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Hacia una teología pentecostal de la santidad: Una evaluación bíblica de los modelos de santidad; desde méritos a la madurez en Cristo

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2025.3

Por Esteban Pari Mollo

Introducción

A lo largo de la historia de la iglesia, la doctrina y la experiencia de la santidad han dado lugar a múltiples modelos teológicos, cada uno con distintas interpretaciones sobre la manera en que el creyente debe vivir en santidad. Para la teología pentecostal, la santidad hace hincapié en la plenitud del Espíritu Santo y como consecuencia la transformación interna y visible del creyente.

El contexto contemporáneo se caracteriza por la diversidad doctrinal y el surgimiento de nuevas corrientes teológicas, lo que pueden generar confusión doctrinal, desviaciones prácticas o reduccionismos bíblicos. Por ello, es urgente identificar cuáles son los modelos teológicos de santidad que armonizan con la Escritura y con una praxis pentecostal sana, e identificar cuáles pueden conducir a formas de perfeccionismo, legalismo meritorios, elitismo espiritual o negligencia del creyente.

El propósito en este escrito consiste en delinear una teología bíblica pentecostal de la santidad que afirme la suficiencia de la gracia de Dios, la obra transformadora del Espíritu Santo, y el llamado a un crecimiento continuo hacia la madurez cristiana (teleios), entendida como llegar a ser a la semejanza progresiva del carácter de Cristo. Este análisis teológico sostendrá que la santidad bíblica es un proceso continuo, impulsado por la gracia de Cristo, dinámico y cooperativo con el Espíritu Santo, expresado tanto en la vida interior como en el amor práctico hacia el prójimo.

Este artículo de forma breve analiza comparativamente estos modelos; desde la tradición católica escolástica, analizar por las formulaciones luteranas, wesleyanas y reformadas, hasta expresiones pentecostales contemporáneas, con el objetivo de evaluar su fidelidad bíblica y su relevancia para la iglesia actual, especialmente en contextos pentecostales.

1. Modelo de santidad de las buenas obras

El modelo católico tradicional entiende la santidad en gran medida ligada a la práctica de las buenas obras que, junto con la gracia, cooperan para la santificación del creyente. Esta postura tiene raíces en la tradición católica desde la Edad Media y teología escolástica, con pensadores como Tomás de Aquino, quien entendió que la santidad fue un proceso cooperativo: la gracia de Dios permite al ser humano realizar buenas obras, pero la voluntad humana colabora con dicha gracia, y estas obras pueden poseer mérito ante Dios.

En la Summa Theologia, Aquino desarrolló extensamente la doctrina del mérito, al distinguir entre mérito condigno (o estricto, basado en la justicia) y congruo (o de conveniencia, sin obligación de la justicia), y subordina siempre la capacidad meritoria del ser humano a la gracia divina.[i] Aunque la tradición reconoce un valor meritorio en las obras, insiste en que estas solo pueden ser verdaderamente meritorias cuando proceden de la gracia de Dios que transforma la voluntad humana.

Este enfoque se basa en la idea de que la santidad se vive como un proceso cooperativo y continuo entre la gracia de Dios y la respuesta humana mediante la observancia de los sacramentos, la penitencia, la oración y las acciones de caridad, los cuales constituyen medios concretos para vivir en santidad. Si bien reconoce la obra redentora de Cristo, enfatiza la obra humana activa en el proceso.

No obstante, aunque este modelo de santidad reconoce debidamente el lugar de las obras como expresión de la fe, puede degenerar la doctrina cuando se da énfasis excesivo en los méritos y derivar en legalismo. No es de extrañar que hoy resurgen esta práctica en las iglesias evangélicas, incluso entre los pentecostales.

La Escritura afirma que la salvación es por gracia mediante la fe, “no por obras, para que nadie se gloríe” (Ef.2:8-9). Por otro lado, declara que “la fe sin obras está muerta” (Stg.2:17-18). Lo cual indica que las obras no constituyen la base de la salvación ni de la santidad, sino como consecuencia y fruto de la acción del Espíritu Santo en el creyente, no como fundamento de su salvación y santidad (Gá.2:16; Tit.3:5).

