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Los discursos finales de Josué 23 y 24

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2018.2

Por Jaime Mazurek

 

El libro de Josué ocupa un lugar muy importante en el canon de las escrituras hebreas. Como el primer tomo de la colección de libros sobre la historia pre-exílica de Israel (Josué a 2 Reyes), muestra como Dios motivó a su pueblo a serle fiel y a no adoptar las creencias y costumbres de los pueblos idólatras que también moraban en la tierra prometida. Fue un mensaje muy importante para cada generación de israelitas y vino a serlo particularmente para los exiliados de Judá y Jerusalén que tenían acceso a la colección completa de aquellas obras.

El libro de Josué narra la historia de Israel desde la muerte de Moisés y la conclusión del Pentateuco hasta la muerte de Josué y el inicio del período de los jueces. Coloca todas las piezas claves en el tablero de la historia posterior de Israel. Sin Josué, no se entenderían las historias de Gedeón, Sansón, Samuel, David, Elías y todos los demás.

El tema central del libro es la tierra prometida – su conquista, distribución y conservación.  La palabra “tierra” (erets) aparece ochenta y siete veces en la obra. La primera división del libro (capítulos 1-12) cuenta como se realizó la conquista de la tierra de Canaán, paso a paso, región por región. Comienza con el cruce del río Jordán y la conquista de Jericó, y culmina con una gran lista de las tierras y los reyes conquistados.

La segunda división (capítulos 13-22) narra como se hizo la distribución de la tierra a las diferentes tribus, con sus distintos indicadores geográficos. Tristemente, aquella narración culmina con el relato de la debilidad de la unión entre las doce tribus, al casi desatarse una guerra civil entre las tribus al occidente del Jordán y las tribus que se establecieron en el lado oriental – Rubén, Gad, y la media tribu de Manasés (Josué 22). Antes del cruce del Jordán, esas tres tribus se habían dejado impresionar por las fértiles tierras de Galaad y Basan y pidieron permiso para instalarse ahí y no en la misma tierra prometida, petición que Moisés les concedió, con la única condición que ayudasen a las demás tribus en su guerra de conquista (véase Números 32).

Al cabo de su participación en la conquista de Canaán, las gentes de Rubén, Gad y la media tribu de Manasés regresaron hacia su tierra en la Cisjordania, pero cerca del río Jordán levantaron un gran altar (Josué 22:10). Esto fue percibido por las demás tribus como una declaración de independencia religiosa, una afrenta contra el Tabernáculo y el Sumo Sacerdote, y las tribus se prepararon para la batalla. Solamente después de una urgente y larga explicación – que el enorme altar era un monumento de testimonio de su lealtad a Jehová y no un lugar de sacrificios y ofrendas – se calmaron los ánimos de guerra (Josué 22:32-34).

Los capítulos 23 y 24 forman la conclusión del libro, en la cual se enseña a los israelitas lo que tendrían que hacer para prosperar y conservar aquellas tierras. Para entonces, Josué era un hombre muy anciano y su trabajo estaba concluido. (Falleció a la edad de ciento diez años, Josué 24:29. Según Flavio Josefo, falleció veinte años después de la división de la tierra; de ser así, Josué pronunció estos discursos a la edad de noventa años). En estos dos capítulos encontramos sus discursos finales, – el del capítulo 23 dirigido a los líderes de la nación, y el del 24 dirigido al pueblo entero.

Esta clase de discurso final por una figura importante en el ocaso de su vida ocurre varias veces en las Escrituras. Jacob bendijo a sus hijos antes de morir (Génesis 49). Moisés hizo algo similar en Deuteronomio 32 y 33, con un cántico poético sobre la historia de Israel y la grandeza de Jehová, y un poema de bendiciones para las doce tribus. David hizo lo mismo con su hijo Salomón en 1 Reyes 2:2-4.

