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La supremacía de Cristo en Colosenses

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2019.2

Por Jorge Canto

 

 

Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación.” (Colosenses 1:15)

Nos gusta hablar de la sinceridad, valor hermana de la honestidad. Podemos afirmar, en un púlpito de oro o barro, que la Palabra nos enseña a decir la verdad.

Soy sincero cuando te lo digo”, es lo que generalmente se esgrime como argumento, pero de ser honestos en nuestras opiniones, a ser crueles en ellas, sólo hay un pequeño atisbo de la envidia. A la hora de ser nosotros los receptores de una honesta opinión, la sinceridad no siempre es bienvenida puesto que quizá eso no nos agrade. Desde la cárcel, el apóstol Pablo escribió a los Colosenses una carta muy sincera y muy honesta, y eso, quizá, no fue bien recibido por algunos de la iglesia, pero era necesario poner las cosas en su lugar.

Estando el Apóstol de los Gentiles preso en Roma al final de su ministerio, y teniendo como compañero de celda a Aristarco (4:9), recibió noticias de ciertos errores y desórdenes en los que estaban tropezando sus discípulos en Colosas (2:1).

No era raro que Pablo recibiese malas noticias, pues en aquellos días abundaban herejías en el ambiente. El cristianismo iba creciendo y se añadían día a día gentiles que arrastraban un bagaje religioso y filosófico, ya sea estoico o hedonista, gnóstico o politeísta; nada diferente a lo que la sana doctrina enfrenta hoy. Los creyentes en cuestión aparentemente comenzaron a desviarse de la fe, la fe que otrora, cuando Pablo estaba con ellos, era sana, firme y creciente. Mas ahora, según las noticias y el tono de la carta, se corría peligro de poner al mismísimo Señor en segundo lugar o cuanto menos a la misma altura de cualquier ángel creado, o tan insuficiente frente a los ritos judíos.

Así mismo, los judaizantes seguían presionando por su lado. La iglesia estaba puesta en estrecho pues por una puerta presionaban los de la circuncisión y por la otra la filosofía griega. Los hermanos, cual barco a la deriva, daban bandazos hacia estribor o babor. Es aquí donde el cuidado pastoral y la autoridad apostólica de Pablo entran en escena para poner todo en su debido lugar posicionando a Cristo como cabeza, al frente de todo, dominando todo, siendo Señor de todo, puesto que, efectivamente, lo es.

Era muy fuerte la presión que la iglesia de Colosas recibía. Pablo, apesadumbrado (2:1) por los desvíos doctrinales de la congregación, recopila de su culto vocabulario, vocablos firmes dirigidos a alentar y retornar las doctrinas a la prístina fe que él mismo había transmitido a sus pupilos respecto a la preeminencia de Cristo sobre todo lo creado y se las despacha en una epístola a sus amados hermanos. Vemos las páginas de la carta en cuestión trazadas con vocablos tales como: Permanecéis, fundados, firmes, sin moveros (1:23); arraigados, sobreedificados, confirmados (2:7); nadie os engañe (2:4, 8), completos (2:10), nadie os juzgue (2:16); nadie os prive (2:18), firmes (4:12), adjetivos y expresiones que señalan continuar en el mismo lugar en el que originalmente estaban y no dejarse presionar los que “juzgaban” (seguramente judaizantes) o por los que “privaban” (seguramente gnósticos) a tomar un bando u otro, ambos equivocados. El ancla para estar firmes en esta tormenta de herejías era nada menos que mirar al que es el verdadero ser supremo de todos: Jesucristo.

¿Cómo lograr la estabilidad doctrinal en Colosas? Esa era una pregunta que giraba en torno a la magistral mente del apóstol Pablo. La tirantez de los enemigos de la fe pugnaban en facciones atractivas para los oídos de las ovejitas neófitas de la iglesia. Las palabras y la doctrina debían ser presentadas de tal modo que permitieran a los discípulos estar “firmes” y “fundamentados”.

En un pincelazo de erudición y escritura audaz, el Apóstol de los Gentiles tiene la suficiente iluminación del Espíritu Santo para plasmar de manera espléndida una frase que colocaría tanto a Jesucristo en la posición que se merece como a los titubeantes colosenses necesitados de dirección: buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios, Poded la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. (3:1, 2).

Sólo alguien como Pablo, en la cárcel misma, con un amor tan grande por la obra de Dios, podía cincelar en el alma de todos los creyentes de Colosas la expresión que habría de perdurar hasta ahora. El antídoto a las herejías que quieren avanzar en la fe de la iglesia es simplemente mirar al la Estrella del Norte, es decir, aquél astro que gobierna la brújula de los marineros expertos, la inamovible estrella de la fe que da sentido a la navegación de las iglesias. Jesús está arriba, sentado a la diestra de Dios; Jesús es superior a todo lo creado y está en el punto más alto de toda gloria imaginable, él es supremo a todo lo que los gnósticos o judaizantes quieren ofertar, pues quien tiene la supremacía es Jesucristo.

