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Más allá de las riquezas: la verdadera prosperidad bíblica

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2026.1

Por David Ramos

Introducción

¿El verdadero éxito del ser humano se mide en bienes terrenales o por su condición interior delante de Dios? El tema de la prosperidad personal genera debate en la iglesia cristiana durante las últimas décadas. Algunos reducen el tema a bienes materiales; otros lo espiritualizan en exceso.

La Escritura muestra un equilibrio en la prosperidad integral, que incluye lo material, lo físico y lo espiritual, este último como lo más importante. El apóstol Juan lo expresa claramente en su tercera carta: “Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma” (3 Jn.2, Reina-Valera Revisión 1960).

Este artículo enfatiza que la verdadera prosperidad no se mide por la abundancia de bienes, sino por la condición del alma delante de Dios.

Términos bíblicos

El vocablo prosperidad se traduce varias veces de los términos hebreo tsalaj (H6743), que significa “empujar hacia adelante, lograr, tener éxito”,[i] y griego euodo (G2137), que significa “ayudar en el camino, triunfar en los negocios”.[ii] Ambos términos implican avance, progreso y éxito bajo la mano de Dios. Estos sentidos bíblicos del término prosperar aplican en los textos mencionados en este trabajo.

Sebastián Romero afirma que la verdadera prosperidad, según la Biblia, “va más allá de lo material, abarcando la plenitud espiritual y el bienestar integral que Dios desea para nosotros”.[iii] Por eso, la prosperidad se hace necesario abordar desde una perspectiva que integre todas las dimensiones de la existencia humana.

Prosperidad integral

Conviene acentuar que la prosperidad integral no constituye una simple suma de áreas aisladas de la existencia humana, sino una visión holística de la vida. Lo que ocurre en el alma repercute en la salud física y en la administración de bienes materiales, tal como afirma Romero.

El ser humano no compartimenta su vida en secciones desconectadas. Lo espiritual influye en lo físico; lo emocional afecta lo social. Esta visión integral permite comprender correctamente el tema de la prosperidad en la Biblia, ya que no depende de circunstancias externas, sino de una relación viva con Dios.

Advertencias bíblicas

No hay nada malo en poseer abundancia de bienes materiales: casa amoblada, ropa, electrodomésticos, computadora, cuenta bancaria o coche moderno. Todo ello forma parte de la bendición de Dios. Sin embargo, tal prosperidad material debe equilibrarse con la prosperidad espiritual del alma, según el apóstol Juan.

Alex Cook advierte que “perseguir la riqueza puede ser un viaje complejo, especialmente para los cristianos, en el que las bendiciones buscadas pueden introducir sutilmente peligros de riqueza que nos desvíen de nuestra fe”.[iv] La abundancia se convierte en carga pesada sin principios espirituales. Muchas personas con recursos quedan esclavizadas por el afán de conservarlos o aumentarlos.

Prosperidad del alma

La prosperidad del alma libera y permite disfrutar lo material sin convertirlo en ídolo. La prosperidad material sin prosperidad espiritual resulta incompleta y peligrosa. La iglesia enseña que el gozo verdadero proviene de compartir y servir, no de acumular y poseer. Esta enseñanza protege al creyente del materialismo y lo encamina hacia gratitud y dependencia de Dios.

La prosperidad del alma consiste en andar en verdad, reflejar el fruto del Espíritu y mostrar carácter cristiano refinado con justicia, fe y misericordia. Prosperidad del alma significa confiar en Cristo en la tormenta, obedecer su Palabra y permanecer en el camino angosto. Jesús advirtió: “¡Difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos!” (Mt.19:23-24).

El peligro radica en prosperar económicamente mientras se padece miseria espiritual. Jesús no afirmó que resulta imposible, sino difícil, pues la riqueza atrapa con frecuencia el corazón en afanes y distracciones que impiden buscar al Señor y vivir para él.

Ejemplos bíblicos

La Biblia muestra prosperidad como consecuencia de obediencia. José prosperó en Egipto porque Dios estaba con él (Gn.39:2). Deuteronomio 28 presenta la prosperidad como bendición del Altísimo condicionada a la obediencia a sus estatutos. A Josué le prometieron que, por meditar y obedecer la Palabra, prosperarían sus caminos y la obra de sus manos (Jos.1:7-8). El justo prospera al apartarse del pecado y deleitarse grandemente en la Palabra (Sal.1:1-3).

Jesús reveló en el Nuevo Testamento que “la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lc.12:15). Preguntó también: “¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?” (Mr.8:36-37). Nuestro Señor, más bien, enfatizó la necesidad de acumular “tesoros en los cielos” (Mt.6:20). Por tanto, quien acumula tesoros terrenales para sí debe ser, también en abundancia, rico para con Dios (Lc.12:21).

