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Un Dios sin territorio

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2022.2

Por Gabriela Giovine

 

Toda mi vida fui aficionada a la arqueología. Creo que es una pasión que me viene de mis padres.

“Egipto, Asiria, los caldeos, momias”, fueron términos que se oyeron en mi casa desde que era una niña. Mi curiosidad e interés crecieron cuando, como estudiante de teología, entendí la importancia que tenía esta ciencia en relación a autenticidad bíblica.

Los nombres de lugares, personajes y acontecimientos de la antigüedad se volvieron de repente valiosos para mi fe y la gracia de Dios me llevó con el tiempo a ser profesora de Apologética en el seminario donde estudié. Todavía hoy dicto esa materia, lo cual considero un privilegio y un desafío. Claramente, no hace falta explicar porqué considero esto un privilegio, pero las razones del desafío merecen una pequeña aclaración.

El avance de la ciencia, en general, ha sido vertiginoso, exponencial en los últimos tiempos. Sin embargo, no todas las ciencias han avanzado al mismo ritmo y aunque la arqueología en sí misma no tiene demasiado espacio para avanzar (desde la técnica, digo) se ha nutrido de otras disciplinas para interpretar la información que colecta.

Una cuchara y un pincel siguen siendo suficientes para recoger un cacharro o un esqueleto, pero lo que otras ciencias pueden decirnos acerca de un hallazgo… ¡Wow! ¡Vaya que eso sí ha avanzado! ¿Sabía, por ejemplo, que analizando las partículas de estroncio presentes en un cuerpo se puede saber en qué lugar del planeta nació el individuo a quien pertenecen los restos? Nuestro cuerpo puede decir de dónde procedemos, cuál es nuestro origen, nuestro territorio. Si encontráramos la cueva de Macpela y allí los cuerpos de Abraham y Sara, sabríamos que ellos nacieron Ur de Caldea, no en Canaán. ¿Y Dios? ¡Sí, Dios! ¿Cuál es el territorio de Dios? Aunque ésta parezca una pregunta sin sentido, es muy importante desde la perspectiva de la revelación.

Hablar de “revelación” no es poca cosa. Si bien temas como “Expiación”, “Cristología” o “Pneumatología” son vistos con sumo cuidado en todos los libros de teología, al estudio de la revelación misma se le presta poca o ninguna atención en los textos y en las currículas de los institutos bíblicos.

Sin embargo, es la revelación misma la que presta soporte para los otros temas. Nos era necesario saber para entender y para recibir. Así que desde Edén hasta la cruz, Dios enfocó sus esfuerzos en darse a conocer a sí mismo y en revelar sus planes para la humanidad. Extrañamente, por un carril paralelo, los seres humanos fuimos formando nuestra propia idea acerca de la divinidad. De esto nos habla Romanos 1:22 – 23:

 “Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles.”

Entonces el monoteísmo se volvió paganismo y el reconocimiento del Dios verdadero se hizo idolatría. Así fue que el Eterno se vio en la necesidad de llamar a un pagano para mantener activo su plan. Abram, el padre de la fe, adoraba a otros diose cuando oyó la voz del Verdadero y obedeció (Josué 24:2).

Para aquel entonces, los seres humanos ya habíamos acuñado la lista de carácterísticas deseables en una divinidad. Dicho de otra manera, nos hicimos una enumeración de requisitos indispensables para ser considerado dios y una de ellas era la territorialidad. Casi como las partículas de estroncio, una porción de tierra imponía a sus residentes la necesidad de reconocer y adorar al dios que la poseía y dominaba. Si hasta aquí la obediencia de Abram nos había parecido una decisión empapada de fe, imagine lo que representó oír a un Dios desconocido, fuera de jurisdicción y de quien desconocía el territorio que dominaba. Este hombre de fe salió de su lugar y de su familia siguiendo el mandato de Dios sin imagen y sin territorio. Canaán llegó a ser la tierra prometida y Jehová el Dios de los hebreos.

No quiero decir con esto que Dios SOLO fuera el Dios de Israel. ¡No! Pero esa pequeña franja de tierra se convertiría en un espacio donde y desde donde Él pudiera mostrar lo que sería hecho luego a mayor escala. Desde Israel Dios se manifestaría como el Señor de toda la tierra.

El trayecto desde el monoteísmo reduccionista hacia el concepto de soberanía universal, forma parte de lo que llamamos progresividad de la revelación y dio de plano con las creencias de las naciones vecinas y las dominancias imperialistas de la época. ¿Podría un dios salirse mas allá de su territorio y dominar otro? Al parecer esto es lo que pensaban aquellos que avanzaban sobre territorios ajenos conquistándolos. Interesantísimo es notar este pensamiento en que hace el profesta Isaías sobre el sitio de Jerusalén.

Cuando el Rabsases desafía a los judíos frente el muro, su argumento es este:

Mirad que no os engañe Ezequías diciendo: Jehová nos librará. ¿Acaso libraron los dioses de las naciones cada uno su tierra de la mano del rey de Asiria? ¿Dónde está el dios de Hamat y de Arfad? ¿Dónde está el dios de Sefarvaim? ¿Libraron a Samaria de mi mano? ¿Qué dios hay entre los dioses de estas tierras que haya librado su tierra de mi mano, para que Jehová libre de mi mano a Jerusalén?” Isaías 36:18–20.

¿Por qué el insignificante Dios de un insignificante país como Judea habría de hacerle frente a una pontencia como Asiria? ¡Hasta ahora ningún otros dios lo había logrado!

