Por Silverio Manuel Bello Valenzuela
Introducción
El Espíritu Santo es el recurso divino por excelencia que Dios pone a disposición de los creyentes para que puedan experimentar una de vida de santidad y de pureza que Él les exige que vivan y que practiquen, es decir, a todos los seguidores de Jesucristo, su Hijo amado.
Con las prescripciones que nos da la Biblia sobre la santidad, con las herramientas que pone el Espíritu Santo a disposición de los fieles seguidores y seguidoras de Jesús, más el sometimiento de la voluntad de ellos a la voluntad de Dios, se puede vivir en santidad delante Dios. Esta es la orientación principal y el rumbo central del tema del presente artículo.
Una breve definiciones del vocablo santidad
Stanley M. Horton en su Teología Sistemática define el significado de la palabra santidad, según los idiomas en que se escribió la Biblia, el hebreo y el griego.
En hebreo, escribe Horton, la palabra santidad es qadash, traducido con frecuencia como “el santo”, conlleva la idea básica de separación, o alejamiento del uso ordinario con el fin de ser consagrado y a su servicio. Se encuentra en la Biblia tanto en forma de verbo (“ser separado”) como de adjetivo (heb. qadosh, (sagrado”), “santo” (un lugar, una persona, etc.), tanto si se aplica esta cualidad a Dios mismo, como si se aplica a lugares, cosas, personas o momentos santificados por Dios o para Dios. En el Nuevo Testamento suele utilizarse el griego aguiádzo y los vocablos de su grupo (por ejemplo gr. haguiós) para comunicar la misma idea.[i]
Con su definición de Stanley Horton, sumada a otras que nos pudieran dar otros peritos en la materia, entendemos claramente, que santidad es separación del mundo, del pecado y de las obras de la carne, para apartarse, consagrarse y dedicarse a Dios.
¿Habrá alguna participación directa de Dios el Padre y de Jesucristo que se suman a la obra exclusiva de santificación que realiza el Espíritu Santo en la vida del creyente desde su conversión?
La respuesta a esta interrogante nos la ofrece la Biblia misma. En Juan 17:17, Jesús le hizo a Dios la siguiente petición a favor de sus discípulos, un pedido acompañado de una declaración divina: “santifícalos en tu verdad” (petición); “tu palabra es verdad” (declaración). Pablo escribe: “Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad…” (2 Tes. 2:13). También el apóstol escribe: “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tes.5:23).
Según a estos versículos, ¿será que hay una santificación que la produce Dios el Padre, otra que la produce su Palabra y otra la produce el Espíritu Santo? Si en la santificación del creyente, participa cada miembro de la Trinidad, ¿Qué función desempeña cada miembro de estas personas divinas? ¿Qué papel desempeña la “Palabra de Dios” según Jesús menciona en Juan 17:17?
Según revela la Biblia, cada miembro de la Santísima Trinidad participa en su momento exacto en el proceso de santificación de la persona desde el momento de su conversión.
El Espíritu Santo desempeña una labor específica en la santificación del creyente
Según lo revelado por Jesús, y más tarde, por lo que escribieron los autores sagrados de las epístolas, el Espíritu Santo está aquí en la tierra, auxilia a los creyentes en todo momento y en todo lugar con su poder sobrenatural y con “su fruto” para darles la suficiente fuerza mental, emocional y espiritual desde el momento mismo de su conversión a Cristo, hasta el día en que parta de esta tierra.
El divino maestro, en Juan 16:16, les dijo a sus discípulos: “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro consolador, para que esté con vosotros para siempre”.
El término “consolador” fue empleado por Jesús en el libro de Juan, cuatro veces (Jn.14:16, 26; 15:26; y 16:26). Las usó para referirse a diferentes áreas del ministerio que el Espíritu Santo iría a ejercer en la tierra a favor del fortalecimiento y la vitalidad del alma y del corazón y de todo el entero ser de los creyentes en Cristo. Jesús ascendía a los cielos, pero prometió no dejar a sus seguidores solos. En la Pneumatología esta misión divina es conocida como la Dispensación del Espíritu Santo”. Por el alcance de esta misión, la santificación, de seguro que estaría incluida en su ministerio divino.
