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Pansy Blossom, una vida concentrada en “una sola cosa”

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2018.1

Por Donald Exley

 

Jamás apareció ni el rostro ni el nombre de Pansy Blossom como una persona de gran éxito ministerial en la portada de una revista cristiana. Tampoco fue invitada como visita especial en algún programa de televisión cristiana.  Sin embargo, fue una persona muy valiente y dispuesta a arriesgar todo por causa del Reino.  Se podría decir que fue un ejemplo de la declaración del salmista David: “Una sola cosa” (Salmo 27:4 NVI) porque diariamente vivía con una meta, la de compartir las Buenas Nuevas con alguna persona.  Aún a los 88 años, edad a la que falleció, buscaba maneras de salir a la calle a predicar.

Como una joven, Pansy Blossom comenzó su ministerio evangelístico recorriendo las montañas Apalaches de los Estados Unidos, hasta que recibió aprobación para ir a la China como misionera soltera, poco después de la Segunda Guerra Mundial. Muchos años después, cuando nos visitaba en Córdoba, Argentina, se gozaba al intentar enseñar a nuestros hijos Juan 3:16 en chino.

A partir de 1949, todos los misioneros que trabajaban en China fuero obligados a abandonar el país. Los líderes de las misiones Asambleas de Dios determinaron que el Perú sería un buen lugar para el ministerio evangelístico de Pansy. Para ella sería un nuevo país, un nuevo idioma y una nueva cultura.  ¿Pero, cómo llegó a la Argentina?

Pansy Blossom (izq.) con alumnas del Instituto Bíblico en Lima, Perú

Pocos años después de su llegada al Perú, resonó con mucha fuerza la noticia de una manifestación extraordinaria del poder de Dios en Buenos Aires.  El 14 de abril del año 1954 el evangelista Tommy Hicks predicó la primera noche la primera campaña evangélica masiva en la Argentina en el estadio de Atlanta. Por causa de las multitudes, el estadio quedó chico y la campaña fue traslada al estadio de Huracán. Llegaron centenares de miles de personas. Los milagros fueron extraordinarios e innumerables. Todo el pueblo argentino se mantenía en suspenso, esperando los informes diarios por radio y prensa sobre la campaña. Al finalizar las ocho semanas en los estadios más de 2,000,000 personas habían escuchado el mensaje de Jesús y se vendieron más de 500,000 Nuevos Testamentos.

Al oir de lo que pasaba en Buenos Aires, Pansy se compró un pasaje y viajó hasta Buenos Aires para ver como las masas corrían a recibir las Buenas Nuevas. Sintió que ese era el lugar donde Dios la quería, para participar tanto en el discipulado de tantas almas nuevas como para trabajar directamente en la cosecha. Desde las montañas de Kentucky hasta la China y de la China hasta Perú y desde el Perú hasta la Argentina, llegó con la misma pasión de traer “gavillas” al Señor, de ganar almas para el Reino.

Amaba el ministerio de enseñar en el Instituto Bíblico Río de la Plata, y su materia preferida fue la de los libros proféticos. A pesar de sus muchas responsabilidades en ese plantel, cada semana al llegar el viernes, se embarcaba en su ministerio preferido, lo que ella llamaba “mi trabajo personal”, que consistía en ir a los barrios judíos de Buenos Aires para repartir tratados y hablarles uno por uno del Mesías.  Aún pasada los 80 años de edad y viviendo en un hogar geriátrico en Buenos Aires, se gozaba en decirme que una vecina era judía y que estaba al punto de creer en Jesús como el Mesías y que el médico que venía también era judío, y que le compartía las Buenas Nuevas de Jesús.

El evangelismo personal era su estilo de vida. Años antes cuando vivía en el sur de la capital Argentina comenzó a llevar algunos adolescentes a la iglesia y con el tiempo uno de ellos se convirtió. Ese joven sintió un llamado al ministerio y fue a estudiar en el IBRP. Hoy ese hombre es pastor de una iglesia con miles de miembros. El trabajo personal de Pansy no fue en vano.

Cuando ya no tenía tanta fuerzas, decidió regresar a los EEUU y se internó en una casa geriátrica cristiana. Con todos los empleados siendo cristianos entró en Pansy un dolor y una frustración; no tenía a ningún inconverso a quien predicarle el evangelio.  Pidió que alguien la llevara al centro de la ciudad para poder encontrarse con gente de las calles para poder seguir con su “trabajo personal”. Es decir, predicar el mensaje del amor de Jesús. Su pedido fue negado, pero Pansy hizo hacer llegar su reclamo hasta la sede central de las Asambleas de Dios para que los líderes nacionales intervinieran a su favor.

A los ochenta y ocho años Pansy Blossom pasó a la presencia del Señor y yo fui invitado a predicar su servicio fúnebre. Puesto que nunca se había casado y por su edad avanzada, no hubo ningún pariente en el servicio y la mayoría de sus amigas también ya estaban con el Señor. Pero a pesar de la poca asistencia supe que en verdad era una celebración gloriosa de una vida totalmente entregada a “Una sola cosa”, ganar almas. La falta de personas se notó de manera muy real en el cementerio cuando tuve que reclutar a mi hija y a dos trabajadores del cementerio para ayudarnos a cargar su ataúd hasta el lugar de su sepultura, pues no alcanzabamos a ser seis personas en total. Mientras yo hacía una oración final sobre los restos de Pansy, quizás para algunos en “este lado del río” fue un servicio pequeño y triste, pero sin duda, la recepción y celebración en el “otro lado del río” fue masiva por la llegada de una mujer que vivió para ganar a los perdidos, una que vivió en su plenitud el gran avivamiento argentino de 1954, y que sembró semillas que maduraron en el gran avivamiento de Argentina de los años 1980. Pero sin duda, para Pansy, las palabras “¡Bienvenida, sierva fiel!” fue el elogio que más quería escuchar.

Donald Exley


 

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