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Perspectiva

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 1983.2

Por M. David Grams

 

 

Muchas veces he pensado que es más fácil predicar que enseñar, ya que ser pastor o evangelista da grandes satisfacciones que el maestro no puede saborear. El predicador se complace en los resultados inmediatos de sus mensajes poderosos al ver las almas rendirse a Cristo. El pastor prepara sus sermones nutritivos, bautiza a los decididos, casa a los novios y presenta los pequeños al Señor. Él está cerca de sus fieles y puede apreciar el impacto de su ministerio de generación en generación.

 

¿Y el maestro del instituto bíblico? Cuando los alumnos lo avalúan o cuando él mismo se hace una autoevaluación se acuerda de las palabras en Isaías 49:4 “Por demás he trabajado, en vano y sin provecho he consumido mis fuerzas.” Pero el Señor nos ve y tiene palabras de aliento para nosotros.

 

Me ha dado gozo en estos meses enseñar el libro de Isaías en los seminarios de ISUM. El Señor nos está revelando verdades preciosas a través de los cuatro Cánticos del Siervo. De especial valor es el tercero (Isaías 50:4-11) que podríamos llamar “El Getsemaní del Siervo”. El Mesías enfrenta los sufrimientos intensos de sus últimos días y habla consigo mismo en una especie de soliloquio. Si nos acercamos, aprenderemos lo que el Siervo hace en medio de su dolor.

 

En primer lugar, el siervo HABLA Y OYE COMO SABIO. El versículo cuatro dice: “Jehová el Señor me dio lengua de sabios” y “ …despertará mi oído para que oiga como los sabios”. ¿Cómo será la lengua y el oído del sabio? Los tenía Jesús. Él sabía cuándo hablar y cuándo callarse.

 

El maestro se esfuerza mucho para hablar como sabio, pero debe preguntarse que si ha desarrollado el arte de escuchar. Puede que ese “cansado” del versículo cuatro sea uno de sus alumnos que desea expresarse, que tiene que desahogarse. Hay que escucharlo porque únicamente así se suplirán sus necesidades.

 

Este retrato de Jesús nos enseña también que el siervo SE SOMETE A LA VOLUNTAD DE DIOS. El versículo cinco dice: “Yo no fui rebelde, ni me volví atrás.” Esto es obediencia y sumisión. En medio de sus luchas internas, se entrega de lleno al que da las órdenes. La versión de Torres Amat lo expresa de esta manera: “yo no me resistí.” A Cristo le costó entregar su “cuerpo a los heridores… mejillas a los que me mesaban la barba.” (vs. 6). ¿Qué es lo que nos cuesta a nosotros obedecer a Dios como maestros? ¿Quedamos en lugar de correr? ¿Superamos? ¿Cultivar aún más la actitud de discípulo para aprender nuevas lecciones del Maestro divino?

 

Otra verdad del tercer cántico hallamos en el versículo siete. El Siervo FIJA EL ROSTRO COMO UN PEDERNAL. Este símil se refiere a una piedra de cuarzo tan dura que da chispas al ser golpeada. En la experiencia del siervo llegan momentos en que tiene que ser decidido, inflexible, resuelto e inmóvil. Cueste lo que cueste, se entrega resueltamente y sin vacilación a cumplir la voluntad de Dios.

 

Al llamarnos para enseñar a otros, el Señor no nos prometió un camino fácil. Uno se siente tentado a abandonar el aula de clase. Pero …¿qué de la preparación de obreros para la mies abundante? El hecho indiscutible es que el futuro de la Iglesia depende de líderes adecuadamente preparados. Acerquémonos al gran Siervo para conocerlo mejor …y para seguir su ejemplo.

 

 

M. David Grams


 

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