En tal sentido, desde una perspectiva bíblica pentecostal, la prioridad recae en que la santidad jamás debe entenderse como resultado de obras humanas, sino como fruto de la gracia santificadora tanto de la obra de Cristo y del Espíritu. La regeneración y la justificación anteceden a cualquier cooperación humana, de modo que la vida virtuosa surge como evidencia y no como causa de la gracia recibida.

Así que, las buenas obras no causan santidad, sino que es necesario sostener la confianza en la gracia y la justificación por fe en Cristo, y considerar las buenas obras como fruto y expresión del carácter transformado por el Espíritu. Sin embargo, se advierte el riesgo teológico cuando las buenas obras se consideran una condición de la santidad o medio para ganar el favor divino, lo cual conduce al legalismo y oscurece la suficiencia de la gracia divina.

2. Modelo luterano de la santidad como estado posicional

La tradición luterana, y con ella buena parte del protestantismo histórico, concibe la santidad primordialmente como el resultado de la justificación por la fe. O sea que la santidad no se gana por obras, sino que es una consecuencia de la salvación recibida por fe en Cristo.

La santificación que Martín Lutero propuso fue que la justificación por la fe sola (sola fide), produce santidad, es un estado recibido en la salvación, no un mérito humano; vista como un proceso inseparable de la justificación. Es decir, que el creyente es declarado santo ante Dios por la fe en el momento de la conversión, aunque todavía lucha con el pecado. La base bíblica de esta postura reside en Romanos 3 y Efesios 2.

En este modelo, la santidad es un estatus legal: el creyente es declarado justo en Cristo, no por mérito propio, sino por la obra redentora de Jesús. Sin embargo, existe el riesgo evidente de que este enfoque, reduzca la santificación a una declaración legal, minimiza la importancia del crecimiento y la necesidad de un cambio real en la vida del creyente después de la salvación.

La Escritura enseña no solo la justificación, sino la santificación como proceso continuo, cooperativo con el Espíritu Santo (2 Co.3:18; Fil.2:12-13). Entonces se entiende la salvación como obra divina y la santidad como resultado de estar en Cristo (Ro.3:28; Ef.2:8-10).

Por lo tanto, la perspectiva bíblica pentecostal acierta al subrayar que la santidad no procede de esfuerzos humanos, sino de la obra redentora de Cristo y regeneradora del Espíritu. Esto es que acepta que la santificación ocurre mediante la justificación por fe y también enfatiza el crecimiento espiritual y andar en el poder del Espíritu para la transformación total.

En otras palabras, reconoce la justificación por la fe como fundamento, pero insiste en que la santidad implica un proceso continuo en el que el creyente participa activamente bajo la guía del Espíritu. De esta manera, el creyente es declarado santo, mientras vive en Cristo y en el poder del Espíritu Santo, que tiene la ventaja de vencer al pecado y vivir en santidad hasta llegar a ser perfecto a la imagen de Cristo.

3. Modelo reformado (jerarquía de santidad)

La tradición reformada entiende la santidad como un proceso de crecimiento gradual en niveles (unos más santos que otros), relacionados a la posición del creyente en Cristo, mediante la obediencia y virtud progresiva, sostenido por la gracia soberana de Dios y acompañado por la cooperación del creyente. Este enfoque reconoce que la justificación es distinta de la santificación, aunque inseparable de ella. Representantes destacados, incluyen a Calvino y sus sucesores.

En los estudios históricos sobre la teología reformada, se destaca esta tensión saludable entre soberanía divina y responsabilidad humana, donde el creyente es transformado progresivamente mediante la Palabra, la oración y la vida comunitaria.[ii] Dicho de otro modo, hay un reconocimiento de la justificación y una santificación progresiva por la fe activa y la disciplina espiritual. Pero se advierte entender que la santidad no implica perfección moral absoluta en esta vida, sino un proceso de crecimiento continuo, y así caer en legalismo o fatalismo al exagerar en colocar la gracia divina como central.

