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Pastoral de la enfermedad

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2015.1

Edgardo Muñoz

 

¡Qué fácil nos sería vivir en un mundo donde todo es blanco o negro! Aprenderíamos las cosas una sola vez, y pronto lo sabríamos todo. Sin embargo, el simplismo reduciría al universo a la nada. Millones de leyes hacen que existamos con una complejidad única. El infinito se observa plagado de variables que sólo podrían combinarse exitosa y armoniosamente bajo el diseño de un Creador infinitamente sabio.

Si la creación muestra matices diversos e impredecibles por nuestra limitada mente, Dios mismo reviste mayor complejidad. Tal deducción debería provocarnos un fuerte impulso a la flexibilidad ante las diversas situaciones de la vida al mismo tiempo de aceptar que no lo sabemos todo y mucho menos debemos esperar que las cosas ocurran a nuestra manera. Lo mismo ocurre con nuestra percepción de la verdad de Dios.“…ahora vemos como por espejo, oscuramente“.  No podemos, en base a un par de experiencias respaldadas por algunos textos bíblicos, predecir la voluntad soberana de Dios y mucho menos “atar“ a Dios a nuestras expectativas como si fuese el genio de la lámpara o algún ídolo de los cananeos.

La sanidad divina es una verdad bíblica y una promesa. Pero se impone la realidad de que esta bendición de Dios no es una regla automática sino un acto de la gracia, que como tal se vincula a la soberanía divina. Si la sanidad fuese una invariable constante, el paraíso estaría establecido hace ya tiempo en esta tierra. En definitiva todos, mientras el Señor no regrese, moriremos como consecuencia del deterioro del cuerpo, sea acelerado por una enfermedad aguda, o lento por la misma vejez. Este tabernáculo se va deshaciendo en contraste con el edificio no hecho de manos.

Las Escrituras no temen revelar que no todos serán sanos, Mateo 25 recuerda las palabras del Maestro. “Estuve enfermo y no me visitasteis“ aludiendo a los pequeñitos de su pertenencia. Pablo predicó a los Gálatas debido a una enfermedad del cuerpo (Ga. 4:13). Filipenses 2 menciona a Epafrodito que enfermó casi a punto de morir, y su recuperación no se debió al ejercicio de un don. El aguijón en la carne de 2Co. 12 pareciera corresponder a un problema físico de Pablo. Por otra parte, la participación hipócrita de la Santa Cena aparejaba la corrección divina a través de alguna enfermedad.

La Biblia afirma que el milagro de la sanidad está a disposición de los creyentes, pero a su vez reconoce que hay personas que no son sanadas. ¿Cuáles son las razones de la enfermedad desahuciada? La respuesta es tan complicada como las mismas leyes del universo. Aventurarnos a explicar por qué algunos enfermos no son sanados en el nombre de Jesús podría ponernos a la altura de “amigos de Job“.

El hedonismo permanece latente en el corazón humano. Sabemos que la presencia del dolor indica que algo no anda bien. Sin embargo, lejos de acercarnos al dolor y meditar en él, huimos y lo evitamos. Pareciera que la era de los analgésicos llegó, y estamos en condiciones de morir con una sonrisa. ¡Hay que evitar el sufrimiento a todo precio! ¡No miremos al problema! ¡Solamente busquemos sentirnos mejor!

La iglesia no debe correr por ese camino. Por supuesto que Dios desea nuestro bienestar, aunque el precio no sea precisamente el “buensentir“. En síntesis afirmamos que la Palabra de Dios considera al sufrimiento como parte de la vida y como consecuencia de un sinnúmero de factores que, en el caso del creyente, coadyuvan a que la imagen de Cristo se talle en su vida con mayor profundidad (Ro. 8:16-39).

Por otra parte, si el sufrimiento en su expresión de la enfermedad, responde en definitiva al propósito de Dios, deberíamos asumir que la sanidad también responde a los designios divinos particulares, “ya que los cabellos de nuestra cabeza están todos contados.(Lc 12:7).