La palabra “consolador” proviene del término griego parakletos, utilizado en el Nuevo Testamento para referirse al Espíritu Santo. Significa literalmente “alguien llamado al lado de otro” para auxiliar, defender, consolar, aconsejar o animar. Es una figura de apoyo constante en tiempos de dificultad.[ii]
En la promesa que Jesús les hizo a sus discípulos, de enviarles el “consolador”, podemos asegurar sin equívocos ningunos, que la santificación estaría dentro de esas provisiones que el Espíritu Santo iría a hacer para los discípulos y todos los creyentes.
Esa presencia divina con que cuentan los seguidores de Cristo, por parte de la tercera persona de la Trinidad les proporciona poder, fortaleza, guianza y autoridad espiritual para así, alcanzar el nivel de santidad y pureza de vida que Dios requiere que tengan todos los seguidores y seguidoras de su Hijo amado.
Con ese “poder de lo alto”, el creyente queda suficientemente capacitado en el Señor, y habilitado al mismo tiempo, para adquirir la fuerza suficiente para amar a Dios, a su Palabra, y a Jesucristo. En verdad, todo creyente genuino desea y anhela la llenura del poder del Espíritu Santo en su vida para vivir en pureza y santidad delante de Dios todos los días. Con esa ayuda del “otro Consolador” el cristiano adquiere los suficientes recursos espirituales del cielo, para aborrecer al mundo, al pecado, a los deseos y a las obras de la carne. El Espíritu Santo como consolador por igual, le da al creyente la fuerza emocional, mental y espiritual necesaria para que venza las tentaciones, los ataques y las asechanzas de Satanás y de sus demonios.
Las prácticas de los deseos de la carne versus las del fruto de Espíritu.
El apóstol Pablo dice que los que practican las obras de la carne no heredarán el reino de Dios (Gá.5:21). Para evitar las prácticas carnales el apóstol les orden a los seguidores de Cristo tomar las siguientes tres directrices, en relación al Espíritu Santo: a) A “andar en el Espíritu” (Ga.5:16); b) “ser guiados por el Espíritu” (v. 5:18); c) y que vivan por el Espíritu (Ga.5:25). Este es el resultado de las nueve virtudes del fruto del Espíritu obrando en la vida del creyente. Estos son, a saber: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, y templanza…” (Gá.5:22-23).
En mi primer Seminario del ISUM, que hice en mi país, República Dominicana en 1974, tuve un profesor cubano-americano de apellido Foyo, él nos decía en el aula que “el Espíritu Santo no le quita al creyente el conocimiento de pecar; que el Espíritu Santo lo que nos quita es el deseo de pecar”. Traigo dicha expresión a colación, porque creo que encierra una verdad pneumatológica muy real y profunda.
Tanto en lo que dijo Jesús en Juan 3:3-6, como los escritos de Pedro, Juan, y Santiago encontramos nueve aspectos sobre las características de lo que significa en la praxis ser santo, y al mismo tiempo, qué es vivir en santidad; observemos:
“Nacer de nuevo…” (Jn.3:3);
“Nacer de agua y de Espíritu…” (Jn.3:5);
“Nacer del Espíritu…” (Jn.3:6);
“Ser nueva criatura…” (2 Co.5:17);
“Perfección de los santos…” (Ef. 4:12);
“Vestirse del nuevo hombre…” (Ef. 4:24);
“Ser santo en toda la manera de vivir” (1 Pe.1:15);
“No amar al mundo…” (1 Jn.2:15);
“No amar las cosas que están en mundo” (1 Jn.2:15).
Estas nueve prescripciones fraseológicas mencionadas están relacionadas intrínsecamente con los procesos de cambios y transformaciones que se producen en la vida interior de una persona desde que se convierte a Cristo. En ese proceso se hace presente de manera activa e instantánea la obra de Dios el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en la vida del cristiano.
¿Cuándo inicia la santificación en la vida del creyente, y cuándo termina?
Inicia en el mismo momento de la conversión a Cristo. El creyente no necesita recibir el bautismo en el Espíritu Santo para entonces, iniciar el proceso de santificación.
