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Cuando duda un joven

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 1998.2

Por Floyd Woodworth W.

 

 

            –¡TOMÁS!  ¿CÓMO TE atreves a decir que dudas de la existencia de Dios?  Ay, hijo mío, te has echado a perder.  No lo puedo creer.

–Mamá, cálmate.  ¿No quieres que te sea sincero?

–¿Qué dirá tu papá?  Y pensar que te hemos llevado a la iglesia desde chico.  Y nos ha costado una fortuna ponerte a estudiar en la universidad.  ¿Es esto el agradecimiento que nos ofreces?

–Es que no comprendes, madre.  Quiero entender tantas cosas que no comprendo.  A veces pienso que tanto la Biblia como la predicación que escucho  son inventos de hombres.

-¡Santo Dios!  Cállate en este instante, Tomás.  Dios te va a castigar.  Rechaza esas ideas del demonio.  ¿Me oyes?  Ni una palabra más.  No permito que un hijo mío sea ateo.

Quien sabe cuántas veces semejantes conversaciones han ocurrido en hogares evangélicos.  Y quien sabe si el pastor ha sabido ayudar al joven con dudas o si lo ha endurecido con sus regaños.

Una característica común de la juventud es dudar de todo.  Los que hemos pasado por esa etapa bien sabemos que el antagonismo y la crítica emotiva poco nos ayuda.  En cambio el padre, el pastor que comprende y que tranquilamente sirve de guía con preguntas juiciosas y con cariño, mucho puede hacer para que el joven enfrente sus dudas y tome decisiones positivas al respecto.

Con frecuencia en el ambiente estudiantil se le inculca al joven a rechazar todo para luego ir aceptando las ideas que le gusten y las acepten sus amigos.

Sabio es el líder en la iglesia y el padre que entiende el origen de las dudas, que conoce los argumentos que lanzan los ateos y agnósticos en contra de la aceptación de la existencia de Dios.  Bienaventurada la persona que pacientemente dialoga con el joven que duda.  No se escandaliza al escuchar frases que rechazan a Dios y la Biblia.  Hay que entender que muchos intelectuales contemporáneos comparten la idea de Marcel Cachin:  “Cada paso que avanza la ciencia hace que le religión retroceda”.  No es raro que el estudiante oiga otras ideas de filósofos bien conocidos.  Lenin dijo que “la religión es el opio del pueblo.  Toda idea religiosa, toda idea de cualquier deidad, incluso todo coqueteo con Dios es la infamia más incalificable”.  Se insinúa que un Dios de amor no hubiera creado el cocodrilo o caimán.  Direrot se queja de que “Dios se preocupa muy mucho de sus enseñanzas y muy poco de sus hijos”.  Camus insiste que nacemos, comemos, trabajamos, vivimos, morimos sin explicación alguna.  El humanismo ateo pregona que Dios ha sido un obstáculo en el camino de la humanización del hombre y de la sociedad.  Un estudiante que siente respeto por su profesor puede quedar impresionado con tantos ataques contra la creencia en Dios.  El diablo se vale de dudas para conminar nuestra fe.  El que estudia como también el que pocos libros lee está propenso a dudar de su fe.  Y para el colmo hay  teólogos liberales que insinúan que la Biblia contiene mitos, que no es confiable.

No basta con sólo vocear contra el atacante de la fe quienquiera que sea.  Poco resolvemos si nos volteamos y nos fugamos de la lucha. Es hora de acompañar al joven con dudas en su travesía difícil.  Podemos ayudarlo a establecer una fe sólida en Dios..

El lugar del intelecto en la fe cristiana

Muchos creyentes tienen la idea de que el intelecto es perverso, que la Biblia nos prohibe razonar.  Han sido doctrinados bajo la tutoría de aquellos que estiman que la fe es el resultad de una decisión emotiva.  Enseñan que hay que depositar una confianza ciega en Dios sin que intervenga la mente.

Tenemos que preguntarnos, sin embargo que si la Biblia va en contra de la razón.  Aunque no presenta una apología  argumentada por cada principio que expone, tampoco ofrece un sistema de ideas que carecen de lógica.  La Biblia es superior a la razón humana pero no es irrazonable.  Para algo Dios nos ha equipado con la capacidad de razonar.  La Biblia no nos aconseja que nos despidamos de la facultad de pensar lógicamente cuando nos hacemos creyentes.

El Señor Jesucristo nos exhorta a amar a Dios no sólo con el alma y espíritu sino también con la mente.  El proceso de la liberación espiritual abarca la participación de la mente.  Conoceréis la verdad, Juan 8:32.  Para conocer algo la mente tiene que activarse.  Un escritor que se valió bastante de la mente, Pablo, nos afirma que sabía en quien había puesto su confianza, 2 Timoteo 1:12.  El mismo apóstol insiste en que el ofrecerse a Dios es un acto racional, Romanos 12:1.

Pero no es cuestión de sólo saber lo que uno cree, sino también  de saber por qué lo cree.  El hecho de aceptar ideas de una eminencia no nos da la seguridad de tener la verdad.  Tenemos que saber por qué tenemos una fe en un Dios que no se ve.

