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La utilidad práctica de una acreditación

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2020.1

Jesús Caramés Tenreiro

Director Facultad Teología A.D. (España)

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«Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5:16).

La Iglesia de todos los tiempos ha tenido que enfrentarse continuamente a la tentación de apartarse del mundo, pretendiendo con ello protegerse a sí misma; al tiempo que se le reclamaba la necesidad –inherente a su propia identidad– de mezclarse con la sociedad a la que tiene que llegar como «sal de la tierra y luz del mundo».

Vivimos bajo un llamamiento que insta a quienes somos Iglesia, en coherencia con lo que somos y como testigos de Cristo, a identificar y eliminar intencionalmente ese gran abismo que hay entre lo secular y lo sagrado, que de forma inconcebible hemos ido construyendo y ahondando más y más a lo largo de los años.

Cierto es que, en muchos casos, ha sido por ignorancia, pero en otros se ha actuado intencionalmente, a sabiendas de que el separarnos nos evitaría la contaminación con el mundo. Y como si fuésemos más auténticos –por cuanto al menos en apariencia podríamos parecer más especiales o diferentes– podríamos preservar mejor nuestros valores de vida cristiana. Eso sí, sin percatarnos de que con esta actuación lo que estaríamos consiguiendo es alejarnos más y más de quienes, paradójicamente, deben ser el objeto principal de nuestra atención, predicación y ministerio. Pero esto da como resultado que nuestras iglesias se transformen en almacenes de buena levadura, pero incapaces de leudar a ninguna masa, porque se habría anulado cualquier tipo de contacto, afectando así muy significativamente a nuestra «Gran Comisión».

Es que «Id y hacer discípulos a todas las etnias» debe ser siempre la última razón de existir de cualquier institución de formación bíblica y teológica, la cual debe ser adalid, como impulsoras que son del estudio de las Sagradas Escrituras, para lograr el objetivo de cohesión y afectación a la sociedad; formando a obreros que fieles al mandato divino sean testigos de Cristo, no en la Iglesia sino en cualquiera de las áreas y estamentos de nuestra sociedad.

No, no se trata de sucumbir a la globalización, ni de dejarnos llevar por la corriente de este mundo como seres inertes, pues «solo los peces muertos nadan a favor de la corriente», sino de involucrarnos en la sociedad de forma consciente e intencional para que, como reza el texto introductorio, todos puedan ver nuestras buenas obras: porque estamos cerca, porque les afectamos y nos experimentan, para que así puedan glorificar a nuestro Padre que está en los cielos.

Los procesos de acreditación de los centros de formación bíblica pueden meternos en algunos aprietos, pero debemos sopesar los beneficios y confrontar y superar las dificultades. Si los creyentes tienen que «mezclarse» y estar en el meollo de los asuntos de la gente, si la Iglesia tiene que influir en la sociedad e inmiscuirse en su problemática y afectarla; asimismo también los seminarios, institutos y facultades de teología tienen igualmente la responsabilidad de implicarse en todo lo que suponga ser un centro educativo de referencia en el marco de los sistemas educativos de sus respectivos países.

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¿Qué significa la acreditación?

De forma simplista podríamos definir la «acreditación» como un proceso de evaluación de la calidad avalado por la Administración Educativa de cada país, a través de la cual se asegura que a la institución se le reconoce la calidad en el quehacer que la define como Centro de Educación Superior. Y establece, además, un rango de igualdad, en cuanto a nivel educativo, con las demás instituciones universitarias, toda vez que habrá sido capaz de responder y de superar los requisitos establecidos por la legislación vigente para este tipo de centros.

Además, la «acreditación» posibilita tener una relación de homologación y reconocimiento, tanto de títulos como de niveles de estudio y no solo entre países, sino también entre los propios centros de educación superior que podrán, en consecuencia, establecer convenios de colaboración bilaterales asumiendo un mismo rol de correspondencia en cuanto a nivel de titulación académica: Licenciado o Grado, Postgrado o Máster y Doctorado; y en relación a la homologación de materias curriculares.

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¿Qué es lo que se evalúa en la acreditación?

