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Revelación

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 1991.2

Por Pablo Hoff

 

“¿Descubrirás tú los Secretos de Dios?” (Job 11:7). Esta pregunta de Zofar a Job presenta el problema perenne de la teología: ¿Cómo puede la criatura finita conocer a su Creador invisible? ¿Puede el hombre descubrir a Dios y saber las verdades pertinentes a Él, empleando sus facultades de observación, intuición y razón? ¿O será necesario, como dice Lutero, que el Deus absconditus (el Dios escondido) tome la iniciativa para llegar a ser el Deus revelatus (el Dios revelado)?

 

El Arzobispo William Temple, en un artículo sobre revelación, observa:

“El problema dominante del pensamiento religioso de hoy es el de la revelación. ¿hay realmente tal cosa? si la hay, ¿cuál es su modo y forma?… ¿cuáles principios se usan para seleccionar su vehículo?”¹

 

Estas preguntas reflejan el rechazo moderno de la doctrina ortodoxa de la revelación así como el pesimismo reinante en el mundo teológico contemporáneo.

Desde hace más de dos siglos, filósofos y teólogos, hostiles a la creencia de lo sobrenatural, ponen en tela de juicio la doctrina de que Dios se ha dado a conocer por medio de un libro inspirado. Forjan alternativas nuevas, resucitan viejas soluciones o simplemente dejan de buscarlas y caen en el agnosticismo.

En este estudio, el primero de una serie sobre teología, consideraremos lo que se denominan revelación general y teología natural.

 

REVELACIÓN GENERAL

Se clasifica la revelación en dos categorías: la general y la especial. La revelación general incluye las evidencias para tener fe en Dios aparte de Cristo y la Biblia. La especial, según la ortodoxia cristiana, se encuentra en las Sagradas Escrituras, en Cristo y en la experiencia religiosa. Aparte de una revelación especial, Dios se revela en tres formas a toda la humanidad: a través de la creación o naturaleza, de la constitución del ser humano y de la historia. La implicación es que el hombre puede conocer a Dios sin tener la revelación especial presentada en la Biblia. Las Escrituras Sagradas sostienen que la creación señala que hay Dios. “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. ..No hay lenguaje, ni palabra, ni es oída su voz. Por toda la tierra salió su voz” (Salmo 19:1, 3, 4).

“Las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles. ..siendo entendidas por medio de las cosas hechas” (Romanos 1:20). Al reflejar sobre el orden y designio que se ven en el universo, es lógico creer que hay una mente infinitamente sabia y un poder sobrenatural tras todo ello. Como un reloj implica que hay un relojero, así la creación hace ver a un Creador. La naturaleza del hombre mismo señala que hay un Creador. De otro modo, ¿de dónde recibió ese su conciencia moral, Romanos 2:14, 15, y su instinto religioso? La ley moral en el ser humano exige que haya Legislador. Siendo el hombre un ser que por naturaleza cree en algo sobrenatural, esto señala que realmente existe Dios.

Algunos pensadores ven la mano de Dios en los acontecimientos históricos. Si Dios es activo para llevar a cabo sus propósitos en el mundo, es probable que sea discernible su intervención en sucesos decisivos en la historia secular. Por ejemplo, en ciertos acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial, parece que Dios obró en la decisión de Hitler de invadir a Rusia, en la evacuación de Dunkerque y en la batalla de Midway, pues todos fueron decisivos para la derrota de Alemania y Japón. Además, se ve la providencia divina en la preservación del pueblo judío, una raza conquistada, esparcida y perseguida a través de los siglos.

 

TEOLOGÍA NATURAL

Empleando la razón (el proceso de llegar a conclusiones lógicas por medio de hechos y afirmaciones que son obviamente verdaderas), los pensadores desarrollaron la teología natural. Se trata de la idea de que es posible llegar al conocimiento de Dios sólo por medio de la razón, o sea la capacidad humana de entender, interpretar y evaluar la verdad que se observa en el universo. Por ejemplo, el gran teólogo Tomás de Aquino, motivado por el deseo de convencer a personas que rechazaban la revelación especial de las Escrituras, echó mano de la filosofía de Aristóteles, para formular cinco pruebas acerca de la existencia de Dios. Según ellos, la razón sola debe inferir su existencia a partir de los efectos de Él en la naturaleza.

Santo Tomás arguye que hay una primera causa de todo lo que existe. Nada que vemos es su propia causa; todo es un efecto de una causa adecuada fuera de sí mismo y anterior a sí, pues de la nada no puede venir nada. Pero la serie de causas no puede ser infinita; tiene que haber una primera causa. Si no fuera por una primera causa, la cual es su propia causa y últimamente la causa de todo lo demás que existe, el entero proceso causal nunca habría comenzado. Así que se llama “Dios” la primera causa, el cual es el Diseñador y Creador del universo.

Los argumentos cosmológicos (basados en la realidad de un mundo ordenado) de Tomás son: 1) El movimiento presupone un movedor original. 2) Es imposible concebir una serie infinita de causas; por lo tanto, tiene que haber una causa primera. 3) Lo condicional demanda lo que es absoluto. 4) Lo que es imperfecto implica lo que es perfecto como su norma. 5) El quinto argumento se llama “teleológico (el vocablo griego “telos” significa designio) Puesto que se ven diseño y designio en el universo, tiene que haber un arquitecto o proyectista tras la naturaleza.

Otro argumento, relacionado con el cuarto argumento de Tomás e ideado primero por Anselmo (1022-1109), se denomina ontológico. Este término se deriva de un verbo griego que significa “ser”. Según este pensador, Dios se define como algo más grande que cualquier cosa concebible. Tal ser tiene que existir porque, si no existiera, no podría ser el más grande que uno puede concebir. Otra versión de este argumento presenta la tesis de que el hombre puede concebir de Dios la idea de perfección. ¿De dónde consigue el hombre su concepto de Dios, sino de Dios mismo?

