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Marcos, el joven que se levantó del fracaso

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2022.1

Por José M. Saucedo

Tomado del libro  Jóvenes de Corazón Perfecto

Por José M. Saucedo Valenciano

El Principio de la Sabiduría, México 2014

 

Y llegados a Salamina, anunciaban la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos. Tenían también a Juan de ayudante. Hechos 13:5

Habiendo zarpado de Pafos, Pablo y sus compañeros arribaron a Perge de Panfilia; pero Juan, apartándose de ellos, volvió a Jerusalén. Hechos 13:13

Después de algunos días, Pablo dijo a Bernabé: Volvamos a visitar a los hermanos en todas las ciudades en que hemos anunciado la palabra del Señor, para ver cómo están. Y Bernabé quería que llevasen consigo a Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos; pero a Pablo no le parecía bien al que se había apartado de ellos desde Panfilia, y no había ido con ellos a la obra. Y hubo tal desacuerdo entre ellos, que se separaron el uno del otro; Bernabé, tomando a Marcos, navegó a Chipre, y Pablo, escogiendo a Silas, salió encomendado por los hermanos a la gracia del Señor, y pasó por Siria y Cilicia, confirmando a las iglesias. Hechos 15:36-41

Marcos era un joven de posición social importante, sobrino de Bernabé, cristiano de segunda generación en su casa. Tenía aspiraciones al ministerio, quería servir al Señor y participaba con fervor en los programas de la iglesia apostólica. Creció en un entorno lleno de vida espiritual, su familia creyó en Jesucristo y en su hogar se celebraban reuniones de oración. Era apegado al liderazgo, sobre todo con Simón Pedro, del cual se convirtió en discípulo predilecto.

Su tío lo invitó a integrarse al equipo que tenía por meta fundar iglesias en las ciudades principales del imperio grecorromano. El joven tendría al privilegio de servir al Señor y aprender del liderazgo y la sabiduría del levita Bernabé y del fervor y la academia teológica de Saulo de Tarso. Se sometería a una escuela ministerial integral, de tiempo completo, en la cual aprendería la disciplina de las materias esenciales con tiempos de práctica de campo con los expertos, y en los lugares más diversos. Contemplaría a los apóstoles en su labor de ganar almas para Cristo, iniciar y establecer congregaciones, discutir la doctrina en las sinagogas, argumentar sobre el carácter mesiánico de Jesús, instruir a los conversos, levantar líderes y consolidar la obra en las comunidades. Sería una aventura gloriosa con aprendizaje significativo en abundancia. Todo era prometedor, insuperable. Así que Juan, mejor conocido como Marcos, aceptó el desafío y se dispuso a emprender el viaje misionero.

Con gran emoción arrancó el proyecto. Pero no contempló las dificultades de alto grado que representaba. No sería un viaje muy confortable; andarían en ocasiones a pie, otras montando; a veces en carro, y de vez en cuando en barco. Todos los medios de transporte existentes les servirían para arribar a los puntos de predicación. De pronto tendrían abundancia, y la escasez no se excluía. El placer y la gloria del ministerio había que disfrutar, pero las crisis y el dolor no se descartaban. Dios los acompañaría en todo el camino, pero el diablo también haría su labor de adversario y los atribulaba. Hubo un momento en el que Marcos sintió que ese sufrimiento no era para él. La nostalgia por las comodidades que gozaba en casa, el recuerdo de la familia, los amigos, la tierra, o quizá el sentimiento de incapacidad o el miedo de fallar en la obra, lo hicieron desistir. Confesó a su tío que deseaba retornar a Jerusalén. Y así lo hizo.

En casa no lo esperaban, pero le dieron una amable recepción. De nuevo se integró en los programas de la iglesia, aunque ahora sentía una sensación de frustración que lo consumía. Había fallado al dejar a Bernabé y a Saulo solos, sin apoyo en el campo. Sabía el Señor si otra oportunidad se le presentaría más adelante, pero no lo veía posible, porque en su cárdex quedó marcado su fracaso. Fue probado y no pasó. Oraba a Dios que lo cambiara, que le diera carácter, lo fortaleciera en su voluntad y lo capacitara como ministro. En su intimidad imploraba que se le abriera una vez más la puerta para evangelizar al mundo.