El estudio de estos mensajes revela que, como buen hebreo, Josué habló con estilo poético, usando diferentes formas de estructuración y paralelismo para fortalecer y embellecer su discurso. Las palabras de Josué en estos capítulos sugieren que les habló con fuerza, determinación, súplica y urgencia. Sabía que le quedaba poco tiempo, y el trabajo de la conquista aun no estaba completa (Josué 13:1). Tanto los líderes como el pueblo de Israel aun tenían divisiones y debilidades. Quedaban muchas tentaciones y amenazas que enfrentar. Imagínese la desesperación que hubo en la voz de este gran guerrero de Dios, ya anciano, al predicar estos mensajes finales que a continuación consideraremos en mayor detalle.

 

1. Capítulo 23 – el discurso a los líderes de Israel

Este mensaje de Josué fue dirigido a los líderes de la doce tribus – “sus ancianos, sus príncipes, sus jueces y sus oficiales“. Con esa identificación cuádruple, se aprecia la envergadura y la importancia del discurso:

  • “Ancianos” – zaquen – anciano, hombre de mucha edad, líder,
  • “Príncipes” – roshe – cabeza, jefe, primero, príncipe,
  • “Jueces” – safat – juez, dador de ley, el que decide cuando hay controversia,
  • “Oficiales” – shoter – oficial, gobernador, supervisor.

El mensaje que les trajo era a la vez un recordatorio, una exhortación y una advertencia.  Cosas que ellos como líderes necesitaban oir y entender a cabalidad. La estructura del discurso de Josué a los líderes de Israel es la siguiente:

 

A. Les recuerda cómo Dios les había entregado la tierra – 23:2-5

Josué comienza recordándoles cómo Dios les había dado la victoria en su conquista de la tierra. “Porque Jehová vuestro Dios es quien ha peleado por vosotros” (v. 3). Efectivamente, fue Dios quien hizo caer los muros de Jericó (Josué 6). Fue Dios quien hizo detenerse el Sol en la batalla contra los amorreos (Josué 10). Fue Dios quien entregó el gran ejército de la alianza de los reyes del norte, con todos sus carros y caballos (Josué 11).

La conquista no fue producto de la capacidad y destreza bélica de los israelitas sino de la manifestación del poder de Jehová. De esta manera, Josué recordó a todos los líderes de Israel que la victoria no había sido suya, sino de Dios. Nunca, nunca debían olvidar eso; y nosotros tampoco debemos hacerlo.

 

B. Les exhorta a seguir la ley y no participar de la idolatría de las naciones 23:6-13

Continúa diciendo, “Esforzaos, pues, mucho en guardar y hacer todo lo que está escrito en el libro de la ley de Moisés“. Esa palabra, “esforzaos” en el hebreo es chazaq, que se puede traducir como “fortalecer”, “perdurar”, “reparar” o “retener”. Es un imperativo fuerte. Olvidarse de Dios, su pacto y su ley no era una opción. Como líderes, debían hacer esfuerzos deliberados y conscientes de recordar e implementar la ley revelada de Dios en todos los asuntos de la nación bajo su gobierno y dirección.

Les recuerda que han experimentado tantas grandes victorias solamente porque Jehová ha estado con ellos. “Un varón de vosotros perseguirá a mil, porque Jehová vuestro Dios es quien pelea por vosotros” (23:10).

Con fuerza y seriedad les exhorta a no sucumbir ante la tentación de mezclarse con los pueblos idólatras, buscando esposas de aquellas culturas. Emplea un cuarteto de vocablos para describir las cosas que los israelitas no debían hacer en relación con los dioses de los pueblos idólatras.

