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Del vientre a la tumba; de la resurrección a la misión: una reflexión sobre el rol de algunas mujeres en los relatos de Lucas

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2014.2

Por Virginia A. de Contreras

 

El Evangelio de acuerdo a Lucas es una de las cuatro narrativas inspiradas por el Espíritu Santo acerca de la historia del plan salvífico de Dios (para redimir pecadores y librarlos de la condenación eterna en el infierno); a través de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo.  Los escritos de Lucas (el Evangelio y el libro de los Hechos) conforman dos volúmenes ricos en detalles y organizados en cincuenta y dos capítulos. A través de ellos, Lucas (aún sin hacer referencia explícita a sí mismo) se nos presenta como historiador, apologeta, educador y médico. De acuerdo a la descripción del apóstol Pablo en Colosenses 4:14, Lucas es no sólo un médico, sino un “amado médico.” Un profesional de la medicina y obrero del Evangelio; encarnando la ética cristiana en toda circunstancia y hasta el fin: excelencia, integridad, humildad y fidelidad (“sólo Lucas está conmigo.” 2 Timoteo 4:11). De los cuatro evangelios, Lucas es el único escrito por un gentil (Colosenses 4:11) y tiene un destinatario especial: el “excelentísimo Teófilo.” Teófilo era, presumiblemente, un oficial importante del gobierno de Roma; de allí tal vez la necesidad de un prólogo más formal. Por otro lado, una de las particularidades de los escritos de Lucas es su clara intención: persuadir.

El relato del Evangelio según Lucas es el que más resuena en todo mi ser, debido a mi trasfondo. Fue en las narraciones de Lucas donde encontré un relato cuidadosamente ordenado de la historia de salvación, es decir, lo que Dios llevó a cabo en Jesucristo para traer salvación a los pecadores. ¡Cuánto necesitaba en mis primeros pasos en la fe, ser persuadida y equipada para probar y demostrar que las enseñanzas cristianas que había oído eran ciertas! Sin embargo, hay algo más que hace que el Evangelio escrito por Lucas sea mi predilecto, y es su interés por los marginados y menos dignos de honra de acuerdo a la sociedad de su tiempo: los pobres, los niños y las mujeres.

Acompáñeme entonces, en las próximas líneas, a meditar sobre algunas de las respuestas de diferentes mujeres frente al nacimiento, vida, muerte y resurrección de Jesucristo.

 

Una mujer joven, sencilla y humilde alza su voz en alabanza frente al anuncio que cambiaría el destino de la humanidad toda.

María, una joven virgen de condición humilde (Lucas 1:48) recibe el anuncio que concebirá al Hijo de Dios. Su pregunta: “¿Cómo?” recibe respuesta: será a través del Espíritu Santo;  “porque para Dios no hay nada imposible” (Lucas 1:37). Su confianza y su entrega incondicional a Dios le acarrea bendición (Lucas 1:45). No será juzgada ni condenada por la sociedad de su tiempo, sino que será bendecida a través de todas las generaciones. María no se siente orgullosa de sí misma por haber recibido el favor de Dios (Lucas 1:26); no se le llena la boca alardeando de sí misma, sino que se gloría en su Señor (2 Corintios 10:17). Esto la mueve a levantar su voz en un cántico que alaba el carácter de Dios y que recuerda al de Ana. (1 Samuel 2). En Pentecostés vemos una vez más a María demostrando sumisión a la comunidad de discípulos, siendo una más con ellos, y sin usurpar autoridad por haber sido la madre de Jesucristo (Hechos 1:13-14).

 

Una mujer anciana sirviendo a Dios con oración y ayuno y hablando del Mesías a todos los que esperan salvación.

Ana era una profetisa muy anciana (Lucas 2:36), viuda hacía muchos años. Nunca salía del templo, sino que permanecía allí día y noche, adorando a Dios (Lucas 2:37). Ana aprendió, en su pérdida, a centrarse no en sí misma ni a auto-compadecerse, sino a enfocarse en la promesa de la venida del Mesías. Por fe fijó los ojos en las “cosas de arriba” (Colosenses 3:1) y llegó justo en el momento en que Simeón hablaba con María y José (Lucas 2:38) acerca del niño. El estar centrada en Dios y sus promesas fue el fundamento de su gozo, esperanza y propósito de vida: ser una vocera de Dios, anunciando a los que le rodeaban la salvación que hay en Jesús.

Una mujer que es apreciada por su deseo de aprender las “cosas de Dios.”

En el regreso de los Setenta, Jesús les recordó a sus discípulos la prioridad de alegrarse (no por el éxito y efectividad en la obra) sino de que sus nombres estaban escritos en el cielo (Lucas 10:20). A continuación, en la parábola conocida como “el buen samaritano,” Jesús enfatizó la prioridad de poner por obra y concretamente en la vida cotidiana (no sólo dentro de las paredes del templo) la esencia de la Ley: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente” y “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” (Lucas 10:27). El capítulo 10 concluye con otra valiosa lección concerniente a prioridades: la capacidad de discernir lo que es “necesario” en el trajín diario, según el criterio de Dios.

