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El llamado de Cristo, nuestra obligación

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2016.1

Por Greg Mundis, Director Ejecutivo de Misiones Mundiales, Asambleas de Dios de E.U.A.

(traducción al español por Jaime Mazurek)

 

 

 

El estudio profundo de la misionología comprende grandes reservas de datos bíblicos, milenios de historia eclesiástica, y las experiencias y observaciones directas de misioneros de todo tiempo, alrededor del mundo. Pero desde esta enorme fuente, y a partir de su base, está el llamado de Cristo para llevar el evangelio a los perdidos dondequiera que estén.

“Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo. (Mateo 28:19-20, NVI).

En el año 1792, William Carey publicó un manuscrito de 87 hojas que popularmente se conoce como “Una investigación sobre la obligación de los cristianos de usar medios para la conversión de los paganos”. Carey se encontró con muchas de las mismas objeciones de corto vista a las misiones mundiales que aún se ofrecen en muchos rincones de la iglesia hoy: que las misiones son el trabajo exclusivo de los clérigos o los especialmente llamados; que hay muchos perdidos en nuestras propias comunidades o nación que necesitamos alcanzar antes de pensar en los perdidos en la tierras foráneas. Para Carey, el mandato de Cristo trasciende el tiempo y no tiene frontera. Los perdidos en nuestras propias comunidades “deben entusiasmarnos hacia una diligencia diez veces mayor… para compartir entre ellos el conocimiento divino”. Además, los perdidos alrededor del mundo merecen “cada esfuerzo posible para introducir el evangelio entre ellos”.[1]

Medio siglo después de Carey, Adoniram Judson, un misionero Bautista quien fue el primer misionero Protestante norteamericano en predicar en Burma, proclamaría otra vez el mandamiento de Cristo para todo tiempo y lugar. Antes de viajar a Burma por última vez en 1847, Judson habló ante una asamblea de todas las iglesias Bautistas de Boston, una noche de domingo, el 5 de julio. Su “palabra de despedida” ha sido publicado en varios medios y contiene este pensamiento emocionante: “Permítenme decirles que el mandamiento puede ser obedecido por cada creyente, que es una obligación universal”.[2]

Antes del prometido derramamiento del Espíritu Santo, Cristo reiteró el llamado misionero a los creyentes reunidos ante su asunción.

“Pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra.” (Hechos 1:8).

El llamado de Cristo es esencial para nuestra teología pentecostal. Es la motivación más profunda del derramamiento del Espíritu, y nosotros como Pentecostales debemos vivir según esta distinción teológica al cumplir con esta obligación. Una definición de obligación es “estar comprometidos para realizar ciertas cosas que surgen de un sentido de deber, un deber, un deber de gratitud”. Sostengo que nuestra obligación es universal, es única, debe ser cumplida hasta el último grado, y que es crecientemente urgente al acercarse más y más el día del retorno de nuestro Señor.  Quiero compartir estas cuatro descripciones de manera entrelazadas con tres verdades adicionales que Misiones Mundiales de las Asambleas de Dios publica mensualmente en la portada de nuestra revista Visión Mundial: (1) la humanidad está perdida, (2) la eternidad es segura, (3) Jesucristo es el único camino a la salvación.

 

1.      La humanidad está perdida

Nuestra obligación es universal porque la humanidad está, sin excepción, universalmente perdida. Antes de conocer la redención, cada uno de nosotros vive en un estado de separación de Dios.

De su parte, Dios está comprometido con su oferta universal de salvación: “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.” (2 Pedro 3:9).

Un factor que las Escrituras muestra reiteradas veces es que la oferta universal de Dios no será universalmente aceptada – es la realidad de libre albedrío.  Llegando al final de la revelación bíblica, en la visión de Juan de los tiempos finales, vemos a multitudes que siguen rechazando a Dios, oponiéndose tanto a la proclamación del evangelio comoa la justicia de Dios, como esta es obrada en una escala sin precedentes.

Pero existe otro factor de la cual la salvación de la humanidad depende – la obediencia de cristianos en llevar el evangelio a los perdidos. El cumplimiento de esta obligación universal es absolutamente vital para el destino de miles de millones.  El apóstol Pablo proclama, y habla de parte de todos nosotros que ya somos salvos,

“A griegos y a no griegos, a sabios y a no sabios soy deudor… Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego.” (Romanos 1:14,16 énfasis añadido).