El teólogo G. H. Lacy, escribe: “la santificación inicia con la regeneración y termina con la muerte”. Aún después de la regeneración raíces de amarguras o tendencias de pecado se encuentran en nuestra alma.[iii]
Por lo que dice este teólogo, la santificación inicia en la vida de un creyente desde el momento mismo de su conversión a Cristo. Vale decir, que el creyente no tiene que esperar recibir el bautismo en el Espíritu Santo para iniciar el proceso de santificación en su vida. El malhechor en la cruz, recibió a Cristo, sus pecados fueron perdonados, fue salvo, y de seguro se juntó con Jesús en el Paraíso (Lc.23:43). La purificación instantánea del alma de aquel recién convertido lo hace apto para ir al lugar de eterno descanso.
Según Jesús (Jn.16:16), la ayuda del Espíritu Santo como paracleto a favor de los creyentes no sería temporal, por lo tanto, tampoco la santidad en vida del creyente sería temporal. La durabilidad de la santificación del creyente en la tierra es permanente, hasta que muera.
Sobre esta declaración, G. H. Lacy, escribe:
La obra de la santificación es obra del Espíritu Santo. Mientras que la instrumentalidad es la Palabra, es el Espíritu Santo quien activamente hace que esta palabra sea efectiva para la santificación de nuestras almas. Es la operación continua del Espíritu Santo que nos sostiene y nos ayuda a mantener los principios de perseverancia a Cristo. Si no fuera por esta actividad del Espíritu Santo no nos mantendríamos en la gracia de Dios ni un día.[iv]
En su comentario, Lacy, aunque no lo cita, nos ayuda a entender con mayor claridad Juan 17:17, como así también la función del Espíritu Santo en la santidad en la vida de los seguidores de Cristo. Nos desafía al mismo tiempo, a buscar la ayuda del santo Espíritu, para que podamos mantenernos firme en el Señor y vivir vida santa para él.
El Espíritu Santo en la inspiración de las Escrituras.
Por inspiración del Espíritu Santo, más de cuarenta escritores sagrados, en un período de 1600 años escribieron los sesenta y seis libros que tiene la Biblia que sigue el Canon judeo-cristiano. Por esa inspiración divina la Biblia no tiene errores. El apóstol Pedro escribe: “Porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pe.1:21)
Roberto Jamieson, comenta a 2 Pedro 1:21 y dice:
Hablaron siendo inspirados, significa que, tanto en su original pronunciamiento oral como todavía en la Escritura, siempre ha sido y es, la viva voz de Dios que nos habla por sus siervos inspirados. Eran instrumentos pasivos, antes que activos. Los profetas del Antiguo Testamento, primordialmente, pero se incluyen todos los escritores inspirados, sean del Antiguo o del Nuevo Testamento.[v]
Ser “inspirada por el Espíritu Santo”, es un poder tan maravilloso y sobrenatural en la Biblia, que todo el que lo lee sabe que vino de Dios, y que hay algo bendito que produce su lectura; algo que le trae convicción a la mente y al corazón más rebelde. Eso lo lace el poder de su inspirador, el Espíritu Santo de Dios. Lo que es y la que hace ese glorioso libro en la vida de la persona, lo describe Pablo en 2 Timoteo 2:16-17; y lo dice también Hebreos 4:12.
Acción del Espíritu Santo en la santificación en el creyente
La santidad en la vida del creyente no es una opción para que los practicantes del evangelio la vivan a su manera, ni mucho menos para que decidan por motu propio si la viven o no. La santidad es un requisito, una condición, un mandato inalienable dado por Dios en su Palabra para todo el que dice ser cristiano. La santidad contiene la única clave que abre la puerta que da franca entrada a una relación personal e íntima y directa con Dios. Es una regla, es una norma, es una manera de vida cristiana erigida por Dios de manera imperativa para toda persona que quiera vivir el evangelio de Cristo y anhele entrar al reino de los cielos.
Dios, a través del apóstol Pedro, dice: “Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pe.1:16). El autor del libro a los Hebreos, también escribe: “Seguid la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Heb.12:14). Según las declaraciones de estos dos escritores sagrados, la salvación del creyente está condicionada a que viva una vida pura y santa para Dios.
