Por Edgardo Muñoz
De manera cíclica, cada vez que el mundo se conmociona con un evento de trascendencia mundial en el orden político, económico, sanitario, natural o internacional, la gente suele desempolvar los temas apocalípticos. La Biblia adquiere mayor relevancia al respecto y en consecuencia sale a relucir el tema del anticristo.
¿Quién es el anticristo? ¿Se puede saber su nombre? ¿Será un humano o una máquina? ¿Qué relación tiene con la “bestia” y “el hombre de pecado”? ¿Correremos los cristianos el riesgo de ser confundidos por su accionar? Estas y otras preguntas afloran cuando se habla del anticristo. Algunas de ellas tendrán su exacta respuesta frente al estudio de la primera carta de Juan y su comparación con su segunda carta y el Apocalipsis. No nos puede faltar a las fuentes lo que Pablo escribió a los tesalonicenses en sus dos epístolas. Estas cartas contextuales añadirán el trasfondo necesario para dar la precisa interpretación a lo que el apóstol dice del anticristo en su primera misiva.
Veamos, en primer lugar, los pasajes juaninos que aluden directamente al anticristo y pasemos a considerarlos.
Encabeza los textos que citan al anticristo, la porción de 1 Jn. 2.18-28. Podemos apreciar algunas características que en nuestro idioma podrían pasar desapercibidas, pero que el griego pone en evidencia. Tal es el caso del juego de palabras que Juan agrupa, en relación con el tema: Cristo (gr. christós), unción (gr. chrisma), anticristo (gr. antichristos) y anticristos (gr. antichristoi). De alguna manera Juan contrapone a Cristo con el anticristo y nos asegura el resguardo por estar ungidos por el Ungido (Cristo, el Santo). Para ponerlo en otras palabras, el texto nos dice que se aproxima un particular enemigo de Jesús, precedido por muchos otros que se opusieron a él, pero que nosotros, al tener el Espíritu de Jesús tenemos el suficiente conocimiento íntimo de Él como para no caer en sus engaños.
Otro detalle para observar es la relación del anticristo con los tiempos finales (gr. eschate hóra = últimos tiempos vs.18). Apocalipsis, cuya autoría obviamente corresponde a la misma persona que las cartas de Juan, cita treinta y cinco veces a “la bestia” y también la asocia a los tiempos finales, ya que, para el milenio, ésta y el falso profeta serán enviados vivos al lago de fuego.
Por lo tanto, podemos afirmar que anticristo y bestia son el mismo sujeto, por la manera peculiar en que se los alude. Pablo, por su lado, en 2 Tes.2:3-12 explica que la venida de Cristo y la tierra milenial, en la que estaremos reunidos con él, será precedida por “el hombre de pecado”. Otra vez se pone en relevancia el tiempo final y la aparición de este único protagonista. En este caso el nombre que se le da literalmente no es “hombre de pecado”, como RV60 lo traduce, sino el “hombre sin ley o inicuo”, el malo, el hijo de perdición o destrucción. Los términos “anomia” que se traduce como iniquidad, y “anomo” que en nuestras versiones se lee “inicuo”, aparecen en el original. Su accionar se basará en prodigios, poder y señales falsas. También realizará acciones fraudulentas con propósitos maliciosos. Este poder engañoso es permitido para que los que no quieren aceptar la verdad tengan una alternativa que los ayude a definir su oposición. Es notable el paralelo con la carta de Juan, que compara a los anticristos como practicantes de la mentira, a la que ningún practicante de la verdad estaría dispuesto a escuchar.
Lo que llama la atención de Pablo es que anuncia una época de apostasía para la manifestación del hombre de pecado. La apostasía, en su definición griega consiste en apartarse o desertar de la verdad. El apóstata es quien después de profesar su fe por algún tiempo, decide apartarse. Tal concepto, coincide con lo que Juan atribuye a los anticristos: “que salieron de nosotros”.
Una vez vinculado el contexto, podemos evaluar lo que nos dice Juan mismo en su carta.
Los últimos tiempos se asocian a la venida del anticristo. Tal afirmación cuenta con casi dos milenios de antigüedad, lo que nos impresiona como caducada. Sin embargo, la idea de últimos tiempos no tiene que ver con los acontecimientos finales, previos al Armagedón, sino a la última etapa en el plan del Creador. La promesa salvífica de Gn. 3.15 se cumplió en la cruz. Era el momento esperado de la redención, la pieza clave para habilitar los cielos y tierra nuevos. Esta es la razón por la que consideramos que estamos en la última hora del plan divino.
La historia concluirá con la rebelión del anticristo, pero no se tratará de la acción aislada de un individuo perdido por ahí, sino una sucesión de eventos que Juan destaca.
El capítulo 4 añade un sustantivo que da sentido a la secuencia: “El espíritu del anticristo”. Juan comienza con la advertencia de no creer a todo espíritu. Cabe destacarse que no siempre que el Nuevo Testamento habla de “espíritu”, lo hace de una entidad. En nuestra habitual simpleza identificamos al Espíritu Santo y a los espíritus inmundos, creyendo sólo tenemos ambos tipos de espíritus y que todo ahí termina. Sin embargo, la amplitud del vocablo incluye a influencias, tendencias, ánimos, intenciones, motivaciones y aún caracteres. En este caso, como bien lo traducen otras versiones conciliatorias, se podría decir: “No le crean a cualquiera que diga hablar de parte de Dios, sino examínenlo, porque surgieron muchos falsos profetas”.
