Enfrentando la devastación
Aquel primer día, se llenaba la casa de visitantes que venían para consolarnos y apoyarnos. Nuestro hijo, Jim y su esposa llegaron de Colombia. Después de un rato noté que había un mensaje en el teléfono. Oprimí el botón correspondiente. La llamada fue hecha a la misma hora de la muerte de nuestro hijo, aproximadamente a las 4:21 a.m. La voz en la línea consistió de sonidos y entonaciones que yo no podía identificar. Era extraño. No podía entender lo que decía, pero en mi espíritu sabía que era malvado. No me imaginaba quién nos llamaría a la hora precisa de la muerte de Felipe. Y el mensaje era incomprensible. Yo sabía que no se trataba de un número equivocado y no era broma tampoco. Mi espíritu me hizo ver que era algo malvado que se regocijaba por lo que había sucedido a nuestro hijo. Avisé a la policía. Pensaba que quizás los asesinos se habían posesionado del teléfono celular de mi hijo. La policía prometió investigarlo, pero no se dijo nada más sobre el asunto. Descubrí más tarde que los antisociales no habían tomado el teléfono de mi hijo porque se halló en la persona de mi hijo después del asalto.
La policía encontró la camioneta que los ladrones habían dejado en la escena del crimen. Comenzó la búsqueda. Esa tarde no podía dormir aunque intenté hacerlo. Así fue que me retiré a la cocina. Mi ser estaba preso de agitación y ansiedad y yo sabía que tenía que oír de Dios. No tenía otro recurso. Mi alma estaba tan turbada; tenía que encontrar la paz.
¿Qué podía hacer? ¿Debía abrir la Biblia al azar y leer lo que mis ojos encontraran? ¿Debía buscar los pasajes bíblicos que tratan de la paz y consolación? Sentándome allí indecisa, una voz desde adentro dijo abre tu Biblia donde has estado leyendo. Entonces la abrí donde había marcado el lugar y comencé a leer. Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial; pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos. Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida. Mas el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu. Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor (porque por fe andamos, no por vista); pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor. Por tanto procuramos también, o ausentes o presentes, serle agradables.
Después de terminar ese capítulo, mis ojos fueron de nuevo al capítulo anterior que dice, Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día. Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria, no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas. (2 Cor. 5:1-9; 4:16-18). Dios me había hablado y ahora podía yo irme a la cama a dormir.
Los próximos días eran un torbellino de acontecimientos. Llegó nuestra hija y luego Rita, la prometida de Felipe. La familia y los amigos que vivían fuera de la ciudad comenzaron a llegar. La casa se llenaba de tantas flores y plantas que empezamos a sacar algunas al patio. Un arreglo inusual de flores llegó enviado por un socio anterior de nuestro hijo mayor que consistía de un racimo de palillos verdes en un florero. Lo puse con los otros en la mesa del comedor, sin darle mucha atención. Varias fotos de Felipe estaban esparcidas encima de la mesa.
Tener a Rita con nosotros daba tanto consuelo. Ella nos contó un sueño que había tenido antes de venir a la Florida en su visita pasada. Como no lo comprendía, decidió no contárselo a Felipe. Pero después de todo lo que había pasado, se daba cuenta de que sí tenía sentido. En el sueño dos jóvenes con pistolas la perseguían. Mientras corría para escaparse, ella no podía encontrar ningún lugar donde esconderse de esos agresores. Pero vio que sobre un muro alto delante de ella una vid trepaba desde el suelo hacia arriba. Pensaba que la vid jamás la podría sostener, pero no tenía otra opción sino confiar en la planta frágil. Rita se cayó encima de la planta y se sorprendió al ver que sí tenía fuerza suficiente para aguantar su cuerpo. Iba encaramándose, pues, cada vez más con el fin de escaparse de los dos individuos que la perseguían. Cuando llegó encima, allí estaba Felipe. ¡Estaba en el cielo! Se abrazaron y bailaron. Gozaron de un amor inexpresable que jamás habían experimentado. Fue una nueva dimensión del amor que nunca habían conocido. ¡Cuán felices estaban! Pero los dos varones venían otra vez. Felipe volvió a Rita y dijo, Tienes que irte ahora. Estaré bien. Rita no sabía que eso sería su adiós final.
El fin de la semana en que Felipe murió, Rita asistía a un retiro para niñas en el cual ella servía de consejera. Pasó el tiempo enseñándoles sobre el tema del carácter de Dios. Enfatizaba la fidelidad constante de Dios. Al final del retiro, pidió que las jóvenes escribieran un ensayo sobre lo que habían aprendido durante el retiro. Ella también redactó su propio ensayo. Al terminar las últimas líneas, eligió un versículo de la Biblia para concluir su trabajo. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1 Corintios15:55). El texto no parecía tener tanta concordancia con su ensayo; sin embargo, sentía una necesidad de incluirlo. Luego puso el manuscrito a un lado y se acostó. Eran las 11:30 p.m. según la hora de ella, pero las 12:30 de acuerdo a la hora de Florida. A las 12:40 los asaltadores dispararon a Felipe.
