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El Tribunal de Cristo

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 2019.3

Por Pepe Saucedo

Uno de los cocos que rompen la cabeza de muchos en lo que respecta a la escatología es la cuestión de los juicios. Se habla en la Biblia de diversos momentos e instancias de escrutinio por los que pasará la humanidad. Sobresale una tríada en la que se acumula la mayor concentración de personas involucradas en etapas críticas de la agenda divina y su intervención judicial en los asuntos de los hombres:

  • El juicio del Gran Trono Blanco (Apocalipsis 20)
  • El juicio de las Naciones (Mateo 25)
  • El Tribunal de Cristo (Romanos 12 y 2 Corintios 5).

El último en la lista retoma significación especial para los fieles servidores del Señor que anhelamos llegar al momento del escrutinio final de la manera más honrosa posible.

En dos ocasiones aparece el concepto en el Nuevo Testamento. Siempre en las epístolas paulinas.

En Romanos 14:10

Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo.

En 2 Corintios 5:10

Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo.

En la cita de la epístola a los Romanos se aplica la teología del tribunal de Cristo para promover los valores del amor, la tolerancia y el respeto que resultan indispensables para que no se rompa la comunión de los hermanos en la fe. Se combate el espíritu condenatorio que predomina en las personas legalistas, dogmáticas y extremistas. Este espíritu preconiza las formas culturales hasta el grado de atacar sin misericordia. Ellos juzgan como impío a todo el que no se rija por sus costumbres, las cuales ellos toman por doctrina. Los primeros conflictos en la iglesia se originaban por cuestiones raciales, como entre judíos y gentiles. Luego vinieron las cuestiones de filosofía y academia como los griegos y los bárbaros. También los había por estatus, pobres y ricos, esclavos y libres. Y hasta se producían escisiones por asuntos de género, hombre o mujer. Entonces el vestido, la comida, las expresiones idiomáticas, los niveles de conocimiento, y un sinnúmero de temas prendían en cualquier momento la pólvora de la disputa y terminaban en sendas amenazas a la unidad de la grey.

En este contexto introduce Saulo la teología del Tribunal de Cristo. Llama el apóstol a considerar el acontecimiento escatológico en el que los creyentes, sin excepción, compareceremos para ser examinados por el único que tiene facultad absoluta de juicio, Jesús, el Señor de todos. Él se encargará de que cada uno reciba la recompensa o la reprensión que merecen sus obras. Así que los creyentes tenemos que mordernos la lengua cada vez que quiera manifestarse el espíritu criticón que llevamos dentro. Hemos de evitar las contiendas sobre opiniones. Es mejor que dejen de imponer criterios sobre cuestiones accesorias. Debamos pensar que los hermanos no son criados nuestros, sino ajenos, pertenecen al Salvador, quien se encargará de aplicar su poder para ayudar a que permanezcan firmes hasta el final (Romanos 14:1-5).

No todos los que piensan, hablan o actúan distinto merecen juicio. Las diferencias relacionadas con dietas, días sagrados, formas de vestir o de música para alabar al Señor no tienen porqué ser detonantes de conflictos. Tenemos que pensar que la convicción dirige a cada uno en sus expresiones. Y si lo hacen para Cristo, él será quien emita el mejor dictamen al respecto (Romanos 14:6-10).

En la agenda divina está calendarizado el día en que de rodillas y con la lengua llena de confesiones del Señorío de Jesucristo daremos cuenta a Dios, individualmente (Romanos 14:11-13). La gloria del Salvador será impresionante. Su evaluación de nuestros hechos resultará irrefutable. El veredicto que emita sobre los códigos éticos que nos rigieron en la tierra, se recibirá sin réplicas. Su mirada, su voz, su majestad nos dejará vacíos de argumentos. Con gran convicción declararemos su justicia absoluta y eterna.

¿Para qué entonces perder el tiempo, el seso y el riñón en disputas innecesarias con nuestros hermanos y consiervos?