Años después regresaron Bernabé y Saulo con noticias extraordinarias. Su reporte incluía triunfos maravillosos, testimonios elocuentes del poder de Dios. La fuerza del evangelio arrasaba con las potencias del mal en todas partes. Los demonios huían, los enfermos eran sanados, los cautivos recibían liberación, hombres y mujeres de distintos estratos sociales creían en el Señor; y el reino de los cielos se posicionaba sobre las ciudades y los pueblos para bendición de las familias. En cada prueba vieron la mano divina obrando a su favor, y no hubo obstáculo que les impidiera cumplir la misión.

Bernabé buscó a su sobrino Marcos para alentarlo. Le brindó palabras de ánimo; en ningún momento le reprochó su abandono. Lo instó a seguir adelante en el camino del Señor y le dijo que una falla no tenía por qué determinar el fracaso absoluto en su vida. Le habló del Dios de las oportunidades, el que no desecha a sus siervos, que no deja de amar jamás a sus hijos; el que comprende nuestra debilidad y no nos condena por un error, sino que brinda ocasiones para superarnos; nos ayuda, consuela, y nos hace aprender de nuestras equivocaciones. Le prometió que en el próximo viaje misionero lo llevaría de nuevo.

Las palabras de su tío alentaron a Marcos. Sintió que el cielo se abría de nuevo para él, que Dios no lo borró de su agenda, y era parte del equipo todavía. Se consagró a la oración con mayor fervor y su principal ruego consistía en una petición de carácter y fuerza para sufrir por el evangelio sin que el dolor o la incomodidad lo llevaran otra vez a la deserción.

Llegó el día de la partida del equipo para el siguiente viaje misionero. Pablo y Bernabé planificaron una visita de consolidación a las iglesias que fundaron anteriormente, así como la plantación de nuevas obras en otras ciudades. Se presentó una disputa terrible cuando Saulo vio que los acompañaría el joven Marcos. No estaba dispuesto a aceptarlo por ningún motivo. Había fallado ¿quién les aseguraría que no lo haría de nuevo? Era débil, inepto, cobarde, y si los abandonaba una vez más afectaría el proyecto. La obra de Dios es seria y no podían incluir a uno que no actuaba con sentido de responsabilidad ni se había comportado a la altura requerida por el ministerio. El de Tarso cerró definitivamente la puerta.

Insistió Bernabé en que apoyaran a su sobrino. Él respondía por el muchacho. Estaba arrepentido, quería intentarlo de nuevo, y no había razón para negarle la oportunidad de servir a Dios. Si el Señor no lo desechó ¿por qué lo harían los siervos? La negativa paulina fue rotunda. Saulo prefirió ir por su cuenta, y se hizo acompañar de Silas. Marcos fue cobijado por su tío, y se fueron por distinto rumbo. Finalmente se armaron dos equipos de misión. El escritor de los Hechos siguió la pista de Pablo, mientras que la de los otros se perdió.

La misión de ambos equipos fue exitosa, llena de victorias y experiencias poderosas con el Señor. Del triunfo de Pablo y Silas sabemos por la descripción histórica de Lucas en el libro de los Hechos. De la bendición sobre Marcos y Bernabé lo deducimos de la notable figura que llegó a representar el joven en los años subsiguientes. El apóstol de los gentiles menciona en sus epístolas inspiradas la utilidad del que antes desechó. Pedro alude a su persona con gran cariño cuando lo llama “mi hijo”. Su obra de mayor trascendencia fue la redacción del evangelio que lleva su nombre. Los predicadores, maestros y creyentes de todos los siglos de la historia de la iglesia hemos bebido de sus narraciones, y nos nutrimos con su relato de la vida de Jesucristo.

Marcos pasó a la historia como el primer redactor del evangelio. Satisfizo una necesidad de la iglesia de tener un documento fidedigno sobre la vida del Señor. Bajo la inspiración del Espíritu Santo escribió su obra magna. Recopiló los testimonios, los ordenó y les dio aplicaciones pertinentes para resaltar la persona, la obra y la doctrina del Salvador. Otorgó una base para la predicación y la enseñanza, y aportó argumentos sólidos para combatir las herejías que se levantaron. Su ministerio trascendió las generaciones, y su libro se ha traducido a infinitos idiomas, para llegar con su mensaje a toda criatura en todo el mundo.

