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La corona de los viejos y la honra de los hijos

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2017.1

Por Moisés Chávez López

 

Corona de los viejos son los nietos, y la honra de los hijos, sus padres. (Proverbios 17:6)

No puede ser más apropiada la declaración bíblica “los nietos son la corona de los abuelos” porque es el reflejo y multiplicación del amor de los cónyuges. Es el exquisito gozo de la relación que se inicia cuando dos seres deciden unir sus vidas para siempre en el matrimonio y como resultado de ello viene el fruto de su amor con el nacimiento de los hijos y los nietos se convierten en la corona de felicidad para los abuelos.

Los hijos y los nietos son una extensión de nosotros mismos. En ellos vemos nuestra propia personalidad, nuestros gustos, nuestros afectos, nuestros anhelos y hasta nuestros defectos. Cómo disfrutamos verlos, platicar con ellos, tener reuniones familiares en donde las anécdotas, los recuerdos que han sido miel para nuestra existencia, cobran vida nuevamente. Uno de nuestros nietos, a los cinco años de edad, se acercó a mi para regalarme una bolsita de papas, y me dijo,  “¿sabe porqué se la regalo?” “No hijo”, y añade “porque lo amo.” Esas palabras y esa acción me hicieron valorar más la afirmación bíblica, “corona de los viejos son los nietos”.

La cadena de amor crece con los tíos, primos, sobrinos y por supuesto los padres y los abuelos, esa cadena es bendición de Dios, por eso en el Antiguo Testamento constantemente se menciona la familia y el deseo de estar disfrutando la compañía de ellos. Como individuos tenemos nuestras diferencias pero lo hermoso es que los lazos familiares nos permiten seguir amándonos, convivir y disfrutar de esta bendición que Dios nos ha dado.

El caso de Abraham y Lot es un ejemplo notable de una buena relación entre la familia extendida, porque en su momento el tío proveyó al sobrino protección, provisión e intercesión. Abraham dio protección al defender y liberar a Lot de sus enemigos y provisión cuando creció el ganado de ambos y no tenían suficiente terreno de pasto para los dos.  El tío pudo haber escogido la mejor parte como adulto mayor, sin embargo dio la oportunidad al sobrino de quedarse con el terreno más fructífero por el lazo familiar que los unía. Y finalmente en el momento más crítico en la vida de Lot, intercedió a favor de él porque estaba viviendo en una ciudad que colmó la paciencia de Dios a causa del pecado terrible en que se hundió. Dios decidió destruir la ciudad, pero Abraham intercedió delante del Señor ante la inminencia de la destrucción de Sodoma, conciente que su sobrino estaba a punto de perecer. Que bendición el tener un tío como éste que trató a su sobrino como si fuera su propio hijo.  Vale la pena cultivar la buena relación entre la familia extendida.

“He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre” (Salmos 127:3).  Valiosa herencia nos entrega Dios al darnos hijos. Son un verdadero tesoro. Nunca podremos valorar en toda su magnitud el que Dios nos conceda el fruto del vientre de la mujer.

¿Qué hacer con esa herencia que Dios nos ha concedido? Darles la formación en el aspecto social, material y mayormente espiritual, es la grande responsabilidad que los padres tenemos delante de Dios.

“La honra de los hijos, son sus padres”. La mayor honra para los hijos es llevar consigo la fe de sus padres. Nuestra hija mayor dirige el ministerio de la música en la iglesia a nuestro cargo y hace seis años que sufre una enfermedad muy rara que le debilita todos sus músculos, a través de los años ha tocado el piano y es muy duro verla que con esta enfermedad no le permite hacerlo, sin embargo, hasta en silla de ruedas va a dirigir al grupo coral de la iglesia.

Al momento de estar escribiendo este relato acaba de salir del hospital después de sufrir una crisis a causa de un paro respiratorio que casi la llevó a la muerte, pero la fe en el Dios que le enseñaron sus padres le permitió sobrevivir y ya se está recuperando en casa. Mientras ella estaba en el hospital en estado grave el grupo coral de la iglesia cantaba lo que ella compuso: “No voy a desmayar, aunque en valle de sombra y de muerte yo esté”, la fe de ella recibida de sus padres se extendió hasta el grupo coral que dirige.

Llegado un momento crítico en nuestra vida surgirá la fe que no se puede fingir como le dice Pablo a Timoteo: “…la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida,  y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también” (2ª. Timoteo 1:5). Es la mejor y más valiosa herencia que necesitamos transmitir a nuestros hijos y nietos.

Es un mandamiento pero también una muy grande bendición honrar a los padres, Dios dijo: “honra a tu padre y a tu madre, para que seas de larga vida y todo te salga bien” Deuteronomio 5:16.

Seguramente que llegará la época en que los padres necesiten del auxilio material de parte de los hijos y quién mejor que estos en apoyar a sus progenitores cuando las fuerzas físicas han menguado y los enfermedades se manifiestan irremediablemente. Pablo a Timoteo dice: “si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo” (1ª. Timoteo 5:8).

El salmista manifiesta su preocupación y temor a causa de la vejez y le pide a Dios, “No me deseches en el tiempo de la vejez; cuando mi fuerza se acabare, no me desampares” Salmos 71:9. Los hijos deben ser el medio que el Señor utilice para la protección y apoyo en las necesidades propias del humano.

Otra forma de honrar a los padres es el respeto que nos merecen. No importa que edad tengan los hijos y si difieren en su manera de pensar por vivir en diferente época, los padres merecen todo nuestro respeto porque así lo enseña la palabra de Dios. “Delante de las canas te levantarás, y honrarás el rostro del anciano, y de tu Dios tendrás temor. Yo Jehová”. (Levítico 19:32).

Muchas veces nuestros padres limpiaron la saliva que corría desde nuestra boca cuando nosotros éramos muy pequeños, llegado el tiempo que eso mismo ocurra con nuestros ancianos padres, con respeto y mucho amor hagamos lo mismo.

La presencia de los hijos en la casa de sus padres estimulará grandemente a éstos que dieron lo mejor de sus vidas a favor de su familia. Las ocupaciones y la enorme cantidad de distracciones de la era moderna nos desvían de la oportunidad de visitar y hablar con nuestros padres y manifestarles nuestro amor, aprovechemos la oportunidad de la vida de éstos porque irremediablemente llegará el día de su partida a la presencia del Señor y en muchos casos los hijos han lamentado no haber dado tiempo, atención y amor a esos seres queridos que Dios nos regaló.

 

 

 

 

 

Moisés Chávez López


 

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