Cuando considero las multitudes perdidas de este mundo, siento una carga especial para los grupos humanos inalcanzados. Entre los perdidos hay muchos que ya han oído el evangelio reiteradas veces, y repetidas veces lo han rechazado. Pero también hay aquellos que aún no lo han oído siquiera una vez, que no han tenido oportunidad para responder. Si no fuera por la clara evidencia del mover del Espíritu alrededor del mundo en las regiones más oscuras y menos alcanzadas, padecería una angustia abrumadora. Gracias a Dios por el mover de su Espíritu.

En el medio de la década de los 1990, mientras yo servía a las Misiones Mundiales de las Asambleas de Dios de EUA como Director de Área para Europa central, yo y mi familia fuimos invitados a la India para una serie de reuniones, y un amigo de Sri Lanka nos invitó a su hogar isleño mas allá de la costa sureste de la India. Ahí tuve mi primer vistazo a la vida en el mundo budista. Al visitar un templo budista vi como la gente se postraba y como caminaban sobre carbones encendidos, buscando favor o mérito con el mundo de los espíritus.

Las imágenes fueron muy fuertes. La experiencia impactó profundamente mi corazón y me motivó a orar mucho por Sri Lanka.

En el año 2014, regresé a Sri Lanka como Director Ejecutivo para participar en el centenario de las Asambleas de Dios de Sri Lanka. En fuerte contraste con la desesperación que había visto en mi primer viaje, vi como personas de toda aquella nación se reunían para adorar a Dios y a celebrar sus obras.

Mis visitas a Sri Lanka difieren una de otra como una manifestación maravillosa del poder el evangelio. También me hacen recordar la obligación única que tenemos como Pentecostales de llevar el evangelio a los inalcanzados en el poder del Espíritu.

“Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre,la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días.” (Hechos 1:4,5)

Jesús dio instrucciones específicas a sus seguidores. Al ser obedecidas, estas directrices dieron un resultado específico – el bautismo en el Espíritu Santo y su subsiguiente testimonio a las multitudes perdidas de su día.  Este cordón único de empoderamineto del Espíritu jamás ha sido roto durante todos los siglos desde entonces. Solamente si continuamos buscando el poder y la dirección del Espíritu podremos esperar ver las multitudes de perdidos en nuestro mundo llegar a tener un encuentro con su Salvador viviente (Hechos 13:1-4; 16:6-10).

 

2.      La eternidad es segura.

Dios es eterno, sin principio o fin. Deuteronomio 33:27 dice, “El eterno Dios es tu refugio, y acá abajo los brazos eternos (énfasis añadido). Aunque todos los seres creados tienen un origen, la Palabra de Dios indica que una vez que comienza la vida, la existencia no tiene fin.

Mucha gente, incluyendo algunos evangélicos, creen que la humanidad no redimida será juzgada y luego, como animales, aniquilada. Pero Jesús enseñó algo diferente, pues dijo, “Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno…E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna(Mateo 25:41,45).

Toda persona se enfrentará a un juicio final y duradero. Cualquiera sea su destino, será eterno. Recompensa o castigo eterno le espera a toda persona en la Tierra.

Nuestra obligación es universal. Nuestra obligación es única. En virtud del destino final de los perdidos, nos confrontamos al grado máximo con nuestra obligación y la urgencia de la hora.

“Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número… me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos.  Y esto hago por causa del evangelio, para hacerme copartícipe de él” (I Cor. 9:19-23).

Cuando leo este pasaje, me pregunto otra vez, “¿Hasta qué punto estoy dispuesto a ir para rescatar a los perdidos?” ¿Qué aspecto debe tener este componente urgente de mi obligación misionera? ¿Qué aspecto debe tener el suyo?

Estas preguntas se contestan mejor de manera individual, a medida que el creyente depende de la guía diaria del Espíritu Santo, la enseñanza que proviene del estudio constante de las Escrituras, y el testimonio resonante de hermanos y hermanas en el cuerpo de Cristo.

Además de eso, el juicio eterno venidero hace que las palabras de Cristo resuenen en nuestros corazones, “Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar” (Juan 9:4).

Jesús mismo sintió profundamente la urgencia de su alcance personal a los perdidos antes de ser crucificado, resucitado y ascendido al Padre. Si el mismo Hijo de Dios reconoció que su misión debió llevarse a cabo dentro de los parámetros de la vida, ¿Cuánto más debiéramos nosotros guardar esta verdad en nuestros corazones? Nuestras vidas enteras deben ser dirigidas a la obra de proclamar el Salvador a los espiritualmente moribundos.