Tomando en cuenta que cada Agencia de Acreditación sigue sus propios parámetros, podemos destacar como elementos comunes el análisis de tres dimensiones, con los siguientes criterios internos:

  • Evaluación de la Gestión del Título:
    • Análisis de la organización y desarrollo del programa curricular.
    • Información y transparencia. Relacionado con la información que se publicita de lo qué es, de lo qué se hace y cómo se hace.
    • Sistema de Garantía de Calidad. De qué forma el Centro vela por la mejora y calidad constante en todos los aspectos de su funcionamiento: metodología, evaluación, contenidos, mejora de la docencia.
  • Evaluación de los Recursos:
    • Personal docente. Cualificación, formación continua.
    • Personal de apoyo. Sistema administrativo y de apoyo a la docencia.
    • Materiales, mobiliario, espacios, bibliotecas, etc.
    • Recursos materiales y servicios.
  • Evaluación y Análisis de los Resultados:
    • Resultados de aprendizaje. Análisis de la eficacia de los procesos de evaluación.
    • Indicadores de satisfacción y rendimiento. Valoración de todos los sectores implicados con el título: docentes, estudiantes, personal administrativo, Iglesia.

La valoración y estudio de todos estos parámetros favorece que la Institución tenga elementos de referencia contrastados para su propia autoevaluación y proceso de mejora constante.

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¿Por qué la acreditación es útil y significativa para los Seminarios e Instituciones de formación bíblica y teológica?

Actualmente la acreditación es una preocupación constante en todas las universidades a nivel internacional. Ya que cualquier título que no supere el proceso de acreditación podría desaparecer, de ahí el esfuerzo continuo en las universidades por cumplir los requisitos de calidad que se establecen para cada título.

Aunque los centros universitarios puedan ofertar «Títulos Propios»1, esto es, titulaciones que no están sujetas a los parámetros de calidad de la administración educativa, hay que reconocer que no son –en general– títulos que cuenten con un elevado interés público porque no tienen una validez social ratificada; salvo que sean otorgados por universidades donde su nivel de prestigio es tanto o más, que el mismo proceso de acreditación (universidades en las que la tradición de excelencia académica son una garante de calidad en sí mismas como: Yale, Oxford, Cambridge, etc.). Nadie estudiaría un doctorado en medicina en una universidad no acreditada, a sabiendas que su título no le permitirá ejercer la profesión de médico en ningún lugar, porque su título no tiene ningún tipo de reconocimiento, al margen –por supuesto– de la competencia que pudiese tener o no, el egresado.

Por lo tanto, en esencia, la acreditación es un indicador de calidad y excelencia en la función pedagógica, didáctica y competencia de la Institución.

Cierto es que muchas de las universidades y facultades con titulaciones en teología y ciencias de la religión, tradicionalmente, ya contaban con esta acreditación. Pero muchos de esos centros han desarrollado un enfoque muy humanístico y liberal que, al margen de un proyecto de formación vocacional e inspirador, pareciera que en realidad su proyecto estuviese orientado en contra de la credibilidad de las Sagradas Escrituras. Pero esta realidad no debe ser –en absoluto– una rémora, sino que mejor aún, debe ser un acicate para que los centros vocacionales, los seminarios y facultades de teología fieles a la visión bíblica y a la formación y capacitación de obreros, puedan demostrar que sí es posible mantener los estándares de calidad exigidos y asimismo mantener un proyecto vivo de fe y de formación ministerial. La formación bíblica y teológica no es incompatible con la excelencia y calidad educativa. Testigo de ello ha sido la trayectoria de muchos de los seminarios bíblicos que se han asociado con determinadas agencias de acreditación, dentro de sus propios países o a través de agencias de acreditación externas de carácter internacional, a fin de proveer una visión mejorada y actualizada en cuanto a la preparación del ministerio pastoral, implicándose de forma específica en la implementación y desarrollo de todos los estándares de calidad exigidos también en la formación secular. Porque en cuanto a la metodología y ciencias de la educación también tenemos que evitar la separación entre lo sagrado y lo secular, reconociendo que no siempre lo secular es necesariamente «mundano» como a menudo se piensa.

