Por lógica, antes de sembrar un terreno el agricultor lo observa bien. Si la tierra es seca, no planta en ella melones ni sandías, pero sí puede sembrar trigo, ya que este no necesita riego artificial. Si la tierra es demasiado húmeda, no planta en ella árboles frutales, ya que cuando estuvieran cargados de fruta, esta se caería verde.
Antes de plantar un arbolito en un macetero, el jardinero considera el tamaño de la planta y también la capacidad del recipiente. El macetero no es como una gran extensión de tierra en la que se puede tirar semilla de trigo por puñados, Su capacidad limitada permite que se plante una sola mata. El jardinero, por lo tanto, tiene que buscar que el recipiente reúna las condiciones requeridas por la planta.
Así como el agricultor y el jardinero son precavidos en su trabajo, así también el maestro debe ser precavido en lo que enseña. Debe probar la tierra que es el alumno. Tendrá que considerar sus capacidades como el jardinero con el macetero. Algunos maestros, sin hacer esto, empiezan a desparramar la enseñanza como si el estudiante fuera hectáreas de terreno. El resultado es poco, naturalmente, si el alumno principiante tiene poca capacidad.
El jardinero no ejerce su oficio sólo para tener algo que hacer sino para lograr las mejores plantas posibles con la tierra de que dispone. Ojalá que cada maestro que enseña la Biblia se dé cuenta de esta verdad. Que adapte sus planes y técnicas a las realidades que representan esos alumnos que se sientan delante de él.