La base bíblica de este enfoque está en Efesios 4 y Hebreos 12. Ambos pasajes enseñan que la santidad no es impecabilidad, sino madurez espiritual creciente, fruto de la gracia, la disciplina divina y la perseverancia. Establecen este fundamento teológico para comprender la naturaleza progresiva de la santificación y su carácter comunitario, ético y espiritual.

No obstante, desde una perspectiva bíblica pentecostal estos textos iluminan el proceso de lo que significa llegar a ser “perfectos” que perfeccionismo, como un caminar continuo en Cristo y en el Espíritu, que conduce a la madurez cristiana (teleios) y a una vida consagrada a Dios. Este modelo facilita la coherencia entre la teología y la praxis de la experiencia de todo creyente que avanzan en la fe en Cristo, mediante el poder del Espíritu.

A pesar de tal explicación, se puede correr el riesgo de una excesiva racionalización de la vida cristiana si se descuida la dimensión dinámica del Espíritu Santo, especialmente su obra santificadora, el testimonio personal y la renovación continua del Espíritu. La santidad progresiva, para ser plenamente bíblica y pentecostal, debe incluir tanto la disciplina espiritual como la apertura a la acción sobrenatural del Espíritu en el proceso de la santificación, no como mero esfuerzo humano: Se descarta totalmente que existan creyentes, unos más santos que otros, sino que todos estamos en el mismo proceso, así como Pablo afirma: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo” (Fil.3:12-14).

4. Modelo del perfeccionismo en la santidad

En ciertos movimientos de santidad posteriores al metodismo surgió la idea de que el creyente puede alcanzar un estado de impecabilidad moral y santidad absoluta, a veces descrito como “santidad total” o ausencia de inclinación pecaminosa en esta vida. John Wesley, en su A Plain Account of Christian Perfection, define la perfección cristiana como pureza de intención, dedicación total a Dios y un amor plenamente consagrado.[iii]

Pese a la profundidad espiritual de su obra, ciertas interpretaciones posteriores exageraron sus planteamientos, promueven un perfeccionismo rígido que afirma la posibilidad de libertad absoluta del pecado. En respuesta, críticos evangélicos contemporáneos han advertido que esta interpretación puede generar elitismo espiritual, autocomplacencia y negación de la continua lucha real contra el pecado.

R. C. Sproul, por ejemplo, califica el perfeccionismo entendido como “impecabilidad absoluta”, lo cual, podría ser considerada una herejía porque desconoce la naturaleza caída del ser humano. También subraya que ni el apóstol Pablo se consideró sin pecado (Ro.7).[iv]

La Escritura misma niega tal posibilidad: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos” (1 Jn.1:8, 10), y Pablo describe en Romanos 7 su continua lucha contra la carne. Por consiguiente, la teología bíblica pentecostal reconoce que el crecimiento en santidad es un llamado divino “Sed santos porque yo soy santo” (Lv.20:7; 1 Pe.1:16) y posible con la ayuda de Cristo y el Espíritu Santo al confesar a Dios los pacados cometidos (1 Jn.1:9) y vivir la santificación profunda por la plenitud del Espíritu. Pero rechaza la idea de impecabilidad absoluta.

Wesley mismo aclaró que la perfección cristiana no implica infalibilidad ni ausencia de errores involuntarios.[v] Por tanto, una comprensión completa tiene que afirmar la posibilidad de una vida consagrada, llena del Espíritu y marcada por el amor perfecto, sin negar la necesidad constante de gracia, confesión y dependencia de Cristo.

5. Legalismo wesleyano (malas interpretaciones de la santidad)

Algunas corrientes han utilizado el término “legalismo wesleyano” para referirse a interpretaciones posteriores del metodismo que reducen la santidad a normas externas, prácticas rígidas o conductas moralistas, tales limitados al uso de la ropa, uso de joyas, peinados y otros patrones externos. Este uso distorsiona la intención original de Wesley, quien en A Plain Account of Christian Perfection enfatiza la gracia, la pureza de intención y el amor perfecto como esencia de la santidad.[vi] El problema no radica en la teología wesleyana, sino en sus interpretaciones desviadas, que convierten la santidad en un sistema de autojustificación moral.