. . .para que no os mezcléis con estas naciones que han quedado con vosotros, ni hagáis mención ni juréis por el nombre de sus dioses, ni los sirváis, ni os inclinéis a ellos. (Josué 23:7)

Se aprecia un orden secuencial de ajenamiento más y más hacia la idolatría plena. Los israelitas no debían:

  • mencionar el nombre de sus dioses – Hacer eso implicaría que ignoraban o se habían olvidado del nombre de Jehová (véase Jeremías 23:27).
  • jurar por el nombre de sus dioses – Hacer eso implicaría que tenían fe en esos dioses, que eran poderosos para hacer lo comprometido con el juramento.
  • servir a sus dioses – Hacer eso mostraría una actitud de sometimiento, de rendir culto a los dioses, de reconocerles como tales, dignos de obediencia y lealtad.
  • inclinarse a sus dioses – Hacer eso mostraría amor y devoción íntima con los dioses y el abandono total de la adoración de Jehová.

En el versículo 13, Josué vuelve a emplear un cuarteto de palabras para describir las consecuencias que vendrían al caer en idolatría por medio de los matrimonios mixtos. “Os serán por lazo, por tropiezo, por azote para vuestros costados y espinas para vuestros ojos” (23:13). Qué texto más impresionante para declarar el peligro de entrar en relación íntima con una persona que no conoce a Dios. Es una verdad absolutamente vigente para el día de hoy. Debemos advertir a nuestros jóvenes a cuidarse -

  • del lazo,
  • del tropezadero,
  • del azote y
  • de las espinas.

El mensaje no podría estar más claro. El abandono de la relación con Dios conduce a ataduras, tropiezos, dolor y ceguera.

Josué advierte que tal descenso a la idolatría sería un proceso imparable y de consecuencias nefastas, “hasta que perezcáis de esta buena tierra que Jehová vuestro Dios os ha dado.” Perderían todo lo que habían logrado. Las victorias alcanzadas en la conquista para nada garantizaban un futuro de éxito y prosperidad. Si llegaban a pensar que por simplemente estar en la tierra prometida a Abraham, ya no habría necesidad de cultivar su relación con Dios de manera fuerte y fiel, prontamente caerían ante las sutiles tentaciones del enemigo y volverían a ser gente empobrecida y exiliada, lejos de la tierra prometida a Abraham.

 

C. Les advierte del peligro de no obedecer 23:14-16

Josué comienza la tercera parte de su amonestación final a los líderes de Israel, recordándoles que él estaba muy avanzado en años y que debían reconocer que Dios había sido fiel a su palabra para con ellos.   “. . . reconoced, pues, con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma, que no ha faltado una palabra de todas las buenas palabras que Jehová vuestro Dios había dicho de vosotros; todas os han acontecido, no ha faltado ninguna de ellas.” (23:14)

Pero en seguida les advierte de algo muy importante. Dios no solamente envía palabras buenas, de bendición; también puede enviar palabras malas, de maldición.

Pero así como ha venido sobre vosotros toda palabra buena que Jehová vuestro Dios os había dicho, también traerá Jehová sobre vosotros toda palabra mala, hasta destruiros de sobre la buena tierra que Jehová vuestro Dios os ha dado, si traspasareis el pacto de Jehová vuestro Dios que él os ha mandado, yendo y honrando a dioses ajenos, e inclinándoos a ellos…” (23:15,16).

Concluye con la misma advertencia dada al final de la exhortación previa, “pereceréis prontamente de esta buena tierra que él os ha dado” (23:16). Les recuerda que solamente por haber entrado a la tierra prometida, no deben pensar que ahora se pueden relajar en su compromiso con Dios.

Así exhorta y advierte a los líderes de Israel, a dedicarse de todo corazón a realizar su trabajo como líderes de maneras que protegiesen la santidad y la devoción de la nación para con Jehová, el único Dios verdadero.

 

2. Capítulo 24 – el discurso al pueblo de Israel

En seguida Josué se dirigió a la nación entera, en un acto solmene de renovación del pacto entre Dios y su pueblo. Pero para este efecto, Josué decidió que debía ir con el pueblo a un lugar especial, histórico y apropiado para lo que les quería decir, y así se trasladó con toda la gente a Siquem.

