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Introducción al Apocalipsis

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2004.1

Por Gabriel Góngora

 

El último libro de la Biblia denominado Apocalipsis o Revelación, ocupa un lugar especial en el canon sagrado de las Escrituras.  Su singularidad deriva del hecho de que posee características únicas que lo hacen diferente al resto de los libros inspirados.

El título mismo “Apocalipsis” da una idea inmediata sobre el carácter del libro. Difiere básicamente de los demás escritos del Nuevo Testamento, no tanto en doctrina sino en la clase de género literario que emplea para comunicar su mensaje.  Pertenece al género literario denominado “Apocalíptico”.  Significa que se vale de una gran variedad de símbolos y visiones que para el lector moderno resulta extraño pero no así para los lectores originales que entendían mejor el lenguaje así como las imágenes empleadas en este tipo de literatura.  Por consiguiente, para que un creyente contemporáneo pueda comprender y apropiarse de las verdades contenidas en este libro, es necesario que sepa lo esencial sobre el uso de los símbolos y visiones que aparecen en otras partes de las Escrituras (Ezequiel y Daniel, por ejemplo), así como en la literatura extrabíblica de este género escrita entre los años 200 A.C. – 200 D.C. denominada Apocalíptica .

Particular atención se debe prestar también a los lectores originales de este enigmático libro.  El libro fue dirigido originalmente a las siete iglesias ubicadas en la provincia romana de Asia Menor, hoy la moderna Turquía, y mencionadas en los capítulos dos y tres.  El autor de Apocalipsis, el apóstol Juan, conocía a la perfección estas siete iglesias de esta región porque él mismo había residido por un buen tiempo en la ciudad costera de Efeso.  Este apóstol conocía cuál era la condición espiritual, social y moral de cada iglesia.  Algunas estaban pasando por un período de persecución (Cp. 2:10, 13).  Sin embargo, el principal problema de la mayoría de estas iglesias, por el contenido de las cartas dirigidas a ellas era, al parecer, su deslealtad al Señor Jesucristo.  Existía alguna clase de herejía que estaba carcomiendo a las iglesias.  Era una especie de gnosticismo incipiente que había aparecido desde aquel entonces.  Por tal motivo la invitación y exhortación hecha a la iglesia de Esmirna como prototipo a las demás fue: “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de vida” (2:10).  Históricamente, entonces, a estas atribuladas iglesias, Juan el apóstol, dirige este libro que presenta un mensaje de consuelo y esperanza con el inminente retorno del Señor Jesucristo a este mundo.

En cuanto al propósito, el Apocalipsis tiene dos propósitos principales: el histórico y el escatológico o profético.  El primer propósito tiene que ver con aquellos cristianos que leyeron por vez primera el mensaje del libro en los siglos iniciales de nuestra era.  La iglesia de aquél entonces confrontaba encarnizadas persecuciones por parte de Roma por ser considerada entre aquellas religiones ilícitas del imperio.  Paradójicamente, a los primeros cristianos se les acusaba de ateos, no porque no creyeran en el único Dios vivo y verdadero sino porque no aceptaban la terrorífica idea de rendirle culto al Emperador romano.  En realidad, ésta era la causa principal de las sangrientas persecuciones de los cristianos.  Por otro lado, este libro tiene un propósito escatológico.

Es el libro profético por excelencia (Cp. 22:18).  Su mensaje apunta directamente a los eventos por venir que acompañarán a la segunda venida de Cristo a la tierra con poder y gloria.

La fecha de redacción del Apocalipsis ha sido objeto de desavenencia entre los eruditos.  Algunos sugieren una fecha temprana colocándola entre la muerte de Nerón (68 D.C.) y la destrucción del templo judío (70 D.C.).  Se basan en ciertas referencias en el libro a la persecución de los cristianos (en ese entonces se creía en el mito de un “Nerón resucitado”, expresión que significaba que tales persecuciones por todo el imperio era una especie de reencarnación de este tirano), el culto imperial (cap. 13), y la existencia del templo judío (cap. 11).  Otros, sin embargo, ubican la escritura de este libro en una fecha tardía entre los años 90-95 D.C. al final del reinado del emperador Domiciano.  Esta segunda alternativa, que es la aceptada tradicionalmente, se sustenta principalmente en el testimonio de Ireneo (185 D.C.) quien afirmó que el apóstol Juan “tuvo la revelación a fines del reinado de Domiciano” (Contra las herejías, v. XXX 3)

 

La estructura del Apocalipsis, tomando en cuenta su contenido, se abre a una gran variedad de alternativas.  En primer lugar, los veintidós capítulos del libro pueden ser agrupados en tres mensajes básicos con sus respectivas divisiones (1:19):

  • Las cosas que has visto (tiempo pasado) Capítulo 1.
  • Las cosas que son (tiempo presente histórico y cronológico) Capítulos 2, 3.
  • Las cosas que han de ser después de éstas (tiempo futuro) Capítulos 4-22.

Además, en Apocalipsis, una buena parte del material se presenta en grupos de siete.  Se habla de siete iglesias (caps. 2, 3); siete sellos (caps. 6,7); siete trompetas (caps. 8-11); siete señales (caps. 12-15); siete copas (caps. 16-18); y las siete últimas cosas (caps. 19-22).  También es posible dividir el libro en torno a cuatro visiones principales, a saber, la visión del Hijo del Hombre entre las siete iglesias (caps. 1-3), la visión de los siete sellos, trompetas, señales y copas (caps. 4:1-19:10), la visión de la venida de Cristo y la consumación de la presente edad (caps. 19:11-20:15) y por último, la visión de los cielos nuevos y tierra nueva (caps. 21, 22).

Reiteramos, el último libro de la Biblia, el Apocalipsis, ha ocupado y siempre ocupará un lugar especial dentro del canon sagrado.  El carácter del libro, su mensaje de juicio, aliento y esperanza lo hacen único.  El creyente moderno no debe sentir temor por escudriñar sus páginas, después de todo proclama el triunfo final del Rey de Reyes y Señor de Señores sobre el mundo, sobre Satanás y todos los enemigos de Dios.  Mientras esto no suceda, avoquémonos al estudio de este libro.

 

Gabriel Góngora


 

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