La Escritura destaca que la santidad es la perfección en el amor, un crecimiento profundo y continuo en el amor a Dios y al prójimo (Mt.5:48; 1 Jn.4). El proceso de santificación en la enseñanza genuina de Wesley, implica la gracia preveniente, justificadora y santificadora, y una transformación de vida visible y relacional.

La experiencia bíblica de santidad se fundamenta en textos de Efesios 4, Romanos 6 y 1 Juan. Los cuales, desde distintos énfasis, coinciden en mostrar que la vida cristiana se desarrolla en una dinámica espiritual continuo que combate el pecado, se renueva en Cristo y produce obediencia y amor por la plenitud del Espíritu.

La perspectiva bíblica pentecostal se distingue de formas legalistas que han surgido posteriores a Wesley, más bien, reconoce la obra poderosa del Espíritu, evita el perfeccionismo y afirma la transformación progresiva del carácter del creyente hacia la plenitud de Cristo. Entonces, la santidad debe entenderse como una obra del Espíritu, expresada en amor y consagración, no como cumplimiento de reglas externas ni como expresión moralista.

6. Modelo progresivo de santidad (perspectiva pentecostal)

El modelo progresivo de santidad, ampliamente aceptado en iglesias pentecostales, concibe la santificación como un proceso en tres momentos: inicial, progresiva y final. En la fase inicial, los creyentes son regenerados y justificados al recibir a Cristo; en la progresiva, crece en santidad continua mediante la obra del Espíritu y lucha contra el pecado; y la final, reservada para la glorificación, cuando el creyente alcance la perfección eterna. Pero, en ningún caso se considera como jerarquía de santidad.

Este modelo se fundamenta bíblicamente en Filipenses 1:6. Respecto a la santificación inicial: “El que comenzó la buena obra” La expresión “comenzó” (gr. enarxámenos) señala un punto inicial específico, la regeneración y justificación, en la cual Dios produce vida espiritual en el creyente (Tit.3:5; Jn 3:5-8). Esta obra no surge por mérito humano: es Dios quien despierta fe, perdona, adopta y separa al creyente para sí de la pena del pecado (1 Co.6:11).

Posteriormente, se refiere a la santificación progresiva: “la perfeccionará”. El verbo “perfeccionará” (gr. epitelései) describe un proceso continuo. Dios no solo inicia; también sostiene y desarrolla la vida espiritual del creyente mediante el Espíritu Santo, la Palabra, la oración y la vida comunitaria. Este crecimiento implica madurez espiritual (Ef.4:13), fruto del Espíritu (Gá.5:22–23) y obediencia progresiva libre del poder del pecado (Ro.6:11-14).

Finalmente, aplica a la santificación final: “hasta el día de Jesucristo”. La obra no culmina en vida presente, sino en la glorificación futura. El “día de Jesucristo” remite al retorno del Señor, cuando el creyente será completamente transformado, sin presencia ni inclinación al pecado (1 Ts.5:23; Fil.3:20-21; Ro.8:30). En consecuencia, Filipenses 1:6 presenta la santificación como un proceso dinámico, seguro y teleológico: Dios inicia, sostiene y completa.

Este enfoque se ajusta a la experiencia pentecostal, pues integra la justificación inicial con un crecimiento espiritual continuo que resulta en transformación personal, fruto del Espíritu, formación moral y testimonio cristiano fructífero.

Aun así, este modelo requiere evitar reducciones psicológicas o sociológicas de la santidad, a limitarse en la centralidad del Espíritu Santo como agente principal de transformación sin la cooperación activa del creyente. La santidad bíblica no es una competencia espiritual de cuantos dones tiene o manifestaciones experimenta, sino de un viaje de dependencia, humildad y crecimiento constante en Cristo y en el Espíritu.

