Por: Verónica Belarde
Hablar de hospitalidad en una sociedad posmoderna es hablar de un concepto y una práctica que ha caído en desuso, en muchas esferas del quehacer humano, incluso en el ámbito cristiano. Por un lado, hablamos de una sociedad egocéntrica, individualista y desconfiada, donde los intereses giran alrededor del yo. Por otro lado, hablamos de una iglesia que muchas veces se deja llevar por el espíritu de la cultura reinante. Por supuesto que en ambos casos hay excepciones. Se hace imprescindible, abordar este tema desde la perspectiva escritural, ya que es la Palabra de Dios la que nos marca el rumbo, más allá de los aspectos temporales, culturales y sociológicos.
Al exponer el tema sobre la hospitalidad en la praxis misionera, tomaremos como punto de partida la tercera epístola de Juan, y haremos un contraste entre el modelo de Gayo y el antimodelo de Diótrefes. Lo haremos desde la óptica de una misionera que ha sido hospedada, y que ha tenido que hospedar en diferentes ocasiones, a lo largo de su ministerio.
Esta carta breve, personal, pero profundamente eclesial, tenía como destinatario a Gayo, líder de una de las iglesias de Asia Menor, a quien el apóstol Juan supervisaba. En ella, el apóstol recomienda a Demetrio, quien parece ser el portador de la epístola, y reconoce la generosidad de Gayo, como siervo de Dios, testificada por hermanos que habían recibido beneficios de su hospitalidad. Tal acción contrastaba con la actitud y la práctica de otro líder de la iglesia llamado Diótrefes, quien incluso prohibía a los miembros de su congregación que recibieran a los predicadores itinerantes, aun al propio Juan, so pena de expulsión de su comunidad eclesiástica.
Así que, es necesario entender la práctica de aquella época en cuanto al trabajo misionero. La ausencia de estructuras institucionales formales, llevaba a la vulnerabilidad social y económica de los enviados. De modo que los predicadores itinerantes dependían de la hospitalidad de los hermanos y congregaciones para dar continuidad a su ministerio. Esto puede verse, por ejemplo, en el caso de Apolos, quien fue recibido, ayudado y recomendado por Priscila y Aquila (Hch.18:24-28). También en el caso de Febe, diaconisa de Cencrea y portadora de la epístola de Pablo a los romanos (Ro.16:1), a quien el apóstol recomienda. Demetrio, como otros evangelistas y misioneros, necesitaba la atención, cuidado y ayuda de la iglesia que Gayo pastoreaba.
Pasemos a analizar el contraste entre estos dos hombres, que son modelo y antimodelo, respectivamente, de hospitalidad misionera.
El modelo: Gayo se caracterizaba por ser un hermano amado. El apóstol Juan sentía gozo al referirse a él, dando testimonio de su conducta y fidelidad a la verdad de Dios, de modo que sus obras eran ampliamente conocidas, por los hermanos en la fe y aun por los desconocidos. Hombre leal a los principios de Dios, para Gayo la hospitalidad no constituía un acto periférico de benevolencia, sino una praxis misionera esencial, mediante la cual se le permitía a la comunidad eclesial participar activamente en la expansión de la verdad.
El antimodelo: Diótrefes, al contrario, se caracterizaba por tener una actitud de resistencia a la autoridad apostólica. Era una persona egoísta y narcisista, cuyas palabras maliciosas eran usadas para desacreditar los principios eclesiásticos de la hospitalidad: no solo no recibía a los predicadores itinerantes, sino que impedía que otros hermanos lo hicieran. Su liderazgo autoritario y controlador, destronaba a Cristo como cabeza de la iglesia, poniéndose él mismo como caudillo sobre la grey, y destituyendo de la comunión del Cuerpo, a quienes se atreviesen a ir contra sus órdenes. Diótrefes representa un liderazgo controlador y abusivo, que se maneja por sus propios intereses, que usa el poder delegado por Dios no para servir sino para ser servido y romper de esta manera la dinámica misional del reino.
