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Perspectiva: No os hagáis maestros

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 1984.1

Por M. David Grams

 

 

Siempre he tenido problemas con el comienzo del capítulo tres de la epístola de Santiago, que dice: “Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros…” ¿Acaso no se necesitan maestros? ¿No es ese el ministerio que más falta hace entre la multitud de almas que aceptan al Señor? ¿No era ese el título que llevaba Cristo durante su ministerio terrenal? ¿Y qué decir de Pablo? ¿Por qué esa actitud tan negativa de Santiago?

 

No lo dice para desanimar, sino para hacer reflexionar al que se pone a enseñar. En el proceso de aprendizaje que el maestro dirige, se forman los criterios y las costumbres de sus alumnos. En sus manos están vidas en formación. Tiene línea directa a sus cerebros abiertos. En sus discípulos se verá el reflejo de las actitudes de su profesor. Muchos lo imitarán, no sólo en su manera de pensar, sino también hasta en su manera de hablar.

 

Es cosa seria ser maestro. Somos responsables de esas vidas y de otras más que recibirán su influencia. ¿Será por eso que Santiago termina el primer versículo diciendo que “recibiremos mayor condenación”, o como lo expresa la Nueva Versión Internacional, “tendremos un juicio más severo”? Un alto llamado lleva consigo una alta exigencia de rendimiento.

 

Nunca se ha conocido en nuestras Américas una sed de aprender como la de la actualidad. Me he quedado asombrado al observar el afán por estudiar, por alcanzar niveles académicos más altos, por conseguir títulos. Me pregunto: “¿Conseguirán sólo una ‘educación mejor’ con su respectivo título, u obtendrán una preparación cabal para su persona completa?” Dependerá de quien les enseñe. Dependerá de si el énfasis se pone sobre lo intelectual o sobre la conducta.

 

El mismo Santiago nos hace ver el contraste entre la sabiduría humanista y “la que es de lo alto”. Este escritor sagrado es muy práctico.

 

“¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabía mansedumbre” (v. 13).

 

El alumno si espera sabiduría de parte del profesor, pero más que eso, quiere ver la vida de su profesor. Desafortunado será el alumno que encuentre solamente una sabiduría humana. No lo he visto en nuestra obra, pero he observado muy bien en otras instituciones religiosas que, para mantenerse “al día” y para ofrecer lo que se cree que demanda hoy la juventud, los programas de estudio se van modificando para incluir cada vez más las materias que tratan del hombre y sus condiciones de vida, dejando a un lado el sagrado Libro. Es más, dejan también a un lado la importancia del modelo de una vida transformada por el Espíritu y llena de su poder.

 

Cuidémonos de la sabiduría de este mundo. Santiago la califica como “terrenal, animal, diabólica”, porque nada hace para transformar la vida y, peor aun, nada hace en forma permanente para transformar nuestro mundo. Esos esfuerzos dejarán a la humanidad envuelta en sus “celos y contención… perturbación y toda obra perversa” (w. 14-16).

 

La verdadera sabiduría se manifiesta en la conducta del maestro y en la de sus discípulos.

 

“Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacifica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía” (v. 17).

 

En otras palabras, el maestro sabio se esforzará para lograr que su conducta sea la lección que quede grabada en la memoria de sus alumnos.

 

Un profesor mío enseñaba Nuevo Testamento y Homilética. Confieso que nada me acuerdo de los conceptos, los bosquejos, las reglas, los datos… pero sí… tan vívidamente como si fuera ayer (¡y han pasado 38 años!), en mi memoria veo su rostro, su sonrisa, sus ojos llenos de pureza. Hombre dulce, manso, compasivo, paciente y perdonador. Fue nuestro ejemplo. Nos trataba como a personas. En carne propia, demostraba la santidad y el fruto del Espíritu.

 

Un día, después de predicar su sermón en la hora devocional, nos dirigió en varios coros de adoración. Comenzó el Espíritu Santo a moverse. Vi levantado el rostro de mi amado profesor con los ojos cerrados y lagrimas corriendo por sus mejillas. Algo se rompió en mi alma. En mi fuero interno dije: “No podré nunca alcanzarlo, pero si quiero ser como Emil Balliet.”

 

Hoy descansa con el Señor, pero tiene en todo el mundo discípulos que fueron enriquecidos, y cuyas vidas profundamente transformadas para parecerse más al verdadero Maestro. Vieron su reflejo en aquel siervo, mi profesor.

 

 

M. David Grams


 

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