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El lugar del Espíritu Santo en la Facultad de Teología

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2013.1

Por Ariel Kim

 

Sucedió en una institución teológica de Alemania unas décadas atrás. Mientras el profesor estaba explicando las distintas hipótesis de los numerosos y destacados teólogos que habían pasado por la historia, de repente, un alumno levantó su mano, y le hizo una pregunta: “Profesor, ¿y esto de qué sirve para la iglesia de hoy?” Esta pregunta retórica lo dejó pensativo por unos minutos que parecían una eternidad. ¡Claro! ¡Tenía razón el joven! Se trataba de un país que publicaba la versión original de la Biblia en Hebreo (Biblia Hebraica Stuttgartensia), que había sido aquel lugar emblemático de la Reforma Protestante del siglo XVI encabezada por Martín Lutero, que había dado a luz a los mejores teólogos de la Edad Moderna, y que todavía contaba con la fama mundial de ser la cuna de la teología. No obstante, había transcurrido un largo tiempo desde que la iglesia en aquel país había comenzado a marcar un declive.

A lo largo de mi aventura teológica, tuve el privilegio de contar con profesores de primer nivel; eruditos de raza que no solo contaban con PhD de las más renombradas universidades de los Estados Unidos, Alemania y el Reino Unido, entre otros, sino que habían obtenido la licencia de profesor (los entendidos saben de qué hablo). Soy producto de una diversidad de corrientes teológicas. Pero gracias a Dios, jamás he renunciado a mis raíces pentecostales, no por una cuestión doctrinal simplemente, sino por una tradición familiar, ya que soy cristiano de tercera generación y pastor de las Asambleas de Dios de segunda generación. Luego de haber finalizado mi licenciatura en Teología y mi Maestría en Divinidades (requisito básico para ser pastor ordenado en mi país), fui enviado como misionero a Argentina por el departamento de misiones mundiales de las Asambleas de Dios de Corea del Sur.

Al tomar conocimiento acerca de la existencia de la Facultad de Teología, no dudé ni un segundo en determinar que ingresaría con el fin de iniciar otra carrera de Maestría. En primera instancia, mi meta era aprender y perfeccionar mi español en términos teológicos, y trasladar todo mi conocimiento académico a un idioma que había quedado en mi subconsciente. Fue un gran error, pues la Facultad me esperaba con grandes sorpresas. Según todo lo que había experimentado hasta ese entonces, el paradigma de un ambiente en un aula de clase era netamente académico, en donde los seminaristas llegaban a clase con el libro de texto, ¡pero sin una Biblia!; el modelo de profesor era aquel que se había preparado en el exterior bajo la tutela de los más destacados eruditos sin siquiera tener en cuenta si eran salvos y se congregaban en una iglesia local. Pero la Facultad era todo lo contrario.

Había un interrogante que nunca había dejado de perseguirme: “¿Será que el conocimiento teológico no puede ir de la mano con la unción del Espíritu Santo?” Gracias a la Facultad, esta incertidumbre ya está superada.

Jamás podré olvidar de un profesor en especial (sería injusto nombrarlo, ya que todos los profesores han sido especiales), quien me dijo: “¿Lees en inglés?” Y me dio el doble de la tarea, y a medida que leía el libro que había traído el profesor no cesaba de sorprenderme cada rato por sus apuntes. Entre una línea y la otra, con un paréntesis notorio, había escrito en lápiz: “¿Dónde está la obra del Espíritu Santo?” “¿Y el papel del Espíritu Santo?” Quedé impactado pues el Espíritu Santo (para él) no era simplemente un énfasis de nuestra teología pentecostal, sino una práctica necesaria en nuestro diario pensar y vivir teológico.

Tampoco puedo dejar de mencionar los grandes momentos, emotivos por cierto, que he vivido en el aula de clase, en donde el mover del Espíritu Santo era nuestro lenguaje. Las clases que se iniciaban con un devocional y se invitaba al Espíritu Santo para que tome el control, los pequeños cultos en donde cada uno tenía la libertad de alabar al mismo Dios, las intercesiones de los hermanos cuando un colega padecía alguna dolencia física. En fin, esta aventura ha sido UNICA; y creo que alguien que viene de afuera (que es mi caso puntual) del entorno puede reafirmar que es así realmente.

En esta oportunidad, la Facultad cumple 25 años, lo cual equivale a una boda de plata. Como egresado de la institución, celebro por estos años de gracia y guianza divina, pues he sido testigo de cómo el ministerio de la Facultad se ha ido extendiéndose no solo en otras partes de América Latina sino también en los Estados Unidos.

En mi humilde opinión, creo que la Facultad tiene otros grandes desafíos por delante, y que seguramente, todos los que hemos estado involucrados aspiramos.

Primero, mantener nuestra tradición pentecostal, y que desde el cuerpo docente hasta el alumnado, cada uno de los que hacen la Facultad conozcan el sello de nuestra sana doctrina que tanto nos caracteriza, sin caer en la trampa del denominacionalismo ni del tradicionalismo, pero partiendo de bases teológicas concretas.

Segundo, buscar materias que nos hagan destacar como institución teológica y sus correspondientes profesores que se especialicen en el tema. La pneumatología lucana es un excelente ejemplo de ello.

Tercero, mejorar la comunicación de egresados con el objetivo de dar un salto de calidad a la institución por medio de aportes de investigaciones teológicas (artículos o tesis), literatura cristiana (revistas o libros), simposios que marquen nuestra identidad teológica.

Es motivo de gratitud estos 25 años de la Facultad de Teología, y motivo de oración que siga siendo esa institución que agrade el corazón de Dios para ser usada para toda buena obra. En estos tiempos de postmodernidad cuando lo relativo gana terreno cada vez más, la Facultad viene a ser como una especie de faro en medio del mar que ilumina nuestra senda teológica por la que debemos transitar. Que Dios bendiga, considere y recompense el sudor de todos los que componen la Facultad; en especial, al rector Allen Martin, al cuerpo administrativo, y a todos los docentes que están esparcidos en este continente. Es un honor poder compartir esta tremenda alegría junto a todos los que hacen la Facultad de Teología de las Asambleas de Dios de América Latina.

 

Ariel Kim

Ariel Kim es conferencista internacional de la Cuarta Dimensión. Es pastor general de la Iglesia Coreana de las Asambleas de Dios en Buenos Aires, Argentina, y profesor de Iglecrecimiento en el Instituto Bíblico Río de la Plata (IBRP). Posee una Licenciatura en Teología y una Maestría en Divinidades de la universidad de Hansei, Corea del Sur, y una Maestría en teología práctica otorgada por la Facultad de Teología de las Asambleas de Dios de América Latina. Actualmente, cursa el doctorado en el Seminario Internacional Teológico Bautista (SITB), y su tesis apunta al crecimiento integral de las iglesias en su contexto. Es autor de 10 libros, entre ellos, Liderazgo de la 4 Dimensión en coautoría con el pastor David Yonggi Cho, y Activa tu mente. También ha traducido más de 30 libros de los cuales se destaca Viva en la Cuarta Dimensión.


 

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