Una ciudad muy antigua ubicada en las rutas del comercio del Medio Oriente, Siquem fue el punto geográfico donde comenzó por primera vez la ocupación hebrea de la tierra prometida, pues fue el primer lugar donde llegó Abram luego de salir de Ur y de Harán.

Tomó, pues, Abram a Sarai su mujer, y a Lot hijo de su hermano, y todos sus bienes que habían ganado y las personas que habían adquirido en Harán, y salieron para ir a tierra de Canaán; y a tierra de Canaán llegaron. 6Y pasó Abram por aquella tierra hasta el lugar de Siquem, hasta el encino de More; y el cananeo estaba entonces en la tierra. 7Y apareció Jehová a Abram, y le dijo: A tu descendencia daré esta tierra. Y edificó allí un altar a Jehová, quien le había aparecido. (Gen. 12:5-7)

Otro evento de la temprana historia hebrea, que muy probablemente tuvo en mente Josué al ir a Siquem, fue la huida de Jacob con sus esposas y bienes de la casa de su tío Laban, después de pasar veinte años ahí, en Harán. Dios le había ordenado regresar a Betel (Gen. 31:13), pero en lugar de eso se detuvo en Siquem. Ahí compró tierras (Gen. 33:19), se instaló, y su familia fue expuesta a los males del contacto con los cananeos – cosa que dio lugar a violación, venganza y muerte (Gen. 34). Por fin Jacob entendió que debía obedecer a Jehová de manera total y absoluta. Hasta entonces había permitido que sus esposas e hijos conservaran terafines, pequeños ídolos, como los de Laban (Gen. 31:19-35). Los terafines era pequeñas estatuillas que se usaban como ídolos en cada familia. El terafín era el dios familiar al cual se oraba y ofrendaba. Pero Josué ya no lo permitiría más. Se irían a Betel, como Dios les había mandado, pero con ningún otro dios que Jehová.

Dijo Dios a Jacob: Levántate y sube a Bet-el, y quédate allí; y haz allí un altar al Dios que te apareció cuando huías de tu hermano Esaú. 2Entonces Jacob dijo a su familia y a todos los que con él estaban: Quitad los dioses ajenos que hay entre vosotros, y limpiaos, y mudad vuestros vestidos. 3Y levantémonos, y subamos a Bet-el; y haré allí altar al Dios que me respondió en el día de mi angustia, y ha estado conmigo en el camino que he andado. 4Así dieron a Jacob todos los dioses ajenos que había en poder de ellos, y los zarcillos que estaban en sus orejas; y Jacob los escondió debajo de una encina que estaba junto a Siquem. (Gen. 35:1-4)

Siquem, entonces, fue el lugar donde Jacob hizo que todos se deshiciesen de sus ídolos, sepultándolos debajo de un encino – probablemente el mismo encino donde su abuelo Abraham había levantado su primer altar. Quinientos años después, Josué lleva a toda la nación de Israel a Siquem y al lugar del encino (Josué 24:26) para hacer lo mismo – deshacerse de sus ídolos y consagrarse para servir exclusivamente al Señor.

Josué comienza su mensaje relatando una vez más la historia colectiva de la nación de Israel. En su discurso a los líderes resaltó como Dios les había acompañado en los recientes años de conquista, pero ahora, al pueblo les narra la historia,  -  desde Abraham hasta su momento presente, demostrando como Jehová Dios ha sido el libertador y salvador de su pueblo en todo tiempo.

 

A. Les recuerda la historia de Israel, bajo la poderosa ayuda de Dios – 24:2-13

En este recuento de la historia nacional, Josué no celebra en absoluto ningún logro de Israel, hecho por sus propias fuerzas. Dios es el protagonista de cada historia, el sujeto de cada acción.