Es el argumento más débil de los cinco. Kant señala que la simple capacidad de concebir el ser más grande o más perfecto de todos de ninguna manera prueba que realmente exista. Uno puede imaginar que tiene dinero en el banco pero esto no implica que lo tenga. El valor de la revelación general es muy limitado. Sólo enseña que Dios existe, es poderoso, sabio y el autor de orden y belleza. No lo identifica y casi nada revela acerca de su naturaleza, gracia y redención. No basta para señalarnos el camino de salvación. Al contrario, sirve para condenar al hombre pues éste no vive según la luz que tiene. Las catástrofes de la naturaleza, tales como terremotos, tornados, inundaciones, enfermedades y plagas, aun pueden convencer al hombre de que Dios es caprichoso. Aparte de una revelación especial, Dios todavía es de carácter escondido e incomprensible.

Además, Romanos 1:18-23 indica que el hombre corrompido por el pecado no es capaz de interpretar correctamente la revelación divina en la naturaleza. Su mente entenebrecida tuerce y falsifica la verdad: él cree la mentira, pone en tela de juicio lo justo y promueve lo malo. Cambia “la gloria de Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles

Lo que necesita el hombre caído es lo que Juan Calvino describe como los “anteojos de fe”, para ver a Dios en la revelación general. El ser regenerado por el Espíritu Santo puede reconocer en la naturaleza lo que ha visto más claramente en la Biblia. La teología natural basada sobre la revelación general nunca ha sido convincente a los ateos, ni ha sido un factor decisivo para llevar a los hombres al Dios verdadero. El apologista contemporáneo, Carl F. H. Henry , comenta: “La suposición de Tomás de Aquino de que Dios puede ser conocido por la razón natural sin una revelación de Jesucristo puede ser considerada en realidad como una involuntaria preparación para la rebelión de la filosofía moderna contra la revelación especial y su énfasis contrario solamente en la revelación general.”²

En el siglo dieciocho, el filósofo alemán, Manuel Kant inició el moderno movimiento dentro del protestantismo, que construye sistemas de teología sin reconocer que Dios se reveló a sí mismo en la Biblia. Kant empleaba la razón para prohibir la especulación metafísica (la ciencia que se trata de la naturaleza de la existencia y del origen y estructura del universo). Sostenía que no se podía conocer nada salvo objetos de tiempo y espacio y sólo por medio de los sentidos; de otro modo, uno se enredaría en interminables contradicciones. Sostenía que cuando las personas hablan acerca del espacio y tiempo, causa y efecto no se refieren a lo que realmente pasa o existe sino que hablan según las costumbres de su mente.

Rechazó cruelmente los cinco argumentos desarrollados en la edad media para probar la existencia de Dios. Señaló que eran sólo tres y eran ontológicos. No valía el argumento de que la mera definición de un ser necesario implica su existencia tal como la definición de un triángulo implica que tenga tres ángulos. La prueba tiene validez sólo si suponemos anteriormente que tal ser exista. Es decir, Tomás arguye en un círculo, comenzando con la suposición de que hay un luego empleando esta necesidad para desarrollar los argumentos del por qué existe. Con esto, negó toda posibilidad de que haya una revelación y de poder conocer a Dios intelectualmente o por relación. Según él, Dios es incognoscible, pues no es un objeto de tiempo y espacio y no puede ser percibido por los sentidos.

Partiendo de la duda, Kant reconstituyó la certidumbre por medio de la razón práctica y de la ley moral. Concluyó en favor de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma. Retuvo el concepto deísta de Dios como el galardonador de la virtud y castigador del mal, pero su religión no tuvo lugar para la Biblia como revelación. Así que el pensador alemán preparó el camino para el liberalismo y el modernismo. Su filosofía constituye el punto divisorio de la teología protestante.

Por otra parte, los protestantes conservadores nunca han tomado en serio el pensamiento kantiano. Siguen creyendo en las Escrituras Sagradas como una revelación divina, pero ponen poco énfasis en la revelación general.

Entonces, ¿cuál es el valor de la revelación general? La ley moral que se encuentra en el hombre proporciona a la sociedad la base para regular su conducta. Si la sociedad no observara los principios de la moralidad y ética, dejaría de existir; se degeneraría en caos. Puesto que por la revelación general toda la humanidad tiene algún conocimiento de que existe Dios, el pecador, al escuchar el evangelio, tiene previamente algún concepto de Dios. La idea de Dios no carece de sentido para él. Así la revelación general puede prepararlo para aceptar la revelación especial. Se puede emplear la revelación general para demostrar a la persona sincera pero con problemas intelectuales, que el evangelio tiene una base racional. Puede ser usada para confirmar la fe en Dios.

 

REFERENCIAS y CITAS

 

  1. The word for this century (Merrill E. Tenny, ed., Oxford University Press, Inc., 1960) citado en Readings in Christian theology vol. 1 (Millard J., Erickson, ed., Grand Rapids, Michigan: Baker Book House, 1987) pág. 153.
  2. Carl F. H. Henry, “Revelación especial” en Diccionario de Teología (Everett F. Harrison, el, Grand Rapids, Michigan: T.E.L.L., 1985) pág. 467.

 

Pablo Hoff es conocido en toda la América Latina por sus libros, entre los cuales figuran: El Pentateuco, Los libros históricos, Se hizo hombre y El pastor coma consejero. Es profesor del ISUM. Actualmente dirige el Instituto Bíblico Pentecostal en Chile.

 

Pablo Hoff


 

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