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El divorcio

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2015.2

Por Pablo Hoff

 

 

El divorcio es algo común en el mundo occidental.  Por ejemplo, estadísticas al comienzo del siglo veintiuno demuestran que uno de cada tres matrimonios en los Estados Unidos termina en divorcio.  En cambio, la ley de muchos países en aquella fecha no permitía el divorcio pero la situación actual demuestra un cambio radical; ahora está de moda.

Surgen las preguntas: ¿Qué enseña la Biblia referente a este tema? ¿Tiene la Iglesia el derecho de imponer su norma sobre la sociedad no cristiana? ¿Cuál es el rol de la iglesia referencia a los divorcios y vueltos a casar?

 

La Posición Bíblica

Las leyes del Pentateuco (primeros cinco libros de la Biblia) que gobiernan la relación sexual, enseñan que un hombre y una mejer se casan para formar una unión íntima y exclusiva para toda la vida.  Así constituyen la familia que es la base indiscutible de la sociedad.  Sin embargo, se permite que el hombre, si encontró alguna cosa indecente en su esposa, podía divorciarse.  Entonces ella quedaba libre para volverse a casar con otro, pero en el caso de que sea divorciada por segundo esposo, no le era permitido volver a su primer marido (Deut. 24:1-4).  Este texto reconoce que ocurren divorcios pero no los aprueba, mucho menos animan a la pareja a este paso.  Jesús explica que se le permitía “por la dureza de vuestro corazón”.  La ley antiguotestamentaria servía para proteger a la mujer divorciada de la crueldad posible de su cónyuge.

La palabra hebrea para “divorcio” (Deut. 24-1-4) se relaciona con un vocablo que se usa para indicar el cortar un árbol o aún el decapitar a alguien.  Habla de partir que una vez era una unión viviente.  Por lo tanto, el divorcio es una forma de amputación.

El Nuevo Testamento hace hincapié en el matrimonio como primordialmente un pacto relacional.  Se usa el lenguaje del matrimonio para describir la relación pactante de Dios con su pueblo y la relación entre Cristo y la Iglesia.  Un pacto es una relación personal basada sobre promesas hechas y aceptadas entre dos personas o grupos.  Al instituir el matrimonio Dios quiso que fuera una relación perdurable, creciente y que maduraría con el transcurso del tiempo.  La separación como la rotura de un pacto se considera como algo grave y pecaminoso.

En Mateo 19:4-9, Jesús indica también que es la intención divina que a unión matrimonial sea indisoluble: “los dos serán una sola carne… así que no son ya más dos, sino una sola carne; por lo tanto, lo que Dios juntó no lo separe el hombre” (19:6).  Sin embargo, bajo ciertas circunstancias, se permite el divorcio: “cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación” (infidelidad matrimonial o sea adulterio), “y se casa con otra, adultera; y quien se casa con la repudiada, adultera” (19:9, ver también Mat. 5:31-32; Mar. 10:11-12; Luc. 16:18).

Cada infidelidad, cada rompimiento del pacto matrimonial, cada repudio (griego apoloyo) de su pareja conyugal es pecado.  El mandamiento “no cometerás adulterio” significa “romper una carne”.  Así que el divorcio es infidelidad al pacto, pues viola este mandamiento.  Puesto que el divorcio en Israel fue obligatorio cuando los cónyuges se separaban, y los dos estaban libres para volver a casarse respectivamente con otro, algunos evangélicos permiten el divorcio como el mal menor pero no lo aprueban; prohíben el nuevo casamiento salvo en ciertas situaciones.

La cláusula, “salvo por causa de fornicación” (infidelidad), parece librar al cónyuge inocente para casarse con otra persona, pero no al culpable.  El adulterio de una pareja rompe el pacto pues al adulterar se ha unido con otra mujer o viceversa.  Sin embargo, en casos de infidelidad, no es necesario siempre divorciarse.  El ejemplo de la esposa del profeta Oseas nos enseña el camino mejor: perdonar y reconciliarse.  Cervantes observa que “la peor reconciliación es preferible al mejor divorcio”.  Sólo en situaciones extremas, se aconseja divorciarse como un mal menor.

Según ciertos estudiosos evangélicos, el apóstol Pablo indica que si el cónyuge inconverso abandona a su pareja, el abandonado está libre de volver a casarse (1 Cor. 7:13-15).  Se basa esta interpretación sobre el significado del vocablo griego que se traduce “separarse”, pues es muy fuerte y es casi sinónimo con divorciarse.  Ya que la unión es disuelta por separación, el inocente tiene libertad de casarse con otro.  Esta posición, sin embargo, no es aceptada por muchos evangélicos.

 

El Proyecto de Ley

Con referencia a un proyecto de ley que permitiría el divorcio, hay fuertes argumentos en contra.  El divorcio provoca divorcio, favorece el egoísmo, la infidelidad, la discordia allí donde deberían crecer la concordia, el espíritu de superación de dificultades para convivencia.  Sacrifica con despiadada frialdad los intereses de los hijos, débiles víctimas de legalizados desordenes familiares.

Por otra parte una ley que no previene la separación, es un gran mal de la sociedad.  Al liberalizarse la ley sustituiría las nulidades fraudulentas, al alcance sólo de los que tiene recursos, permitiría que seres adultos pongan fin de una falsa cohabitación y facilitaría que en una discusión regulada y ante un juez, tanto la mujer como los hijos reciban un trato económico y moral justo.

 

El rol de la Iglesia

¿Cómo debe la iglesia tratar a los matrimonios que se hallan en dificultades?  La comunidad de creyentes debe ayudar a tales parejas a encontrar sanidad, perdón, reconciliación y crecimiento personal en su relación conyugal.  Puede prestar su apoyo para fortalecer los vínculos que unen el matrimonio.  De igual manera, debe aceptar incondicionalmente a los divorciados.  Así muestran el amor perdonador de Dios.  Desgraciadamente, la iglesia con frecuencia rechaza a los divorciados, una actitud poco semejante a la de Dios.

En casos de que los separados formen otra unión, ¿cuál debe ser nuestra actitud?  Dios perdona pecados matrimoniales también, por tanto, tenemos que perdonar.  Al parecer de muchos cristianos, el romper la segunda familia es tan pecaminoso como la destrucción de la primera.  Por otra parte debemos llevarlos a una experiencia restauradora de la gracia de Dios.

¿Tiene la iglesia el derecho de imponer la norma bíblica a una sociedad no conversa?  Opino que la respuesta es “no” a pesar de que el divorcio debilita la institución familiar.  Los países no son teocracias (naciones gobernadas por las leyes de Dios) y, por ende, no debemos obligar a la gente a vivir según la norma cristiana.  En esta edad caracterizada por la permisividad, el creyente tiene que aprender a soportar las costumbres inmorales y a la vez guardarse sin mancha del mundo.

 

 

 

Pablo Hoff


 

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