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Perspectiva: un varón bueno

Por publicado originalmente en CONOZCA edición 1987.3

Por M. David Grams

 

El fenómeno que surgía en Antioquia de Siria tenía que ser investigado. Un caso completamente extraordinario. Aquellos hombres cuyos nombres desconocemos, se habían esparcido desde Jerusalén por causa de la persecución. Aparentemente se equivocaron ya que no habían seguido la costumbre establecida de hablar la Palabra sólo a los judíos. Estos “hablaron también a los griegos… y gran número creyó y se convirtió al Señor” (Hechos 11:19-21).

¡Un avivamiento entre los gentiles! Los apóstoles se reunieron con urgencia en Jerusalén para tratar el asunto. ¿Qué hacer con esa situación? ¿cuál de los apóstoles debería ir?

Los apóstoles se quedaron en Jerusalén. La Escritura dice: “…y enviaron a Bernabé que fuese hasta Antioquía. Este, cuando llegó, y vio la gracia de Dios, se regocijó, y exhortó a todos a que con propósito de corazón permaneciesen fieles al Señor” (Hechos 16:22, 23).

¿Por qué enviaron a Bernabé, y por qué se regocijó él al ver la gracia de Dios en una situación completamente delicada y anormal? El versículo que sigue (11:24) nos proporciona la elocuente respuesta: “Porque era varón bueno, y lleno del Espíritu Santo” (cursivas del autor).

Nosotros también vivimos días delicados y anormales en la extensión del evangelio de Cristo. Cada país tiene sus problemas particulares. Juntamente con el gran avivamiento latinoamericano enfrentamos problemas internos (relaciones entre hermanos) y externos (toda maquinación del enemigo).

Nos hacen falta “Bernabés”. Los que se caracterizan por lo que SON y no tanto por lo que HACEN. Los que muestran el FRUTO del Espíritu Santo en su carácter y proceder, y no sólo los DONES en su ministerio frente al público.

En mi experiencia personal, me ha servido de mucha ayuda el ejemplo de Bernabé. El libro de los Hechos nos proporciona tres viñetas muy interesantes para conocer mejor a ese siervo de Dios.

El primer vistazo de ese “varón bueno” lo tenemos en 4:36, 37: “Entonces José, a quien los apóstoles pusieron por sobrenombre Bernabé (que traducido es, Hijo de consolación), levita, natural de Chipre, como tenía una heredad, la vendió y trajo el precio y lo puso a los pies de los apóstoles.”

La iglesia vivía esa euforia del glorioso comienzo. Entre los creyentes se encuentra un helenista, chiprense. No era natural de la Tierra Santa. Al encontrarse en un ambiente tan calurosamente espiritual, su corazón se hinche de amor fraternal, y en respuesta al impulso del Espíritu, vende una propiedad y deposita el dinero a los pies de los apóstoles. Se llamaba José, pero al llegar a conocerlo a fondo, los apóstoles le pusieron por sobrenombre Bernabé. ¿Por qué ese apodo? Porque describía su carácter, como la traducción lo declara: “Hijo de consolación”.

Bernabé… generoso, bondadoso, consolador. Según la Real Academia Española, el vocablo “consolar” significa “aliviar la pena o aflicción de uno”. O de una situación. La presencia de un Bernabé ofrece descanso y alivio para los que atraviesan penas, molestias y fatigas. ¡Cuánta falta nos hace alguien así en la actualidad!

La segunda escena en la vida de Bernabé la encontramos en 9:26-27. El conocido y temido Saulo de Tarso, joven fariseo que había perseguido severamente a los seguidores del Nazareno, se presentó en Jerusalén con el testimonio de haber tenido una visión en el camino a Damasco. Contaba que su vida se había transformado y que ahora predicaba el mismo evangelio que antes perseguía.

“Cuando llegó a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos; pero todos le tenían miedo, no creyendo que fuese discípulo” (Hechos 9:26). ¿Podría ser un espía? La situación de Saulo se hizo imposible; el grupo de los fieles quedó herméticamente cerrado. ¿Qué hacer? ¿Alguna vez se ha enfrentado usted con una situación similar? Yo sí. ¡Qué soledad más triste! Pero, sigamos leyendo.

“Entonces Bernabé…” Con su característica generosidad, el Hijo de Consolación apoyó a Saulo, sirviéndole de garante. Entonces fue recibido el ex-perseguidor en el círculo íntimo de los siervos de Dios. “Y estaba con ellos en Jerusalén; y entraba y salía.” Más tarde, el mismo grupo, para proteger a Saulo de la muerte, lo llevó a Cesarea a fin de que se embarcara para su ciudad natal.

Vemos nuevamente a Bernabé yendo rumbo a Antioquía, como mencionamos al principio. Bernabé no solo visitó al nuevo grupo de creyentes gentiles, sino que se quedó como su pastor. Y al verse con demasiado trabajo porque “gran número creyó”, se acordó del joven Saulo. Viajó a Tarso y lo invitó para que lo acompañara como pastor auxiliar de la congregación. El “varón bueno” dio oportunidad al más joven para desarrollar su ministerio, le abrió la puerta, y pronto esa iglesia de Antioquia se destacó como la primera iglesia misionera.

Esa congregación pronto se da cuenta de su responsabilidad misionera: “Ministrando éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado” (Hechos 13:2-3). Los pastores salen como los primeros misioneros de la Iglesia cristiana. Bernabé y Saulo. El varón bueno de mucha confianza y el compañero que va iniciándose en su ministerio. Pero algo raro aparece en el relato bíblico, porque pronto dice (13: 13) “Pablo y sus compañeros” y de allí en adelante al referirse a los misioneros dice, “Pablo y Bernabé”. Uno ha crecido en importancia y el otro ha menguado.

¿Cómo se sentiría Bernabé? ¿Celoso? ¿Resentido? ¿Amargado? De ninguna manera. Los dos regresan a Antioquía para contar “cuán grandes cosas había hecho Dios con ellos, y cómo había abierto la puerta de la fe a los gentiles.” 14:27.

¿Qué hacemos nosotros con un ayudante que demuestra alta capacidad y que tiene aceptación entre la gente? ¿Nos es una amenaza o un gozo? Depende de lo que seamos. El varón bueno reconoce la mano de Dios en esa vida, le da lugar amplio para su máximo desarrollo. Quien sabe, el compañero a nuestro lado puede llegar a ser un “Pablo” de la presente generación.

M. David Grams


 

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