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La predicación profética

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2017.2

Por Pablo Kazim

 

 

Algunos piensan que el preparar un sermón profético significa hablar del futuro, pero la verdad es que los profetas bíblicos hablaban de su contexto histórico e inmediato más del 90% del tiempo. Lo que el hablar proféticamente implica es comunicar como un portavoz de Dios, que el mensaje que se predique sea lo que Dios quiso decir y que se pueda aplicar directamente a la realidad de los oyentes.

El pentecostalismo afirma la doctrina de la inspiración bíblica. En su forma sencilla esa doctrina declara que la Biblia dice lo que Dios quiso decir sin error. El primer paso en preparar un sermón profético es escrudiñar bien el texto bíblico, porque, la manera más sencilla para recibir el respaldo del Espíritu mientras predica, es ponerse de acuerdo con el mensaje que Él inspiró. Dios respalda Su palabra –  no las opiniones del predicador. Eso quiere decir que la responsabilidad del predicador no es inventar o crear una doctrina nueva. Dios ha encargado al predicador a hacer que el oyente recuerde lo que sucedió en el pasado, que recuerde el mensaje que Él inspiró y en muchos casos lo que el oyente ya había escuchado y tal vez había olvidado.

La predicación es un acto sumamente teológico, porque el predicador se atreve hablar de Dios, y en un sentido verdadero por Dios. Predicamos porque Dios ha hablado. Es por eso que la predicación profética empieza y termina con lo que Dios ha dicho acerca de Sí mismo. El predicador no es nada más que un testigo de lo que Dios reveló. Los que predican con buenas palabras, que comunican con efectividad, y con alguna autoridad ajena, predican otro evangelio. Hablar por Dios no es nada fácil. Seres finitos, débiles, y que sufren los efectos de pecado tienen el cargo de testificar del Infinito, Todo-poderoso Señor sin mancha. Parece ser un intento arrogante de parte de nosotros hasta que entendemos que esto es algo que Dios nos ha dado:  la responsabilidad de proclamar Su mensaje.

Esto solamente es posible si el predicador se somete a la autoridad del texto bíblico. En otras palabras, si la autoridad del sermón es del predicador mismo o del texto.  El mandato no es predicar, sino predicar la palabra (2 Tim. 4:2). Dios usa seres humanos para comunicar el mensaje que inspiró. Lo logra por medio de la iluminación y el poder del Espíritu Santo. Un sermón bien entregado es un evento trinitario. El Padre se reveló, el Hijo nos ha hablado (Heb. 1:2) y ahora el Espíritu empodera un mensaje que refleja fielmente esta revelación. Esto significa que el sermón es eficaz cuando es fiel al texto, a lo inspirado por Dios. El efecto que produce está en las manos de Dios.

Es por eso que la obra del Espíritu es crucial. Hasta en congregaciones pentecostales, con su énfasis en el Bautismo del Espíritu, a menudo el papel del Espíritu en la predicación es olvidado. Para parafrasear lo que dijo Spurgeon, es igual de difícil resucitar a un muerto que convertir a un alma, sin la obra del Espíritu Santo.[i] Jesús dijo que El Espíritu nos va a recordar de todo lo que dijo e hizo el Hijo y el Hijo es Él que manifestó en la carne la naturaleza y sabiduría del Padre. La naturaleza de un mensaje revelado nos permite predicar con seguridad, pero también con humildad como consecuencia de nuestra dependencia en la obra del Espíritu.

Las palabras de Dios producen resultados. Dios dijo que sea luz y había luz. Jesucristo dijo, esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama. Y con estas palabras estableció el nuevo pacto. Cuando el predicador fielmente predica la palabra de Dios, sus palabras tienen un poder que pueden lograr el propósito de Dios por medio del Espíritu, y el oyente se hace participante. El evento del pasado se actualiza y produce acción.

Los gobernantes del mundo antiguo querían establecerse como absolutos y presentarse como eternos. Los que vivían bajo su soberanía no podían recordar un tiempo cuando no era así. Pero fue por eso que los profetas predicaban mensajes haciendo que Israel recordara el Pacto, la presencia de Dios con Su pueblo y Su plan para el futuro. El sermón profético funciona en la misma manera. Al sistema del mundo en el que vivimos le gustaría que pensáramos que también es eterno, que los valores actuales son el producto de la evolución del ser humano y que hemos avanzado tanto que no necesitamos buscar sabiduría y dirección para la vida en las palabras de Dios. Cuando el o la predicador(a) proclama lo que las Escrituras dicen, el sermón funciona como la voz clamando en el desierto. Pero el mensaje del sermón actual no es, “preparad el camino del Señor”, sino “el camino ya está preparado…júntense a Él”.

Es por eso que el intento del sermón es persuadir. La Biblia no conoce la idea de un mensaje no persuasivo. “Conociendo, pues, el temor del Señor, persuadimos a los hombres; pero a Dios le es manifiesto lo que somos; y espero que también lo sea a vuestras conciencias” (2 Co. 5:11). Los Evangelios también declaran claramente que el deseo de su autores humanos era producir fe en el lector (Jn. 20:31). Piénselo de esta manera: si una comunidad había pasado mucho tiempo soportando una sequía, habría una necesidad grave de agua. ¿Alguien del mismo lugar, al encontrar un manantial de agua, ¿regresaría a su casa sin anunciar lo que había encontrado? Eso es el trabajo del predicador – el de encontrar agua viviente y llegar al momento de entregar el mensaje listo para anunciar el fin de la sequía espiritual.

Por fin, ya que es necesario que el sermón profético se base en las Escrituras y que se entregue el sermón con fervor para persuadir, el último ingrediente es que el sermón refleje la personalidad del predicador. El sermón bien preparado debe ser una combinación de la verdad de Dios y la personalidad del predicador. Dos personas predicando el mismo texto no deben terminar con el mismo sermón. Muchos intentan imitar el estilo de predicadores famosos. Siguiendo con la idea de la sequía espiritual, la primera persona que debe responder al sermón profético es el predicador mismo. Si el sermón no tiene un impacto en la vida del predicador el sermón se convierte en conferencia. Pero si el Señor ha hablado al corazón del predicador, será como Andrés, el que al reconocer a Jesús, inmediatamente buscó a su hermano Simón y declaró: hemos hallado al Mesías.

Que nuestros sermones tengan su base en Las Escrituras, que los entreguemos con una urgencia que fielmente refleja nuestra personalidad, y que sean producto de nuestra experiencia con Él quién inspiró el Texto.

 

 

 

 



[i]

Truth by means of personality

 

Pablo Kazim Gury


 

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