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¿Y la gloria?

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 1991.1

Por: Floyd Woodworth

 

Me concedió el primer mandatario una audiencia. Si mi comportamiento en su presencia es semejante a la manera en que me he comportado a veces en la adoración al Mayor de todos los mandatarios, el señor presidente muy pronto pondrá fin a la entrevista. Más vale que refleje la sinceridad y formalidad en la audiencia.

Hablo soñando porque ningún presidente me ha concedido audiencia, pero no sueño al reflejar las ocasiones en que he manifestado una actitud muy superficial al participar en un culto.

Muchos consideran que no existe lo que se pudiera llamar una liturgia pentecostal porque no seguimos una fórmula prescrita por un cuerpo eclesiástico superior. Pero el vocablo “liturgia” se puede definir por “sistema de adoración pública”. Allí nos incluimos, ya que sistema tenemos. Antes de llegar al templo uno ya sabe que habrá oración antes de recibir la ofrenda. Se acostumbra tener el sermón principal del orador de mayor rango en la parte final del culto. La rutina no es la misma en todas las iglesias, pero los feligreses de una iglesia pueden pronosticar con bastante certeza de qué se compondrá un culto dado y el orden de las diferentes actividades y “ritos”.

A la rutina que se sigue en una iglesia se le agregan apéndices de cuando en cuando. Hay quienes han agregado al orden un aplauso para el Señor. En algunas partes se dan tres glorias a Dios que no se daban hace veinte años. Se usan entre vítores una que otra pregunta o frase como “¿Están contentos?” o “¿Quién vive?” ¡Y cuidado de no incluir esos apéndices si le toca a uno dirigir el culto!

Se cantan ahora puros estribillos o coros cuando antes se usaban himnarios para entonar cantos de varias estrofas. Pero se canta siempre. Y en algunas partes se considera un error cantar sentado. Son cositas que van formando costumbres indelebles en nuestro sistema de adoración pública.

En algunas iglesias se extiende el uso de la palabra a todos los pastores presentes. No es raro que doce obreros tomen doce minutos cada uno para hacer uso de la palabra con exhortaciones, remembranzas, testimonios y reprensiones.

Nuestra liturgia tiene fama por la hermosa característica de involucrar al pueblo en general. Canta toda la congregación. A personas de diferente niveles de preparación y rango social se le extiende la oportunidad de dirigir, de dar un testimonio, de presentar una exhortación, de cantar un solo.

No pecamos por tener una liturgia, pero debemos preocuparnos por nuestra manera de seguirla. El sistema en sí no santifica lo que se ofrece a Dios, ni asegura que Dios será glorificado. Depende de la manera en que se siga el sistema si Dios es ensalzado o no. Tenemos motivos, por tanto, para evaluar nuestra actitud y nuestra manera de seguir nuestra liturgia. “Perdonen lo malo, hermanos. No hemos ensayado, pero como es para Dios. . . ” ¡Pedimos perdón a seres inferiores por lo que vamos a ofrecer al Superior, al único y eterno Dios! El hecho de tener una liturgia no es el problema. Lo grave es la falta de seriedad, el concepto tan reducido de lo que se merece Dios. La Biblia sí nos anima a acercamos al trono de la gracia con confianza, pero no dice que se haga con ligereza.

¿Qué falta de espiritualidad habría en hacer algunos preparativos con anticipación para lo que uno va a presentar en el culto? ¿Sería demasiado pecaminoso que los músicos apuntaran en alguna libreta u hoja de papel el tono en que se ha de tocar un coro o un himno? Eso de probar veinte diferentes tonos, comenzando y recomenzando diez veces sólo por no haberse preparado de antemano lo que se va a presentar da una impresión de falta de seriedad, de que poco se afana el participante para ensalzar a su Dios.

Hablemos de distracciones. Cuando por ahí una persona conversa y por acá otro se pasa de un lugar a otro, ¿en qué queda glorificado Dios? Si sólo lo hicieran los que por primera vez llegan al culto, no habría problema; pero eso lo hacen hasta pastores.

¿Y qué diremos de las distracciones producidas cuando un guitarrista toca continuamente durante el culto, cuando hace falta música y cuando no? Pareciera que su deseo es hacer competencia con el que habla en ese momento. Hay que tener oídos de tecnología avanzada para poder filtrar (eliminar) el ruido de esos instrumentos musicales y concentrarse en lo que se está diciendo. ¿No deben los músicos tocar sólo cuando hace falta música y luego hacer lo que hacen los demás para lograr la unidad del cuerpo?

Si algunos me vienen a visitar en mi casa y, en vez de dirigirme la palabra, van por todas partes caminando y hablando entre sí, no quedaré por ningún motivo convencido de que su interés sea complacerme a mí o conversar conmigo. Lo cierto es que no engañamos a Dios cuando con nuestras palabras proclamamos a voz en cuello que hemos ido a exaltarlo a Él, y al mismo tiempo nos distraemos en tantas otras cosas o servimos de distracción para los demás.

Ni a muertos, ni a autómatas ni a escandalosos busca Dios que lo adoren. Pero sí busca adoradores. Procura creyentes que estén conscientes de que adoran al Juez, al Redentor de su alma, al Omnipotente, a uno mayor que el señor presidente de la República.

 

Floyd Woodworth W.


 

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