Es interesante que este relato se encuentre en el libro del profeta Isaías. Y más interesante aún es que lo encontremos dividiendo el texto en dos grandes secciones: condenación y restauración. Condenación para todas la naciones (Asiria entre ellas), restauración para toda la tierra con Israel como centro. El mensajero de Dios está parado entre la acusiante situación actual y la verdad que le ha sido revelada desde el inicio de su ministerio, cuando en medio de su llamado ve a Dios sentado el trono (Is 6:1). ¡Dios es Señor de todas las naciones y su autoridad será manifiesta sin importar el tamaño y o la potencia de estas! Poco menos de 100 años después, en el 609 a.C., el desafiante y sanguinario imperio sucumbía ante el avance de una de sus provincias. Babilonia, la provincia rebelde, sería el instrumento usado por Dios para llevar a Asiria a su caída definitiva. Y mientras los reyes van y vienen, Dios sigue sentado en su trono.

¿Hasta dónde llega el dominio de Dios? ¿Cuál es el territorio del Altísimo? El Salmo 24:1 nos ofrece una respuesta casi la respuesta absoluta. “De Jehová es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en el habitan”

 

Dios actuando en territorio ajeno

Es de suponer que cada “dios” actúe en su propio territorio. Como mucho, esperaríamos que una divinidad se manifieste en un territorio conquistado. Pero ¿podría Dios darse a conocer en territorio ajeno, pese a la derrota de sus súbditos? ¡Pues ese parece ser el caso del Dios de Israel!  Veamos un par de situaciones.

Los extraños episodios relacionados con el arca del pacto en tierra filistea refuerzan el concepto. Piense en esto, el arca no era Dios, sólo era un símbolo. Dagón, a criterio de los filisteos, si lo era. El arca no sólo se encontraba en un territorio ajeno, también en un templo ajeno. Mucho peor, el pueblo al que pertenecía el arca había sufrido una terrible derrota en batalla. ¡Dagón era el vencedor! Aun así, Dagón cayó postrado 2 veces ante el arca de Jehová. Esto no fue lo único que ocurrió. Los habitantes de Asdod fueron heridos con una plaga de tumores. Es de suponer que los filisteos entendieran el mensaje. Sin embargo, no fue así. Lejos de comprender la supremasía del Dios de los hebreos, ellos buscaron deshacerse del problema. ¿Cómo podía Jehová actuar de ese modo en una tierra ajena a pesar de la derrota militar de su pueblo?

De igual o mayor calibre fueron los acontecimientos en tierra del cautiverio. La Mesopotamia, inicialmente bajo el dominio babilónico y luego conquistada por los medopersas fue esta vez el escenario donde Dios desplegaría su poderío y superioridad. Nutrirse de una mesa llena de manjares provenientes de un contexto pagano no fue una opción válida para cuatro jóvenes piadosos. ¿Sus nombres? Daniel, Ananías, Azarías y Misael. No eran las legumbres. No es un alegato a favor de la comida vegetariana. Es el reconocimiento del Dios verdadero por parte estos cuatro valientes aun en su tierra de esclavitud. Así como ellos mostraron su fidelidad a Dios, más tarde Dios manifestaría su fidelidad para con ellos. No hablamos de su representatividad pública. Hablamos de hechos asombrosamente milagrosos. Tres de ellos salvados de en medio de las llamas de un horno ardiente. Daniel en un foso lleno de leones hambrientos. En ambos casos un Individuo extra, Alguien con apariencia divina. Ya no un símbolo, Dios mismo en medio de un territorio ajeno. Más fuerte aún la sentencia dada en el capítulo 5 del libro de Daniel. ¿Osaría Belsasar celebrar una fiesta pagana usando elementos tomados del Templo del Dios verdadero? ¡Un Templo que ya no existía! ¡Un territorio que ya no le pertenecía a ese Dios! ¡Un pueblo de un Dios que ya no poseía nada! ¡Nada! ¡Solamente el mundo entero!

 

¿Pesa esto para la Iglesia hoy?

Entender todo esto de manera teórica, choca muchas veces de frente contra las prácticas de la iglesia pentecostal. Proclamamos la universalidad del dominio divino pero nos preocupa descubrir que demonio ejerce control sobre tal o cual territorio. Movernos de un lugar a otro de la Tierra nos hace presuponer que la lucha podría ser mayor en un sitio que otro. Mientras tanto, desde los púlpitos, proclamamos el triunfo absoluto de Cristo. ¿Es acaso todo lo antedicho es una utopía o una realidad a largo plazo? ¡No! ¡Claro que no! ¿Por qué siempre leemos a medias? La venida de Cristo y su misión cumplida no sólo ratificó su señorío sobre toda la tierra y sus habitantes, como lo decía el salmista, ¿recuerda? “De Jehová es la tierra…” ¡Ahora su dominio es manifiesto aquí y en los cielos y aún debajo de la tierra! Y a nosotros nos toca vivir en consecuencia. Jesús nos dijo: “Toda potestad me es dada en los cielos y en la tierra, por tanto…” ¿Le suena conocido? ¡Sí! ¡LA GRAN COMISIÓN! El supremo mandanto a la iglesia condicionado a su dominio absoluto.

Glorioso cántico de Filipenses 2: “Por lo cual Dios le exaltó hasta lo sumo y le dio un Nombre que es sobre todo nombre. Para que en Nombre de Jesús se doble toda rodilla de los están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucrito es el Señor para gloria de Dios Padre”.

Ahora pues, emulando la experiencia de Abraham, nuestro padre en la fe, miremos al norte y al sur, al este y al oeste, pero también arriba y abajo. Todo eso que alcanzan nuestros ojos también aquello que no podemos ver, TODO ESO LE PERTENECE A NUESTRO DIOS, A ESE DIOS SIN TERRITORIO.

 

Gabriela Giovine


 

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