7. Modelo pentecostal contemporáneo (santidad y compromiso social)

En las últimas décadas, teólogos pentecostales contemporáneos han ampliado el concepto de santidad e incorporan dimensiones de compromiso social y comunitario. Consideran la santidad no solo como una condición interior, sino como evidencia visible de justicia, amor y servicio a los demás, y reflejar a Cristo en el mundo sufrido actual.

Amos Yong ha propuesto una visión pneumatológica en la que el Espíritu impulsa no solo la santidad interior, sino también la misión, la justicia social y la vida comunitaria.[vii] Esta perspectiva entiende la santidad como una realidad encarnada que trasciende lo personal y se manifiesta en acciones concretas de compasión, solidaridad y transformación social. Critica a las teologías que separan la santidad del compromiso social y de la obra del Espíritu hoy.

Este enfoque se alinea con la enseñanza bíblica sobre el amor al prójimo y con pasajes como Mateo 25, que vinculan la fe con la práctica de la misericordia. Enfatiza la santidad encarnada y el testimonio cristiano activo. No obstante, es necesario advertir que la santidad puede reducirse exclusivamente a la acción social, pues la vida interior sigue siendo fundamental. La santidad bíblica auténtica abarca tanto la transformación personal como el impacto del testimonio comunitario.

Conclusión

Tras examinar los distintos modelos de santidad, se concluye que el perfeccionismo entendido como impecabilidad absoluta y el legalismo como esclavitud de reglas externas, deben ser rechazados, pues carecen de fundamento bíblico y contradice la experiencia cristiana descrita en textos como 1 Juan 1:8–10 y Romanos 7. Asimismo, se afirma la justificación por fe como base del nuevo nacimiento y como declaración de santidad ante Dios.

No obstante, la santificación no se reduce a esta declaración, sino que debe entenderse como un proceso progresivo de transformación integral provista por la gracia de Dios, operado por el Espíritu Santo, y expresada en amor y vida práctica que produce fruto espiritual, en semejanza al carácter de Cristo.

Las buenas obras, la oración, la comunión y la obediencia constituyen evidencias de la gracia, no medios para obtener salvación y santificación. Además, la santidad debe incluir una dimensión comunitaria y social que responda al llamado bíblico al amor al prójimo y al testimonio cristiano como se vislumbra en el libro de Hechos. Desde una perspectiva pentecostal, la santidad implica aspirar a la madurez espiritual (teleios), entendida como plenitud en el amor, consagración y vida en el Espíritu.

Además, se afirma que la santidad bíblica, según el mandato de Jesús (Mt.5:48), es alcanzable en la medida de la madurez espiritual (teleios), entendida como plenitud en el amor y dedicación a Dios y al prójimo. Se invita a todos los creyentes a caminar en santidad y avanzar con esperanza en esta transformación, confiar en la obra continua del Espíritu Santo para reflejar la gloria de Cristo en sus vidas.

Por tanto, el modelo más adecuado y bíblicamente fundamentado es aquella teología que concilia la gracia soberana, la obra continua del Espíritu, la santificación progresiva, la vida de fruto y el compromiso social, reflejando plenamente el carácter de Cristo en el creyente.


Bibliografía

[i] Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I–II, q. 114, “De mérito,” en Summa Theologiae, trans. Fathers of the English Dominican Province (Nueva York: Benziger Bros., 1947).

[ii] Véase, por ejemplo, estudios históricos y teológicos sobre la santificación reformada en relación con Calvino y sus sucesores, como los recogidos en Richard A. Muller, The Unaccommodated Calvin (Oxford: Oxford University Press, 2000).

[iii] John Wesley, A Plain Account of Christian Perfection (Grand Rapids: Christian Classics Ethereal Library, 2005).

[iv] R. C. Sproul, “The Heresy of Perfectionism,” Ligonier Ministries, consultado el 3 de diciembre de 2025, www.ligonier.org.

[v] Wesley, A Plain Account of Christian Perfection.

[vi] Ibid.

[vii] Amos Yong, The Spirit Poured Out on All Flesh: Pentecostalism and the Possibility of Global Theology (Grand Rapids: Baker Academic, 2005).

Esteban Pari


 

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