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Perspetiva 1988-2: En busca de un modelo

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 1988.2

Por M. David Grams

 

Mis dos nietos varones, uno de diez años y el otro de cuatro, arrodillados juntos, examinaban atentamente un corderito en el zoológico. El pequeño Benjamín estaba arrodillado exactamente en la misma posición que Natán. Cuando Natán cruzaba los brazos, Benjamín lo hacía exactamente igual. Lo mismo al caminar y al hablar. El fenómeno es muy humano. Somos imitadores. Aprendemos al observar y copiar. Desde la infancia, aun antes de entender el lenguaje hablado, el niño imita los movimientos y sonidos de sus mayores. Especialmente durante la adolescencia, más impacto hace el modelo sobre una vida tierna. Sus héroes asumen proporciones gigantescas…el futbolista, la estrella de televisión, el piloto, el corredor, el atleta. Las fotografías y carteles adornan las paredes de la habitación. Cosa sumamente seria es ser modelo. Hay quien dice: “No me interesa servir de modelo para nadie. Prefiero vivir mi vida para mí, y basta. Que se arregle cada uno.” Pero no podemos darnos ese lujo. Cada uno de nosotros tiene una vasta influencia para bien o para mal sobre las personas que nos observan. La necesidad de un modelo no termina con la adolescencia. Los jóvenes lo sienten al ingresar al instituto bíblico. Buscan ardientemente al profesor o a otra persona a quien imitar. Cierto es que todos tenemos a Cristo como ejemplo perfecto, pero en el plano humano, buscamos a una persona que nos sirva de modelo en el ministerio.

La verdadera enseñanza es mediante el ejemplo. El estudiante de homilética escruta el mensaje predicado por su profesor. La lección que perdura es la que ejemplificamos mediante nuestra vida. Cuando la vida del líder no corresponde a la lección que dicta o al sermón que predica, el joven que lo observa se siente defraudado y queda confundido…y sigue buscando su modelo.

Mucho me dolió el corazón cuando un joven pastor, al comentar sobre su ardiente deseo de progresar en el ministerio me dijo: “Nuestro problema es que no tenemos ningún modelo para el ministerio o para el hogar”.

San Pablo reconoció la importancia de modelos humanos. Al escribir a los corintios les desafiaba al decir: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo.” 1 Corintios 11:1. A los filipenses les dijo: “Hermanos, sed imitadores de mí.” Filipenses 3:17. Y a los tesalonicenses: “Vosotros mismos sabéis de que manera debéis imitamos, pues nosotros no anduvimos desordenadamente entre vosotros…[dándoos] un ejemplo para que nos imitaseis.” 2 Tesalonicenses 3:7, 9.

El líderazgo debe ofrecer modelos vivientes para una nueva generación en preparación… hombres y mujeres que en la vida práctica aplican la fe que profesan. ¿Qué ejemplo da el profesor del instituto bíblico que no asiste a la hora devocional junto con sus alumnos? ¿Qué impresión se lleva el joven pastor que con sacrificio viaja desde su provincia lejana para asistir a la conferencia nacional y que escucha con ansias la enseñanza del conferencista invitado… pero nota que los líderes máximos de la obra brillan por su ausencia en esas “sesiones ordinarias”? O, ¿qué piensa la congregación cuando, durante toda la hora y media de alabanzas y oraciones lo hacen solos, y el “gran pastor” llega tan sólo para el momento de predicar su sermón?

Muy ocupados, todos. No hay tiempo para los momentos sencillos, íntimos, en el roce diario…el tratar al hermanito o a la hermanita como una persona importante. Asunto de prioridades, y no nos damos cuenta que esos momentos no programados son los que tienen la verdadera influencia en la vida.

En el presente número de CONOZCA se enfoca el tema de “adolescentes en la iglesia”. Como líderes de esa iglesia, tenemos a nuestro alrededor tanto en, edad cronológica como en edad de experiencia en la obra, vidas tiernas que nos observan. Quiera el Señor ayudamos para ofrecerles el ejemplo de una vida integra, transparente, genuina y sincera.

La luz del alba resplandece toda la mañana; por la tarde nubes cubren el cielo azul; luego una noche tenebrosa inunda la tierra. De repente truenos y relámpagos estremecen la creación. Las primeras gotas de lluvia se convierten en una tormenta caudalosa.

Así es el adolescente. Entorpecido por violentas tormentas, no sabe cómo ponerse a cubierto. Ha dejado de ser niño, pero todavía no es adulto. Por ratos se comporta como hombre y a veces como chiquillo incurriendo en muchos errores que le ocasionan profundas frustraciones. Sus problemas deben tratarse con cuidado para evitar que sea afectado por los complejos de inferioridad, o por la inseguridad y la inestabilidad que abundan profunda y lastimosamente en muchas personas de nuestra América Latina.

 

M. David Grams


 

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