  • El trato de Dios con Abraham y sus hijos – 24:2-4

Josué habla proféticamente, declarando palabra de Dios en primera persona, “Así dice dice Jehová, Dios de Israel…“  Dios les recuerda que El llamó a Abram siendo él un servidor de “dioses extraños” (v.2). Dios afirma que fue El el gestor de la venida de Abram a la tierra prometida, y que no fue una iniciativa propia del mismo Abram. “Y yo tomé a vuestro padre Abraham del otro lado del río, y lo traje por toda la tierra de Canaán, y aumenté su descendencia“.

Esta clase de protagonismo de Dios se enfatiza en todo el discurso – “yo di; yo envié; yo herí; yo saqué; yo introduje; yo entregué; yo destruí; yo libré“, etcétera. Y así continúa describiendo su trato con Isaac, Esaú y Jacob y sus hijos; siempre destacando la acción divina en sus vidas.

  • El trato de Dios con Moisés y el pueblo en el éxodo y la peregrinación en el desierto – 24:5-10

En los versículo 5-10, Dios describe su trato con su pueblo en Egipto, enviándoles a Moisés y librándoles de la esclavitud. Describe el cruce del Mar Rojo, la peregrinación en el desierto y las victorias concedidas para acercar al pueblo hebreo a la frontera de la tierra prometida. Nuevamente, el protagonismo es de Dios y no de Moisés o del pueblo; “vuestros ojos vieron lo que hice en Egipto” (Josué 24:7).

  • El trato de Dios con Josué y el pueblo en la conquista de Canaán – 24:11-13

Concluye el repaso histórico recordándoles la conquista reciente, y como beneficiaron por la ayuda de Dios.

 11Pasasteis el Jordán, y vinisteis a Jericó, y los moradores de Jericó pelearon contra vosotros: los amorreos, ferezeos, cananeos, heteos, gergeseos, heveos y jebuseos, y yo los entregué en vuestras manos.

Describe la victoria de Israel sobre dos reyes amorreos, cosa que se logró, “no con tu espada, ni con tu arco.” (Josué 24:12)

 

B. Les amonesta a servir a Jehová, tal como lo hace él – 24:14-18

Josué les urge a abandonar para siempre a los dioses falsos.  Los describe de dos maneras:

  • los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del rio y en Egipto
  • los dioses de los amorreos

Es decir, los dioses antiguos de los caldeos y los egipcios – como Marduk, Istar, Ra, Amun e Isis; y también los dioses venerados en la tierra prometida, como Baal y Astarte.

Evidentemente, los dioses antiguos no habían frenado el avance de los patriarcas y de la nación de Israel. Los dioses de Egipto fueron vencidos por la mano de Jehová obrando por medio de Moisés. Los dioses de los amorreos nos los habían salvado de la derrota frente a las tropas de Israel. Estaba muy claro que Jehová era el único Dios verdadero y los dioses del los pueblos eran absolutamente impotentes, muertos, inexistentes. Sin embargo, la tentación del culto idolátrico sería un peligro y una amenaza constante, y por eso, Josué les desafía con palabras fuertes e inolvidables:

Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová. (Josué 24:15).

Inmediatamente el pueblo respondió a la exhortación de Josué, prometiendo lealtad a Jehová.

16Entonces el pueblo respondió y dijo: Nunca tal acontezca, que dejemos a Jehová para servir a otros dioses; 17porque Jehová nuestro Dios es el que nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre; el que ha hecho estas grandes señales, y nos ha guardado por todo el camino por donde hemos andado, y en todos los pueblos por entre los cuales pasamos. 18Y Jehová arrojó de delante de nosotros a todos los pueblos, y al amorreo que habitaba en la tierra; nosotros, pues, también serviremos a Jehová, porque él es nuestro Dios.

El pueblo respondió, reconociendo que Jehová era el Dios poderoso, quien les había sacado de Egipto, les había guardado, y ahora dado la tierra para ocuparla.  Sin embargo, Josué no estaba convencido. Discernía que algo faltaba. El pueblo había dicho palabras muy positivas, pero no había hecho renuncia de los viejos dioses, ni tomado ninguna acción para demostrar tal consagración exclusiva.