Acto seguido se concentra en una de las mayores tendencias de su época: La de los agnósticos. Éstos afirmaban que, si la materia era mala o imperfecta y el espíritu era lo puro, Jesús nunca podría haberse hecho carne. Dentro de las diferentes corrientes agnósticas tempranas, estaban los que decían que “El Cristo” ingresó en Jesús en su bautismo y salió poco antes de que muriese crucificado. Esta combinación entre la verdad evangélica y las filosofías paganas, todavía latente, quitaba total validez al sacrificio de Jesús y distorsionaba el camino a la salvación. Evidentemente, esta corriente de pensamiento era anticristiana, por lo que pertenecía al espíritu del anticristo. El vs. 6 finaliza diferenciando al espíritu de verdad del espíritu de error, lo que corrobora que espíritu significa una influencia, una corriente de pensamiento adverso a Cristo.
El espíritu del anticristo, que ya está en este sistema (mundo) es adoptado por muchas personas que no aceptan la verdad y buscan discursos engañosos para justificar su rechazo. No faltan los que, buscando causas comunes que anestesien sus conciencias, difunden como verdades aquellas viejas mentiras que voluntariamente adoptaron. Estos son los anticristos que han salido por toda la tierra, los falsos profetas que hacen vana a la cruz. La tarea del diablo en estos casos, consiste en entenebrecer sus entendimientos y argumentar a favor de la mentira, porque el fin y al cabo, el diablo es el padre de la mentira.
Llegará el día en que un individuo inicuo, entregado totalmente al dominio del diablo, sintetizará en su persona y su predicamento la combinatoria de mensajes anticristianos. En este caso, exaltará su persona misma y se sentará en el lugar de Dios en detrimento de Cristo y su Evangelio. Se opondrá y levantará con todo lo que compita con su autopercepción de deidad. Este es uno de los motivos por los que, según Apocalipsis, hará guerra contra los santos y los vencerá.
Finalmente, en este proceso de desarrollo del anticristo final, su manifestación quedará supeditada, según 2Ts.2, a quien debe ser quitado para habilitar su acción irrestricta. Nunca deberíamos pensar que el Espíritu Santo es quien lo detiene, porque el Espíritu de Dios es Dios, y por lo tanto omnipresente. No hay manera de quitar a Dios de ningún lado. A lo sumo Dios se podría apartar de alguien, pero nunca pasivamente.
Los pos-tribulacionistas, que gozan de nuestro respeto, pero no de nuestra coincidencia, aluden al género masculino de quien detiene al accionar del hombre de pecado. Como los sustantivos “iglesia” o “esposa” en griego son de género femenino, recurren al arcángel Miguel como el que detiene la manifestación del anticristo. Tal argumento resulta muy débil, dado que la participación de Miguel en el Nuevo Testamento se limita a la disputa por el cuerpo de Moisés (Jud. 9) y a la expulsión de Satanás y sus ángeles del cielo (Ap. 12).
Además que en el texto griego no se atribuye género enfáticamente a quien detiene la acción del anticristo, recordemos que uno de los nombres que se da a la iglesia es “pueblo de Dios” que en el idioma original es de género masculino. El anticristo, hombre de pecado, bestia o príncipe del que Daniel 9 habla, tendrá su trato con Israel durante las setenta semanas destinadas exclusivamente a ellos y no a los gentiles.
Las setenta semanas se iniciaron con la orden de retorno de los judíos a reedificar el templo. Sin embargo, el reloj se detuvo con el sacrificio de Jesús. Se suspendió el conteo durante este tiempo de gracia.
La iglesia pertenece a las ovejas del otro redil (Jn. 10.16) a quienes Jesús invita a seguirle en esta era hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles. Luego comenzará la tribulación, en la que Israel será redimido mediante su arrepentimiento y conversión a Jesús el Mesías.
Como la iglesia queda excluida en este trato de Dios con Israel, será quitada de en medio, arrebatada en los cielos, para estar para siempre con el Señor, como se la observa mediante los veinticuatro ancianos de todo pueblo nación y lengua, en Ap. 4. Una vez que la iglesia haya sido arrebatada, comienza la septuagésima semana, conocida como la gran tribulación. Allí tendrá su participación el anticristo, como agente precipitante de la conversión de Israel. Finalmente Cristo volverá para reinar, luego de pelear contra las naciones convocadas por el anticristo y sublevadas. Entonces el Señor reinará en Jerusalén y nosotros estaremos reunidos con él en esta tierra.
¿Y el anticristo? … Habrá sido echado vivo, junto al falso profeta a un lago que arde con fuego y azufre.
El diablo tuvo su primer protagonismo en el Génesis. Su última aparición será en Apocalipsis. En ambos casos, su tarea es engañar. La finalidad del engaño es alejar a los humanos de Dios, para causar el mayor daño posible a los planes divinos. Pero también, estos engaños son las opciones disponibles para que cada ser humano tenga su elección completa. Quienes propagan el engaño diabólico, tal vez para autoconvencerse que no están mal, adoptan una postura anticristiana. Este es el espíritu del anticristo. Todos los que voluntariamente eligen creer al espíritu del anticristo, son anticristos. Cuando lleguen los tiempos previos al arrebatamiento, se levantará un anticristo, con una propuesta integradora de sus antecesores, pero innovadora y notablemente anticristiana. Nadie que tiene a Jesús en su vida y vive bajo su Espíritu se dejará convencer por el espíritu del anticristo.
El Ungido está en nosotros, por tanto tenemos su unción. Aunque haya argumentos y personas que se levantan contra el Ungido, ninguno de ellos nos engañará… simplemente porque conocemos a Jesús.





