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La fe de Abraham, semilla del evangelio

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2021.2

Por Susana Encalada Cáceres

 

 

 

El Hilo Rojo de la salvación se teje sin duda a todo lo largo de la narración bíblica vetero y novotestamentaria. Acontecimientos narrados en la historia de la humanidad y captados de manera escritural por medio de la inspiración divina dan muestra de esta verdad. No cabe duda de que la salvación siempre ha sido y será por gracia, desde el edicto divino a manera de promesa de redención por medio del llamado protoevangelio (Génesis 3:15), en el cual el Todopoderoso declara abierta una nueva oportunidad para la humanidad irredenta por causa del pecado.

La misericordia de Dios se hace manifiesta y su deseo de salvar al hombre se ha establecido por medio de todos los modos posibles dentro del marco de la fe. La fe es la que hace posible poder ser acreedor a obtener la gracia divina, y en este sentido el actuar del máximo exponente de la fe es un claro ejemplo, tomado  a su vez, como modelo paradigmático para determinar la base de la salvación. En este sentido se habla de Abraham, cuya fe rompe barreras de todo tipo, aun ante una realidad adversa y aparentemente imposible, humanamente hablando.

Abraham creyó contra esperanza, cuando tenía todo en contra; la confianza en la promesa divina se hizo patente en su corazón. Elogiable es su actitud de creerle a Dios sin dudar. Y precisamente esto es la fe y tal como lo dicta Hebreos 11:1, “es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”, y es, de esta manera, cómo los héroes de la fe descritos en este mismo pasaje lograron su propósito en Dios, aun cuando no vieron con sus ojos cumplida la promesa ni haber recibido aparentemente la recompensa de su fe.

Aún el Dulce Cantor de Israel, y a pesar de estar sujeto al sistema del levirato, testifica de la “gracia” en sus dichos inspirados por el Consolador, como los plasmados en el Salmo 32:1-6, en los que a su vez afirma de una manera profética su convicción de salvación, más allá de la las obras de la ley. David se sentía reo del pecado, pero  también experimentó el perdón del Señor, “ conocía por experiencia que bienaventurados eran aquellos cuyas iniquidades son perdonadas”[1]. El perdón no vendría por medio de las obras, que a través de los sacrificios ofrecidos solo cubrían el pecado, sino por medio de la misericordia de Dios imputada al hombre que lo hacía realmente libre de la paga por la trasgresión. “si David hubiera sido juzgado únicamente solamente con las obras, la justicia de Dios lo debió condenar”.[2]

El Hijo Rojo sigue avanzando en su curso desde Abraham hasta la llegada de Jesucristo, el cumplimiento de la revelación total de Dios, a través de la inauguración de un nuevo pacto, un pacto basado en estipulaciones diferentes al antiguo, no fundamentado en el vetero, sino en algo anterior a su aparición: la fe.  Es en este sentido que Romanos 4, (a Romanos se le describe como la Catedral de la Teología), fundamenta las bases para establecer doctrina con respecto a la salvación por la fe. El pueblo judío, en un mal entendimiento de paternidad, afirman ser los únicos hijos de Abraham, el gran patriarca, pero esta aseveración está basada únicamente por la línea de descendencia carnal, genética. Más allá de esto Abraham se constituye el padre de todos los creyentes, pero en un sentido supremo, de ser hijo de Abraham por vía de la fe.

Es importante aclarar que nunca Abraham fue justificado por sus obras, a pesar de ser “el amigo de Dios”, sino por su fe, por creerle a Dios y a pesar de todo. Aunado a esto y en apoyo al argumento, el acto de fe de este varón fue previo a la institución del sistema de la Ley, esa, sí, exclusiva para el pueblo hebreo, y basado primordialmente en el esfuerzo humano y en la necesidad de un intermediarismo sacerdotal para obtener la cercanía y el favor de Dios.