Para entender la hospitalidad misional, es importante tener en cuenta algunos puntos destacados en la epístola:
Primero, las palabras del apóstol Juan denotan el trabajo duro y esforzado que Gayo realizaba al recibir a los misioneros: “Amado, fielmente te conduces cuando prestas algún servicio a los hermanos, especialmente a los desconocidos” (3 Jn.5). La palabra “servicio” aquí es “ergazomai” que, entre sus variadas acepciones, significa “trabajo o labor dura y esforzada”, que es el significado que se destaca en este pasaje.[i]
Segundo, en el versículo 6, Juan coloca la siguiente prescripción acerca de cómo recibir a estos misioneros itinerantes: “…como es digno de su servicio a Dios” (3 Jn. 6). ¿Qué significa la expresión “como es digno recibirlos”? Analicemos algunos pasajes que contienen esta misma idea. El apóstol Pablo escribe lo siguiente con respecto al tema, cuando recomienda a la hermana Febe: “…que la recibáis en el Señor, como es digno de los santos, y que la ayudéis en cualquier cosa en que necesite de vosotros…” (Ro. 16:1-2). Cuando el mismo apóstol se dirige a la iglesia de Corinto, recomienda a los hermanos que reciban a Timoteo de la siguiente manera: “Y si llega Timoteo, mirad que esté con vosotros con tranquilidad, porque él hace la obra del Señor, así como yo” (1 Co.16:10) Posteriormente, cuando recomienda a Epafrodito, le pide a la iglesia de Filipos que lo acojan de la siguiente manera: “Recibidle, pues, en el Señor, con todo gozo, y tened en estima a los que son como él; porque por la obra de Cristo estuvo próximo a la muerte, exponiendo su vida para suplir lo que faltaba en vuestro servicio por mí” (Fil. 2:29-30).
Los ejemplos mencionados en las Escrituras muestran cuán frágil, vulnerable y débil puede ser el portador del mensaje (2 Co.4:7), que necesitaba del cuidado del Cuerpo que es la iglesia, para llevar adelante la misión que se le había encomendado.
Tercero, Juan señala las razones por las cuales se debía hospedar y ayudar en todo a los misioneros. En el versículo 7, él escribe: “Porque ellos salieron por amor al nombre de él, sin aceptar nada de los gentiles”. Era el nombre que portaban sobre ellos el que los hacia dignos de ser hospedados, era el tesoro que poseían dentro de sí lo que legitimaba la autenticidad y veracidad de los enviados. Las palabras dichas por Jesús resonaban en el corazón de la iglesia del primer siglo: “el que recibe al que yo envío, me recibe a mí” (Jn.13:20). Por tal motivo Juan encomienda a Gayo a “acoger a tales personas…”, a hospedarlas dignamente, porque de esa manera quien hospeda participa activamente en la proclamación de la verdad de Dios. No es apoyo secundario, es cooperación real.
De acuerdo con todo lo visto, la hospitalidad no era un complemento logístico, sino la infraestructura misma de la misión apostólica. Pero también es importante destacar, que el ejercicio de la hospitalidad fue sujeto a ciertas regulaciones.
En su segunda epístola Juan advierte sobre los falsos maestros y misioneros itinerantes, por tal motivo recomienda a la iglesia a tener cuidado con las personas a quienes recibían en sus casas. Para esto, era necesario desarrollar el discernimiento: “Porque muchos engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne” (2 Jn.7). Para entender el contexto bíblico, es necesario conocer el fenómeno de predicadores itinerantes en el cristianismo primitivo y la sensatez que se debía tener al evaluar si el obrero era veraz o mentiroso, si había salido por causa del Nombre para extender la verdad del evangelio, o lo había hecho llevando un mensaje engañador que negaba la deidad o la encarnación de Cristo, que eran las dos grandes herejías de la época. El apóstol destaca que quienes lo recibían en sus casas eran participes de sus malas obras, y podían ser seducidos a caer en el error.
La Didajé, que justamente data de finales del siglo I o principios del II, da instrucciones para el recibimiento y atención de los predicadores itinerantes, con el fin de que no se produjeran casos de abusos por parte de los visitantes. Este escrito marcaba los parámetros de la hospitalidad y de la veracidad de un obrero al decir lo siguiente:
Respecto a apóstoles y profetas, obrad conforme a la doctrina del evangelio. Ahora bien, todo apóstol que venga a vosotros, sea recibido como el Señor. Sin embargo, no se detendrá más que un solo día. Si hubiere necesidad, otro más. Más si se queda tres días, es un falso profeta. Al salir el apóstol, nada lleve consigo, si no fuere pan, hasta nuevo alojamiento. Si pide dinero, es un falso profeta.[ii]
Es importante aclarar que esta medida extrema, planteada en la Didajé, responde a casos extremos, pero indiscutiblemente no tienen un poder de mandato dentro de la Iglesia, ya que no es un escrito inspirado. Lo que sí nos muestra una situación muy dura, y los consejos dados a los creyentes de la época, para que no fueran víctimas de engañadores y abusadores.
