creyentes de la antigüedad.  Mucho también hay de su ejemplo de vida que merece nuestro estudio y reconocimiento.

Se denominan como “los padres apostólicos” a aquellos hombres que lideraron entre las iglesias cristianas durante los siglos segundo a quinto d.C.. Algunos de los mas destacados fueron: Clemente de Roma (c.30-c.100), Ignacio de Antioquia ( ¿?-117), Policarpo (c.69-160), Justino el Mártir (c.100-165), Ireneo (c.140-c.200), Clemente de Alejandría (c.150-c.215), Tertuliano (160-225), Orígenes (185-253), Cipriano (195-258) y Atanasio de Alejandría (297-373).

Mucho hay que se puede decir acerca de la contribución histórica de los padres al avance del cristianismo.  En este ensayo nos limitaremos a cuatro áreas de suma importancia donde los padres apostólicos jugaron papeles protagónicos.  Estas son:

  1. La expansión de la fe cristiana en medio de grandes persecuciones
  2. La defensa de la fe ortodoxa frente a grandes herejías
  3. La formulación de expresiones teológicas que han servido bien para explicar verdades bíblicas.
  4. El reconocimiento del canon auténtico de las Sagradas Escrituras inspiradas.

 

1.                  Expansión de la fe cristiana en medio de grandes persecuciones

Entre los años 30 y 300 d.C. la iglesia cristiana creció vergitinosamente.  Comenzando con un pequeño grupo de creyentes en Jerusalén, en menos de trescientos años el cristianismo llegó a ser la fe oficial del imperio romano.  Lo más asombroso es que tal crecimiento ocurrió en medio y a pesar de fuertes persecuciones lanzadas por las autoridades romanas en su contra.

Algunas muestras de esas persecuciones son las siguientes:  El emperador Trajano (98-117) decretó que todo cristiano al ser descubierto como tal podía ser ejecutado en el momento y lugar.  Marco Aurelio (161-180) culpaba a los cristianos de todo desastre natural. Bajo el régimen de Séptimo Severo (202-211) se prohibió toda conversión a la fe cristiana.  Máximo el Traciano (235-236) ordenó la ejecución de obispos y líderes cristianos.  Decio (249-251) decretó la primera persecución masiva de cristianos por todo el imperio romano, pues buscaba el total exterminio del cristianismo y el regreso al paganismo.  Valerio (257-260) confiscó los bienes de los cristianos y les prohibió el congregarse en cualquier lugar.  Finalmente Diocleciano (303-311) destruyó iglesias, quemó toda copia de las Escrituras que pudo hallar, suspendió los derechos civiles de los cristianos y los obligó a sacrificar a los dioses romanos.

Queda evidente que con el pasar del tiempo hubo un incremento en la severidad de las persecuciones decretadas contra la iglesia.  Eso fue por causa del continuado crecimiento de la fe cristiana en todo el imperio a pesar de las persecuciones sufridas.  La historia abunda de muestras de dicho crecimiento.  En el año 112 el gobernador Plineo escribió al emperador Trajano para advertirle que todos los centros de culto idolátrico en Asia Menor caían en desuso.  Para mediados del segundo siglo existía una gran iglesia en Lyon, (hoy en Francia), donde Ireneo era obispo.  Según Harnack, para el año 250 vivían en Roma no menos de 30.000 cristianos.[1]  Hay evidencias de los siglos tercero y cuarto de la presencia de iglesias en España y Bretaña.  El norte de África fue cristianizado rápidamente.  De aquel suelo surgieron grandes líderes como Orígenes, Clemente, Atanasio y Agustín.