La Biblia de Estudio Vida Plena comenta sobre sobre 1 Pedro 1:16:
Dios es santo, y lo que se aplica a Dios tiene que también aplicarse a su pueblo. La santidad tiene la connotación de separación de las costumbres impías del mundo con el fin de amar, servir y adorar a Dios. La santidad es la meta y el propósito de la elección de los creyentes en Cristo (Ef.1:4). Significa ser semejante a Dios y estar dedicado a Él mientras se vive para agradarle. Se logra mediante el Espíritu de Dios, que limpia el alma del pecado, renueva al creyente a la imagen de Cristo y lo capacita mediante una infusión de su gracia para obedecer a Dios conforme a su Palabra.[vi]
La santificación abarca la totalidad del interior del creyente. Así lo declara el apóstol Pablo: “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tes.5:23). Esa obra santificadora en la tricotomía de la persona creyente a la que se refiere el apóstol Pablo la realiza Dios, a través del Espíritu Santo. Es un proceso interno, instantáneo y progresivo.
En 1 Corintios 6:11, Pablo, emplea tres palabras relacionadas intrínsecamente, con el tema en desarrollo, leemos: “Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios”.
La primera: “lavados”, esta palabra en el idioma griego koiné, es λουτρον (lutron), significa bañar, lavar, purificar, limpiar.
La segunda: “santificados”, su significado en el idioma griego es hagiazo, significa apartado, consagrado para Dios. Se refiere al proceso o estado de ser apartado para Dios.
La tercera: “justificados”, la palabra griega principal para “justificados” (o “justificar”) en el Nuevo Testamento es δικαιόω, que significa declarar justo, absolver o tratar como inocente”.[vii]
En su artículo sobre la santificación, la Biblia de Estudio Pentecostal, luego de enumerar varios versículos bíblicos, tales como: Romanos 3:22; 1 Tesalonicenses 3:13; 2 Tesalonicenses 5:23; 2 Corintios 7:1, Tito 1:5-7; entre otros, que hacen referencia a varios aspectos de la santidad, dice:
Tales expresiones describen la obra del Espíritu Santo mediante la salvación en Cristo por la cual libra al ser humano de la esclavitud del poder del pecado (Ro.6:1-11), lo separa de las costumbres pecaminosas de este mundo actual, renueva su naturaleza conforme a la imagen de Cristo, produce en él el fruto del Espíritu, y lo capacita para la vida santa y victoriosa de la consagración a Dios.[viii]
Stanley Horton destaca la actividad del Espíritu Santo como santificador sobre el Espíritu Santo y la Santificación, según lo presenta la Biblia; él escribe:
El agente activo hoy en la santificación es el Espíritu Santo. Su papel principal en este proceso queda identificado por su título más frecuente, el de Espíritu Santo, y los símbolos de purificación con los que se le representa en las Escrituras: Agua y fuego. El título “Espíritu Santo” aparece noventa y cuatro veces en el Nuevo Testamento (incluyendo la aparición única de “Espíritu de Santidad”, (Ro.1:4). Los escritores del Nuevo Testamento usaron la expresión Espíritu Santo con tanta frecuencia porque reconocían lo importante que es el Espíritu Santo para la santificación del mundo.[ix]
La santidad en el cristiano se produce a través del forjamiento del carácter de Cristo en la vida del cristiano; esa obra la realiza el Espíritu Santo. Así nos lo asegura en teólogo W. T. Conner, cuando escribe: “El Espíritu divino produce santidad personal en nosotros. Nosotros creemos en el carácter cristiano no por nuestras propias fuerzas, sino por el poder del Espíritu de Dios. El poder, entonces, que produce un carácter en nosotros debe ser un poder personal”.[x]
¿Habrá alguna cuota de sacrificio que el creyente deba aportar para alcanzar la santidad? Claro que sí
El Espíritu Santo, con su poder regenerador está presente en la vida interior del creyente desde que acepta a Cristo como su salvador. Pero el creyente tiene que cooperar con el Espíritu Santo, primero, “sometiendo a Dios su voluntad” (Stg.4:7). Segundo, procurando “ser lleno del Espíritu” (Ef.5:18).