La acreditación es útil porque evalúa el nivel de los programas que se imparten; porque los equipara con el de las otras instituciones de educación superior; pero además, porque provee a la institución de unos elementos de análisis válidos, eficaces y contrastados a través de los indicadores de calidad para implicarse en un proyecto continuo de mejora. La acreditación, entonces, no es un fin en sí misma, sino un proyecto de mejora de la calidad permanente que propicia una re-evaluación constante de objetivos, competencias, métodos de estudio, perfil de los egresados, que toma en consideración lo que está demandando la Iglesia, el campo misionero y que verifica el cómo son los resultados que la institución está produciendo.

También hay que valorar que todo este proceso ha de desarrollarse con la debida transparencia, a través de la publicitación de los datos recogidos por los diferentes informes del proceso de evaluación. De este modo, los posibles estudiantes o cualquier persona interesada podrán valorar con criterios objetivos los resultados y el desarrollo y valoración del programa de formación de ese Centro, a través de un proceso de información validada, contrastada y común a todos los centros de educación superior de su país. Es en este sentido que la acreditación podría consolidarse como un sistema consustancial a la propia identidad, ya que proporcionaría la información actual y verificada de su valor identitario ante la Iglesia y la sociedad en general.

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Pros y contras de la acreditación

Como se ha venido señalando, la acreditación provee de muchos aspectos muy positivos para el buen funcionamiento de la institución, ya que prevé –en todas sus categorías– de elementos de análisis para mejorar los procesos de excelencia y calidad que persigue. Por lo que, es fácil reconocer el proceso de acreditación como una herramienta eficaz para valorar los aspectos relevantes de calidad y detectar necesidades de mejora.

Recogemos ahora algunos de los parámetros de análisis exhaustivos de todo proceso de evaluación de la acreditación:

  • Evaluación de la misión y objetivos de la institución.
  • Detención y análisis de puntos fuertes y débiles del desarrollo del proyecto educativo. Evaluación exhaustiva del currículo, de la metodología docente, de los recursos educativos (instalaciones, disponibilidad de espacios, recursos docentes, recursos bibliográficos, tecnológicos, etc.).
  • Análisis y viabilidad de los procesos de evaluación.
  • Verificación de la coherencia entre los objetivos del programa y el diseño del plan de estudios.
  • Estandarización de las unidades de crédito de estudio, lo que posibilita el reconocimiento y control de la extensión de los programas, relacionando calidad y adecuación del nivel de estudios.
  • Estandarización de los niveles de titulación: Grado o Bachillerato-Licenciatura; Postgrado o Máster y Doctorado.
  • Información de la cualificación del personal docente, de su nivel pedagógico y capacidad competencial.
  • Valoración de los resultados de la formación; repercusión y capacitación de los egresados desde su implicación en las iglesias.
  • Propuestas de mejora de la calidad desde el potencial financiero; en definitiva, valorar si la institución es financiera y socialmente saludable.

Procesos que no son puntuales, ni anecdóticos, ya que el sistema de acreditación presupone un proceso cíclico2 de renovación de la acreditación (4-6 años) que garantiza –precisamente– que la calidad sea una constante en el quehacer de la institución. Por esta razón, los Centros que acceden a los procesos de acreditación, en realidad se sumergen en una vorágine continuada de trabajo por la mejora y calidad de todo su proyecto educativo.

Pero todos estos posicionamientos positivos no oculta que en algunas Administraciones Educativas puedan darse algunos elementos que podrían suponer una cierta dificultad el adherirse a un programa de acreditación si ese proceso exigiese:

  1. La pérdida o alteración de su identidad. Nuestros centros son centros de formación ministerial con una clara vocación inspiracional y espiritual que no puede ser puesta –en ningún caso– en duda.

  2. La exigencia de pagos de elevadas cuantías económicas que hiciese peligrar la pervivencia de la institución. (En este sentido es destacable que, en Europa, el reconocimiento de la acreditación de los Centros de Formación Bíblica no tiene ningún costo para la entidad y, además, posibilita que todos los estudiantes puedan recibir ayudas económicas para el estudio, en términos de igualdad con cualquier otro estudio o carrera universitaria, lo que –en suma– posibilita la paradoja que Estados declarados agnósticos e incluso anticlericales, estén apoyando económicamente la formación de los futuros ministros de culto).