El contexto de la cita del Tribunal de Cristo (2 Corintios 5) tiene que ver con la esperanza del cielo que convierte en llevaderos los padecimientos que en la tierra sufrimos por causa del Señor. Invita Saulo a la iglesia a no permitir que las tribulaciones los arrastren al desaliento. Los invita a considerar las aflicciones presentes desde la perspectiva del majestuoso futuro deparado por Dios para los fieles. A eso lo llama andar por fe y no por vista. Es una inyección hipervitamínica que fortifica la esperanza. Las crisis momentáneas se vuelvan minucias ante el cada vez más excelente y eterno peso de gloria. Este peso de gloria se produce en aquellos que menosprecian el sufrimiento y como consecuencia experimenten la bienaventuranza de la inmortalidad de los que resucitarán con Jesús (2 Corintios 4:7-5:4).

De acuerdo a la tesis paulina, la doctrina del Tribunal de Cristo se convierte en un incentivo para vivir intencionalmente luchando por agradar al Señor. No está en cuestión si entraremos al cielo o no, si obtendremos o nos privaremos de la gloria. La morada celestial ya está reservada. Para los que están en Cristo, el revestimiento de la resurrección es una promesa divina incuestionable. Para este honor hemos sido hechos en Jesús, y como prenda de garantía Dios nos otorgó las arras del Espíritu Santo (2 Corintios 5:5). No vamos por este mundo con el afán estresante de ganarnos el reino. No es el miedo el que nos impulsa a seguir en el ministerio. Avanzamos confiados hacia el más amable futuro. El ansia que vibra en el corazón por estar en la presencia del Salvador constituye un anhelo que se cumplirá tarde o temprano; y mientras eso sucede, procuramos conducirnos de tal modo que lo complazcamos desde ahora en todo cuanto sea posible. Esto porque tenemos en la mira el día de la distribución de los galardones, premios y recompensas para los colaboradores del reino (2 Corintios 5:6-10).

Cada pasaje que menciona el Tribunal de Cristo deja en claro que se trata de un juicio en el que comparecerán exclusivamente creyentes y siervos de Dios. Apunta cada vez hacia la idea de que el Señor tendrá un encuentro con los redimidos y que los someterá a un escrutinio en base a las obras. Nada tiene que ver con la salvación. Queda claro en las dos epístolas que ésta se relaciona con la fe y no con las obras. No se trata de un examen en el que se decidirá el destino eterno de los comparecientes. Más bien es un estrado en el cual se determinará la dignidad particular del servicio que los fieles rindieron al Maestro en su trayectoria por esta vida.

La teología del Tribunal de Cristo es un aliciente a poner el máximo empeño en la consagración al Salvador. Constituye un incentivo poderoso a poner la mayor cuota de esfuerzo en la obra del Señor. Tenemos la oportunidad en la tierra de asegurar una excelente recompensa en el cielo, y ello nos motiva a mantenernos activos y dinámicos en cumplir la misión que nos fue dada por Dios. La meta del premio del supremo llamamiento jamás debe ser abandonada. Llegará el momento en que tengamos que abandonar el mundo. Tendremos que hacerlo con la frente en alto, el alma alegre y el espíritu saturado de la convicción de que, habiendo peleado la buena batalla, acabado la carrera y guardado la fe, nos aguarda el pódium del triunfo y la corona de justicia, que nos otorgará el Juez justo en aquel día.

La salvación no tiene grados, pero la recompensa lo tiene. El creyente en Jesucristo recibe su galardón por el servicio honorable al Rey de reyes y Señor de señores. La gracia de la redención abrirá las puertas del cielo de para en par a quienes creyeron al evangelio, sin excepción; no obstante, la jerarquía más elevada de los galardones se otorgará a los que sobre el fundamento inconmovible de Jesucristo edificaron con los valores preciosos y excelentes. Más grande honor se brindará a los esforzados y sacrificiales en el ministerio. Nos conviene invertir la vida terrena al servicio de aquél que nada escatimó para lograr nuestro rescate, y no lo hará tampoco para asegurar que experimentemos el lujo de ver su gloria en el más allá.

José M. Saucedo Valenciano


 

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