No tenemos que tener miedo a un espíritu de investigar toda creencia.  La Biblia nos anima a hacerlo.  Pedro nos exhorta a estar preparado para dar razón  de nuestra fe.

El ambiente intelectual del mundo de hoy

Siendo que la Biblia no pretende ser un manual de ciencia, ¿qué importancia debe dar a la ciencia el creyente que desea ordenar su vida por la Biblia?  Esta pregunta se puede contestar con otra:  ¿cuáles de los grandes personajes de la Biblia se negaron a estar al tanto de los conocimientos de sus tiempos?  Moisés perfectamente sabía actuar en la corte egipcia.  Daniel recibió la mejor preparación intelectual posible en su época.  Con desenvoltura Pablo podía hablar con gobernantes romanos y filósofos griegos porque conocía sus creencias. No es posible cumplir con la orden de Pedro de dar una razón de la fe si el creyente no sabe cómo piensa la persona con quien dialoga.

Para poder comunicar con el hombre moderno tendremos que comprender el espíritu de los tiempos de la actualidad.  Se nos exige que preguntemos, que analicemos, que razonemos.  La ciencia parte de la creencia de que se debe buscar una explicación lógica de los fenómenos de la naturaleza.  Al preguntarse cuál es su causa, el científico formula una hipótesis, una explicación supuesta para luego someterla a prueba.  Si después de estudiarla, aplicarle las leyes conocidas, practicar experimentos, discutir la supuesta explicación con otros, la hipótesis si queda en pie, va tomando su lugar como teoría.

Aunque la teoría en el mundo científico es más respetable que la hipótesis, ya que se ha logrado alguna evidencia para apoyarla, no se entiende como una certeza irrefutable.  Resta que se acumulen evidencias convincentes.  Hay que presentar hechos que demuestran sin lugar a dudas la veracidad de la teoría.  Precisa que muchos otros científicos sometan la teoría a investigación y experimentación en circunstancias muy diversas.  Las dudas tienen que quedar satisfechas en la mente de todos.  Sólo después de que estos requisitos queden cumplidas se puede establecer la teoría como una ley científica.

Se toma por seguro que las investigaciones se llevarán  a cabo con un espíritu objetivo.  El científico tiene como meta aceptar la evidencia, duela a quien le duela.  Venga la verdad, dice el verdadero científico.

El ejemplo de la búsqueda de la causa del universo

Al joven que experimenta dudas de la Biblia le sería de provecho pensar y razonar  con respecto a la primera causa del universo.  Que comience preguntando:  ¿cómo principió este universo?  ¿Qué base puedo tener para hablar de la creación por Dios?

¿Qué base tiene la gente para hablar de San Martín, Simón Bolívar o Miguel  Hidalgo?  ¿Será leyenda lo que se lee de ellos o vivieron de veras en la historia?  Es pérdida de tiempo hacer investigaciones sobre sus hechos si queda la posibilidad de que nunca existieron.

De igual manera, si no existe Dios, la Biblia se convierte en una colección de fábulas y cuentos.  Se debe relegar a una categoría de literatura de mitos.

La lógica de pensar en una causa

            ¿Qué ocasionó lo que vemos y somos?  Algunas personas se niegan a prestar atención al problema porque les da pavor.  Otras aceptan de manera seca que el universo siempre ha existido.  El subconsciente de otras personas furtivamente pasa el interrogante al olvido como hacen con otros asuntos desagradables.  Uno que otro científico afirma que es cuestión de la metafísica (el estudio filosófico que trata de los principios de las cosas). Insisten que la ciencia nada tiene que ver con la metafísica.  “Que la filosofía luche con el problema”, insisten.  “La ciencia tiene que limitarse a lo que sea tangible, a lo que se pueda observar”.

Pero tenemos que enfrentar el gran interrogante “A qué se debe el universo”?  Nos mira de frente cual monstruo que desafía un intento de ir en su contra.  No le hace.  Vayamos considerando toda la evidencia.

La gente común acepta el concepto de que cada efecto tiene su causa.  Se me enferma un hijo e inmediatamente quiero saber qué es lo que provoca el trastorno.  Una pelotilla de papel choca contra la cabeza de un niño y en el acto voltea el chiquillo la cabeza para preguntar “¿quién fue?”  No tiene necesidad alguna de que alguien le lance una conferencia sobre el principio axiomático de que cada efecto tiene su causa.  Entiende el niño que la pelotilla no chocó con fuerza contra su cráneo de manera espontánea.

La ciencia invierten riquezas económicas e intelectuales en la búsqueda de la causa del cáncer.  Muchos gobiernos se interesan en saber más acerca de la causa de los repentinos cambios meteorológicos que tanto afectan la producción agropecuaria.  Todo el mundo quiere saber qué es lo que causa los cambios de la corriente El Niño.   La investigación científica parte del principio de la causalidad.

Se ha descubierto que la materia se transforma continuamente en energía, lo que nos hace deducir que no es eterna.  Siendo así, tiene que haber tenido un comienzo.  No satisface la idea de un comienzo espontáneo, así es que tenemos que llegar a la conclusión de que algo provocó, ocasionó el comienzo.