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Efectos prácticos de la acreditación de los seminarios hacia la Iglesia

Otra de las razones más significativas del proceso de la acreditación es la evaluación de los resultados, esto es, el producto de formación de la entidad, respondiendo a preguntas tales como: ¿de qué manera se valora la formación de los egresados de la institución por las iglesias que los reciben?, ¿cuál es la preparación de los graduados para su interacción social inmediata en la iglesia y en el ministerio?, ¿cómo se percibe desde los pastores de las iglesias la formación de los estudiantes?, ¿qué expresan los egresados del proceso de formación, una vez que se reintegran al servicio activo en sus comunidades eclesiales?

Todas estas cuestiones son de especial relevancia, porque sitúan al Seminario acreditado en el mismo entorno hacia el cual se dirige. Es pues, un elemento que aporta fiabilidad a todo el proceso y posibilita la movilización de la institución hacia ese enfoque concreto, específico y social al que se dirige3. De esta manera podría anticipar la detención cuando se diese una teorización excesiva en detrimento del proyecto pragmático de formación ministerial, y permitiendo que la misma Iglesia pueda aportar indicadores al respecto de la espiritualidad y compromiso ministerial de los egresados.

Es por lo tanto, una apuesta a que la misma Iglesia pueda ejercer cierto control externo de la institución, verificando qué aspectos relevantes son necesarios tener en consideración y/o revisar.

Y es que los seminarios no son más que una proyección en sí del quehacer de la Iglesia en ese mismo fin de capacitar obreros fieles, para predicar el evangelio a todas las naciones…

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¿Por qué los seminarios deberían centrarse en alcanzar la acreditación?

Además de todo lo anteriormente descrito, es preciso resaltar que cuando hablamos de calidad, de solvencia, de espíritu de superación, de esfuerzo, de profesionalidad y de vocación, los seminarios han sido y son garantes de todos estos valores, porque su misma persistencia a lo largo de los años son la garantía –en ocasiones– contra todo pronóstico, de superar todo tipo de adversidades, de oposición cultural, religiosa, económicas, en pro de mantener un proyecto de formación bíblica activo y eficaz.

Por todo ello, tenemos el deber moral de reconocer el buen hacer y el deseo de superación constante que ha impulsado a nuestros seminarios, movilizados no solo por la profesionalidad de los equipos de trabajo y del profesorado, sino también por la vocación del llamamiento ministerial y la obra del Espíritu Santo que fundamenta su razón de ser. Y por otra parte, el de las Administraciones, Agencias de Acreditación y los sistemas educativos de los diferentes países que han de ser igualmente conscientes. Y es que, lo que históricamente ha requerido el proceso de acreditación, lo han hecho suyo los seminarios desde el inicio de su historia, buscando la calidad y la excelencia como señal de identidad.

En este sentido, promover la formación de carácter pentecostal hacia los más altos estándares de la educación de calidad, no es solo un derecho sino un deber consuetudinario en el que el Espíritu Santo nos estará fortaleciendo.

Porque la calidad no es patrimonio exclusivo de lo pagano, ateo, secular y/o liberal. Que haya centros de carácter pentecostal acreditados, con renombre y reconocimiento internacional por su buen hacer, por su seriedad en el proyecto que presentan es –antes bien– un deber de los equipos directivos y de los responsables de nuestras iglesias.

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¿Cuál agencia de acreditación?

En todos los países se dispone de Agencias o de Asociaciones de Acreditación Universitaria. Algunas son de carácter privado e independiente4, y otras son Agencias de los propios Sistemas Educativos ligados al Gobierno de cada país. La elección dependerá de las exigencias que se demanden: ya sean económicas, ya sean ideológicas, etc.

En cualquier caso, lo relevante es que la acreditación no afecte, de ninguna manera, a la identidad de la institución, a su libertad y finalidad, respetando siempre los fines e ideario del Centro, sino más bien que lo catalice y potencie.

