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Los judaizantes en Gálatas

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2021.2

Por Pablo Giovine

“Judaizantes” o “legalistas” es la forma de identificar al grupo judeocristiano del primer siglo que se opuso a que la fe se extendiera a los gentiles libre de las ataduras de la ley del Antiguo Pacto. Dicha postura generó, en los albores de la iglesia, la primera discusión doctrinal de la era cristiana. Para entender la raíz del conflicto de aquellos tiempos, es necesario tener presente el origen de lo que estos judíos pretendían imponer, una práctica arraigada en el judaismo no cristiano por medio de la cual un gentil se convertía en prosélito y que ahora se pretendía trasladar a la iglesia.

El termino prosélito (προσήλυτος), es utilizado en la Septuaginta como un equivalente del vocablo hebreo ger גֶר) ), que es la referencia a una persona extranjera que habitaba en tierras pertenecientes a Israel y se relacionaba con el pueblo de manera libre, tanto en el comercio como en otras cuestiones cotidianas. Ger implicaba ser un extranjero residente, que al igual que otros grupos sociales tales como las viudas, huérfanos y otros desvalidos, debían ser protegidos y sustentados por la comunidad (Dt. 10:17-19; Tobías 1:8). No obstante, para un prosélito su condición no sólo representaba ser protegido. Quien era considerado como tal, también debía cumplir con ciertas observancias de la Ley como por ejemplo el sabat (Ex. 23:12).

Parte de comprender el conflicto de los Judaizantes en tiempos de la iglesia primitiva, es también considerar cómo evolucionó el concepto prosélito/ger, de significar simplemente ser un extranjero a uno al que se le imponía real conversión al judaísmo. Para este particular el libro deuterocanónico de Judith nos es de mucha utilidad, ya que dicha obra relata la conversión de un general amonita llamado Aquior. En este relato encontramos, por parte del prosélito, la práctica de la circuncisión como una muestra de idenficación con el pueblo de Dios.

“Entonces Aquior, viendo todo lo que Dios había hecho con Israel, abandonó la religión de los gentiles, creyó a Dios con gran fe y se circuncidó. Él, con toda su descendencia, fue unido al pueblo de Israel hasta hoy”. 1

La historia de Aquior es un ejemplo de cómo el concepto ger llegó a aplicarse a todos aquellos que se convertían al judaísmo, y por esta acción se les otorgaba igualdad legal y religiosa, aunque no necesariamente social.2 Tal es el caso de Nicolás, prosélito de Antioquía, a quien se lo consideró uno más entre los primeros discípulos con el derecho de formar parte de los primeros diáconos en la Iglesia Primitiva.

En este proceso de transformación del concepto ger, surgió la necesidad de distinguir entre aquellos extranjeros que sólo simpatizaban con las costumbres y creencias hebreas, de aquellos que habitaban y cumplían con los ritos del Antiguo Pacto. Para tales fines se acuñaron dos términos, gēr tôšāḇ que eran aquellos prosélitos que no se habían convertido al judaísmo y gēr haṣṣeḏeq (prosélitos de la puerta) haciendo alusión a aquellos que quedaban encuadrados bajo la ley (Ex. 12:48, Dt. 5:14).

Otro aspecto particular a la hora de entender el proceso de cambio del concepto prosélito, es la interacción que los judíos tuvieron durante la diáspora con los gentiles, lo que arrojó como resultado un aumento de conversos y no sólo como fruto de las relaciones comunes entre particulares, sino también por la acción misionera de los fariseos. En parte, estos acontecimientos están relatados en la obra De Specialibus Legibus 1:51-52 de Filón de Alejandría (20 a.C. a 45 d.C.) y Contra Apión, Sobre la Antigüedad del Pueblo Judío libro II de Flavio Josefo (37 d.C. a 100 d.C.).3 Esta tarea misionera se extendió hasta los tiempos de nuestro Señor y Salvador Jesucristo quien denunciaba la acción de los fariseos y escribas, quienes movían cielo y tierra para coseguir un converso al judaísmo (Mt. 23:15).

