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Predicación y enseñanza

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2017.2

Por José Manuel Saucedo Valenciano

 

Mi conversión fue a través de la lectura bíblica. Me hice adicto a la Escritura desde la adolescencia. Mi primera visita a la iglesia fue a la Escuela Dominical. Mi carrera ministerial siempre ha tenido un énfasis educativo. Estoy involucrado en dictar clases desde el nivel de la iglesia local hasta la licenciatura en teología que ofrece el Instituto de Superación Ministerial. El magisterio es mi pasión y mi especialidad.

En 1999 llegué a pastorear a Palaú, Coahuila, a la iglesia Cristo Viene de las Asambleas de Dios en México. La dinámica de la congregación era impresionante. El evangelismo caracterizaba a los miembros y los cultos de barrio constituían una fuerza atrayente para la comunidad. Los domingos se abarrotaba el templo y siempre había nuevas personas. El trabajo demandaba tiempo y esfuerzo del liderazgo, pero la satisfacción era enorme por los resultados en el crecimiento.

Pero, como en todo, nunca falta un área de oportunidad en el ministerio. La Escuela Dominical y los programas del Departamento de Educación Cristiana no eran honrados con gran asistencia. Un promedio del 20 al 25 % de la membresía acudía a recibir la enseñanza programada. Los seminarios, talleres o conferencias se menospreciaban. La gente quería avivamiento, poder, gozo y algarabía; por mucho que se les instara a integrarse al sistema de enseñanza se resistían. Por la mañana teníamos un santuario medio lleno para la doctrina, y por las tardes no cabía la multitud para el culto evangelístico.

Después de múltiples intentos por atraer a la gente a la Escuela Dominical y de probar diversos métodos y planes de integración a la enseñanza casi caigo en la frustración. Veía una iglesia poderosa, pero con vacíos teológicos, éticos y prácticos. Hacía falta reforzar el fundamento, sin embargo, la gente no tenía la cultura de gustar la doctrina. Oramos a Dios que nos iluminara para hacer que su pueblo se nutriera de la teología bíblica que requería. Y entonces vino del Espíritu Santo la solución.

Comencé a usar el culto de domingo por la tarde, que era el más asistido, para dar enseñanzas de contenido bíblico, teológico, ético y práctico. Convertí las predicaciones en lecciones de doctrina. Intercalaba de vez en cuando un sermón de tipo evangelístico o motivacional, pero por lo general dictaba clases. La gente al principio se desconcertó. No mostró tanto gusto con el cambio que notaron. Pensaron que era una nueva onda del pastor por una ocasión, pero al ver que eso continuó y se prolongó empezaron a quejarse algunos. Otros, en cambio, reaccionaron positivamente y alentaron el nuevo sistema. El púlpito ahora sustituyó al aula de clases. Desde luego que continuamos con el programa de la Escuela Dominical normal, para los asiduos a él, pero alcanzamos al resto mediante la modalidad que implementamos.

El sistema funcionó y los resultados vinieron. Tenemos ahora una iglesia educada, que aprecia la Palabra, escucha la doctrina y evidencia menos vacíos. El sermón integra enseñanza de alto contenido doctrinal. Hemos logrado el equilibrio entre evangelismo y discipulado. Luego nos dimos cuenta que en lugar de someter a la gente a un programa a la fuerza, debíamos preparar un programa que ayudara al pueblo a nutrirse de la verdad divina.

Pablo ordena a Timoteo que se ocupe de la lectura, la exhortación y la enseñanza (1 Timoteo 4:13). En aquel tiempo no existían sistemas ni espacios para separar en grupos de estudio en aulas especiales y con expositores o cuadernillos para auxiliar al ministro. El mismo lugar concentraba a la gente para escuchar la palabra de Dios y alimentar su fe. No contaban con ejemplares del texto sagrado personales, como ahora que todos podemos traer nuestra propia Biblia en papel o digital. Por eso la declaración paulina de que la fe viene por el oír y el oír por la Palabra.