No cabe duda que los padres apostólicos jugaron un papel clave en dicha expansión.  Policarpo, Justino y Tertuliano dieron valiente testimonio (apologías) ante las autoridades romanas de su fe y motivaron poderosamente a los creyentes a no abandonar la causa de Cristo.  Como si eso no fuera suficiente, muchos de estos grandes líderes sellaron su testimonio con la ofrenda de sus propias vidas en el martirio.  Inolvidables son las palabras de Policarpo quien ante las amenazas de muerte si no adoraba al emperador reiteró su lealtad a Cristo: “Por ochenta y seis años he sido su siervo, y no me ha hecho mal alguno. ¿Cómo puedo blasfemar a mi Rey quien me salvó?”

 

2.                  Defensa de la fe ortodoxa frente a grandes herejías

Durante los primeros siglos después de la era apostólica la Iglesia no sufrió únicamente de persecuciones externas.  También experimentó conflictos internos, grandes desafíos doctrinales que amenazaban con cambiar el mensaje del evangelio de Cristo por otra cosa.  Enseñanzas herejes como el ebionismo, el gnosticismo, el marcionismo, el maniqueismo y el montanismo amenazaron con a lo menos contaminar la fe cristiana peligrosamente, o a lo más, destruirla por completo.  Ante cada uno de estos desafíos los padres apostólicos levantaron sus voces para recordar a los creyentes los principios de la fe cristiana.

Por ejemplo, el obispo de Lyón, Ireneo, en la introducción de su extensa obra de cinco tomos, Contra los Herejes, no escatima palabras para denunciar los errores de los gnósticos:

 

Estos hombres falsifican los oráculos de Dios y se demuestran como malvados intérpretes de la buena palabra de revelación.  También destruyen la fe de muchos, alejándolos, bajo las pretensiones de conocimiento superior, de Aquel quien formó y adornó el universo, como si ellos tuviesen algo mas excelente y sublime que revelar, que aquel Dios que creó los cielos y la tierra y todas las cosas que en ellos hay.  Por medio de palabras sutiles y plausibles, astutamente atrayen a los de mente sencilla para inquirir sobre su sistema, pero sin embargo luego rudamente los destruyen, al iniciarles en sus opiniones blasfemas e impías sobre el Demiurgo; y estos sencillos son incapaces, aun en tal asunto, de distinguir la verdad de la mentira.

El error, en verdad, jamás es presentado en su desnuda deformidad, no sea que al ser expuesto así, llegue a ser inmediatamente detectado.  Mas bien es cuidadosamente adornado de vestimentas atractivas, para que por su forma exterior pueda parecer al inexperimentado como algo  mas verdadero que la misma verdad.   (Contra los herejes, Tomo I, 1:1,2)

Los peligros de las corrientes gnósticas, maniqueístas y montanistas presentaban verdaderos peligros para la iglesia, pero la determinada acción de personas como Ireneo resguardaron la sana doctrina de Cristo.  Tenemos una deuda de gratitud con estos hermanos en la fe.

 

3.                  Formulación de expresiones teológicas que han servido para explicar verdades bíblicas.

A pesar de las persecuciones y herejías que enfrentaban, los padres apostólicos también se dedicaron en gran medida al estudio de las Escrituras y a la reflexión teológica.  Hoy nos valemos mucho de los frutos de sus labores.

Por ejemplo, la expresión “Trinidad” que usamos para describir la naturaleza de Dios, no es una expresión que se pueda encontrar entre los vocablos del Nuevo Testamento.  Viene de una palabra no griega, sino latina, “trinitas”, que fue acuñada por Tertuliano, el teólogo y apologista africano de Cartago, para describir con una palabra el misterio de la naturaleza divina de tres personas en una sola esencia.  De los escritos del mismo Tertuliano han surgido otras expresiones bien conocidas como “la sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia”, “si Dios quiere”, y “que Dios les bendiga”.[2]