Ya en tiempos de la iglesia primitiva, podemos observar que en la comunidad judía los prosélitos se distinguían de cualquier otro gentil ya que su acto de conversión les daba la oportunidad de participar activamente en las sinagogas como aquellos judíos por herencia. Relacionado con este tema, existe una pequeña discrepancia de opinioines sobre el evento relatado por Lucas en Hechos capítulo 13, en donde se describen los acontecimientos acaecidos en una sinagoga de Antioquía de Pisidia.  En esa oportunidad, por la predicación de Pablo y Bernabé, tanto judíos como prosélitos solicitaron a los misioneros que les continúasen hablando acerca del mensaje del Evangelio. Algunos teólogos opinan que el autor hace referencia solamente a gentiles piadosos (gēr tôšāḇ), hombres temerosos de Dios, pero que no habían dado el paso de la circunsición. Otra postura sugiere que si no fuesen verdaderos prosélitos no se hubieran atrevido a sugerir, a Pablo y Bernabe, el tema de la siguiente asamblea.

Es claro que el concepto prosélito estaba más que arraigado en los tiempos de Cristo y la Iglesia Primitiva, lo que conduce al por qué de ciertas exigencias de los pimeros cristianos, primordialmente los de Jerusalén, para con los gentiles que deseaban sumarse a la familia de la fe. Este es el tema que ocupa al apóstol Pablo en la Epístola a los Gálatas, en la que se describe la pretención de obligar a los gentiles, según lo expresa el apóstol en su interpelación a Pedro (Gá. 2:14), a que se convirtieran al judaísmo, es decir primeramente judíos por conversión para luego formar parte de la Iglesia y de esa manera poder tener acceso a la comunión.

Todo lo antes mencionado nos lleva al planteo de qué mensaje estaba implícito detrás de la predicación de los judaizantes al solicitarle a los gentiles que se conviertieran en gēr haṣṣeḏeq para luego acceder a la comunión en Cristo. Es evidente que un gentil primeramente debía judaizar, término utilizado por Pablo en realación a la práctica descripta, para luego tener participación con la iglesia, esto significa que no bastaba con seguir a Cristo para formar parte de la comunidad de redimidos. Al igual que en la fe hebrea para poder tener derecho legal y de pertencia no era suficiente con ser alguien que amaba y deseaba adorar a Dios, asumiendo a Cristo como su redentor, era necesaria la aceptación de las normas y preceptos del Antiguo Pacto.

Un aspecto aún mucho más importante de la denuncia realizada por el apóstol Pablo en la Epístola a los Gálatas es que la imposición de las normas y preceptos religiosos veterotestamentarios no eran simplemente un aspecto cosmético a la fe en Cristo, dicha proclamación creaba un evangelio distinto al presentado por el Maestro. Es interesante leer lo que se describe en Gálatas 1:6-10 con relación a la postura judaizante y su predicación, ya que la utilización del vocablo griego ἕτερον describe que la misma se había transformado en un mensaje distinto al pronunciado por Jesús, por ende, ya no eran las Buenas Nuevas lo que este grupo predicaba. Estos falsos maestros cuyo origen se encuentra en un partido farisaico incerto en la iglesia luego de la muerte de Esteban, habían contaminado el mensaje con antiguos vicios que conducían a los hombres al error.

