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La formación del carácter

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 1982.1

por Oscar Enrique Barillas,
Pastor salvadoreño

“He aquí como el barre en la mano del alfarero, así sois vosotros en mí mano” (Jeremías 18:6).

Forjadores de carácter somos los que tenemos la oportunidad de ser maestros de la Palabra de Dios. No importa a que nivel enseñemos– ya sea a adultos, jóvenes o niños, “¿No es mi palabra como fuego, dice Jehová, y como martillo que quebranta la piedra?” (Jeremías 23:29). Tenemos en nuestras manos el arma más poderosa para transformar vida—la Palabra de Dios.

El carácter es parte esencial de nuestro ser. Por él nos distinguimos de las demás personas. Nos hacemos únicos e inconfundibles. Tim La Haye le llama “el verdadero yo, la suprema corte del individuo. El carácter no se improvisa, se va formando poco a poco a fuerza de actos de dominio sobre sí que, con la acumulación, va redondeando nuestra índole como se forma la bola de nieve con la aglomeración de muchos copos.”

El temperamento es una de las tres cosas que influencian poderosamente la formación de nuestro carácter. Otra cosa que tiene que ver con este proceso es la educación en la infancia. Aquí hace un papel muy importante el hogar, especialmente el trato de padres e hijos.

El tercer factor en el establecimiento del carácter es la conciencia. La Biblia nos dice que una conciencia puede ser cauterizada, corrompida y débil, o puede ser buena y limpia según la habilidad de esta de discernir el bien o el mal. Esta conciencia nata tiene un papel en hacernos diferentes de los demás seres vivientes. Que necesario es motivar a nuestros estudiantes a que permitan que las enseñanzas bíblicas refuercen la conciencia.

“Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartara de él,” aconseja el proverbista. (Proverbios 22:6). Es en la edad de la infancia cuando los padres pueden inculcar buenos modales, buenas costumbres y sobre todo el temor a Dios que enseña la Palabra de Dios. El maestro fiel que trabaja en la Escuela Dominical también tiene una magnífica oportunidad de formar el buen carácter preparando con cuidado la porción adecuada. De esta manera el infante recibirá la enseñanza bíblica que le ayudará a ser un creyente firme y netamente evangélico.

La juventud es la época de las decisiones. Algunas de ellas determinarán el destino del joven. En este tiempo el joven se pregunta, ¿Qué estudiaré? ¿Con quién me casaré? El salmista se hizo la pregunta: “¿Con qué limpiará el joven su camino?” El mismo responde: “Con guardar tu Palabra.” El maestro que enseña a los de esta edad tiene el privilegio de ayudar a los jóvenes a tomar decisiones correctas que fijaran el rumbo de toda su vida.

Sean niños, jóvenes o adultos, el maestro les puede alumbrar el camino con sus enseñanzas. Podrá martillar el carácter de sus alumnos “… hasta que todos lleguen a la unidad de la fe y del conocimiento del hijo de Dios, a un varón perfecto a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13).

Oscar Enrique Barillas


 

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