Otro de los padres apostólicos al que mucho tenemos que agradecer es Atanasio de Alejandría.  Desde su juventud se dedicó a exponer y defender la verdad de la absoluta divinidad de Cristo, frente a la herejía arriana que afirmaba lo contrario, que Cristo era una criatura angelical.  A los veintidós años de edad escribió su gran obra “Sobre la encarnación”.  En este tratado Atanasio expone la verdad de la plena deidad de Cristo como un imperativo soteriológico.  Es decir, argumenta que si Cristo no fue Dios, si solamente fue un ángel u otra criatura, entonces su muerte no sería suficiente para lograr nuestra salvación.  La deuda de ofensa contra un Dios infinito solo podía pagarse con un pago del mismo valor infinito.  Atanasio escribe:

Nadie entonces, podía dar incorrupción, salvo Aquel quien lo hizo, nadie podía restaurar la semejanza de Dios, salvo su propia Imagen, nadie podía dar vida, salvo la Vida, nadie podía enseñar, salvo el Verbo, el El, para pagar nuestra deuda de muerte, debía también morir por nosotros. (Sobre la encarnación del Verbo , cap. 20)

 

Atanasio luego llegó a ser el gran defensor de la fe cristológica ortodoxa en el Concilio de Nicea del año 325.  El credo niceno (atanasiano) permanece hasta hoy como la suprema declaración de fe en la absoluta divinidad de Cristo.

 

4.                  Reconocimiento del canon auténtico de las Sagradas Escrituras inspiradas.

Finalmente, otro aspecto del legado de los padres apostólicos que hay que destacar es el reconocimiento y la preservación de los libros canónicos del Nuevo Testamento.  Una lectura de los escritos patrísticos revelará al lector cuánto citaban de las escrituras neotestamentarias.  A pesar de la escasez de copias de los aquellos escritos los padres apostólicos fueron devotos estudiantes de las Escrituras.  Interesantemente resistieron la tentación de considerarse a si mismos como escritores inspirados.  Ninguno de los padres apostólicos se atrevió a llamarse a si o a cualquiera de sus contemporáneos “apóstol”.  Consideraban a los apóstoles del primer siglo y a sus escritos como los objetos exclusivos de la acción inspiradora del Espíritu Santo.  Cuando vino el fin de las persecuciones y la iglesia al fin gozaba de libertad para celebrar consejos y concilios sin temor de represalia, las iglesias del oriente y el occidente lograron comparar y dialogar sobre sus respectivos cánones de escritos neotestamentarios.

En el año 367, el anciano arzobispo de Alejandría, Atanasio, publicó con su enseñanza sobre los libros del Nuevo Testamento, estableciendo definitivamente la lista de 39 libros que hasta hoy se reconocen como el canon correcto.  No sería correcto pensar que Atanasio “inventó” el canon, sino que simplemente dio voz a lo que durante muchos años se venía reconociendo entre las iglesias.

Las ideas y acciones de los padres apostólicos contribuyeron mucho en este proceso.  Sin excepción expresaron su aprecio de las Escrituras inspiradas y no reclamaban ser ellos mismos autores inspirados.  Esa humildad se puede ver en las palabras de Ignacio, quien rumbo al martirio escribió: “Yo no soy uno como Pedro y Pablo que pueda darles mandamientos.   Ellos fueron apóstoles.  Yo soy un hombre condenado.”  – (Ignacio, Epístola a los romanos, Cap. 4).

 

Conclusión

El estudio de las biografías y los escritos de los padres apostólicos puede ser una experiencia muy iluminadora y enriquecedora para el amante de la historia de la iglesia.  Su ejemplo de coraje bajo persecución, lealtad a la doctrina de Cristo, y compromiso con el Señor hasta la misma muerte deben ser una inspiración para nosotros que en este tiempo de posmodernismo también hacemos defensa de la fe.

 



[1] Bruce Shelley, Church History in Plain Language. [Historia eclesiástica en lenguaje común], Dallas: Word, 1982, pag. 45.

[2] J. Bryer, “Tertullian” en Who’s Who In Christian History [Quien es quien en la historia cristiana], citado en Internet en http://www.tlogical.net/biotertullian.htm

Jaime Mazurek B.


 

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