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Ministros suicidas

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 1993.2

Por Ramón R. Bejarano

 

 

¿Quién es un suicido sino alguien que se quita la vida a voluntad?

 

Me es preocupante en que a veces los ministros acortamos nuestros días sobre la faz de la tierra. ¡Cuántos ministros pudieran haber gozado de más años de vida pero murieron antes de su tiempo, no por una enfermedad incurable que les haya sobrevenido repentinamente, sino más bien por no haber sido lo suficientemente prudentes en el manejo de algunos aspectos de su vida durante su ministerio!

Quisiera en esta oportunidad llamar la atención sobre dos peligros que frecuentemente aceptamos como algo normal. Al mencionar estas cosas, debo admitir que yo mismo las he cometido. Lamento el haberlo hecho y el no haber tenido alguien de cierta autoridad ministerial que me hubiese hablado con franqueza, abriéndome los ojos sobre estos peligros.

 

Ministros suicidas al comer

El culto ha terminado. Son aproximadamente las diez de la noche. El pastor tiene una campaña con un evangelista. El predicador invitado se encuentra dentro del vehículo, esperando a que dicho pastor termine de saludar y hablar con algunas personas que asistieron al culto. A las once de la noche vemos salir al pastor de la iglesia y al predicador. Se dirigen hacia un restaurante, o a un “pollo en brasa” y el diablo se ríe. La hartada ha sido muy grande. El estómago casi grita diciendo: “¡No resisto más!”

La distancia del restaurante hasta el sitio donde se encuentra hospedado el evangelista dura aproximadamente media hora. El pastor deja al invitado a las doce de la noche. Luego va rumbo a su hogar, llegando a las doce y treinta. Está contento pero muy cansado. Lleva consigo algo de comida que compró para su esposa y sus hijos. A la una de la madrugada la pobre esposa y los hijos (si éstos están despiertos) terminan de cenar y a la una y veinte se acuestan todos a dormir.

Esto se repite vez tras vez. ¿Se hace esto por ignorancia? ¿Es una costumbre o un abuso? Nada es más tóxico y peligroso para nuestro organismo que el cenar a la media noche. Ninguna cosa conduce tanto al suicidio como el irse a dormir después de una comida pesada. ¿No es acaso nuestro cuerpo templo y morada del Espíritu Santo, el cual debemos cuidar y no destruir?

¿Qué significa para el estómago el tener que trabajar a altas horas de la noche mientras uno duerme? Se dificulta o se imposibilita la digestión. Mucha sabiduría encierra el viejo proverbio: “Desayuna como un rey, almuerza como un príncipe y cena como un mendigo.”

 

Ministros suicidas al manejar

Hace muchos años me esperaban en la ciudad de Punto Fijo. El culto ya había comenzado y apenas iba por la ciudad de Coro. Llamé por teléfono y di instrucciones de que continuaran el culto y me esperaran porque yo iba a llegar. La velocidad que por primera vez marqué fue de aproximadamente 170 kilómetros por hora. No quiero ni pensar lo que pudo haberme ocurrido si una llanta se hubiese roto o si por algún percance me hubiese encontrado con algún hueco u objeto no visible por la oscuridad de la noche.

El Señor me ha hecho entender que no debo correr a altas velocidades. En los ministros jóvenes el correr a grandes velocidades no es más que pantallería y orgullo necio, lo cual los convierte en suicidas de corto plazo. En los ministros de muchos años de experiencia esto no es más que el descuido de no salir temprano para cumplir con los compromisos asignados. ¿Se irá con el Señor un ministro suicida? ¿Podremos predicar en un funeral de un caso de estos y decir que se trata de un accidente automovilístico en que hubo otras muertes? La gasolina ya está bastante cara y los servicios fúnebres también para que nos demos el lujo de suicidarnos por la imprudencia de ir a una velocidad excesiva.

¿Quién es un suicida sino alguien que se quita la vida a voluntad? Nos parece algo normal abusar del estómago. Nos parece hasta gracioso conducir a toda velocidad un vehículo. Pero la verdad es que se trata de quitar la vida a voluntad. Nuestro Señor Jesucristo no sólo compró nuestra alma, sino también nuestro cuerpo. Aunque es nuestro, no nos pertenece. Es propiedad del Señor. Pidamos perdón al Señor por nuestras costumbres suicidas.

 

Adaptado con permiso del autor de “Pastorales de la Superintendencia”, Caracas, Junio-Julio, 1984.

 

Ramón Bejarano

El isumista Ramón Bejarano fue Superintendente General de las Asambleas de Dios de Venezuela.


 

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