 

C. Les impulsa a hacer una consagración sincera y completa – 24:19-28

Aun no muy convencido, Josué confrontó al pueblo con la debilidad de su compromiso de solo palabras:

19Entonces Josué dijo al pueblo: No podréis servir a Jehová, porque él es Dios santo, y Dios celoso; no sufrirá vuestras rebeliones y vuestros pecados. 20Si dejareis a Jehová y sirviereis a dioses ajenos, él se volverá y os hará mal, y os consumirá, después que os ha hecho bien. 21El pueblo entonces dijo a Josué: No, sino que a Jehová serviremos.

Josué les adviritió que así como estaban, no iban a lograrlo. No lo iban a hacer, porque Dios es santo, y no tolera el pecado. Habían dicho que servirían a Jehová, pero nada habían dicho sobre dejar de servir a los otros dioses. Dejaban abierta la puerta para el sincretismo espiritual.

 22Y Josué respondió al pueblo: Vosotros sois testigos contra vosotros mismos, de que habéis elegido a Jehová para servirle. Y ellos respondieron: Testigos somos. 23Quitad, pues, ahora los dioses ajenos que están entre vosotros, e inclinad vuestro corazón a Jehová Dios de Israel. 24Y el pueblo respondió a Josué: A Jehová nuestro Dios serviremos, y a su voz obedeceremos. 25Entonces Josué hizo pacto con el pueblo el mismo día, y les dio estatutos y leyes en Siquem. 26Y escribió Josué estas palabras en el libro de la ley de Dios; y tomando una gran piedra, la levantó allí debajo de la encina que estaba junto al santuario de Jehová. 27Y dijo Josué a todo el pueblo: He aquí esta piedra nos servirá de testigo, porque ella ha oído todas las palabras que Jehová nos ha hablado; será, pues, testigo contra vosotros, para que no mintáis contra vuestro Dios. 28Y envió Josué al pueblo, cada uno a su posesión.

Josué hizo cuatro cosas para dar forma y fuerza a la consagración de los israelitas:

1. Los declaró testigos de sus propias palabras. “Vosotros sois testigos contra vosotros mismos“. Si los testigos fuesen otros, ellos podrían eventualmente negar la veracidad de aquellas personas, pero Josué los compromete a ser sus propios testigos.

2. Mandó que se deshiciesen de sus terafines e ídolos escondidos. Repitió las mismas palabras que había empleado Jacob en ese mismo lugar tantos años antes, “Quitad, pues ahora los dioses ajenos que están entre vosotros.” Así tal como Jacób hizo que su familia abandonase ahí en Siquem a sus ídolos, Josué lo hizo con todo el pueblo de Israel.

3. Hizo un pacto con el pueblo y dejó un registro escrito del mismo en el libro de la ley. Dejó un registro escrito de las promesas y los compromisos de obediencia a la ley de Moisés que el pueblo había declarado y lo puso con los libros de la ley para su perpetua permanencia en Israel.

4. Levantó un monumento en el lugar del encino de Abraham, como testimonio al voto de consagración de Israel. Por tercera vez algo importante sucedió en el lugar del encino. Ahí fue donde Abraham levantó su primer altar, donde Jacob enterró los ídolos de su familia y ahora, donde Josué colocó el pilar de testimonio.

Tales fueron los dos grandes discursos finales del gran líder de Israel en el tiempo de la conquista de la tierra prometida, Josué. Los principios presentados en estos mensajes aun son de gran vigencia e importancia para nosotros.

 

3.  Epílogo del libro – la tierra consagrada por tres tumbas

Aunque traspasa un poco los parámetros indicados por el título, concluyo este artículo haciendo mención de como concluye el libro de Josué – con el relato de tres tumbas (Josué 24:29-33).

Al cabo de los discursos finales de Josué, en algún momento se añadió un breve epílogo a la obra, contando sobre las sepulturas de Josué, José y Eleazar.