La policía se mantenía ocupada en las investigaciones. Se habían convencido que los dos varones que habían arrestado eran los asesinos, pero tuvieron que soltarlos por falta de evidencia suficiente. Debido a que nuestro hijo mayor trabajaba con el Departamento de Justicia, se puso a su disposición una línea telefónica con que se pudiera mantener al tanto de todos los sucesos. Estaba constantemente en contacto con la policía y la atención que pondrían al caso.
Las autoridades se mantenían en las investigaciones. Buscaban pruebas de la implicación de los dos sospechados. Para ese tiempo la prensa había llegado a la casa de uno de los asesinos alegados para hacer un reportaje televisado. Las cámaras no mostraban el rostro de la madre, pero siempre se le hizo una entrevista. Ella explicó cómo nuestro hijo era más que un mero agente de policía. Era una persona amable quien había entrado en su casa con el fin de ayudar a atender a la hermana del asesino la cual tenía algunas necesidades especiales. Felipe había trabajado con adolescentes perturbados mucho antes de que sirviera en el departamento de policía. En el transcurso de la entrevista, la madre pidió a su hijo que se rindiera.
El entierro
De alguna manera pasamos por esos días antes del servicio fúnebre. Llegó el día cuando diríamos nuestro adiós a Felipe. En la funeraria la familia entramos uno por uno para una despedida final: la novia, el hermano, la hermana, los padres. Juntos estábamos de pie. En aquel momento sonó el teléfono. La policía nos avisaba que se habían encontrado los cuerpos de los varones que asesinaron a Felipe. Habían cometido un doble asesinado/suicidio.
El coche de la funeraria llegó con la familia a la iglesia. Nos bajamos y vimos que nos esperaban el alguacil con su esposa. La guardia de honor nos esperaba junto con los gaiteros. La procesión comenzó. Primero fue la guardia de honor, seguida por los gaitas y los sonidos fieles de sus instrumentos. Luego entró la familia conducida por el alguacil. El pastor de Felipe abrió el servicio con palabras de consuelo. Miraba a 4.000 agentes y amigos que habían venido para despedirse.
Cada parte del servicio fue significativa con una celebración de la vida de Felipe. El Reverendo Ricardo Nicholson habló de lo que significa estar en el cumplimiento del deber. Esto es lo que hacemos, es nuestra razón de ser. Mencionó que los agentes de policía a diario ponen su vida en esa línea sin considerarse héroes. Hacen sus funciones como agentes del orden en el cumplimiento del deber. Recordó que Jesús, el hijo de Dios, también fue muerto en el cumplimiento del deber. Su deber era hacer la voluntad del Padre, aun cuando sabía que con el paso del tiempo lo llevaría a la muerte. No obstante, estaba dispuesto a dar su vida. La salvación llegó a la humanidad por su sacrificio. Muchas veces no comprendemos el motivo de todo lo que nos sucede, pero para los que lo aman y le sirven, Dios dispone todas las cosas para el bien.
En los momentos finales del culto, el pastor de Felipe dijo que todos los que desearan saber cómo tener una relación personal con Jesús, podrían llevarse una de las Biblias que se encontraban en las mesas a la salida del santuario. Muchos llegaron a llevar una Biblia.
Salimos de la iglesia y nos dirigimos hacia el cementerio. Nos siguió una procesión sin fin de coches y motocicletas de policías que cerraron totalmente la autopista. Por un momento me sentía como si fuera presidente de los Estados Unidos porque todo el mundo nos miraba, manifestando honor y respeto mientras íbamos por las calles ahora silenciosas. Fue un día bochornoso con mucho sol. Estaba muy agradecida por el acondicionador de aire en el coche en que viajábamos. Cuando llegamos al cementerio a unas diez millas de distancia de la iglesia, todavía algunos salían del estacionamiento de la iglesia. Así fue que tuvimos que sentarnos a esperar unos 45 minutos hasta que llegaran todos los vehículos.
Todos los honores de policía fueron brindados a Felipe. Cinco helicópteros volaron encima en la formación que representaba la falta de un hombre. Se ofreció el saludo de 21 armas de fuego. Se me presentó la bandera que cubría el ataúd, y una insignia enmarcada fue entregada a Rita. ¿Podría haberse terminado todo tan pronto? La suma total de la vida de mi hijo se había reducido a unas cuantas horas. Ya era hora de salir. De nuevo dijimos adiós y volvimos al coche para salir a la recepción.
Saludamos a familiares y amigos en la reunión de recepción. Muchos habían venido a pesar de los altos costos. Algunos viajaron desde otros estados.
Vinieron debido a su amor para con Felipe y estuve agradecida de ellos.
El día había sido largo y agotador. Al llegar a casa, la mesa de flores me llamó la atención. ¡Esos palillos verdes que habían estado allí en un florero de agua ahora estaban floreciendo! Dios habló a mi corazón: El no está muerto. Vive. Así como esos palillos habían estallado en flor, Felipe había entrado a la vida eterna. Dejó atrás la vida que conocemos aquí para ganar la vida verdadera que viene como resultado de conocer a Cristo. Las flores hacían una expresión de todo lo que había sucedido. Cierto que acabábamos de regresar del entierro de mi hijo, pero yo sabía en el corazón que él vivía en el cielo con Dios. CONTINÚA EN LA TERCERA PARTE
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