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Las oraciones de Jesús en el Evangelio de Juan

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2017.3

Por Nicolás Marcón

 

Las oraciones realizadas por Jesús en los evangelios son muy conocidas, algunas de ellas deberían tomarse como modelo en nuestras propias oraciones y otras para encontrar grandes enseñanzas o principios aplicables a nuestra fe en la actualidad. Sin embargo, poca atención se presta a las plegarias del Señor en el evangelio de Juan. De hecho, sólo observamos tres ocasiones, de las que una de ellas es la más conocida. A continuación, veremos cada caso:

Al primer ruego de Cristo a Dios lo encontramos en el contexto de la alimentación de los cinco mil (Juan 6:1-15), y de forma indirecta, ya que el texto solamente nos dice “… y tomó Jesús aquellos panes, y habiendo dado gracias, los repartió…” (Jn.6:11).

El segundo ruego acontece en una situación muy distinta, a la entrada de la tumba de Lázaro, pero esta vez contamos con el registro de las palabras de su oración: “Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado” (Jn.11:41-42).

Resulta interesante que en ambas oraciones se utiliza el mismo término griego para construir la expresión “dar gracias”, es decir, encaristhsas; lo que implicaría que la gratitud de Cristo se relaciona a lo que sabe que Dios hará a continuación de su oración. Lo notamos en el primer pasaje, al multiplicar la comida y en el segundo, al agradecer porque Dios siempre lo escucha, en el caso de resucitar a su amigo Lázaro.

El tercer ruego se suele identificar con la oración sacerdotal de Jesús por su sentido intercesor, al mejor estilo de los sacerdotes del inicio histórico de Israel, y por lo tanto, mucho más reconocidas que las oraciones anteriores (Jn. 17:1-26). De más está decir que el sujeto de semejante invocación es el Padre, que aparece mencionado seis veces y es identificado como verdadero, santo y justo.

Aquí se pueden apreciar tres partes: Jesús que ora por si mismo (17:1-8), por los apóstoles (17:9-19) y por los que habrían de creer (17:20-26).

El tema de la primera parte de la oración tiene que ver con la gloria de Dios y con el interés de Cristo en que, en todo lo que espera enfrentar, glorifique al Padre, es decir, esté a la altura de las exigencias que demandaría llegar a la cruz y cumplir con su misión salvadora. Rememora la gloria compartida con Dios en la eternidad y el cumplimiento de la obra que hasta el momento había realizado.

En la segunda parte los apóstoles se vuelven los beneficiarios de la intercesión de Cristo, por lo que no es casual que las cuatro veces en que aparezca el térmimo guardar y sus derivados, sea en esta sección. Es que el Señor descansa en que Dios los cuidará del mal que les espera en el mundo una vez que Jesús ya no se encuentre fisicamente con ellos. A lo dicho debemos agregar un pedido más: Que Dios los santifique, los mantenga consagrados y apartados, a través de la palabra que recibieron del Maestro porque mundo los aborrecerá.

En la tercera parte, la oración se torna universal, abarcativa y visionaria, porque Cristo ruega por los que habrán de creer en él. Los propósitos de esta plegaria giran en torno a la unidad. Por un lado, si los que creen permanecen unidos, podrán demostrar al mundo que:

- el Padre y Cristo también están unidos y en consecuencia Jesús fue enviado

-  Jesús fue enviado de Dios para que crean en él

- Los que crean darán a conocer con cuánto amor Dios los ha amado, asi como amó también a Cristo

Por otro lado, es el pedido de Cristo que, quienes crean en él, estén donde él está, es decir, disfrutar de esa gloria prometida para los que sostengan la fe en medio de un mundo que los rechazará.

Para concluir, algunas reflexiones que podemos rescatar de las oraciones de Jesús en el evangelio de Juan son las siguientes:

Imitar a Cristo en la fe hacia el Padre, que daba gracias antes que las cosas sucedieran. Y no solo dar gracias por lo pasado, sino animarnos en agradecer lo que aún no hemos recibido de Dios, pero que lo estamos pidiendo en oración.

Tener la convicción de que Dios oye nuestras oraciones, todas las oraciones que hacemos, sin importar nuestras sensaciones,  percepciones o sentimientos, Dios oye cada plegaria de sus hijos, no hay “cielos de hierro” o que “nuestras oraciones no llegan ni al techo”, como algunos suelen decir.

Pedir a favor de los demás, despegarnos de ese “egoísmo espiritual” donde parece que las únicas peticiones que importan son las nuestras. Orar por nuestros hermanos, amigos, conocidos, misioneros en el campo, iglesias y por todos aquellos que sabemos que atraviesan situaciones difíciles.

Mantener la unidad como iglesia para seguir demostrando a un mundo que se opone a la Palabra de Dios, que el amor de Dios en Cristo por su iglesia nos ha hecho un solo cuerpo, perfectos en unidad.

Si la oración es tan importante para nuestro cristianismo, como solemos decir, que las plegarias de Cristo en los evangelios sean nuesta fuente de inspiración para, no solo orar, sino respaldarlas con un testimonio de fe, unidad y amor a Dios, para nuestro bien y para testimonio del mundo, de los que aún no han creído en él.

Nicolás Marcón


 

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