  • Sobre Josué, dice el texto que vivió hasta los ciento diez años – solo diez años menos que Moisés. Sus restos fueron sepultados en Timnat-Sera “que está en el monte de Efraín“.
  • Sobre José, quien había muerto en Egipto ya hacía casi quinientos años, sepultaron sus huesos en Siquem, en la tierra que Jacob su padre había comprado. De esa manera aquella tierra fue entregada a sus descendientes (Josué 24:32).
  • Sobre Eleazar, el hijo de Aaron, aparentemente falleció algún tiempo después de la entrega de los mensajes de Josué, y también fue sepultado en el monte de Efraín. Mientras que sus hermanos mayores Nadab y Abiu se rebelaron contra Dios, ofreciendo fuego extraño (Lev. 10:1,2), Eleazar fue fiel al Señor toda su vida, ayudando a su padre Aaron y luego tomando su lugar como sumo sacerdote.

¿Por qué termina el libro de Josué hablando sobre estas tres sepulturas de gente tan importante? La presencia de sepulturas indicaba posesión de una tierra. Con las sepulturas de Josué, José y Eleazar en aquella tierra se señalaba de manera visible el fin de la dispersión del pueblo en Egipto, y que las cosas habían vuelto su lugar debido. Las tres tumbas confirmaban las verdades reveladas en el libro de Josué. Dios había hecho regresar su pueblo a la tierra que les prometió, y era tiempo de retomar la misión que se había encomendado a Abraham.

El libro de Josué no termina con la coronación de un rey, ni con la mención de otro líder nacional que tomaría el lugar del mismo Josué. El compromiso ha quedado con el pueblo. La nación entera, y no un mero individuo ahora tendría que mostrar su devoción a Jehová y ser el verdadero Pueblo de Dios.

 

Conclusión: ¿Cuáles son las lecciones de Josué 23 y 24 para nosotros hoy?

1. Debemos reconocer que todo lo que somos y tenemos es por la mano de Dios. Nada nos viene por nuestros propios medios o méritos. Es Dios quien hace la obra y quien se merece toda la gloria, gratitud y alabanza.

2. Nunca debemos pensar que por haber alcanzado cierto nivel de triunfo en el servicio de Dios que podemos relajarnos. Nuestra comunión con Dios es algo que debemos cultivar y profundizar diariamente. Lamentablemente, existe el peligro de perder todo lo que uno ha ganado si no cuida su relación con Dios. Comenzar bien no gana una carrera, sino proseguir y terminar bien.

3. Debemos ayudar a nuestros jóvenes y señoritas a entender cuán importante es no buscar pareja matrimonial entre los inconversos. La advertencia de Josué sobre el lazo, el tropezadero, el azote y las espinas es muy vigente hoy en día.

4. Todos necesitamos un Siquem. Debemos deshacernos de todos nuestros ídolos para así poder entrar plenamente a la voluntad y el servicio de Dios. En Chile, el centro Teen Challenge (Desafío Juvenil – centro de rehabilitación de drogas y alcohol) para mujeres se llama precisamente, “Siquem”, pues es el lugar donde aquellas preciosas hijas de Dios abandonan para siempre a los ídolos del vicio y la vanidad y se consagran al Señor Jesucristo.

5. La consagración debe ser absoluta y no a medias. Así como Josué no se conformó con una expresión inicial linda pero incompleta, debemos experimentar, predicar, enseñar y motivar a una consagración total y completa.

 

Jaime Mazurek B.


 
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Comentarios: 3

  1. Excelente exposición de la palabra de Dios y un excelente artículo para el estudiante y predicador. Digno de Compartir.
    Gracias.

  2. Javier Diaz Goyeneche

    Excelente contextualizacion

  3. Fernando Meneses

    Excelente articulo. Me bendijo mucho, y obviamente es para compartirlo con la congregación en este tiempo de tanto relativismo y sensualismo religioso.

    Gracias

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