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La teología del logos en Juan

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2017.3

Por Jorge Canto

 

Se conoce bien que los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) tienen entre ellos marcadas similitudes, pero también, en conjunto, grandes diferencias al cuarto evangelio, el de Juan. Del candor de la narrativa fluida en más o menos un sentido cronológico, encontramos en San Juan a un escritor de perspectiva diferente, pues inicia su evangelio con teología de la más pesada y desafiante, comenzando con la teología del logos, que si bien en su momento desconcertó a propios y extraños, cimentaba un perfil que habría de tomar todos sus escritos, sin ambages, sin temores. Así es el evangelio de San Juan.

La palabra logos es muy importante en Juan, pues en el evangelio aparece cuarenta veces. En cuatro ocasiones se emplea en el capítulo 1 (en el versículo 1 se repite tres veces y una más en el v. 14). Los primeros 18 versículos de este evangelio, exceptuando 6–8 y el 15, han sido llamados “Himno al logos[1]. En el griego este evangelio es claramente parecido al Génesis, especialmente en la Septuaginta pues ambos empiezan Ἐν ἀρχῇ (en arjé) y es a propósito. Juan estaba introducciendo de inicio la gran teología del Logos que permea todo sus escritos. Esta teología, la del logos, debe entenderse de manera precisa, puesto que en aquel entonces se hablaba también de un logos entre los griegos, situación que durante mucho tiempo ha confundido a cierta cantidad de estudiantes de la Palabra, algunos llegando a extremos tan perniciosos que han terminado en la peor de las herejías.

No se puede dejar pasar en un estudio del logos de Juan el toparse con alguna referencia a Heráclito o a Filón de Alejandría. Heráclito afirmaba que “todas las tensiones del universo y del hombre se manejan por medio de una ley eterna que rige los cambios. A esa ley la llamó logos. No consideraba que el logos fuera personal, pero era la causa de la armonía universal”.[2] Filón, un pensador judío influido especialmente con el platonismo usa en sus escritos el término “logos” más de 1.300 veces al cual consideraba la primera forma (prōtogonos), e incluso, segundo dios (deuteros zeos)[3]. Algunos teólogos ven una verdadera relación del logos de Heráclito y de Filón y que influye en la doctrina cristiana. El teólogo alemán Harnack incluso va más allá: “descartó todo el desarrollo patrístico del pensamiento cristiano como “helenización”, una distorsión ajena de la prístina fe cristiana”[4]. En su extraviamiento algunos pensadores afirman que el apóstol Juan necesitaba retomar las filosofías circundantes para desarrollar la propia doctrina cristiana, y nada más lejano que ello, puesto que aunque el término se manejaba con cierta frecuencia en el contexto histórico del apóstol el pensamiento de Juan es muy diferente.

Aunque los lectores contemporáneos juaninos alguna vez hayan tenido algún contacto con el logos de los filósofos griegos se puede notar que Juan está execrando las  filosofías platónicas de su pensamiento y escritos. De hecho, está definiendo lo que es realmente el logos para el cristianismo de manera tajante y clara, contrastando las doctrinas meramente filosóficas donde el logos es impersonal, para limpiar el camino glorioso de la fe con la plena personalidad del Hijo de Dios quien era ese “Verbo encarnado” (Jn. 1:14), separándose de una vez por todas con todo convencionalismo dualístico o doctrina helenista anterior, contemporánea o posterior a su evangelio. El Logos de Juan es alguien y no algo, nació de mujer y tienen nombre: Jesucristo.  Este trato no desaparece nunca del pensamiento juanino, puesto que en Apocalipsis lo vemos describiendo al Señor con el título “El Verbo de Dios” (Apo. 19:13).

¿Qué es lo que pretende Juan al iniciar su evangelio con la poderosa afirmación introductoria del logos? No se debe perder de vista que este tomo de los evangelios se leería a la mayoría de los creyentes quienes no eran precisamente los más versados filósofos de su geografía, pero que sí se topaban a menudo con un sin fin de afirmaciones que requerían una respuesta y atención oportunas contrastándolas con las ideas populares del vulgo. Juan, dirigido por el Espíritu Santo, desarrolló una doctrina sólida en breves líneas, las cuales no deben diluirse en grisáceas discusiones de universidad, sino en la impactante realidad de la evangelización y educación bíblica tan urgente entonces como ahora de la mayoría del mundo pagano.

