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El mal de las muletillas y otros vicios en la predicación

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2017.2

Por Nelson Matto

 

 

Debemos reconocer que Dios ha sido generoso con los púlpitos actuales y nos ha regalado verdaderos “principes de la predicación”; es decir, excelentes expositores bíblicos que el Espíritu Santo usa para ministrar los corazones de los oyentes con fortaleza, instrucción práctica, dirección divina, fe, esperanza, corrección, animo y muchos beneficios más que la buena predicación bíblica trae.

Notamos que cada día se toma más en serio y con sincera actitud la exposición de la Palabra Sagrada y la responsabilidad que conlleva. Aún así, no faltan quienes han caído en los denominados “vicios en la predicación”. Estos, al igual que los vicios naturales, son perjudiciales y ameritan una “rehabilitación” urgente.

Con toda humildad y espíritu fraterno de compañero de milicia, deseo compartir algunos “retratos anónimos” de esta realidad. Al igual que en el desfile identificatorio que hace la policía para que los testigos apunten a los culpables entre los sospechosos, mirémoslos con calma y detenimiento. Es algo así como cuando nos probamos ropa para comprar en la tienda: riamos de lo que no nos hace y aceptemos ante el espejo la realidad de lo que nos hace la talla a la perfección.

El ilustradísimo: es aquel que cada dos o tres frases enfatiza “los expertos en análisis bíblico”, “según los doctos en el idioma original”, y otras afirmaciones semejantes. Así una explicación sencilla y agradable de dos minutos se convierte en una tediosa clase de 10 minutos que no impacta ni atrae la atención del auditorio. El correcto uso de la semántica textual de los idiomas bíblicos es enriquecedor, pero “mucha luz” termina por encandilar los ojos comunes y dejándolos más ciegos que al principio.

El muletólogo: se denomina “muletillas” a las palabras o frases interruptoras que el predicador intercala en su sermón como mal hábito y que buscan darle tiempo a su mente para pensar que va a decir continuación. Al ser una clase de apoyaturas verbales se las denomina “muletillas “. Las más comunes y usadas son “¿Amén hermanos?” “¿Cuántos dicen Aleluya?”, “¡Y a su nombre!” , “Dígale a su vecino…”, y varias más. Si bien tienen su lugar, se debe recurrir a ellas de manera natural, discreta, medida e inteligente. Después de todo, “Pan con pan no hace un buen sándwich”.

El místico: pretende aumentar la autorizad del mensaje recurriendo a frases rimbombantes como “En este preciso instante no estoy hablando yo, Dios acaba de tomar literalmente mi boca”. Le agrega teatralidad de médium sagrado y argumenta un “trance espiritual”. Esto solo provoca la lógica desconfianza en los pensantes y la indeseada confusión en los acelerados “mentes de esponja”.

El amplificador: es la encarnacion del equívoco pensamiento que “el grito derriba todos los muros”. Así se produce una predicación a todo volumen de garganta sin equilibrar el volumen de la voz con el del argumento. Al no tener cambios de voz, modulación, tono, velocidad y otros detalles de la oratoria, el mensaje termina pareciéndose a una torrencial lluvia de palabras que da como producto final “cerebros ahogados”.

El porrista eclesiástico: en los últimos tiempos surgió una nueva “especie” de predicadores. Estos apoyan su ministracion en el ánimo del auditorio. Por ello recurren a pedir gritos de júbilo, saltitos de gozo, aleteos proféticos y zapateos santos de guerra espiritual. Ocurre que el predicador en crisis no acepta que la gente esté pasiva, y ante la indiferencia del público echa mano a un verdadero show de “zumba espiritual”. Así la esencia se sacrifica en pos de la “animosidad”.

El súper star: este predicador hace girar el sermón en torno a su propia persona, usando solo el texto bíblico leído al principio como un trampolín para saltar al “mar del ego”. Sus experiencias triunfantes y súper santas son los puntos principales y columnas de arena donde se apoya su “sermón de mírenme a mi y sean como yo”. Logra sólo rechazo e incredulidad pues su mensaje ya no es Cristo-céntrico y se rebaja a un triste cartel de luces de neón sobre un pecador débil y común.

Finalmente deseo compartir algunas sugerencias para evitar gran parte de los vicios en la predicación.

  • Tener un profundo y sincero respeto y temor al nombre del Señor y su Santa Palabra.
  • Concientizarnos de la responsabilidad y seriedad de la noble tarea de la predicación bíblica.
  • Nos ayudaría mucho enriquecer nuestro vocabulario y es lógico que para ello asumamos que la lectura es imprescindible.
  • Escuchar a otros predicadores y también a nosotros mismos para “examinarlo todo y retener lo bueno”.
  • Evitar la improvisación y cultivar las pausas inteligentes.

Estimo que la unción, la Biblia, el ayuno, la oración y la preparación dedicada son una fórmula infalible para elaborar el antídoto contra estos y otros “vicios en la predicación”, convirtiéndonos cada día en mejores predicadores de la Biblia. Recordemos que la predicación es el método escogido por Dios para hablar a la humanidad.

Nelson Matto


 
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Comentarios: 2

  1. Graciela Alicia Martinez

    Muy buen comentario hno.muy especial lo felicito.de una isumita a otro isumita.Dios le bendiga.

  2. OLGA LUCIA BALANTA CASTANEDA

    Definitivamente como creyentes y expositores de la Palabra de Dios, debemos tomar muy en serio el mensaje bíblico y la forma como lo presentamos. Sabemos que el Espíritu Santo nos ayuda en todas las cosas, pero en aquellas en que nosotros podemos mejorar, es nuestra responsabilidad educarnos, capacitarnos y corregir aquellas cosas que pueden estorbar a una buena predicación.

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