La prosperidad material y espiritual coexisten simultáneamente. Abraham poseía riquezas materiales y abundante fe (Gn.13:2). Job disfrutó abundancia, pero su alma agradó a Dios (Job 1:3). José de Arimatea y Bernabé contaron con recursos, pero se destacaron por su servicio y entrega (Mt.27:57; Hch.4:36-37).

Por otro lado, existen ejemplos de prosperidad material sin prosperidad espiritual. Un joven rico se alejó triste tras hablar con Jesús (Mt.19:22); el rico de la parábola terminó en condenación eterna y el mendigo Lázaro, entró al seno de Abraham (Lc.16:19-31). Estos casos demuestran que la prosperidad material sin prosperidad del alma resulta vana y peligrosa.

Contrastes y bendiciones

La viuda de Sarepta recibió sustento milagroso cuando ofreció al siervo de Dios todo lo que tenía (1 Re.17:9-16); otra viuda ofrendó todo lo que tenía, “su corazón superaba en prosperidad al de muchos ricos” (Lc.21:1-4). Inclusive el ejemplo de Jesús resulta profundo e impresionante: vivió su ministerio terrenal más como pobre que como rico (2 Co.8:9). De Moisés se afirma que renunció a la prosperidad del palacio egipcio para seguir el propósito de Dios, aun a costa de una vida sin lujos ni comodidades (Heb.11:24-27).

Aquí se revela una paradoja: lo que parece exitoso a los ojos humanos constituye miseria a los ojos de Dios. La prosperidad material sin prosperidad espiritual se asemeja a un edificio sin cimientos; luce imponente, pero está destinada a derrumbarse. Tal como afirma Howard Marshall que, “aunque una persona esté enferma o en una mala situación económica, puede experimentar progreso espiritual, y a la inversa, el éxito material no implica necesariamente un progreso espiritual”.[v]

Aplicación práctica

Ser rico para con Dios significa que el valor supremo reside en lo que se es delante del Señor, no en lo que se posee. La prosperidad espiritual transforma cada recurso material en instrumento de servicio, no en fin egoísta y dañino.

Se advierte que el alma no prospera por ropa elegante, lujosa y cara. El alma no prospera por la apariencia ostentada. El alma no prospera por cargos o posiciones eclesiásticas alcanzados. El alma no prospera necesariamente por títulos exhibidos en oficinas. Por el contrario, un alma próspera se alimenta de la Palabra, ora, ayuna, sirve a Dios y a su prójimo, se somete a la voluntad divina y refleja el carácter de Cristo.

La práctica de dar y compartir agrada a Dios y previene la esclavitud a las riquezas y posesiones terrenales; ejerce dominio propio sobre ellas. En consecuencia, la prosperidad material con alma próspera permite usar bienes para bendición divina, compartir con necesitados y diezmar con alegría. Prosperidad solo material genera peligro eterno. La prosperidad verdadera inicia en el alma.

Conclusión

La prosperidad no constituye un fin en sí misma, sino una consecuencia. No se busca directamente; llega como resultado de una vida alineada con la voluntad divina. Este principio rompe con la lógica mundana, que persigue la prosperidad como meta suprema.

La prosperidad sana y buena proviene de Dios. Él la produce y la sostiene. Los pobres reciben bendiciones. Jesús declaró “bienaventurados a los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt.5:3).

Quien prospera materialmente y también en el alma, sabrá usar sus bienes para bendición y glorificación de Dios, para compartir con el necesitado, diezmar con alegría y evitar confianza en las riquezas. Quien prospera solo en lo material y no en lo espiritual corre peligro de perder lo eterno. La prosperidad verdadera resulta integral, pero siempre inicia en el alma. Prosperar en finanzas, salud y proyectos diversos agrada, pero prosperar el alma resulta indispensable.


Bibliografía

[i] James Strong, Nueva concordancia Strong exhaustiva: Diccionario (Nashville, TN: Caribe, 2002), 113.

[ii] Ibíd., 35.

[iii] Sebastián Romero, “La verdadera prosperidad, según la Biblia, va más allá de lo material, abarcando la plenitud espiritual y el bienestar integral que Dios desea para nosotros”, Predicas Bíblicas, 16 de octubre de 2025, https://www.predicasbiblicas.com/predicas-cristianas/la-prosperidad-y-las-bendiciones/ (consultado 13 de enero de 2026).

[iv] Alex Cook, “Los peligros de la riqueza” Christian Wealth, 6 de mayo de 2025, https://christianwealth.com/es/los-peligros-de-la-riqueza/ (consultado 13 de enero de 2026).

[v] I. Howard Marshall, Las cartas de Juan (Grand Rapids, MI: Nueva Creación; William B. Eerdmans Publishing Company, 1991), 79. Software Bíblico Logos.

David Ramos


 

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