 

3.      Jesucristo es el único camino a la salvación

Cada componente de nuestra obligación dirige nuestra atención a Jesús. Él existió antes de su encarnación (Juan 1:1; 8:58), es igual con Dios (Juan 17:5), tiene poder para perdonar pecados (Marcos 2:1-12), proveyó el rescate por los pecados de toda la humanidad (1 Timoteo 2:6), y da vida eterna a todos los que creen (Juan 11:25,26). Después de vivir una vida libre de pecado, Jesús ofreció su vida en paga por nuestro pecado, experimentó la muerte y la conquistó (1 Pedro 1:18-21).

La cultura contemporánea ha promovido a la tolerancia como la virtud moral primordial y promueve la idea que cualquier cosa que una persona cree puede ser un camino a la vida y la paz eterna. Pero la verdad revelada de Dios está muy clara: hay un solo camino a la paz con nuestro Creador y la vida eterna. Pedro dijo, “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12).

En Africa occidental, un pastor predicaba el evangelio en una aldea donde nunca se había predicado antes. Nadié respondió.

A salir de la aldea presenció algo horrible. Un hombre desnudo, cubierto de barro yacía encandenado entre dos troncos de árbol. El pastor preguntó a los lugareños por qué tenían al hombre en esa condición. Le explicaron que tenía un espíritu maligno y que había cometido homicidio y canibalismo. El pastor se arrodilló y oró de manera sencilla y reiterativa, “En el nombre de Jesús…”  El hombre, que hasta entonces gritaba como un lunático cayó en silencio. El pastor salió de ahí para volver a su casa.

Al próximo día, un hombre llegó a la puerta del pastor. Preguntó, “¿Quién es Jesús?”

“¿Por qué me preguntas eso?” replicó el pastor.

“¡Ese nombre me liberó!” respondió.

El hombre parado en la puerta del pastor era el mismo que estaba encadenado entre los troncos el día anterior.

Solamente por medio de Jesucristo puede una persona ser liberada de las consecuencias del pecado y el poder de Satanás.

Desde los primeros días de las misiones en nuestra confraternidad hemos dependido de la poderosa obra del Espíritu Santo con señales y prodigios. Sin embargo lo que ha producido los resultados ha sido la predicación clara del evangelio de Jesucristo.

Jesucristo es la única respuesta para la humanidad perdida. Y es la respuesta completa. En la medida que misioneros de las Asambleas de Dios continúan la labor de llevar el evangelio por todo el mundo, nuestro Salvador resucitado sigue rescatando a los perdidos por toda la eternidad.

La necesidad espiritual y el destino eterno de los perdidos son grandes motivaciones para cualquiera que entiende la verdad de la Palabra de Dios y comparte su compasión por los que están atados por el pecado.  Pero estas no son las razones principales por las cuales proclamamos el evangelio y establecimos la iglesia de Cristo en el mundo. Cumplimos la Gran Comisión, ante todo, porque es el mandamiento del Señor Jesucristo quien nos rescató de las tinieblas espirituales y nos trasladó a su reino por su gracia salvadora. En virtud de la misericordia de Dios, manifiesta através de Jesucristo y su sacrificio en la cruz, no tenemos alternativa. Porque Él murió por nosotros, nosotros debemos vivir para Él. Porque Él es nuestro Señor y Salvador debemos obedecer su mandato de proclamar sus buenas nuevas a un mundo perdido.

Nuestra sensibilidad personal a la condición de los espiritualmente perdidos puede menguar debido a nuestra propia debilidad espiritual, pero los mandamientos del Señor que nos salva siempre demandan nuestra obediencia. Más que por cualquier otra razón, predicamos su evangelio y establecemos su Iglesia en obediencia a nuestro Señor.



[1] William Carey, An Enquiry into the Obligations of Christians to Use Means for the Conversion of the Heathens (acceso en línea el 3 de mayo, 2016, en http://www. wmcarey.edu/carey/enquiry/anenquiry.pdf), 13.

[2] Adoniram Judson, “Judson’s Parting Word,” The Baptist Missionary Magazine, Vols. 55-56 (acceso en línea el 3 de mayo, 2016, at https://books.google.com), 98.

Greg Mundis

Greg Mundis es el Director Ejecutivo de Misiones Mundiales de las Asambleas de Dios en los Estados Unidos.


 

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