El orden cronológico entre causa y efecto no es difícil de percatar.  Primero está la causa, después viene el efecto.  Por lo que hay que aceptar que si el universo es el efecto, su causa tiene que precederlo en el tiempo .

Si se postula la idea de que el universo nuestro salió de otro cosmos hace billones de años, estudiémosla.  El concepto de una gran explosión que causó el comienzo del universo, o sea, que provocó el nacimiento del presente universo, lo podemos recibir como otro modelo de trabajo.  Una de las primeras preguntas que tenemos el derecho de hacer es ¿qué causó la explosión?

Al que nos dice que la causa fue una explosión del sol, tendremos que molestarle con el interrogante:  ¿qué ocasionó tal explosión del sol?  A la persona que cree que este universo salió de otro más elemental y antiguo, le preguntaremos:  ¿cuál fue la causa del universo elemental?  Tendremos que dar para atrás buscando una primera causa.  La experiencia apoya la idea de que una causa fue primeramente un efecto producido por una causa anterior.  Así se establece una cadena de causas que va cada vez más atrás en el tiempo.

Llegará el momento, sin embargo, en que nos veremos con la necesidad de apartarnos de la experiencia para aceptar lo que dicta la lógica.  La cadena de causas no puede ser perpetua.  Terminará allá en algún momento remoto con una primera causa que no fue primero un efecto, la que algunos llaman la causa prima.

La primera causa

La primera causa obviamente trasciende el tiempo.  Es decir,  la causa prima no tuvo causa alguna y por lo consiguiente, siempre era, eternamente ha existido.

El que defiende la idea de que la primera causa tuvo también un principio se verá obligado a sostener que la nada produjo la causa que dio principio a la cadena.  Pero ni la experiencia ni la razón admiten que la nada pudiera producir algo.  La lógica, por lo tanto, nos obliga a aceptar el concepto de una causa original que siempre ha existido.

 

ETERNIDAD               TIEMPO

Causa prima              EFECTO              EFECTO               EFECTO

                                   CAUSA                 CAUSA

No tenemos ninguna necesidad en este momento de preocuparnos por el nombre con que se vaya a bautizar esa primera causa.  El uso del término “causa” es adecuado para la tesis.

Claro está que cualquiera hipótesis sobre la causa del universo no se podrá sujetar a la experimentación como acostumbran los científicos para probar sus premisas acerca de otras causas.  Ningún ser humano estaba presente cuando se comenzó a formar el universo.  No podemos igualar las condiciones de aquella ocasión.  Tenemos, pues, que limitar nuestras pruebas de cualquier hipótesis de la causa del universo a un proceso de razonamiento.  Cualquier apelación a la experiencia humana sería incompleta ya que no se puede repetir la situación de aquella época.  No podemos recurrir a la Biblia acerca de la primera causa al dialogar con personas que se niegan a aceptar su autoridad.

Características de una causa original

Una vez establecido el principio de la primera causa, podemos pasar a razonar cuáles características se le tendrán que asignar por lógica.  Aunque no tenemos la posibilidad de observar la causa prima, ya hemos visto que esa causa siempre era.  Como consecuencia, podemos llegar a la conclusión de que esa causa prima tiene la característica de eternidad.

Buscando otra característica, podemos notar que todo proceso de causalidad implica la presencia de energía.  No crecen las plantas, no nos movemos, no se carga una piedra de un lugar a otro sin que se tenga acceso a una fuente de energía.  Totalmente razonable sería, por lo tanto, concluir que la primera causa contaba con una potencia para poder iniciar la cadena de causas y efectos.  Esa fuerza tendría que ser inherente, ya que siendo la causa original, no tendría a dónde recurrir para valerse de otra fuente de energía.  Así que con toda seguridad le podemos asignar una segunda característica a la primera causa:  energía.

            El primer principio de la termodinámica nos hace ver que la energía no puede desaparecer ni originarse de la nada.  Únicamente se puede transformar en diferentes formas.  Da a entender que la energía siempre ha existido y por lo tanto se relaciona íntimamente con la primera causa.

Limitando el razonamiento al solo argumento de la causalidad, no discernimos más características que haya tenido la primera causa.  No sabemos si tendría sentimientos de amor o de odio o si no sentiría nada.  Tampoco revela este argumento si la primera causa ha tenido inteligencia.  Solamente podemos estar seguros de que siempre existió y que disponía de fuerzas propias.

Los que niegan la existencia de Dios encuentran problemas serios aquí.  Muchos afirman que no hallan de qué manera explicar la causa prima. Muchos insisten que la ciencia no está en obligación de hacerlo, sino que eso sería problema para la metafísica .  Sea como fuera, con toda calma puede el creyente preguntar al mundo entero:  ¿cuál es la teoría que más congruencia tendrá con el hecho de la prima causa?  ¿Será la teoría de los cristianos, o la de los ateos?  Sólo hay dos teorías.  El problema con la de los ateos es que su explicación carece de lógica.  Quiere decir que son ellos los que tienen toda razón para dudar. XXX

Floyd Woodworth W.


 

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