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Editorial: Somos creadores

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 1982.3

Por Floyd Woodworth

 

Me asombra la variedad inmensa de construcciones que realizan las aves para poner sus huevos y atender sus crías. Las hay de todos los tamaños, formas y aspectos. Algunos parecen platillos, otros hongos y otros cestas.

Los materiales empleados no asombran menos. Las cesteras tejen su nido con juncos y tallos. Los cementadores utilizan un producto de su cuerpo parecido a la saliva con el cual mezclan otras sustancias para que quede su casita firme y resistente. El barro se presta admirablemente en el caso de los flamencos los cuales forman un pequeño “islote” en agua.

Contemplando semejante diversidad, se podría llegar a la conclusión de que las aves poseen una capacidad innovadora maravillosa, pero no es así. El flamenco es totalmente incapaz de tejer una cesta, menos colgarla en la rama de un árbol. Tampoco podría una cestera construir un montículo de lodo en la ribera de una laguna. Estos animales no realizan sus obras preciosas después de concebirlos mentalmente, sino a base de puro instinto.

Esto pone en relieve el contraste en el caso del hombre. Nosotros sí podemos decidir que clase de casa levantar. Tenemos la facilidad de pensar diferentes posibilidades–¿será redonda o cuadrada?, ¿alta o baja?, ¿de madera o de ladrillo? Si deseamos hacer una igual a la que hizo el vecino de al lado, así la hacemos, o si queremos la podemos hacer diferente.

¿A qué se debe el hecho de que el hombre está dotado de la facultad de concebir cosas diferentes a las que lo rodean? Es que Dios lo hizo a su imagen, y aunque esa imagen se deterioró bastante con la caída de Adán, no se ha desaparecido del todo. Allí está para ayudar a quien quiera valerse de ella.

Cada maestro puede desempolvar esa facultad. Depende de su voluntad. Claro que usar algo que lleva mucho tiempo tirado al rincón oscuro implica hacer un esfuerzo. Hay que localizarlo, luego quitarle las telarañas.

No hay manera de resolver problemas muchas veces sin poner en acción la facultad creativa. Podemos encontrar algunas soluciones tomando siempre el mismo camino. Pero tarde o temprano nos vamos a ver frente por frente con obstáculos que resisten la aplicación de lo que siempre se hizo. En ese preciso momento si podemos poner en acción esa capacidad de imaginar algo nunca visto antes, o sea la facultad creativa, tenemos la perspectiva de encontrar una solución.

El maestro creativo piensa cómo guiar su clase en una nueva forma. A veces cambia solamente un pequeño detalle, algo que crea un matiz nuevo. En ocasiones ejerce su creatividad para estimular una nueva relación entre su persona y uno de los estudiantes que siempre se había mantenido distante. Como el maestro de la caricatura de nuestra portada, el creativo descubre soluciones a veces, usando de manera constructiva algún talento o energía que hasta el momento los alumnos disipaban en lo que no edificaba.

Los maestros tenemos la posibilidad no solamente de ser innovadores nosotros, sino alentar a nuestros estudiantes a desarrollar su propia facultad de crear. Podemos diseñar tareas que estimulen a los alumnos a innovar, a crear conceptos diferentes, a buscar soluciones, a salir de la rutina de siempre. Eso no se logra solamente presentando al alumno una lista de preguntas que piden respuestas con lo mismo que da la lección. Hay que diseñar ejercicios que obliguen al estudiante a luchar con las verdades, a razonar, a buscar una solución que nunca había visto.

El que quiere innovar tiene que recordar que el resultado de cada esfuerzo no saldrá siempre flamante. Pero ¿qué importa? A la medida que estimulamos nuestra capacidad de crear, le damos más fuerza para hacerlo mejor. Nos sorprenderemos al ver que llegamos a hacer lo que nunca soñábamos.

Si pudiera usted escoger entre dos maestros, uno que se esfuerza por innovar en su enseñanza, por ser creativo y otro que nunca se muestra creativo, ¿cuál escogería? ¿Cuál de esos dos maestros tendría alumnos más motivados?

 

Floyd Woodworth W.


 

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