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Perspectiva

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 1982.3

Por M. David Grams

 

Entre las palabras más importantes pronunciadas por nuestro Señor Jesucristo figuran estas: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.”

Hambre y sed. Jesús se refiere a las motivaciones básicas y poderosas que todo ser humano siente. No habla del pan y el agua naturales, sino de lo que busca y anhela el hombre para saciar su “hambre” interior.

Esa hambre se manifiesta a través de los esfuerzos para alcanzar nuevos niveles intelectuales, mejorar condiciones físicas y sociales, como también en la búsqueda de satisfacción espiritual. Todo eso es sano y deseable.

En el mundo actual se ve crecer otra clase de hambre que nos alarma. Son las llamas que arden y piden satisfacción en el área de las pasiones bajas. Las ciudades de nuestro continente se inundan de materiales impresos y de proyecciones en pantalla que más y más abren el apetito para un “pan” que destruye al hombre. Los que trafican en estos materiales han estudiado al público para ofrecer lo que ese público demanda. Bien dijo nuestro Señor que los tiempos peligrosos del fin serán “como los días de Noé” cuando la tierra se había corrompido totalmente por la violencia y la entrega al sexo.

¿Qué importancia tiene para nosotros todo esto? SOMOS LO QUE COMEMOS. El hambre pide alimentación. Tal como el cuerpo físico depende de una dieta adecuada, así también el hombre interior.

¿De qué nos estamos alimentando? Si bien nuestro estado espiritual depende de lo que “Comemos”, entonces debemos hacernos unas preguntas serias:

¿Qué es lo que yo deseo en mi vida?

¿De qué tiene hambre mi ser interior?

¿Qué es lo que realmente me satisface?

¿En qué ocupo mis energías sobrantes?

¿Cuál es el tema de mi meditación?

En mi fuero interno, ¿qué anhelos albergo?

¿Hasta dónde estoy dispuesto a sacrificarme?

Las respuestas a estas preguntas determinan lo que en verdad somos. ¿Seguiremos el ejemplo del mundo, o haremos frente a esa ola inundadora?

Debemos cultivar un hambre para Dios y su presencia, su santidad y pureza. El Salmista dijo…”Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía.”

¿Podemos dar el mismo testimonio? ¿Tenemos deseos profundos e insaciables de conocer mejor a nuestro Señor…de seguir su ejemplo…de superarnos en nuestro ministerio…de abrir nuevos horizontes de utilidad en nuestro ministerio…de nuevas experiencias con él?

“El que a mí: viene, nunca tendrá hambre”, dijo Jesús, “y el que en mí: cree, no tendrá sed jamás.”

Seamos parte de los bienaventurados que tienen hambre y sed de justicia.

M. David Grams


 

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