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Bases bíblicas para el ministerio de jóvenes

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2022.1

Por Coco Canto

 

La juventud es muy estimada a lo largo de toda la narrativa Bíblica, es una etapa en la vida de las personas donde el dinamismo, las fuerzas y la energía tienen el potencial de hacer grandes proezas en nombre de Dios. No por nada, Pablo, el gran apóstol a los gentiles, ve en Timoteo un sucesor indicado e idóneo para la continuidad del ministerio y su relevo para llevar el evangelio en Asia menor.  Él anima a su joven aprendiz recordándole que no debía permitir que nadie tenga en poco su juventud, sino debía ser ejemplo a los creyentes (1 Ti. 4:12); además de que le instó a no descuidar el don que habitaba en él, o en su sentido positivo: que lo avive, pues le fue dado delante de muchos testigos ­–éste es el presbiterio– con imposición de manos (ungimiento) a través de la profecía (1 Ti.4:14; 2 Ti. 1:6).

El Antiguo Testamento también presenta implícitamente la formación de un joven que al igual que Timoteo fue el sucesor del más grande hombre en la historia israelita después del Señor Jesucristo. Moisés al menos, ha sido el único profeta que hablaba directamente con Dios. Mientras Pablo asegura que el Padre inmortal habita “en luz inaccesible” y que “nadie le ha podido ver” (1 Ti. 6:16), Moisés hablaba cara a cara con él “como habla cualquiera a su compañero” (Ex. 33:11a). Mientras Pablo fue arrebatado al tercer cielo y ahí escuchaba palabra inefable “que no le es dado al hombre expresar” (2 Co. 12:4), Moisés se escondía en la hendidura de la peña para contemplar las espaldas de YHWH (Ex. 33:22). Con esto, no sugerimos que el apóstol Pablo contradijera la experiencia del gran caudillo del Éxodo, puesto que, aun con todo el privilegio de éste, Dios lo cubrió con su mano protegiéndolo de su gran santidad, pues no pudo haber vivido si se atrevía a mira su rostro (v. 23). Pablo enfatiza su trascendencia y su absoluta impasibilidad; el relato mosaíco, en cambio, usando antropomorfismos adecuados para el aprendizaje del lector, simplemente tiene la intención de transmitir la idea de cercanía de Moisés ante la presencia de Dios y cómo contempló tan íntimamente su kabod, es decir, su gloria.

Sin embargo, entre tales hazañas del profeta y guía en sus encuentros con la Divinidad, un naar (joven) sale a relucir aun antes de su protagonismo en Números y el libro homónimo. Después de mencionar la adoración de Moisés en la carpa y su salida, el texto señala que Josué, hijo de Nun, “su servidor” “nunca se apartaba en medio del tabernáculo” (33:11b): Josué, en primer lugar, reflejó una valentía fiel al llevar a cabo su gran responsabilidad como servidor.

No era cosa sencilla ni trivial permanecer en pie ante la presencia de Dios; un versículo antes se nos relata que había una columna de nube en el tabernáculo (v.10). Las teofanías de YHWH no eran fáciles de digerir y causaban gran temor; los truenos, relámpagos y una espesa nube en Sinaí, junto el sonido de bocina imponente “estremeció a todo el pueblo que estaba en el campamento” (19:16-21).

En su proceso ministerial, Dios preparaba a Josué para no temer ante su santidad, es de los muy pocos que sube al monte Horeb para acompañar a Moisés: Entonces Jehová dijo a Moisés: Sube a mi al monte, y espera allá, y te daré tablas de piedra, y la ley, y mandamientos que he escrito para enseñarles: y se levantó Moisés con Josué su servidor, y Moisés subió al monte de Dios (24:13-14). Que Josué estuvo muy cerca de la presencia de Dios como Moisés, su padre espiritual se confirma con la respuesta del caudillo a los ancianos: esperadnos aquí hasta que volvamos a vosotros (v.14).

La actitud comprometida de Josué contrasta con la mayoría del pueblo, quienes en la espera y fatiga impaciente piden a Aarón la construcción de un becerro de oro. Dios compara a Israel con lo mismo que decidieron formar: es pueblo de dura cerviz (32:9) como una becerra salvaje; desenfrenado (v.25) como un bovino no domesticado. Josué supo temer más al pecado y atreverse a comprometerse con la santidad porque era la mejor opción. Josué cuidó su vida espiritual y estuvo cerca aprendiendo de su maestro y de Dios. La frase de John Wesley es esclarecedora en este punto: “Denme cien hombres que no teman más que al pecado y que no deseen más que a Dios y cambiaré al mundo”; pues Moisés no tuvo tantos, pero su equipo y él fueron testigos de la gloria del Señor atreviéndose a vivir en su santidad.