Hay pecados y afrentas contra el Espíritu Santo, que hay que evitar cometer: “no se debe contristar al Espíritu Santo” (Ef.4:30); “no apagar al Espíritu de Dios en su vida (1Tes.5:19); “no se debe apagar al Espíritu” de Dios en su vida (1Tes.5:19); “no resistir al Espíritu Santo” (Hch.7:51); “no blasfemar ni hablar mal contra el Espíritu Santo” (Mt.12:21-22).
Para vivir el santidad, en la cooperación con el Espíritu Santo, se espera que el creyente: “no satisfaga los deseos de la carne” (Ga.5:16); “ande en el Espíritu (Ga.5:16); “sea guiado por el Espíritu” (Ga.5:18); y “viva por el Espíritu” (Ga.5:25).
En ese proceso existencial de transformación, siempre está presente la obra regeneradora del Espíritu Santo. El escritor W. W. Rand, escribe al respecto:
El creyente es santificado gradualmente de la corrupción de su naturaleza pecaminosa, y al fin se presenta irreprensible ante la presencia de Dios “con alegría excesiva” (Jud.24). El Espíritu Santo ejecuta es obra en conexión con la providencia y la Palabra de Dios (Jn.14:26; 17:17); y los móviles más altos constriñen a todo cristiano a no resistir al Espíritu de Dios, sino a cooperar con él, y propucurar ser santo ser santo como él es santo (1 Pe.1:2, 15).[xi]
En Filipenses 2:3, Pablo escribe: “… porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad”. En ese “querer” y en ese “hacer”, la mente, las emociones y la voluntad humana juegan un papel muy importante. El rendir la voluntad del creyente a la “buena voluntad de Dios” y del Espíritu Santo, desempeña un rol sumamente importante y necesario, para que se produzca la santificación en su vida.
Conclusión
Vivimos tiempos de muchas crisis de principios y de valores éticos, morales, sociales y espirituales en la nuestra sociedad; los pastores, predicadores, maestros debemos predicar la santidad con más frecuencia. Con la ayuda de Dios y de su Palabra, por el poder de la sangre de Cristo derramada en la cruz del calvario y con el poder y el fruto del Espíritu Santo en la interioridad de nuestra vida, podemos vivir vida santa para Dios. Prediquemos, enseñemos y vivamos la santidad. Recordemos: “sin santidad nadie verá al Señor”.
Bibliografía
[i] Stanley M. Horton, Teología Sistemática: Editorial Vida, p.407
[ii] Diccionario de la página: Web de www.google.com/paracleto/significado. Acceso febrero 19 del 2026.
[iii] G. H. Lacy, Introducción a la Telogía Sistemática: Ed. Casa Bautista de Publicaciones, p.308.
[iv] Idem, p.310.
[v] Jamieson, Roberto, Comentario Exegético y Explicativo de la Biblia del N. T., Toma II: Ed. Casa Bautista de Publicaciones, p.719.
[vi] Biblia de Estudio de la Vida Plena: Editorial Vida, p.1809.
[vii] www.Google.com Acceso 10 de febrero 2026.
[viii] Biblia de Estudio Pentecostal: Editorial Vida, p.1810.
[ix] Horton, p.399.
[x] W. T. Conner, Doctrina Cristiana, Editorial: Casa Bautista de Publicaciones, p.132.
[xi] Rand, W.W., Diccionario de la Biblia: Ed. Caribe, p.594.
Vivencias del pastor y profesor Silverio Manuel Bello Valenzuela sobre el tema. Ha venido enseñando la materia de Pneumatologia desde el año 1970, fecha en que se graduó del Instituto Bíblico Central de A/D, en Rep. Dom.. La impartió en durante las dos épocas en que fue director de ese mismo centro. La ha enseñado en varios Institutos en su país; la enseñó en el ISUM en varias ocasiones, su país y en Costa Rica. Es su tema favorito. Entre los 22 libros que ha escrito se encuentra: “Los Dones y el Fruto del Espíritu”. El Espíritu Santo es el tema favorito del pastor Bello.