Entonces más bien el apóstol se refiere a tres momentos en la expresión homilética de la verdad divina:

La lectura era el momento en que porciones de los textos sagrados se recitaban ante el público. El ministro seleccionaba los pasajes bíblicos que se entregarían a la iglesia. En la lectura hacía las pausas y los énfasis que consideraba pertinentes para facilitar la comprensión del auditorio. Esta parte del culto sentaba el fundamento sobre el cual descansarían los siguientes momentos.

La exhortación (paraklesis) era el momento en que del contenido de la porción leída se extraían principios bíblicos que motivaran y desafiaran a la gente a vivir como Dios demanda, a dar testimonio de la fe en Cristo, a no desalentarse ante las pruebas. Esta parte del mensaje constituía un llamado fervoroso a ocuparse en el bien y a rechazar el mal.

La enseñanza (didaskalía) era el momento en que del contenido de la porción leída, y según las necesidades, los problemas y los vacíos de los miembros de la iglesia, se extraían principios y valores teológicos, éticos, prácticos y devocionales, que les dieran solidez en su fundamento y estructura doctrinal, comprensión e inteligencia en los aspectos medulares de la profesión de fe, y sabiduría y aptitudes para defenderse de la herejía. Esta parte del mensaje constituía un esfuerzo hacia la consolidación, la madurez y la integración al ministerio para cada creyente.

No precisamente la declaración paulina tiene que tomarse como un procedimiento rígido. Los momentos no suceden siempre en el orden que contiene el texto. A veces pueden intercambiarse los tiempos de uno y otro. Pero jamás debemos privarnos de ninguno. No haremos bien si exhortamos con ausencia de base bíblica o doctrina, tampoco si enseñamos sin la debida aplicación motivante o desafiante.

Gloria a Dios por aquellas congregaciones en las que sus miembros aman los programas educativos. Nos regocijamos por las iglesias que cuentan con un pueblo disciplinado que prefiere la enseñanza y se nutre de la sana doctrina. El desafío es para aquellas en que en aras del evangelismo y los cultos de poder se sacrifican los momentos necesarios de la didáctica, la pedagogía y la andragogía. Tenemos que pedir iluminación al Espíritu Santo para hacer que los principios y valores divinos de la verdad bíblica lleguen a nuestra gente. El método paulino que reprodujo Timoteo puede ser la clave. Escoger el programa más asistido y convertirlo en un aula de clase con tres momentos: la lectura, la exhortación y la enseñanza.

Elaboremos planes para la predicación y la enseñanza considerando la dirección del Espíritu Santo en oración, así como detectando las necesidades y los vacíos que tiene la congregación. Preparemos un esquema de mensajes que fortalezcan la fe, alienten la esperanza, orienten la ética y motiven a la práctica de acuerdo al correcto trazo de la palabra de verdad (2 Timoteo 2:15).

No se debe limitar el tiempo de la enseñanza a las actividades intramuros, como la Escuela dominical. Aquí se debe aprovechar este tiempo, pero de ser necesario se implementarán programas específicos para instruir a la congregación en cuanto sea posible.

Como pastores, ocupémonos de la lectura, la exhortación y la enseñanza (1 Timoteo 4:13). Expongamos el texto sagrado con detenimiento, a profundidad, utilizando las herramientas de la exégesis y la homilética, siempre bajo la dirección iluminadora del Espíritu Santo, de tal modo que cuando ocupemos el púlpito o dictemos clases, el conocimiento fluya y la palabra corra y sea glorificada. Que la verdad nos posea, que nos tome como instrumentos para nutrir saludablemente a la gente que nos escucha.

No descuidemos nuestra labor ministerial en ninguno de los campos de acción que nos corresponden. Apliquemos paciencia y doctrina en la exposición de la Palabra, hablemos con prudencia, prediquemos con fervor y enseñemos con decoro. Que los contenidos de nuestra exposición integren los elementos de instrucción, corrección, reprensión y exhortación, suficientes para que nuestra gente alcance un nivel de conocimiento y madurez que les permitan permanecer firmes en la fe.

 

 

José M. Saucedo Valenciano


 

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