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“Manecillas de oración”: El avivamiento entre los moravos

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2018.1


Por Mariana González Crotti

 

“Estaban todos unánimes juntos… y fueron todos llenos del Espíritu Santo…” (Hec. 2:1; 2:4)

Corría el mes de agosto de 1727 un grupo de 24 hombres y 24 mujeres cambiarían la historia,  – la suya, la mía, la de todos – para siempre. Sin saberlo, serían partícipes necesarios de un gran avivamiento.

Generalmente aquello que buscamos durante mucho tiempo, siempre estuvo ahí, frente a nosotros, pero nos pasó desapercibido. Lo simple se vuelve complejo cuando nuestra mirada se desenfoca de la cruz. Jesús en el huerto, oró de manera específica por la causa, de lo que sería el mayor desafío que enfrentaría su “amada”: la unidad del cuerpo.

“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste” (Juan 17:20-21).

 Sabía muy bien lo que pedía. Por un lado sería el gran desafío y por el otro la clave del éxito. Como caras de una misma moneda, conflicto y solución, están al alcance de nuestra mano. Dependerá de donde fijemos la mirada, asiremos una u otra. Estar de acuerdo, compartir un propósito, ser una sola mente, requieren estar llenos del Espíritu Santo. Sólo él puede completar nuestra carencia constitutiva y satisfacernos. Imposible sería, por nuestros propios medios, alcanzar esa armonía que inevitablemente conduce a la acción.

La historia nos cuenta grandes acontecimientos ocurridos cuando todos unánimes y juntos buscaron a Dios. La respuesta no se hizo esperar. Siempre fueron llenos, colmados por el Espíritu Santo, y accionaron. Ese motor puso en movimiento toda una maquinaria que revolucionó su contexto histórico y afectó inevitablemente a futuras generaciones. Como piezas conectadas, eslabones de una misma cadena que trascienden el tiempo y el espacio, complementándose.

Tal es el caso de lo experimentado por un grupo de creyentes perseguidos del siglo XVIII, conocidos como los hermanos moravos. Descendientes de Huss, un pre-reformador bohemio del siglo XV, quien, en uno de los momentos de mayor oscuridad y corrupción de la iglesia, muriera en la hoguera por proclamar la sencillez de esas buenas nuevas, que acercaran al hombre de regreso a Dios por medio de Jesucristo. Sus palabras han quedado como legado de esperanza y perseverancia en la fe.

La Unitas Fratrum, o comunidad de hermanos, desde sus inicios se caracterizó por enfatizar en la vida cristiana práctica, la comunión y la libertad tomando como ejemplo a la iglesia primitiva.

Perseguidos por la Contrarreforma primero e incluso luego por algunos protestantes, encontraron a principios del siglo XVIII (1722) refugio en Sajonia, bajo la protección del conde Nicolás Zinzendorf. Hombre piadoso y rico, nacido en el seno de la nobleza austríaca y devoto pietista, Zinzendorf creía en lo que él llamaba la “pura teología del corazón”, un cristianismo que no sólo debía ser enseñado sino experimentado. Armonía en acción. Por lo que acepta a las personas sin importar su denominación. Albergó a los refugiados, y con la llegada de los diez primeros Hermanos Unidos Moravos fundó la comunidad de Herrnhut “El Centinela del Señor”.

Pasados cinco años la población había ascendido a más de trescientas personas, provenientes de diferentes comunidades. Las diferencias sociales, culturales e incluso religiosas comenzaron a ocasionar disputas entre los refugiados, motivo por el cual decidieron buscar la dirección del Señor y se unieron en una cadena de oración ininterrumpida. Formaron un grupo de veinticuatro hombres y veinticuatro mujeres que orarían una hora por día cada uno, sin romper la continuidad. Pronto muchos otros se sumaron a la cadena. Pasaron los días, y también los meses. Una oración sin cesar se elevó a Dios las veinticuatro horas del día. La respuesta, no tardó en llegar, el 13 de agosto de 1727, un gran derramamiento del Espíritu Santo colmó a la comunidad de Hernhut.

Experimentaron la unidad anhelada. Dios había respondido. Estaban clamando unánimes y juntos por lo que fueron llenos, colmados por el Santo Espíritu. Consecuencia de tal armonía fue la acción. La cadena intercesora duró cien años y no cabe dudas de que cambió la historia.

Iniciaron un movimiento de evangelización masivo, enviando los primeros misioneros protestantes a las Indias Occidentales, Groenlandia, Turquía y Laponia. Los intercesores se reunían semanalmente para recibir ánimo y para leer las cartas y mensajes de sus hermanos en diferentes lugares, expresándoles necesidades específicas por las cuales orar. Esta cadena ayudó a que las misiones protestantes nacieran.

Cuando William Carey se convirtió en el “padre de las misiones modernas”, ya más de trescientos moravos habían salido como misioneros. Su fervor contagió y provocó la conversión de John y Charles Wesley, e indirectamente encendió el Gran despertar que se extendió por Europa y América.

Manecillas conectadas, sincronizadas en el tiempo perfecto cambian la historia. Herramienta poderosa es la oración. Cuán sencillo es todo, si unánimes y juntos perseveramos en oración y  ruego. La oración de Jesús será respondida cuando su amada sea UNA.

 

 

Bibliografía consultada

Burns, Evan. La piedad de los misioneros moravos y la influencia del conde Zinzendorf.

Bullon, Dorothy. El avivamiento que cambió el mundo. En: https:// diariosdeavivamientos.wordpress.com.

Burns, Evan. La piedad de los misioneros moravos y la influencia del conde Zinzendorf.

Comiskey, Joel. Dos mil años de grupos pequeños: una historia del ministerio celular en la iglesia.USA: CSC Publishing, c2015.

Deiros, Pablo. Historia del  cristianismo: las reformas de la iglesia. 1ª.ed. Buenos Aires : Ediciones del Centro, 2005.

 

 

Mariana González Crotti


 

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