Los colosenses habrían dado una bienvenida a esta carta como tabla de salvación en medio del mar. Era tal el problema en la iglesia que los hermanos estaban zozobrando en el culto a los ángeles (2:18) puesto que se notaba que ya conocían hasta la supuesta jerarquización de ellos: sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades (1:16).

Los gnósticos eran muy atractivos al oído de los creyentes cultos, pues el helenismo estaba de moda y el amor a la sabiduría era algo de clase alta. Seguramente algunos gnósticos infiltrados en la iglesia mencionaban sus revelaciones con los exóticos nombres de sus ángeles apócrifos como Metatrón o Ariel.

Deslumbrados los pobres discípulos ante tales conocimientos, pretendían posicionar a estos angélicos seres en una alta influencia en la fe de la iglesia. Pablo, siendo sincero y honesto con toda claridad les advierte que tal culto los privaría de la salvación, el natural “premio” de la fe en Jesús (2:18). La palabra “culto” del griego treskeía sólo se usa cuatro veces en el Nuevo Testamento: tres de ellas se traduce como “religión” (Hch. 26:5; Sgo 1:26 y 27) y aquí como “culto”.

No sería atrevido que la enseñanza de los herejes se pudiera definir entonces como una “angelolatría” que incluiría el estudio hermético de esos seres etéreos, oraciones dirigidas a sus personas e imágenes talismánicas protegiendo las viviendas de los santos creyentes. Era toda una parafernalia alienada de la Palabra de Dios, aberración que hoy resurge con mucho poder en gente que se denomina así mismo cristiana.

El culto a los ángeles no es nuevo ni ajeno en la Biblia. El mismo Satanás pidió adoración al Señor Jesús (Lucas 4:7); y en el Apocalipsis se puede observar al apóstol Juan siendo seducido en su corazón por dos ángeles, que siendo nobles, le prohibieron tal acción como adorarlos (Apo. 19:10; 22:8-9).

En Colosenses 1:16, Pablo desbarata este absurdo diciendo que todos esos “tronos (gr. trónoi), dominios (gr. kuriótetes), principados (gr. arjái), potestades (gr. exusíai)” sean lo bello que sean, fueron creados; son seres limitados y no eternos. Son carentes de la imagen de Dios, pues “Él” (Jesús) es el único que tiene esa imagen (gr. eikóon). De él proviene todo lo visible (gr. ópata) y lo invisible (gr. aópata), y quien les dio existencia es nada menos que “Él” (1:15). Además, esas angélicas criaturas son propiedad de “Él” pues el versículo recalca sólidamente que son para “El”, y para coronar el argumento Pablo reitera que “Él” es antes de todas las cosas y en “Él” subsisten (1:16).

Si el axioma no fuera lo suficientemente claro el hagiógrafo continúa con su andanada de pronombres y porfía que “Él” es la cabeza del cuerpo de la iglesia, y “Él” es el principio, el que resucitó primero para que en todo tenga preeminencia. Pablo usa ocho veces el pronombre personal “Él” (la primera usa gr. “hós” y las siguiente siete “autós”, la utilización de este pronombre se prolonga en vercículos posteriores) recalcando algo sutilmente, que para esos seres creados se usan rimbombantes nombres griegos que por su pronunciación evocan alcurnia, en cambio, el verdadero dueño de todo no necesita marcos semánticos para alardear de una falsa autoridad; Jesús es preeminente y supremo en todo, así que Pablo, yuxtaponiendo la semántica “tronos, dominios…” la contrasta con el humilde y casi anónimo “Él” pues “Él” no necesita mucha presentación, es Jesús.

Los gnósticos se ven abatidos con la diatriba paulina, pero todavía quedan los judaizantes que día tras día propugnaban que el sábado debía ser guardado y los gentiles deberían ser circuncidados. Así que el siguiente argumento va directamente a la yugular de los otrora correligionarios paulinos.

Pablo les recalca, a los que se sienten sucumbir por no circuncidarse, algo parecido a la introducción del argumento contra los gnósticos: Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la deidad (2:9). En otras palabras: Jesús es Dios, y es un ser humano, argumento eficaz para lo que se conoce como “unión hipostática”. La palabra “plenitud” (gr. plénora) muestra que algo está absolutamente lleno, completo, sin poros vacíos, Jesús es Dios y plenamente Dios. De esta base parte el argumento contra los judaizantes puesto que en los siguientes versículos el apóstol afirma que los creyentes de Colosas están también “completos” en él. En un juego de palabras Pablo les dice a los creyentes:

Jesús es pleno (gr. pléroma) Dios,

y en él están ustedes plenos” (gr. peplerómenoi)”.