De la vida de Marcos tenemos lecciones importantes que aprender.

 

1.         Prepárate para los golpes de la vida.

No todo lo que emprendas resultará como lo esperas. El éxito no aparece siempre en el primer intento. En ocasiones te lanzas a realizar proyectos o alcanzar sueños que consideras nobles, y por ello crees que no puedes fallar. Tienes las ganas, las fuerzas y los recursos para cumplir las metas; eres joven y la vida te ha sonreído. Puede ser que, como Marcos, cuentes con una familia que te apoya y una posición cómoda. Dios te ha bendecido y tu experiencia ha sido buena prácticamente en todo.

Pero tienes que entender que el dolor es parte de la existencia. La tribulación aparece cuando no la esperamos, las crisis nos llegan a todos, y los tiempos de prueba no exentan a ninguno. En ocasiones los problemas desalentadores atacan en el seno familiar, el hogar se ve envuelto en luchas que nos lastiman, debilitan y nos hacen sentir incompetentes porque parece que no tienen remedio. Otras veces la dificultad golpea en nuestra vida espiritual, en forma de tentación, desánimo, conflictos en la iglesia o situaciones que incomodan y provocan ganas de abandonar la comunión de los hermanos en la fe; o hasta pensamos en apartarnos del camino del Señor.

Habrá contingencias en los que no tengas culpa. Simplemente no se logró el objetivo. Le pusiste todas las ganas, mas no se dieron los efectos o resultados deseados. Te acercaste a la gente con buenas intenciones, y sufriste el desprecio. No fuiste la causa, sino la víctima. Pero vendrán decepciones en las cuales sí te verás involucrado en su origen. Iniciaste un proyecto y no lo terminaste, hiciste un compromiso y no lo cumpliste, prometiste y fallaste. Entonces la conciencia te punzará y te acusará sin que la puedas callar. Sentirás que fracasaste, que no sirves para nada, que todos te desprecian y te señalan.

Aprende a soportar los golpes de la vida. Resiste el dolor de tus heridas, sea que las hayas provocado o no, tengas o no la culpa. No permitas que una falla determine tu fracaso total. Analiza la situación, evalúa tus errores, pon mayor atención en tus debilidades. Ora, reflexiona y decídete a superar tu condición. No siempre nos va bien en todo, pero no por eso nos vamos a declarar en derrota permanente. Cada problema nos desafía, mas no nos desalienta. Las crisis muestran nuestra vulnerabilidad, pero no nos sacan de la jugada. Tenemos que seguir adelante, caminar de frente, echarle ganas. Así como vienen las experiencias frustrantes, también en su momento disfrutaremos mayores éxitos que nos darán satisfacción.

 

2.         Toma con mayor seriedad el llamado de Dios.

La emoción y la pasión para servir a Dios son factores buenos, pero no determinantes. No pocos arrancan con ímpetu la carrera, para luego abandonarla a medio camino. Se requiere paciencia, resistencia, humildad y perseverancia para alcanzar la victoria. Tenemos que empezar bien y no detener la marcha hasta cruzar la línea de meta. Marcos inició su ministerio con fervor, pero el desánimo le quitó las ganas de continuar. Tú debes estar dispuesto a sufrirlo todo como buen soldado de Jesucristo. Renuncia a tus proyectos, y persigue los fines divinos; somete tus deseos a los del Señor. Tu consagración ha de ser total, no a medias.

Establece un plan de oración en el que te disciplines diariamente hasta imponer un hábito en tu comunión con el Espíritu Santo. Expón tus peticiones, ruega con pasión por tu familia y por la salvación de las almas, implora que el Señor te unja y te use para su servicio de manera poderosa y efectiva; clama para que forme en ti el carácter de un verdadero siervo y un auténtico hijo de Dios. Incluye acciones de gracias, integra períodos de meditación en la presencia divina.

Conviértete en un asiduo asistente a la iglesia, a la escuela dominical, a los programas de adoración y de alabanza. Dale prioridad a Dios. No permitas que te gane la negligencia o la vanidad. No te quedes dormido cuando es tiempo de presentarte ante el Señor. No permitas que un deporte, una fiesta o un entretenimiento te roben la oportunidad de tener una experiencia con el Espíritu Santo. Acuérdate que mejor es un día en sus atrios que mil fuera de ellos. No olvides que en la casa de Jehová está tu lugar, y que hay una palabra de sabiduría y un momento de altar en que te puedes acercar a él confiado.

