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Floyd Woodworth: la medida de un siervo

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2017.2

Por Alba Lys Llanes Labrada

 

Un huevo, una botella, una caja de fósforos. El joven maestro – alto, delgado, de tez blanca, rubio y de ojos azules – colocó el huevo sobre la boca de la botella. Procedió luego a encender un fósforo y lo puso debajo de la misma. Muy pronto, el calor se expandió por la superficie del recipiente. De repente… POP… “Mágicamente” el huevo fue succionado, y cayó hacia el interior del frasco. En un fluido español, con acento inglés, el misionero procedió a explicar el peligro de jugar con el pecado, y las consecuencias que podía traer esto, para la vida espiritual del creyente. Ninguno de los presentes ese día olvidaría la lección. Tampoco lo olvidó mi madre, Melba Labrada, que estuvo allí en ese estudio bíblico, celebrado en la iglesia de las Asambleas de Dios, de la ciudad de Holguín, Cuba, en el marco de una actividad especial, allá por los años cincuenta, del pasado siglo. El joven maestro era un misionero norteamericano, californiano por más señas. Se llamaba Floyd Woodworth.

Crecí en un hogar donde su nombre era muy familiar. En mi imaginación de niña, Floyd – así sencillamente: Floyd – era como una especie de pariente que vivía lejos, allá “en el Norte”, pero que estaba siempre presente, de un modo u otro. En largas y repetidas charlas, mis padres desgranaban historias de sus tiempos de estudiantes en el Instituto Bíblico Pentecostal, en Manacas, Cuba. Formaban ellas parte del acervo de tiempos idos, de una época que iba tornándose dorada, idílica, a medida que las condiciones presentes en Cuba íbanse haciendo sombrías, duras. El decurso de los años, el cambio de circunstancias, el vivir lejos ya de nuestra patria, no introdujo modificación significativa en esta inveterada práctica familiar. Mi papá lo hizo hasta que partió a la presencia del Señor y, aún hoy, mi anciana madre sigue recordando esos viejos tiempos. Cruzo el umbral de sus recuerdos, miro retrospectivamente en la distancia, a través de sus ojos, y me dispongo a cosechar algunas de esas jugosas anécdotas que me permitirán esbozar el perfil de un siervo cuyo legado perdura y perdurará por siempre.

Floyd Woodworth perteneció a una generación de misioneros pioneros de las Asambleas de Dios, que trabajaron en América Latina en tiempos difíciles. El Evangelio se extendía como en esas batallas en las que el terreno se gana palmo a palmo: a veces en rápido avance; en otras, la mayor parte, lentamente. El campo de trabajo que le encomendó el Señor fue Cuba: tierra de palmas, de bohíos, de sabanas y de sierras, como alguna vez la describiera la poetisa camagüeyana Carmen Cordero; tierra de caña y de café, de tabaco y ron, de alegre música tropical, de gente cálida y amigable; pero también, tierra de idolatría, de cultos sincréticos cristianos y de religiones africanas. De esa tierra se prendó el hermano Floyd. En diferentes ocasiones,  mis padres le escucharon decir que él quería morir en Cuba. Su adaptación transcultural fue increíble. Paco fue el muy castellano nombre de pila con que se bautizó a sí mismo. Vestía campechanamente, como decimos los cubanos, los atuendos del país. Pero no todo quedó ahí: su dominio del idioma español que llegó  a ser proverbial, lo llevó a ser inclusive ¡profesor de Ortografía española!,  en el Instituto.

En la época en que Floyd llegó a la isla caribeña, alrededor de la mitad del pasado siglo, las iglesias evangélicas eran pocas; menos eran aun las que pertenecían a las Asambleas de Dios. Los obreros nacionales escaseaban frente a la ingente demanda de la mies. El Instituto Bíblico Pentecostal, fundado en 1939, llevaba apenas algo más de diez años de existencia. El desafío era doble: predicar el evangelio,  plantar iglesias, y preparar obreros y líderes nacionales. El hermano Floyd aceptó el reto. Realizó campañas evangelísticas, aun para niños, fue pastor por cierto tiempo, pero su labor fundamental fue la enseñanza. Puso en ella todo su empeño, no solo en las iglesias sino particularmente en el Instituto Bíblico Pentecostal. Durante varios años fue profesor de diversas materias. Finalmente, en el año 1960, él sustituyó a la hermana Luisa Jeter de Walker que dejó la dirección del instituto para trabajar en el área de Educación Cristiana en toda América Latina. Fue justamente en su labor docente y directiva, en la que Floyd Woodworth dejó en Cuba la indeleble huella de su ejemplo.