Un caso particular

El Seminario de las Asambleas de Dios de España inició su singladura cinco años antes de la transición democrática del país. Su historia ha sido una constante lucha de supervivencia ante un sinfín de dificultades para ejercer su función en medio de una sociedad muy afectada que reprimía constantemente la libertad religiosa en todos los ámbitos.

Pero, desde el año 2006, y a lo largo de un proceso de más de seis largos años de trabajo en equipo, de entre un buen número de instituciones de formación evangélicas, finalmente cinco seminarios consiguieron superar los requisitos académicos exigidos por la Agencia de Acreditación del Ministerio de Educación. Y a través de un Real Decreto expedido en la última sesión del Consejo de Ministros del Gobierno, antes de la constitución de un nuevo Gobierno que había ganado las elecciones, el 11/11/11 (fecha significativa) y como una respuesta divina de que lo que se había conseguido era algo que superaba a las capacidades humanas, se consolidaría el reconocimiento oficial de esas cinco instituciones, las cuales fueron acreditadas en España con rango de Facultades de Teología.

Desde entonces el seminario potenciaría:

  • Crecimiento en número de estudiantes.
  • Crecimiento en el desarrollo de nuevos programas de formación.
  • Reconocimiento por las autoridades públicas de la ciudad, provincia y región de la sede de la Facultad.
  • Recepción de becas para estudiantes con una cuantía equivalente entre el 60% – 80% de todos los gastos del seminario para cada estudiante.
  • Posibilidad de movilidad de estudiantes entre diferentes carreras universitarias reconociendo un número mínimo de créditos académicos que pueden homologar de facto.
  • Posibilidad de consolidar una carrera universitaria entre graduados que pueden realizar cursos de postgrado (máster y doctorado) en cualquier universidad y seminario teológico del mundo.
  • Posibilidad de convenios internacionales.

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Conclusión

Aunque en general, por algunas instituciones y países, se haya percibido la acreditación como un hándicap5 y ocasionalmente como un enemigo a repudiar o, en el mejor de los casos, un obstáculo al que vencer; corresponde ahora un cambio de paradigma que nos involucre en una nueva visión, en la que la implementación de los sistemas de calidad en nuestras instituciones y la verificación e involucración activa e intencional en el marco social y competencial de los seminarios, no supongan –en absoluto– un desprecio, amparándonos en la separación «absurda» de lo sagrado y lo secular; sino que seamos capaces de pretender que la calidad y el reconocimiento de nuestras instituciones como acreditadas, sea el estándar de todas las instituciones de formación bíblica de cada país. Y que la evaluación de la acreditación sea recibida como un proceso necesario y útil, así como una oportunidad de refrendar que la obra del Señor siempre se ha hecho con excelencia porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas.

Al Señor sea la Gloria.

1

 Son titulaciones que están fuera del control del sistema oficial de acreditación; y que se rigen por los criterios de calidad particulares de cada institución.

2

 Un Centro puede ser acreditado y, en el proceso común de la renovación de la acreditación, arriesgarse a perder su estatus si no consolida las mejoras y necesidades detectadas en la evaluación anterior; con todo el agravio que esto pueda suponer tanto para graduados, estudiantes, profesorado y, para el entorno eclesial que representa.

3

 Si su fin es la capacitación de obreros para el ministerio. ¿Cuáles son los resultados? ¿Qué porcentajes de graduados están en el ministerio activo? ¿Cómo es el proceso de su implicación ministerial? Etc. Todas estas cuestiones son completamente relevantes para que una institución cuente con la solvencia precisa en su Iglesia, denominación y/o centros homólogos de formación ministerial.

4

 Una de las dificultades de este tipo de Agencias de Acreditación es el costo económico muy elevado que supone el integrarse, al margen de los demás requisitos que se puedan exigir.

5

 En muchas ocasiones la propia legislación educativa sigue siendo muy lesiva a los intereses y pervivencia de los seminarios.

Jesús Caramés Tenreiro


 
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1 Comentario  comments 

Una respuesta

  1. Dr Luis González Brenes

    Coincido con Caramés en que “la calidad no es patrimonio de lo pagano, ateo, secular y liberal…” por lo que las instituciones educativas pentecostales deben convencerse de que la búsqueda de una acreditación no va en contra de los principios que la rigen.

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