Uno de los propósitos de la sanidad podría ser la confirmación de la predicación con el sello de Dios. Cuando Jesús perdonó los pecados del paralítico, (Mt 9.1-8), declaró que el milagro era para que supieran que tenía el poder de perdonar. Para decirlo de otra manera, lo que diferencia nuestro discurso del que cualquier filósofo podría dar, y lo sella con la garantía de la verdad de Dios, es la sanidad.

Otras veces, el cambio de enfermedad a salud puede deberse a la simple gloria de Dios, es decir su exaltación por parte de las asombradas personas (Jn 11.4). Dios desea mostrar su poder y gloria a sus hijos, para que estos lo adoren.

Podríamos señalar también que la sanidad divina es un acto de la misericordia de Dios, para que nuestro sufrimiento inútil se interrumpa, y como producto del clamor de sus hijos, que ven en ella la vindicación del amor de Dios (Stg. 5.16). Hablando de sufrimiento inútil, inferimos que por defecto, Dios espera nuestro bienestar general (3 Jn. 2).

Convengamos que, de acuerdo a lo visto, la sanidad milagrosa corre por tres ejes que son: La comprobación del poder y la verdad de Dios, la muestra de su gloria y finalmente, como acto de misericordia divina ante la debilidad humana. Si estos fueran los únicos tres ejes, cosa que no podemos afirmar rotundamente, encontraríamos que también el broche de oro para mostrar que un discurso es la verdad, podría ser también una enfermedad. Cuando Pedro reprendió a Elimas, que engañaba a los oyentes, Dios validó su mensaje con la ceguera de este último (Hch. 13:8-12).

En el caso de la muestra de la gloria de Dios, el aguijón en la carne de Pablo bien lo hizo. Pero este mismo episodio también se interpreta como un acto de la misericordia de Dios, porque el Señor buscaba el bienestar de Pablo en medio de una debilidad humana llamada orgullo.

Decir que la salud es la normalidad y que la enfermedad es la anormalidad, y que por tanto Dios espera la normalidad del creyente, peca de simplista. Recordemos que el pecado terminó con la normalidad en la tierra que produce cardos y espinos, y que lo normal es la existencia de agentes que impiden el pleno placer.

¿Qué hacer, entonces frente a los que permanecen enfermos, pese a su disgusto y continuo clamor por salud?

En primer lugar, necesitamos entender que el dolor siempre es algo privado y sagrado. Frente a la pérdida de un ser querido, cada integrante del núcleo familiar sufre en privado su duelo. En una catástrofe, cada ser humano, experimenta un sufrimiento diferente. No podemos interferir en el trato particular que el Padre celestial tiene con cada uno. Esto limita nuestra acción pastoral a simplemente llorar con los que lloran.

En consecuencia deberíamos abstenernos de cualquier juicio y acompañar con amor a los que pasan por el sagrado momento. Dios no necesita defensores, pero tampoco el padeciente requiere de intérpretes divinos.

Asimismo, tenemos que ser agentes del amor del Padre, y servir a los sufrientes con todo tipo de bienes. Los hermanos de Macedonia supieron responder bien ante la hambruna de los judíos del oriente. Esa ofrenda era de por sí un olor fragante.

Finalmente, nuestra compasión debe motivarse por la conciencia de que no estamos exentos de los mismos padecimientos, por lo que debemos tener misericordia y confianza de que todo estará bien en los términos de Dios.

Nuestro ADN pentecostal se ha visto protegido por una teología que lo mantuvo en equilibrio. En contraste a ello, muchos evangelistas llevaron el mensaje de sanidad con un énfasis propio de su función, pero que luego fue malinterpretado y trasladado mecánicamente a la vida normal de la iglesia por cristianos inmaduros y defensores de “serpientes de bronce“. Pero nuestra tarea, desde la educación es enseñar que no vivimos en un mundo mágico, alfombrado de rosas y libre de responsabilidades y lágrimas.

Sepamos, entonces, que frente al dolor y la enfermedad, la perplejidad nos acompañará y conducirá a buscar a Dios antes que apurarnos a hablar.

Edgardo Muñoz


 

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