Toma en serio tu relación con Dios. Tu servicio y tu ministerio necesitan que les dediques tiempo y esmero. Si no buscas mayor cercanía tu debilidad dominará, la carne gobernará tu vida. Los problemas te desalentarán y las crisis te vencerán. El Señor está contigo, tú tienes ganas de servir y seguir adelante, pero es necesario que formes hábitos nobles, y desarrolles costumbres y disciplinas saludables, de modo que tu carácter se forje con firmeza y solidez, para que venzas en cualquier adversidad.

 

3.         Supera el desaliento que te producen los fracasos.

Es posible que hayas experimentado el fracaso en algún proyecto. Iniciaste una carrera y la dejaste trunca, comenzaste un negocio y no triunfaste, conseguiste un trabajo y lo perdiste, intentaste servir a Dios y fallaste. Entregaste tu vida a Cristo y volviste a caer de la gracia. La tentación te venció y abandonaste tu iglesia; te dominó la influencia del mundo. El sentimiento de culpa te llevó a la conclusión de que no estás hecho para lo bueno. Tienes miedo de involucrarte de nuevo porque piensas que volverás a errar.

No permitas que el miedo te impida tocar de nuevo puertas de oportunidad. No dejes que el desaliento asesine tus sueños de prosperar. El Señor no te desecha porque cometes errores. Él conoce tus debilidades y fallas. No te ama porque seas perfecto, sino a pesar de que no lo eres. Envió a su Hijo al mundo para salvarte, para pagar tu deuda y perdonar tus pecados. Él pondrá en tu camino gente que, como Bernabé con Marcos, se acercará a ti y te ofrecerá ayuda, te brindará apoyo, orará por ti y te dará palabras de ánimo para que no te rindas. Escucha las voces que te alientan, y cierras tu oído a las personas que te tratan como si no tuvieras valor alguno. No permanezcas en el suelo si te dan la opción de estar de pie. Todavía puedes triunfar. Has adquirido experiencia, ya sabes en qué fallaste, ahora retoma el rumbo; pero hazlo con más cuidado, con temor de Dios, con mayor determinación.

Como Marcos, tú superarás tus obstáculos, trascenderás, llegarás lejos. Te convertirás en factor de bendición para la familia, la iglesia y la sociedad. Los que ahora te aborrecen y te culpan, en el futuro pueden llegar a apreciarte y amarte, porque verán el cambio en ti. Notarán que has madurado, que no eres el mismo, y sobre todo que Dios está contigo. Entonces reconocerán tu esfuerzo y tu trabajo por los resultados que producirás. Tu imagen de una persona irresponsable, timorata y fracasada se trocará por lo que representa el bien, la honestidad, el triunfo y el éxito.

Retoma tu carrera y termínala. Procura un nivel mayor en tu estudio secular. Ponle corazón a tu superación y sé esmerado en las tareas que se te encomiendan. Cumple en tu trabajo y sé responsable, gánate el respeto de tus jefes y compañeros. Pórtate noble y generoso con tu familia. Honra a tus padres y bendice a tus hermanos. Aumenta tu participación efectiva en la iglesia, sirve en tu congregación, obedece a tus pastores. Si tienes llamado al ministerio y algún problema te sacó de la escuela bíblica o la crisis te hizo abandonar tu vocación, ora, ayuna y pide al Señor que te dé la oportunidad de empezar de nuevo. Pero esta vez que sea para triunfar, para alcanzar el propósito divino para tu vida. Y si se te abre la puerta y se te acerca un Bernabé para invitarte a colaborar, no dudes en ir con él. Lánzate de nuevo confiado en que la mano de Dios te sostendrá.

¿Qué error puedes haber cometido del cual Dios no te pueda perdonar?

¿Qué experiencia sería tan desalentadora que te impida intentar de nuevo servir a Cristo?

¿Permitirás que un fracaso te arruine, o como Marcos aprovecharás la oportunidad que el Señor te brinda para triunfar?

 

José M. Saucedo Valenciano


 

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