Por lo tanto, es preciso dejar en claro que hospedar no depende de los recursos, el espacio material o las posibilidades que están en nuestras manos, sino más bien de la disposición del corazón para recibir a otros con lo que se nos ha confiado. Se puede hospedar desde la riqueza o aun en medio de la pobreza, lo importante es saber que la hospitalidad es sinónimo de generosidad, y esta es una cualidad moral que no depende de lo que poseamos. En este sentido, el apóstol Pablo se refirió a la iglesia de Macedonia en 2 Corintios 8:1-5 al describir a los hermanos de esta congregación como un ejemplo de la generosidad que desborda de vidas que han entregado todo a su Señor.
Además, hospedar no es fácil. Nadie dijo que lo fuera. Como ya vimos anteriormente, de acuerdo con las palabras usadas en el texto griego, para Gayo era un servicio que requería de esfuerzo. De igual modo, para quienes deben recibir a los misioneros en sus casas, también demanda empeño en la organización: un espacio apto, alimentación, tiempo. Todo esto implica de alguna manera afectar la rutina del hogar de quien se dispone a hospedar, por tal motivo el material humano dispuesto siempre es escaso en nuestras congregaciones.
Entonces, surge la siguiente pregunta: ¿Cómo hospedarlos? Aquí aparece la frase de las Escrituras, ya analizada: “como es digno de su servicio a Dios… porque ellos salieron por amor del nombre de él” (3 Jn.6-7). Hospedar a los que salieron por causa del Nombre, a quienes dejaron todo por servir a Dios: tierra, cultura, familia, iglesia, amigos. No lo hicieron para enriquecerse, no fueron movidos por razones egoístas, simplemente se rendieron en obediencia al llamado de su Señor, para que otros tuviesen la oportunidad de salvación.
Recordemos esto cuando estemos frente alguno de ellos: no es quiénes son, sino lo que portan dentro de sí lo que los hace dignos. Quienes salieron por amor al nombre de Él, aprendieron a renunciar, entregar, perder, llorar, invertir, menguar para que Él sea conocido en las naciones de la tierra.
La iglesia del siglo XXI tiene la oportunidad de aceptar el desafío de seguir con el sostenimiento y la expansión de la verdad del evangelio, mediante la asistencia a sus enviados. Dios cuenta con su iglesia para que los que misioneros continúen llevando adelante la misión que se les ha encomendado. Y en esto, es importantísimo tener en cuenta lo analizado más arriba. Es prioritario el discernimiento para identificar a los genuinos misioneros, en contraste con los falsos. No se trata de buscar una perfección “angelical” en aquellos, sino una genuinidad e integridad en su llamado y su vida.
Durante 25 años en el campo misionero he aprendido que la misión no es solo enviar, sino también recepcionar. La misión no solo se sostiene con oraciones y ofrendas, sino también con casas abiertas como las de Gayo. En lo personal, he sido hospedada en diferentes tipos de casas y familias. En hoteles cinco estrellas nunca, pero sí en uno mil estrellas y quizás más: basta recordar un viaje a la selva peruana, en medio de una comunidad nativa, allí me hospedaron bajo la luz de millones de estrellas. Dormí sobre una estera hecha de paja. Esa fue mi cama, pero al ver dónde durmieron los hermanos anfitriones entendí el verdadero significado de la hospitalidad: ellos durmieron en el suelo, sobre la tierra pelada, al lado del fuego, porque me habían dado su propia cama.
Bibliografía
[i] Swanson, J. (1997). Diccionario de idiomas bı́blicos: Griego (Nuevo testamento) (Edición electrónica.). Bellingham, WA: Logos Bible Software.
[ii] La Doctrina de los Doce Apóstoles: Didaché, Publicado en www.origenescristianos.es Fuente: Historia de la Iglesia Primitiva, por E. Backhouse y C. Tylor.