Col. 2:10

Así que la circuncisión de la carne no tiene ya valor pues ahora en Cristo, que es Dios, los colosenses tienen una mejor circuncisión (2:11) no hecha de mano (no lo hizo un rabino o levita). Además de todo esto, el acta de decretos (gr. jeirográfon, documento escrito a mano), el expediente de la deuda que pesaba sobre nosotros, quedó completamente anulada (2:14), haciendo inservible la circuncisión de Abraham. Esas ordenanzas judías son descalificadas por el apóstol con epítetos tales como: “tradiciones de los hombres” o “rudimentos del mundo”. Estas expresiones son muy sinceras y fuertes, los judíos que se congregaban en la iglesia de Colosas, aún lo verdaderos cristiano, no habrían recibido bien estas peyorativas palabras del apóstol, ya que eran orgullosos de sus bien guardadas tradiciones. Sin embargo, el hagiógrafo sigue arremetiendo, por si alguien no lo hubiera entendido bien: “nadie os juzgue” (2:16) en obvia alusión al alimento kosher, el sabat, o fiestas nacionales del Antiguo Testamento. Todo ello es “sombra” o el “a, b, c” de la fe que se concreta en Jesucristo.

Los creyentes sinceros, que caían en la trampa de un legalismo judío, se esforzaban de verdad en cuidar su alimentación, en guardar el sábado, respetar las fiestas veterotestamentarias e, incluso, circuncidarse. Pablo les recalcó: “esos preceptos tienen fama de sabiduría y de control de los apetitos desordenados, pero inútiles a la hora de enfrentar de verdad esos apetitos”. De nuevo la respuesta es no buscar esos “rudimentos del mundo” (Pablo los llama así dos veces en esta carta, 2:8, 20) sino elevarse a buscar la respuesta, la cual está arriba, en el Cristo resucitado, a la derecha de Dios Padre. Elevar la vista es dejar los duros tratos del cuerpo (como la circuncisión) pues todos esos tejes y manejes de la Ley solo eran preámbulos que ahora se ven cumplidos en Jesucristo.

Pablo no deja títere con cabeza, la carta, en tan breve espacio, es magistral y evitó que el veneno de la herejía siguiera carcomiendo a la iglesia que amaba. El apóstol sabía que quien tenía supremacía era Jesucristo, esa supremacía era patente tanto en Colosas como en la cárcel de Roma donde estaba apresado. Aunque está encadenado, el Apóstol de los Gentiles sabe bien quién verdaderamente está en el trono no es el César, ni Roma, es Cristo, así que cada vez que el hombre interior del hagiógrado se quería derrumbar él mismo alzaba los ojos a buscar las cosas de arriba, pues el mísero emperador romano, auto proclamado dios, no era nada, era solo el resultado de la propia fantasía humana, fantasía que patrocinaba también la veneración a los ángeles. Jesús es Dios, ningún ser creado jamás tuvo ese título, ni el arcángel Miguel ni el ángel Gabriel, ni Abraham ni Moisés, ni ángeles ni hombres, puesto que sólo Jesús creó todo, él es el dueño de todo, él es el único que está arriba, más arriba que todo, a la diestra del Padre, todo, al final, tiene sentido, nuestra vida está escondida en él (3:3).

Para el siglo XXI donde las amenazas de armas nucleares y biológicas tocan a la puerta de cualquier país, donde la bancarrota de una empresa o familia a veces dependen de un solo hackeo de cuentas, donde el honor y buen nombre de alguien se evapora por la virulencia de las anónimas redes sociales, donde el orientalismo, agnosticismo, neo-paganismo, nihilismo, angelolatría y el ateísmo parecen campear alrededor de la iglesia, al igual que Pablo, pongamos la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra, no en el horizonte donde todos los hombres son impotentes para ayudar de verdad al otro, tampoco abajo, donde la degradación pudren los más loables valores y las esperanzas se entierran, no, debemos poner la mira en aquél que es Dios pero también es hombre, el dueño de la creación, en aquél que dio vida a todo lo que existe, en aquél que está sentado a la diestra del Padre. La expresión “estar sentado” demuestra el poderoso control que tiene el Señor, pues no anda deambulando como cuando alguien tiene un enfermo terminal en el hospital o como alguien que no quiere que la mañana llegue con su final inexorable, nuestro Jesús está sentado, cual poderoso gigante que gobierna con toda seguridad y omnipotencia lo visible y lo invisible, lo que está en el cielo y lo que está en la tierra (1:16) pues donde todos al final fenecen él gobierna y seguirá gobernando, él es el único que tendrá para siempre la preeminencia.

 

 

Jorge Canto


 

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