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Me enseñó un ateo

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 1993.2

Por Jorge Lewczuk

 

El infierno es algo muy real.

 

El universo es demasiado grande, la tierra muy ancha. Si existe Dios, él tiene su lugar y yo el mío. ¡Él no me necesita a mí ni lo necesito yo para nada!- Así me discutía Simón, mi buen vecino y compañero de trabajo allá en mi hermosa provincia de Volyn, Ucrania, hace muchas décadas.

Con mi poca preparación científica procuraba convencer a Simón de la existencia de Dios, que no solamente era Creador del universo, sino que es nuestro Padre también. Le decía que él vivía en mi corazón, que era el único que daba gozo en todas mis tristezas y angustias. Le insistía a este amigo que abrigaba la esperanza de estar en moradas eternas que el Señor promete a los que lo aman.

Cerca de nuestra aldea llamada Iwirdze, que estaba rodeada de una panorama extremadamente bella, había un campo fiscal a donde acostumbrábamos llevar nuestros caballos a pastoreo. Entre los que nos juntábamos allí se encontraba Simón, quien ya era casado. El primero de nuestra aldea que recibía el periódico, Simón era culto y leía mucho. Yo envidiaba sus conocimientos. Pero él no creía en Dios.

Mi papá era creyente fiel y muy riguroso en disciplina cristiana. Pasé la adolescencia muy activo en la iglesia, en la Escuela Dominical, después en el coro. Cuando muy joven empecé a predicar. Claro que eran mensajes muy precarias. Y siempre tenía problemas con los mayores por leer literatura del mundo, ya que ellos sostenían que la lectura de cualquier libro del mundo, aunque fuera bueno, era pecado. La iglesia no tenía casi nada fuera de la Biblia para los jóvenes.

Mis argumentos sinceros con Simón no parecían hacer ningún efecto.

-Jorge- me decía -admiro tu fe en Dios, pero no puedo creer. He leído muchos autores muy sabios que han llegado a la conclusión de que las religiones son producto de líderes que desean manejar las masas sumisas y hacer nefastos negocios a costa de su inocente fe.

A lo que siempre contestaba yo: -Simón, yo no miro al hombre. Mi supremo ideal es Cristo Jesús que murió por mí para darme perdón.

Cuando llegó la primavera nuestra comarca se transformaba en un verdadero paraíso. El bosque con toda su majestuosa vestidura rodeaba la aldea. Los huertos con sus plantas en flor embriagaban la atmósfera. Los muchachos entonaban melodiosos cantos ucranianos de amor mientras ruiseñores a la orilla del río seguían su maravillosa cantata.

Pero yo me encontraba melancólico. Sentado en un banco a solas, daba lugar a mi enjambre de ideas. Sin darme cuenta, lágrimas humedecían mi rostro juvenil. Fui a nuestro jardín y me arrodillé bajo un frondoso manzano para derramar mi alma ante Dios.

-Señor, tu sabes que quiero estudiar, ser útil para la humanidad. Quiero ser poeta o algún hombre destacado. Pero soy pobre. Tengo que trabajar de sol a sol en una cantera. Quiero volar alto pero tengo las alas quebradas. Meterme en la política es prohibido por el gobierno. Me temo gastar la vida en la cantera para llegar a morir sin hacer nada de importancia.

El Señor me amaba. Tenía su propósito para mi vida aun al flaquear mi fe. Días más tarde había vuelto muy cansado de mi trabajo y estaba de mal humor. Mientras cenaba, sentí golpes en la puerta. Era la esposa de Simón.

-Jorge, Simón está muy mal y quiere hablar con vos antes de morir. Por favor, venga sin demora.

Sin terminar la cena y con el corazón agitado salí para la casa del vecino. El quinqué con su llamita frágil daba mala luz. Me acerque a la cama.

-Simón, ¿qué deseas de mí?- pregunté a ese esqueleto forrado de piel.

Simón abrió los ojos y me susurró:

-Te agradezco por haber venido, Jorge. Arrímate, que mi respiración se escapa. ¿Te acuerdas de nuestras conversaciones allá en el campo fiscal? ¿Recuerdas que dijiste que llegaría el día que yo necesitaría con toda urgencia a ese Dios que despreciaba? Ese día ha llegado. Te necesito, Jorge. Quiero que me ayudes a morir en paz, por favor. Un terror se apodera de mi ser. Entiéndeme, Jorge. No soy cobarde para pasar la muerte natural. Todos somos destinados a morir un día. Pero me espanta pensar de una eterna condenación en el infierno. Nunca creía en la realidad del pecado pero ahora la conciencia me grita que estaba muy errado -y dejó de hablar por un rato. -Ahora veo todos mis pecados desde mi niñez. No era ladrón o asesino, pero mis maldades me llevan a la condenación eterna. Tú sabes que me reía del infierno, pero créeme, Jorge, veo en mi agonía verdaderas llamas de fuego. Oigo los desesperados gritos y quejas de las almas en tormentos. Sí, Jorge, tal como se escribe en el evangelio, existe el infierno y no quiero ir allá. Ayúdame.

Yo tiritaba por dentro. ¡Qué responsabilidad la mía!

-Simón- le dije. -Tú sabes bien que ningún hombre te puede ayudar. Pero gracias al Dios de misericordia, Cristo murió por tus pecados y desea limpiar tu corazón. ¿Crees, Simón, que eres pecador?

-No solamente creo sino que sé con certeza que así es.

-¿Crees que Cristo es el eterno Hijo de Dios?

-Sí, ahora creo. Expliqué en forma sencilla el plan de salvación y cité varios versículos. Luego le dije que yo iba a orar pero que él mismo pidiera que el Señor lo salvara. Me arrodillé al lado de la cama y de todo corazón clamé al Señor.

-Gracias, Jorge. Gracias. Ya puedo morir en paz. Jorge, sigue fiel a Jesús.

Toda la aldea dormía cuando lo deje durmiendo tranquilamente. Al otro día Simón partió para la eternidad, acompañado por el Señor.

Aquel ateo me enseñó una lección inolvidable: que el infierno es algo muy real. Me hizo ver también que a pesar de estar encerrado sin poder salir para estudiar uno puede ser conducto de vida a un inconverso incrédulo que vive al lado.

 

Ha cumplido Jorge Lewczuk 78 años en esta tierra. Salió de Ucrania en 1938, llegando a Córdoba, Argentina para echar raíces profundas en esa nueva tierra. Es pastor de la Iglesia Evangélica Cristiana Eslava en dicha ciudad. Lleva 25 años en el ministerio y ha escrito en ruso para revistas. (Este artículo lo escribió en español). Se casó en 1945 con Ana Skorojod. La pareja tiene tres hijas de las cuales Lidia de Masalyka ha aportado muchos artículos y poemas a CONOZCA.

 

Jorge Lewczuk


 

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