En los versículos 38 al 42 Lucas nos brinda una historia sólo registrada aquí. Jesús está en sus últimos meses ministrando camino a Jerusalén; donde enfrentaría la muerte en la cruz. Una mujer llamada Marta lo recibe como invitado. Se la describe como preocupada por los preparativos para la comida. Su hermana, María, por el contrario, está ocupada sentada a los pies de Jesús escuchando su mensaje. Marta parece inquieta, frustrada y sin aparente gozo en el ejercicio del don de hospitalidad. En su ansiedad llega al punto de interrumpir al Señor (Kurios), sugerir que él no tiene cuidado de ella y decirle lo que tiene que hacer: ¡Dile (a María) que me ayude! (v.40)

¡Qué contraste con María, quien acompaña con su postura física a la que es su prioridad: escuchar, conocer y aprender de Jesús! ¡Qué diferencia tiene Jesús como Maestro con los rabís de ese tiempo! El judaísmo del siglo primero no tenía en estima a la mujer, por lo que no la alentaba a aprender. Jesús honra el deseo de conocer y aprender de El que tiene María; por esto puntualiza que su elección es la mejor parte por tener efectos trascendentes (“no le será quitada” v.42).

 

Mujeres que son parte de la misión de Jesús sirviendo con sus bienes, oficios y hospitalidad.

No sólo los doce discípulos acompañaban a Jesús en sus viajes misioneros sino que “también algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malignos y de enfermedades: María, a la que llamaban Magdalena, y de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cuza, el administrador de Herodes; Susana y muchas más que los ayudaban con sus propios recursos.” (Lucas 8:1-3). En el libro de Hechos, Lucas señala que: muchos se reunían a orar en lo de María, la madre de Juan Marcos (Hechos 12:12); que Tabita “siempre hacía  buenas acciones a los demás y ayudaba a los pobres” (Hechos 9:36) y que Priscila participó activamente en el ministerio de Pablo junto con su esposo (Hechos 18:1,18,26).

Si bien Pablo había visto un varón en su llamado macedónico, sin embargo fue una mujer, Lidia, la primera convertida al Evangelio en Europa. Una mujer comerciante y cabeza de su casa. Es más, la primera iglesia en Europa fue establecida en su casa gracias a su hospitalidad y generosidad constante. (Hechos 16:6-15,40)

 

Mujeres que proclaman con denuedo las Buenas Nuevas

En al capítulo 24:10 Lucas relata como María Magdalena, Juana, María la madre de Jacobo, y otras mujeres que las acompañaban encontraron el sepulcro vacío; y cómo les fue anunciada la resurrección de Jesucristo. Lucas hace referencia a la respuesta que recibieron al comunicar las buenas nuevas: “Pero a los discípulos el relato les pareció una tontería, así que no les creyeron.” (v.11).

El testimonio de la mujer en la Palestina judía era considerado no digno de confianza. Paradójicamente, la falta de credibilidad en ese tiempo histórico, es lo que hoy hace más creíble el hecho de la resurrección. Nadie que fabricaría una mentira (o que quisiera darle credibilidad a una falsa historia) incluiría a mujeres como testigos de la resurrección de Jesús. Si Lucas lo hizo es porque la resurrección genuinamente sucedió. Esto es otro argumento apologético. Entonces, ¿es necesario persuadir a las personas acerca de nuestra fe cristiana? Lucas, a través de sus escritos, pone en claro que nuestra fe no es un salto al vacío, ni una fe ciega, ni implica anular nuestras facultades mentales. Nuestra fe tiene una base histórica, demostrable y comprobable. Ese es el trabajo cuidadoso de Lucas como apologeta: valiéndose de informes de testigos oculares, investigando con esmero desde el principio, y con genuina humildad facilita, otorga, habilita y confiere poder intelectual y espiritual a nuestras vidas para que estemos seguros de la verdad de todo lo que se nos ha enseñado (Lucas 1:1-4).[1]

Un discípulo es primeramente un aprendiz y no un activista realizador. Lo que un discípulo pone por obra, lo hace como respuesta a lo aprendido. Jesús sigue buscando mujeres que estudien las Escrituras, que sigan aprendiendo de El; mujeres que lo amen con toda su mente, que lo busquen en ayuno y oración, que sean sabias para establecer prioridades, que esperen con anhelo y proclamen la promesa de su segunda venida (Hebreos 9:28).

Mujeres latinoamericanas seamos discípulas (y hagamos discípulas) de Jesús, fervientes, fieles y  preparadas para presentar defensa ante todo el que demande razón de la esperanza que hay en nosotras. (1 Pedro 3:15)

 

 


 

 



[1] Es importante persuadir a la gente removiendo obstáculos que puedan impedir prestar atención al mensaje del Evangelio. Esto no se opone a otra consideración importante: si el Espíritu Santo (Hechos 16:14) no obra en el corazón del receptor del mensaje “el nuevo nacimiento” no se produce.

 

Virginia A. de Contreras


 

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