Ahora bien, las pretenciones de los fariseos se extendían más allá de una simple cuestión liturgica. Gálatas 2:14 describe que la inteción, de estos integrantes de la iglesia de Jerusalén (judaizantes), era la circunsición y el cumplimiento de algunas leyes judías, y por esta causa se los asocia con el concepto legalismo, que dista mucho del moralismo, como podría mal interpretarse en nuestros tiempos. Este último implicaría la observancia e imposición de las normas morales establecidas por un determinado grupo social o religioso, pero el legalismo hace énfasis en la observancia de las leyes del Sinaí como medio salvífico, y no sólo a estas, sino a la rigidez de la letra que pasa por alto el espíritu de la misma. Por esta causa es que Jesús en su denuncia registrada en Mateo 23:15 hacia los fariseos, destaca que al convertír a un gentil en prosélito lo hacen dos veces más hijo del infierno que ellos.

En el mundo del legalismo la gracia se diluye frente a la necesidad del inútil esfuerzo humano por cumplir con los pobres y débiles rudimentos de la ley, que esclavizan al ser humano a un sistema legal cuya principal función fue guiar (Ayo – paidagogos) al hombre hacia el Cristo y no el de proporcionar un medio de redención eficiente. Judaizar entonces implicaba minimizar la cruz, asumiendo que el sacrificio hecho en el Calvario era insuficiente como medio para la salvación (Hech. 15:1, 5), anulando la libertad del verdadero y único Evangelio, en un intento de colocar el Vino Nuevo en los antiguos odres de la ley entonces distorcionada por la religiosidad de unos cuantos.

La lucha contra el movimiento judaizante puede considerarse como una de las primeras controversias doctrinales a las que la iglesia tuvo que enfrentarse, siendo el principal defensor de la libertad cristiana el apóstol Pablo, quien identifica a los que adscribían a este tipo de pensamiento como falsos maestros. El conflicto tuvo su resolución doctrinal en el Concilio de Jerusalén durante los años 50 de la era cristiana, donde se estipula que no era necesaria la conversión al judaísmo, sólo se les solicitaba a los gentiles que se abstuvieran de antiguas prácticas que los identificaran con el paganismo. Pero la resolución del Concilio distó mucho de ser el punto final para aquellos que seguían convencidos de la necesidad de la circunsición, por el contrario puede considerarse como un ito que probocó  el sisma entre ambas facciones.

Pablo hace evidente el conflicto en el tratamiento sistemático que realiza sobre la circuncisión en sus cartas cartas (Romanos, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses) y en el concepto que el tenía de aquellos que predicaban la misma, expresado en la carta a Tito (Tit. 1:10), donde describe a los mismos como insubordinados, probablemente haciendo referencia a no acatar la resolución del Concilio.

Finalmente, el año 70 d.C., con la destrucción de Jerusalén y el Templo por manos del imperio Romano, fue el inicio del declive del judaísmo cristiano, el cual perduró por aproximadamente dos siglos, pero siempre en números muy inferiores a la iglesia gentil que iba en aumento. Esto significó el fin del conflicto de los judaizantes en la iglesia primitiva, pero no el fin del espíritu legalista que en la historia se replicó de diferrentes formas.

Hoy, en pleno siglo XXI, un nuevo legalismo se alza desafiando a la gracia, menos agresivo en cuanto al estilo de judaizar pero no menos nocivo que el de antaño, ya que lo que se mutila hoy no es el cuerpo pero si la fe y el conocimiento del único y verdadero Evangelio de Nuestro Señor.



1 Cipriano De Valera, La Biblia del Siglo de Oro (Las Rozas, Madrid: Sociedad Bíblica de España; Sociedades Bíblicas Unidas, 2009), Jdt 14:6.

2 Frederick W. Danker, «PROSÉLITO, PROSELITISMO», ed. Everett F. Harrison, Geoffrey W. Bromiley, y Carl F. H. Henry, Diccionario de Teología (Grand Rapids, MI: Libros Desafío, 2006), 496.

3 W. E. Nunnally, «PROSÉLITO», ed. Samuel Pagán, David Gómez Ruiz, y Marcos Antonio Eduino Pereira, Diccionario Bíblico Eerdmans (Miami Gardens, FL: Editorial Patmos, 2016), 1454.

 

Pablo Giovine


 

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