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¿Por qué en una fiesta de bodas?

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 1998.4

Por J. Humberto Cabezas P.

            EL GRAN MILAGRO del agua convertida en vino se había consumado. El apóstol Juan lo refiere como “principio de señales”, aludiendo al hecho de que aquel portentoso acto inauguraba el ministerio público de Jesús.

¿Por qué en Caná y en una fiesta de bodas? ¿Acaso no serían el día de la Pascua y el templo de Jerusalén ocasión y lugar ideales para tan magnífica ocasión? ¿Qué razones habrá tenido el Maestro para elegir, al parecer, de manera tan incongruente la ocasión? Sugiero al menos dos motivos.

En primer lugar, aquella era una época tenebrosa que afligía el alma. Tal condición se veía agravada por el judaísmo, religión oficial judía en que abundaban las ceremonias por fuera pero se hallaba miserablemente vacía por dentro. No había profeta en Israel. Jehová había callado. Cuatrocientos años de silencio se rompían aquel día. El canto, la risa, el gozo y la esperanza irrumpían en la realidad del hombre común. El Mesías tan largamente esperado había llegado para cambiar el agua insípida de la religión en el vino delicioso de la gracia. Semejante anuncio merecía una fiesta. Debía producirse en um ambiente jubiloso y alegre. ¡El reino de Dios se había acercado!

En segundo lugar, las bodas significan renuncia. Durante aquella celebración en Caná Jesús mismo renunciaba. Desde aquel momento quedaba separado definitivamente de todo lo que había sido su vida durante treinta años. Atrás quedaban amistades, vecinos, trabajos y pertenencias. Se quedaba la Nazaret de la infancia y toda una multitud de recuerdos que atesoraba en el corazón. Allí mismo, expresada en cuatro palabras, “¿Qué tienes conmigo, mujer?”, planteaba a su madre los términos irrevocables de la despedida.  María siempre esperó una despedida, pero sin duda nunca aceptó sin antes conmoverse de dolor y angustia. Más aún, aquel varón galileo renunciaba a la vida misma. Sabía con certeza inequívoca que el último tramo de su dolorosa ruta hacia la cruz se había iniciado. Ciertamente Jesús renunciaba a muchas cosas y personas que amaba.

¿A qué renuncian los novios hoy en día? A una vida que desde la niñez han dedicado a la satisfacción de sus personales deseos y preferencias. Desde que su compromiso matrimonial se santifica delante de Dios, termina el “yo quiero” y comienza el “nosotros queremos”. Finaliza el “yo voy a hacer” y se inicia el “nosotros vamos a hacer”. Han dejado de ser dos para venir a ser uno solo. Quienes se acercan a la vida matrimonial sin antes renunciar al habitual egocentrismo cultivado a lo largo de los años de soltería verán aumentadas grandemente las ya naturales dificultades de vivir como marido y mujer.

Pero la ceremonia de las bodas no habla solamente a la pareja en el altar. Nos habla a todos los que tenemos puesta nuestra esperanza en aquel grande y majestuoso evento de las Bodas del Cordero. Nos dice que nadie podrá asegurarse un lugar en aquella anhelada ceremonia celestial si hoy, en el presente, no renuncia al pecado. Si Jesús, siendo Dios, tuvo que renunciar a fin de volver a la gloria de la cual se despojó por cada uno de nosotros, ¿qué nos hace pensar que nosotros llegaremos allá sin renunciar a nada?

En el centro de la solemne ceremonia del matrimonio se encuentra el principio cristiano de la renuncia. Sin practicarlo no llegaremos a ver consumada nuestra más grande aspiración en Cristo Jesús: alcanzar la vida eterna.

Con razón el Maestro escogió una fiesta de bodas.

 

 

J. Humberto Cabezas P.

Casado con Marta Lilian Rodríguez, el isumista José Humberto Cabezas Palomo es Director del Departamento de Educación Cristiana de la Iglesia Cristiana “Josué” ubicada en la ciudad de San Salvador, El Salvador. El matrimonio tiene tres hijos. Predicó el hermano Humberto este mensaje cuando oficiaba una boda.


 

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