 

Floyd Woodworth (3er desde el costado derecho), con pastores y hermanos en Cuba durante su tiempo de ministerio ahí. Foto por cortesía de Flower Pentecostal Heritage Center – iFPHC.org

De esos años quedan tantos recuerdos: recuerdos de ese rigor académico que se entrelazaba con el buen humor; recuerdos de su humildad y comprensión hilvanadas en el ejercicio de su autoridad. Algunas anécdotas ilustran estos rasgos tan suyos. Cuenta mi mamá que, por un tiempo, al hermano Floyd le dio por firmar “El Viejo”, en ciertos boletines y panfletos que portaban los alumnos. “Si me va a firmar así, no me firme nada”, le peleaba un poco mi madre. Y él le respondía con una sonrisa divertida. Ese mismo humor lo llevaba a participar de las diversiones estudiantiles. Mis padres conservan una foto de la “semana del amor” del año 1961. Los alumnos le pintaron una barba, le pusieron un sombrero, y lo subieron a una “carroza”, acompañado de otros estudiantes. La siguiente anécdota refleja la grandeza de su alma. Una mañana, como a las siete, un ratito antes de comenzar las clases, mi papá lo esperó en uno de los caminitos del Instituto, y derramó sobre él un balde lleno de agua. Floyd nada dijo. Dio media vuelta, regresó a su casa, se cambió de ropa, y volvió por el mismo camino para su clase matutina. Pasó el día. Mi padre esperaba que lo llamara, que lo sancionara, al menos que le dijera algo. Nada. La angustia y el remordimiento fueron en aumento, hasta que ya no pudo más. Se presentó en la dirección. A esas alturas, ya no tenía miedo a la sanción esperada, lo único que sentía era dolor frente a la humildad de Floyd. El perdón restaurador fue la lección más grande que recibió mi papá, que tiempo después, llegó a ser algo así como el secretario personal del director.

La medida de un hombre, particularmente de un siervo, se percibe en sus acciones y reacciones.  Más aún, en su entereza de ánimo y firmeza de carácter, en circunstancias extremas. Este principio bien puede verse en la vida de Floyd. Él, su esposa, sus hijas, y algunos otros misioneros extranjeros, vivieron el angustioso período de la guerra civil que desembocó en el triunfo de la guerrilla marxista. Vivieron los radicales cambios sociales y políticos que se desataron en el país, y que dieron lugar, entre tantas cosas, al incremento en las tensiones entre el nuevo gobierno cubano y el gobierno norteamericano. En el año 1963, estas habían alcanzado su punto culminante. Como es costumbre en estos casos, las autoridades del país del Norte aconsejaron a sus ciudadanos salir del país. Muchos lo hicieron, pero Floyd, su esposa Milly, y unos pocos misioneros, decidieron quedarse, aun corriendo el riesgo de su seguridad personal. Lo hicieron a pesar de las historias de otros misioneros, en otros lugares, en otros tiempos, que quedaron atrapados en medio de revoluciones y revueltas, y pagaron con sus vidas la osadía. Lo hicieron por amor a la Obra de Dios, por amor a Cuba. Y los que en un principio fueron temores, unos meses después se hicieron realidad. El gobierno cubano intervino el instituto bíblico, y detuvo a los misioneros. Milly Woodworth, embarazada de su hijo menor, David, y acompañada de sus hijas Linda y Sandy fueron llevadas a La Habana y retenidas por las autoridades. Floyd fue detenido bajo falsas acusaciones. Durante tres semanas, él estuvo desaparecido, mantenido como prisionero en instalaciones reservadas de la policía secreta cubana. Finalmente, Dios obró, y él fue liberado y deportado junto a su familia.

Su sueño personal de morir en Cuba quedó truncado; su labor, no. Fue en esa cantera de ministros que se llamó Instituto Bíblico Pentecostal de Cuba, en la que el ministerio del hermano Floyd impactó y aún sigue impactando. Junto con otros misioneros, tuvo la oportunidad de formar a toda una generación de siervos y siervas de Dios, que tuvieron que afrontar el desafío de hacer la Obra del Señor en medio de persecuciones, de presiones y opresiones; una generación de obreros fieles que enarbolaron en alto la gloriosa enseña del Evangelio, aún en medio de la más férrea oposición; que dieron testimonio de fidelidad, obediencia y entrega al Señor a lo largo del tiempo. Dentro y fuera de Cuba, en la patria o en el exilio, toda esa generación de ministros de las Asambleas de Dios que fueron formados en el Instituto, ha llevado la huella indeleble de la vida, testimonio y labor magisterial del hermano Floyd Woodworth. Ellos se han considerado herederos del legado espiritual de su amado maestro y director. Del 8 de febrero de 2011, son estas palabras que mi papá, Luis Llanes, publicara en un muro de Facebook, al pie de una foto del hermano Floyd. Creo que ellas expresan mucho mejor, lo que intento explicar: “Mi querido y nunca olvidado Floyd. Mi profesor, mi amigo, mi padre. Dejó marcada mi vida con su ejemplo y valentía. Lo que somos hoy, en parte, lo debemos a este gran hombre de Dios. ¡Te seguimos recordando y queriendo, Floyd!”

Hoy, Floyd Woodworth ha alcanzado “la meta del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”. Hoy celebra la victoria con tantos discípulos suyos que lo precedieron en el camino a la Eternidad. Pero, como también dice la Palabra, “sus obras lo siguen”. Muchos de nosotros, hijos de ministros de esa generación, pudimos abrevar en las mismas aguas en las que nuestros padres bebieron. Muchos de nosotros también, a pesar del tiempo transcurrido, seguimos sintiendo que somos participantes de esa preciosa y bendecida herencia. También lo pueden decir los miembros de nuevas generaciones de cristianos y siervos de Dios que crecen y florecen en el fértil terreno que sus lágrimas y su sudor abonaron.

 

 

Alba Lys Llanes Labrada


 
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1 Comentario  comments 

Una respuesta

  1. Remigio cruz

    Me gustaría tener el valor, las agallas para servir cómo lo hizo este hombre de Dios

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