Juan, con sólo un puñado de versículos, especialmente el 1:1, afirmó con autoridad que:

  1. El Verbo estuvo en el Principio. Es la acción del Dios todopoderoso de Génesis quien ordena en varias ocasiones “sea” (יְהִ֣י:yehí). El Logos es palabra en acción, es creación en movimiento.
  2. El Verbo estaba en armonía con el Creador. Hay relación entrambos, es decir, se comunican, están juntos, se conocen. Del griego la prepocisión πρὸς “pros” se traduce “con”, pero en matiz se pierde un poco pues también indica movimiento “hacia” o estar “cara a cara”.
  3. El Verbo es preexistente. Antes que las líneas de Juan se plasmaran con tinta ya el Verbo existía desde cualquier tipo de origen. No surge con el inicio de algo, está ya cuando algo se origina.
  4. El Verbo, además, no es:

4.1.    “algo”: No es un objeto, ni es panteismo, el logos es alguien, es una persona.

4.2.    “un dios”. No es algún tipo de dios menor o alguna especie de apéndice del Padre.

4.3.    “uno que contenía alguna especie de divinidad”. No es un ser elevado, que recibió o poseía un poco del dios originador.

5. El Verbo es Dios. Esta era la parte polémica y difícil de entender para algunos, puesto que bien se sabe que los judíos tenían fuertemente fincado el monoteísmo, afirmación verdadera apoyada por el mismo Señor en Dt. 6:4; Is. 44:6. Escuchar a alguien tan amado como Juan declarar que este Verbo es Dios dejaba con gran impacto a sus oyentes, especialmente a los judíos. El Hijo es Dios como el Padre. La contundencia del texto resalta pues no hay preparativos, se señala la doctrina que habrá de normar el pensamiento cristiano desde entonces. Se puede ver que la intención de Juan es dejar todo claro para evitar confusiones futuras, herejías que menoscaben la doctrina de la iglesia en cualquier escenario venidero, cercano o lejano, en cualquier campo de batalla. La revelación, gracias a Juan, estaba alcanzando niveles muy profundos.

Por si quedaba alguna duda posterior, la teología del logos nos muestra que este logos es alguien, tiene nombre y era nacido de mujer: Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. Es decir, ese verbo tiene humanidad, es ser humano también. El dualismo no podía sostenerse gracias a estas afirmaciones, pues el cuerpo material de una persona que esta doctrina consideraba como malo era también parte de la naturaleza del logos. Además, al escribir Juan que este logos “habitó entre nosotros” también afirmaba que era el prometido Emanuel (Dios con Nosotros) ya que Dios en realidad estuvó y está en medio de su Pueblo palpable y físicamente. Por su ello fuera poco, Juan afirma que él mismo apóstol fue testigo de ello (“vimos su gloria”). El hermoso Himno del logos tiene demasiada carga teológica para asimilarse de un solo golpe. Todo lo que Juan enseña es tan profundo que todavía siguen los debates entre muchos, pero en realidad el apóstol sanja con argumentos poderosos que nada de la doctrina cristiana tiene que ver con la filosofía ni helenística ni platónica, es propia, y es totalmente revelada y genuina.

En el principio de Génesis se puede ver el divino accionar de la Trinidad, cuando el Padre empezó la obra, el Espíritu Santo exitó su nidada al moverse sobre la faz de las aguas, y la acción del logos era la actividad misma dando forma a todo el universo en un frenesí creativo sólo posible por un agente divino todopoderoso. Esa acción creativa primigenia ahora estába afirmada claramente en el evangelio de Juan haciendo, quizá, la conexión teológica más complicada de todas, pues enseñaba una doctrina tan profunda que hasta hoy la mente humana es incapaz de comprender en toda su cabalidad. Ese logos, es Dios, pero tiene humanidad y su gloria hipóstática, la unión de esas dos naturalezas (divina y humana) estuvieron al alcance de los ojos. Jesús es el Verbo de Dios, el logos preexistente, es Dios. Jesucristo se comunica con su Padre en una igualdad incomprensible pero real, no hay principio sin el logos, no hay creación sin su accionar : “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:13). Nada de la creación habría sin el logos, nada.

 

[1] Joseph H. Mayfield, Comentario Bíblico Beacon: Juan hasta Hechos, Tomo 7, (Casa Nazarena, 2010, 32.
[2] Salvador Dellutri y Ezequiel Dellutri, La aventura del pensamiento: Una introducción al fascinante mundo de la filosofía occidental,(Miami, FL: Editorial Unilit; Logoi. Inc., 2002), 32.

[3] Andrew F. Walls, Diccionario de Teología, 2006, 366–367.

[4] Roy Kearsley, Faith and Philosophy in the Early Church, Themelios 15, n.o 3 (1990): 83.

 

Jorge Canto


 

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