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A la memoria honorable de mi profesor M. David Grams.

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2021.3

Por Jose M. Saucedo Valenciano

 

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Celebrábamos la graduación del ISUM en Ciudad Juárez, México, en el año de 1994. Era una fiesta enorme y graduaban mis amigos Saúl Salce y José Inmar Valle. Todo era algarabía y regocijo. En un momento vi a mi amigo Inmar muy reflexivo y le pregunté la razón. Respondió: Lo único que me duele es que ya no voy a tener como maestro a David Grams. No me puedo resignar a perderme las clases de este gran viejo.

Y es que pasamos dos semanas con la materia de Estudios en el Levítico con el Profesor Grams, y se nos pasaban las horas como si fueran minutos en el aula. Tocaba el timbre de salida y era hora de comer, pero hasta el hambre se nos olvidaba cuando el alma bebía la instrucción de la Palabra divina bajo la unción del Espíritu Santo. Cada día la emoción alcanzaba un clímax y acariciábamos la gloria en la explicación de los pasajes bíblicos con expresiones que aclaraban, ampliaban y reforzaban ideas, procesos exegéticos y analíticos que resultaban en principios de vida, familia y ministerio de alto perfil cualitativo. El salón se constituía en un santuario en el que se percibía la presencia del Santo, en un colegio en el que la sabiduría se aposentaba y fluía hasta saturar el entorno, en un espacio de comunión entrañable en el que la experiencia, la vivencia y la carga teológica de un varón de trayectoria intachable y carácter dulce nos brindaba no sólo lecciones de doctrina, sino que abría el corazón y nos dejaba ver su espíritu para tomar aprendizajes de otro nivel.
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Cuando sonaba el timbre, se escuchaba el rumor del fastidio de muchos que no querían que la clase se terminara. Otros ni caso hacían de él. El profesor con gran ética despedía siempre puntualmente, pero no pocos permanecían en sus lugares orando, llorando o hablando en lenguas por la impresión de la Palabra y el toque genuino del Señor. Es que David Grams era cristocéntrico y el Espíritu siempre honra este factor. Eran clases de Levítico, un libro mosaico, del Antiguo Testamento; pero el maestro partía del documento veterotestamentario y hacía que todas las figuras y símbolos apuntaran a Jesucristo. El Salvador era nuestro sumo sacerdote, era el oferente, era la ofrenda, lo era todo. Su obra, perfecta; su sangre, preciosa; su mediación, efectiva; sus resultados gloriosos; su redención, satisfactoria… Literalmente nos ametrallaban las ideas para sermones en cada sesión. Las plumas de todos anotaban bosquejos, frases lapidarias, resortes de retórica, detonantes de aplicación. Todavía en noviembre asistimos a algunas iglesias en Tijuana antes de la celebración de la Asamblea Conciliar, y en cada iglesia que visitamos, los pastores y evangelistas predicaban mensajes del libro de Levítico, de las enseñanzas del profesor David.

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Ya en 1996, de nuevo en Ciudad Juárez, ahora bajo la tutela del enorme David Grams nos sumergimos en la materia de Isaías. Con estructura homilética impecable, análisis exegético profundo, fuerte esencia devocional y aplicaciones prácticas pertinentes recorrimos los 66 capítulos del Príncipe de los profetas, el Evangelista del Antiguo Testamento. Parecíamos mineros, armados con pico, pala, casco de seguridad y lámpara de halógeno, buscábamos la veta del metal precioso, y salíamos con carretadas de riquezas que embodegaríamos en el alma, el espíritu y en cada espacio del cerebro, a fin de compartirlas luego con las congregaciones, y lucirlas en las pláticas con los consiervos. Sentíamos el latir del corazón del vidente, vibrábamos con los oráculos del profeta, nos cimbrábamos con las revelaciones de la gloria de Dios y se nos cargaban las entrañas de esperanza con las promesas del reino del Mesías, Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno y Príncipe de Paz. Todavía en la fila para los alimentos había amigos llorando y hablando en lenguas. Por las noches aparecía en todas las pláticas un tema, una expresión, una idea de la clase.


Se le ocurrió a mi amigo Abel Flores pedirle al hermano Grams que nos brindara una tarde de consejería a los varones. Que nos diera consejos de su experiencia sobre cuidado de la familia, los hijos, relaciones con la iglesia y los consiervos. Eso fue una cátedra de lujo, una clase magistral, franca, sin pelos en la lengua, sin restricciones, sin tapujos ni tabúes. El hombre nos habló desde el corazón y nos recomendó servir al Señor con fervor, de tiempo completo, con integridad; pero también con cerebro, inteligencia y razón. Desde los temas de la sexualidad hasta los valores de la confianza, la lealtad y el honor fueron asunto de discusión abierta. Nos habló como un amigo, como un líder, como un padre; y nos marcó el alma. Ahí me di cuenta de que él y yo teníamos algo en común, cuando nos contó que escribía a su esposa una carta todos los días desde el lugar en el que se encontrara. Es una costumbre que mantengo y me produce grandes dividendos matrimoniales.

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Después me tocó la bendición de coincidir en ISUM como colega profesor de Rocky Grams y de nuestra amiga MonaRé Shields, hijos del hermano David. Confirmé que su enseñanza no era sólo de cátedra, sino de hogar. David Grams era candil de la calle y candelero de siete brazos en su casa. Sus retoños eran su mejor testimonio y sus más prominentes alumnos; reprodujo su modelo y sus valores en ellos, y legó en sus muchachos academia y unción magisterial que bendicen a las generaciones en todo el continente.

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Volví a ver al maestro David Grams en distintos tiempos y lugares. Disfruté de su oración y la imposición de manos para bendecirme. En sesiones de ISUM oramos juntos con el Comité Internacional en Florida. Cantamos y adoramos en la sala de la casa de nuestros amigos Mike y MonaRé. Siempre devoto, siempre ferviente, siempre dulce, nuestro profesor. Nos enseñó en el aula y en la relación personal; en público y en privado nos dio ejemplo de lo que es ser siervos de Jesucristo. Guardamos memorias gratísimas de su persona y ahora se nos concede el privilegio de honrarlo.

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Primero supe del Reverendo David Grams por los escritos de Conozca, aparecía su nombre como autor de artículos en ese órgano literario que circulaba hasta en las rancherías más lejanas de los países de América Latina. Después tuve la bendición de leer algunos de sus libros. Pero ya en persona se dimensionan mejor las personas y los ministerios. Uno tiene que reconocer que en el magisterio hay calibres, niveles, jerarquías y estratos; y lo más sublime es notar que entre los hombres y las mujeres de Dios que huellan las más altas escalas del ministerio y el liderazgo, la humildad los caracteriza. Las clases del hermano Grams eran especiales, pero su carácter era de lujo. Era muy fácil tomarle cariño, agarrarle confianza y entablar amistad con él.

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Quiera el Señor bendecirnos con más siervos y siervas de este calibre y con tal carácter. Que se levanten docentes llenos del fruto del Espíritu y saturados de su poder. Que nuestra generación imite a esos generalazos que marcaron la historia con su honor y pasión por el Maestro. Y que las aulas sientan el peso y la consistencia de los profesores que llegan cada vez a su salón para entregar a los alumnos lecciones de palabra, vida y ejemplo que los inspiren a cumplir el llamamiento divino.

José M. Saucedo Valenciano


 

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