Como segundo punto, Josué era perseverante y desinteresado. No se movía del tabernáculo por ningún motivo; al igual que la comparación anterior, su nula búsqueda de reconocimiento y deseo de halagos contrasta con la actitud de María y Aarón y de su murmullo por la mujer cusita que el caudillo había tomado y por la osadía de cuestionar el liderazgo de Moisés: ¿Solamente por Moisés ha hablado Jehová? ¿No ha hablado también por nosotros? (Nm. 12:1c); la consecuencia de desechar el designio de Dios fue la lepra, pero el premio de Josué por mantenerse confiado, perseverante y en servicio fue la toma de la tierra de Canaán. Tiene razón Bob Warren al describir a Josué:

“Cómo Josué dedicó más tiempo a ser amigo de Dios que a ser amigo de otros, eludió la trampa de quedar esclavizado a una actividad improductiva. Pero como entendió la necesidad de intimidad por encima de la actividad, su actividad se vio más fortalecida más allá de lo que pudo haber imaginado”[1]

Dios estableció el santuario movible fuera del campamento debido al pecado de un pueblo terco y de dura cerviz (Ex. 33:3-7). Mientras todos aprovechan la oportunidad de no comprometerse en santidad, Josué experimentaba gloriosos momentos en servicio al Señor. Está claro que un paso importante para el ministerio juvenil es el ser un aprendiz de la presencia de Dios. Es estar dispuesto a tener valentía para los desafíos de la consagración y sobre todo la perseverancia en ello. Los congresos de jóvenes en algunas ocasiones sin malas intenciones enfatizan las experiencias efímeras y sentimentalismo vacío, pero Josué nos enseña a que lo que al final realmente importa es el compromiso y el vivir la presencia de Dios todos los días de nuestra vida.

Pablo exhorta a Timoteo a persistir en lo que había aprendido y a sostener su caminar cristiano en las Sagradas Escrituras; pues son inspiradas por Dios y útiles para preparar al hombre de Dios perfectamente y para toda buena obra (2 Ti. 3:14-16). Josué no fue diferente: La presencia de Dios lo marcó de por vida. Tuvo confianza cuando miró la tierra prometida junto con Caleb diferenciándose de los otros diez espías que fueron incrédulos y la menospreciaron. Un paso antes de tomar posesión de Canaán es exhortado por YHWH para que se esfuerce, sea valiente y tenga su Ley como norma de vida y conducta (Jos. 1:1-9). Nunca, por ningún motivo, la Ley debe apartarse de su boca y debe estar en constante revisión de ella: porque entonces harás prosperar tu camino y todo te saldrá bien.

El énfasis en la Ley puede verse aún después de su ministerio del hijo de Nun; el libro de Deuteronomio tiene ciertos paralelismos los tratados de Vasallaje del Antiguo Oriente Próximo. El tratado de Asaradón (672 aC.) tiene similitud con el último libro del pentateuco, pero algo sobre sale: el sucesor de Moisés no es una persona, como el príncipe de Asurbapinal lo es del soberano Asaradón. El sucesor como telos (completo) es la Ley: “Porque no es cosa vana, es vuestra vida, y por medio de esta ley haréis prolongar vuestros días sobre la tierra adonde vais, pasando el Jordán, para tomar posesión de ella” (Dt. 32:47).

Josué tenía conocimiento de todo ello y se impregnó de los estatutos y lo que Jehová había entregado en el Sinaí. He ahí la razón de su éxito ministerial, marcó un precedente de lo que es un siervo 1) comprometido, 2) perseverante y 3) lleno del conocimiento de la Palabra. Al saber que su figura no era la que brillaría, sino la del Dios del pacto que entregó sus promesas a través de las tablas de piedra, pudo cruzar su Jordán sin pretender que sea un Mar Rojo; su sentido de servicio fue preparado por YHWH para cumplir con la comisión de relevo, aunque algunos podrían despreciarle, pero con su río partido en dos, Dios le respaldó y ganó el favor del pueblo.

Para nuestros días necesitamos esta visión fresca en el liderazgo juvenil, al cual se le han contagiado una enfermedad llamada secularismo donde la influencia, la popularidad y la vanagloria han tomado en muchos cristianos el papel protagónico. ¿Seremos capaces de tener un corazón como el de Timoteo y el de Josué? El desafío está delante de nosotros.

 

 



[1] Citado en Kenneth Boa, Conformados a su imagen: Un acercamiento bíblico y práctico para la formación espiritual (Miami, Florida: Editorial Vida, 2013), 296.

 

Coco Canto


 

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