Es crucial hacer hincapié que Abraham era libre de todo este prejuicio al confiar en las promesas divinas y como dice la Palabra, el creer le fue contado por justicia (Romanos 4:3). Dios imputó justicia a Abraham únicamente por su acto de fe. Entonces, surge una pregunta: ¿Qué es más fácil o más difícil?, ¿ser salvo por obras o por fe? La respuesta depende de la expectativa: anhelar el favor de Dios por un esfuerzo propio y humano o dar lugar a la misericordia de Señor y ser justificado por él, creyendo que es capaz de hacerlo.

Sin duda el evangelio, las Buenas Nuevas de Salvación, venían a trastornar el cause del mundo y el pensamiento semita acuartelado en el sistema de salvación antiguo a través de la onerosa observancia de la Ley. Adoptar la nueva fe en Cristo Jesús era una idea radical y revolucionaria, era cortar de tajo, era dejar y no volver atrás, era poner la mirada en el autor de la salvación en Cristo Jesús.

Sin lugar a dudas era difícil creer en una justicia imputada al hombre solo por la gracia del Señor, pues Jesús había venido a saldar la deuda, pagando el precio, ofreciéndose una vez y por todas como sacrificio único y perfecto, fungiendo al mismo tiempo como Sumo sacerdote y sacrificio, pero lo más maravilloso de todo, es que era real y de fácil acceso; lo único que se requería era abrir el corazón y creer, pero era necesario un ingrediente muy pequeño pero grande a la vez cuando se pone en acción: la fe.

Solo por la fe, Abraham recibió la promesa y fue recompensado, además de ser declarado justo. El sistema cambió, el pacto cambió pero la constante que se vuelve la semilla en cualquier momento de la historia para obtener el favor divino y ser acreedor de sus promesas de salvación es solo por medio de la fe en Cristo, quien puede declarar justo hasta el más vil pecador.

La gloria nunca será para el hombre quien siempre intenta salvarse por sí mismo y solo por obedecer sin creer.  El evangelio de Cristo expone como máxima, una obediencia no por obtener un beneficio, sino como resultante del obrar del Espíritu en el creyente, quien lo lleva a la santificación, una vez que ha sido declarado justo, santo, apartado para el Señor; sólo después de aceptar con un corazón que cree en fe que Hijo de Dios hecho carne dio su vida para salvarlo y concebir ese sacrificio como suficiente para tal efecto.

En la inauguración del evangelio de Cristo, la gloria se la llevaba únicamente Dios, porque no hay nada que pudiera congratular al hombre con él, sino es a través de la sangre de su hijo Jesús, de la misma manera Abraham, para nada podía gloriarse de sus obras, ya que fue declarado justo solo por su fe, y eso independiente de su buen obrar. En ambos sentidos nadie puede sentirse merecedor de nada, sino únicamente atribuir la gloria a Dios por su misericordia, quien, a través de un simple, pero a la vez grandioso acto de fe, hace acepto hasta el más vil pecador.

La mirada de Juan el Bautista, visión siempre profética, encara a los judíos cuando les expresa a todo pulmón: y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. (Mateo 3:9), dando a entender que Dios, el Todopoderoso, podría levantar un pueblo heredero del patriarca mediante un material que está lejos de su progenie, dando a entender así, una seria insinuación de que habrían de ser benditas las naciones por aquél varón cuya fe traspasó a la nación hebrea y al tiempo mismo.

Un rabino convertido, de la línea de Gamaliel, doctor de la Ley, resumiendo en una frase poderosa, enclavó la sentencia que hoy define a los herederos de la salvación por fe que emula al patriarca Abraham: Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham (Galatas 3:7). Es así, que podemos hoy sentarnos en la mesa de la salvación, no siendo nosotros más que viles gentiles, ignorantes de tales bellas promesas pues la fe abrió un portón tan hermoso como eterno, y así, el Maestro de Maestros concluyó: Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos; mas los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes (Mateo 8:11-12).

 



            [1] David Guzid, “Romanos 4, Abraham y David demostraron justicia aparte de las obras”, consultado 27 de julio del 2022, https://www.blueletterbible.org.

            [2]  Guzid, “Romanos”.

 

Susana Encalada Cáceres


 

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